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Límites y excesos del concepto de subjetividad en psicoanálisis

 

Que el ser humano cambia históricamente, que la representación de sí mismo y de su realidad no se mantiene estrictamente en los términos con los que fuera pensado por el psicoanálisis de los comienzos, no hay duda. Insisto, no tan en broma, que si a las histéricas del siglo XIX se les quedaba la pierna dura por el deseo inconfesable de caminar hacia el cuñado, nuestras histéricas de hoy padecen colapsos narcisistas cuando sus cuñados no les otorgan crédito sexual. ¿Sería igual el síntoma obsesivo del hombre de las ratas en una Argentina en la cual el casamiento por dinero es considerado un gesto de inteligencia y las deudas incumplidas parte del destino económico de miles de personas cuya insolvencia nos convoca más a la piedad que a la crítica? El hijo de un comerciante o de un banquero corrupto no sería hoy tampoco un melancólico dispuesto al suicidio sino una patología narcisista cuya mayor angustia estribaría en la posibilidad de un secuestro extorsivo.
Pero todos estos seres humanos, sin embargo, y dentro de cierto margen de variación, tienen las mismas reglas de funcionamiento psíquico que los de los historiales clásicos: están atravesados por la represión –aun cuando algunos contenidos de lo reprimido hayan cambiado–, con una tópica que permite el funcionamiento diferenciado de sus sistemas psíquicos, tienen un superyo cuyos enunciados permiten la regulación tendiente a evitar la destrucción tanto física como psíquica, y cuando no cumplen estas regularidades se ven expulsados de la posibilidad de dominio sobre sí mismos y en riesgo de saltar hacia modos de fractura psíquica.
Los cambios en la subjetividad producidos en estos años, y en la Argentina actual los procesos severos de desconstrucción de la subjetividad efecto de la desocupación, la marginalidad y la cosificación a las cuales ha llevado la depredación económica son indudablemente necesarios de explorar y de ser puestos en el centro de nuestras preocupaciones cotidianas. Ellos invaden nuestra práctica y acosan las teorías con las cuales nos manejamos cómodamente durante gran parte del siglo pasado. Y yo misma he dedicado gran parte de mi trabajo de estos últimos años a mostrar sus efectos, incluidos en ellos los diversos modos con los cuales el padecimiento actual se inscribe en estas formas de des-subjetivación y los modos posibles de su recomposición.
Tal vez, precisamente, porque el sujeto no está en riesgo de ser desconstruido por la filosofía post-metafísica del siglo XX sino por las condiciones mismas de existencia, es que la palabra subjetividad ocupa hoy un lugar tan importante en los intercambios psicoanalíticos. “Cambios en la subjetividad”, “procesos de des-subjetivación y re-subjetivación”, “subjetividad en riesgo”, “desconstrucción de la subjetividad”, son enunciados frecuentes que ponen de manifiesto la preocupación que atraviesa a todos aquellos que nos encontramos confrontados a los efectos, en el psiquismo humano, de las transformaciones operadas entre el fin del siglo XX y los comienzos del XXI. Y esto es inevitable en razón de que la subjetividad está atravesada por los modos históricos de representación con los cuales cada sociedad determina aquello que considera necesario para la conformación de sujetos aptos para desplegarse en su interior
Es por ello que es el espacio en el cual los modos de clasificación, los enunciados ideológicos, las representaciones del mundo y sus jerarquías, todo aquello que alguien como Castoriadis ha agrupado bajo el modo de “lógica identitaria”, toma un lugar central. Y en razón de ello, es necesario decirlo, la subjetividad no es, ni puede ser, un concepto nuclear del psicoanálisis, aun cuando esté en el centro mismo de nuestra práctica. Pero ello en función de que es precisamente el modo con el cual el centramiento que posibilita la defensa de los aspectos desintegrativos del inconciente opera. Razón por la cual, cuando los seres humanos quedan expulsados de sus aspectos identitarios, de sus constelaciones organizadoras que posibilitan la operacionalidad en el mundo, el método clásico psicoanalítico, consistente en el levantamiento de la defensa, entra en caución.
Más aún, es un concepto que se sitúa en las antípodas de la problemática del inconciente. La noción de subjetividad en tanto categoría filosófica alude a aquello que remite al sujeto, siendo un término corriente en lógica, en psicología y en filosofía para designar a un individuo en tanto es la vez observador de los otros, y en el caso del lenguaje, a una partícula de discurso a la cual puede remitirse un predicado o un atributo. El sujeto, en última instancia, sea moral, del conocimiento, social, pero muy en particular la subjetividad, como algo que concierne al sujeto pensante, opuesto a las cosas en sí, no puede sino ser atravesado por las categorías que posibilitan el ordenamiento espacio-temporal del mundo, y volcado a una intencionalidad exterior, extro-vertido.
Es en razón de estos elementos que la subjetividad no podría remitir al funcionamiento psíquico en su conjunto, no podría dar cuenta de las formas con las cuales el sujeto se constituye ni de sus constelaciones inconcientes, en las cuales la lógica de la negación, de la temporalidad, del tercero excluido, están ausentes. El inconciente está regido por la lógica del proceso primario, algo tan ajeno al sujeto en términos clásicos, tan impensable por la filosofía tradicional, que pone en entredicho varios siglos de concebir pensamiento y sujeto como inseparables entre sí.
