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La ideología. Una introducción

 

La idea de que el capitalismo avanzado borra todo rastro de subjetividad “profunda”, y con ello toda modalidad de ideología, no es tanto falsa como drásticamente parcial. En una actitud homogeneizadora irónicamente típica de un posmodernismo “pluralista”, no se discrimina entre los diferentes ámbitos de la existencia social, algunos de los cuales son más susceptibles de este tipo de análisis que otros. Se repite el error “culturalista” de considerar la televisión, el supermercado, el “estilo de vida” y la publicidad como rasgos definitorios de la experiencia del capitalismo tardío, y se silencian otras actividades como el estudio de la Biblia, la dirección de un centro de crisis por violación, la inscripción en el ejército y enseñar a los propios hijos a hablar galés. Las personas que dirigen centros de crisis por violación o enseñan galés a sus hijos también ven la televisión y compran en los supermercados; no hay aquí, por tanto, una única forma de subjetividad (o de “no subjetividad”). Son los mismos ciudadanos, aquellos de los que se espera en un determinado nivel el mero desempeño de este o aquel acto de consumo o experiencia mediática, y en otro nivel el ejercicio de la responsabilidad ética como sujetos autónomos que se determinan a sí mismos. En este sentido, el capitalismo tardío sigue precisando un sujeto autodisciplinado que responda a la retórica ideológica, en cuanto padre, jurado, patriota, empleado o ama de casa, amenazando a la vez con recortar estas formas más “clásicas” de subjetividad con sus prácticas consumistas y de cultura de masas. Ninguna vida individual, ni siquiera la de Jean Baudrillard, puede sobrevivir totalmente despojada de significado, y una sociedad que adopte esta senda nihilista estaría fomentando simplemente una desintegración social masiva. Por consiguiente, el capitalismo avanzado oscila entre el sentido y el no sentido, tiende desde el moralismo al cinismo y por él discurre la embarazosa discrepancia entre ambos.
Esta discrepancia sugiere otra razón por la que en ocasiones se considera que la ideología es redundante en las sociedades capitalistas modernas. Pues se supone que la ideología engaña; y en el medio cínico del posmodernismo todos somos demasiado despabilados, astutos y taimados para ser engañados siquiera un instante por nuestra propia retórica oficial. Esta condición es la que Peter Sloterdijk denomina “falsa conciencia ilustrada” –la interminable autoironización o mala fe generalizada de una sociedad que ve más allá de sus propias racionalizaciones pretenciosas-. Esto se puede representar como una suerte de movimiento progresivo. En primer lugar, se instaura una disparidad entre lo que la sociedad dice y lo que hace; a continuación, la racionalización se vuelve irónicamente autoconsciente; y por último esta propia autoironización pasa a desempeñar fines ideológicos. El nuevo tipo de sujeto ideológico no es la desventurada víctima de la falsa conciencia, sino que sabe exactamente lo que está haciendo; sólo que aun así, sigue haciéndolo. Y en esta medida parecería adecuadamente vacunado de la “crítica ideológica” de tipo tradicional, que presupone que los agentes no están totalmente en posesión de sus propias motivaciones.
Esta particular tesis del “fin de las ideologías” está expuesta a varias objeciones. En primer lugar, generaliza de manera espuria a toda la sociedad una modalidad de conciencia que en realidad es muy específica. Algunos trajeados agentes de bolsa pueden ser cínicamente conscientes de que su forma de vida no tiene defensa, pero es dudoso que los unionistas del Ulster pasen gran parte de su tiempo ironizando lúdicamente sobre su compromiso de mantener británico el Ulster. Por otra parte, esta ironía tiene más probabilidades de suponer una ventaja para los poderes dominantes que de molestarlos, como señala Slavoj Zizek: “En las sociedades actuales, democráticas o totalitarias, (…) el distanciamiento cínico, la risa, la ironía son, por así decirlo, parte del juego. La ideología dominante no pretende ser tomada en serio o literalmente” (Zizek, Slavoj, El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI editores Argentina, Buenos Aires, 1989). Es como si la ideología dominante ya se hubiese acomodado al hecho de que vamos a ser escépticos hacia ella, y hubiese reorganizado sus discursos en consecuencia. El portavoz gubernamental anuncia que las acusaciones de corrupción generalizada en el gabinete son falsas; nadie le cree; él sabe que nadie le cree, y además también sabe esto. Mientras tanto, prosigue la corrupción –que es justo lo que objeta Zizek a la conclusión de que la falsa conciencia es algo del pasado-. Una forma tradicional de crítica ideológica supone que las prácticas sociales son reales, pero que las creencias utilizadas para justificarlas son falsas o ilusorias. Pero cabe, sugiere Zizek, invertir esta oposición. Pues si la ideología es una ilusión que estructura nuestras prácticas sociales; y en esta medida la “falsedad” está del lado de lo que hacemos, y no necesariamente de lo que decimos. El capitalista que ha devorado los tres volúmenes de El Capital sabe exactamente lo que está haciendo; pero sigue comportándose como si no lo supiese, porque su actividad es presa de la fantasía “objetiva” del fetichismo de la mercancía. La fórmula de Sloterdijk para la falsa conciencia ilustrada es: “Ellos saben muy bien lo que están haciendo, pero aun así siguen haciéndolo”. En cambio, Zizek sugiere una adaptación decisiva: “Ellos saben que, en su actividad, están siguiendo una ilusión, pero con todo prosiguen en ella”. En otras palabras, la ideología no es sólo cuestión de lo que yo pienso sobre una situación; está inscrito de algún modo en esa misma situación. De nada sirve que yo me recuerde a mí mismo que soy contrario al racismo cuando me siento en el banco de un parque rotulado con la expresión “Sólo blancos”; al sentarme en él, he apoyado y perpetuado la ideología racista. La ideología, por así decirlo, está en el banco, no en mi cabeza.”

Terry Eagleton
La ideología. Una introducción
 

 
Articulo publicado en
Octubre / 2009

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