Hemos puntuado en múltiples oportunidades la diferencia entre psiquismo y subjetividad, restringiendo esta última a aquello que remite al sujeto, a la posición de sujeto, por lo cual se diferencia, en sentido estricto, del inconciente. Más aún, nos detuvimos para plantear firmemente el carácter pre-subjetivo en los orígenes y para-subjetivo una vez constituida la tópica psíquica, del inconciente. Es inevitable que se torne necesaria otra diferenciación, ya que se nos plantea un nuevo problema: si la subjetividad es un producto histórico, no sólo en el sentido de que surge de un proceso, que es efecto de tiempos de constitución, sino que es efecto de determinadas variables históricas en el sentido de la Historia social, que varía en las diferentes culturas y sufre transformaciones a partir de las mutaciones que se dan en los sistemas histórico-políticos –pensemos en la producción de subjetividad en Grecia, o en los modos con los cuales se constituye la subjetividad en ciertas culturas indígenas, y las diferencias que implican respecto a los sectores urbanos en los cuales estamos habituados a movernos– la pregunta que cabe es ¿qué elementos permanecen y cuáles sufren modificaciones a partir de las prácticas originales específicas que lo constituyen?
Dicho de otro modo: ¿cómo hacer conciliar la idea de una ciencia del inconciente en su universalidad, de la existencia de leyes que deben cumplirse ya que rigen los procesos de constitución psíquica a niveles básicos posibilitadores del funcionamiento del aparato, con el reconocimiento de los modos particulares con los cuales vemos emerger la subjetividad en sus rasgos dominantes compartidos en el interior de la diversidad cultural? Siendo más específicos: la necesariedad de una ley moral que rija las relaciones con el deseo, y el conflicto tópico al cual esto da lugar, abre sin embargo la pregunta acerca de la especificidad que esta ley moral toma en los enunciados que la constituyen en cada sociedad particular. (Decir que su universalidad radica en la prohibición del incesto es a esta altura no sólo inespecífico sino obturador de toda posibilidad de abrir nuevas vías de investigación. Esta generalidad en la respuesta es herencia de una actitud metodológica residual al estructuralismo, el cual si bien tuvo la virtud de producir modelos que permitieron un ordenamiento del campo propiciando un avance importante en la resolución de viejos problemas que habían quedado capturados por aporías difíciles de remontar, nos legó también una actitud metodológica que consiste en tomar estas líneas de ordenamiento, estos modelos generales, por contenidos explicativos -lo cual constituye hoy uno de los mayores riesgos de reducción del psicoanálisis a una escolástica, y de filosofización de la práctica clínica con la esterilización racionalizante que esto conlleva.)
A lo cual es necesario agregar una segunda cuestión: cuando decimos “función de las relaciones sociales en la producción de subjetividad”, ¿a qué nos referimos? Porque es indudable que no se trata del conjunto de las relaciones sociales, sino, en el espacio teórico que nos corresponde, de definir de qué modo ciertos aspectos de las relaciones sociales mediatizan, vehiculizan, pautan, los modos primarios de constitución de los intercambios que hacen a la producción de representaciones en el interior de la implantación y normativización de los intercambios sexuales. No nos interesa –cuestión que puede importar mucho a la sociología o a la antropología, o que nos conmueve como sujetos sociales en general– de qué modo las relaciones sociales pueden, en cierta época histórica, incrementar el sometimiento de una mujer a un hombre, sino lo que de ello resulta: bajo qué mediaciones, estos modos del sometimiento y despojo inscriben circulaciones libidinales que metabólicamente transformadas operan en los sistemas representacionales que se articulan, de modo residual, en el psiquismo infantil. A la pregunta: ¿qué quiere decir producción de subjetividad?, es decir, de qué manera se constituye la singularidad humana en el entrecruzamiento de universales necesarios y relaciones particulares que no sólo la transforman y la modifican sino que la instauran, debemos articular una respuesta que tenga en cuenta los universales que hacen a la constitución psíquica así como los modos históricos que generan las condiciones del sujeto social.
El gran descubrimiento del psicoanálisis no es sólo la existencia del inconciente, la posibilidad de que los seres humanos tengan un espacio de su psiquismo que no está definido por la conciencia. El gran descubrimiento del psicoanálisis es haber planteado por primera vez en la historia del pensamiento que es posible que exista un pensamiento sin sujeto, y que ese pensamiento sin sujeto no esté en el otro trascendental -también sujeto-, ni en ningún lugar particularmente habitado por conciencia o por intencionalidad. Es haber descubierto que existe un pensamiento que antecede al sujeto y que el sujeto debe apropiarse a lo largo de toda su vida de ese pensamiento. Y es este aspecto nodal y absolutamente revolucionario en la historia del pensamiento, lo que ha sido más difícil de comprender tanto por los psicoanalistas como por la cultura en general.
Lo difícil de asir es el carácter profundamente para-subjetivo del inconciente, y el hecho de que la realidad psíquica, en sus orígenes mismos, es eso, realidad, al margen de toda subjetividad y conciencia, vale decir, realidad pre-subjetiva, lo cual constituye el rasgo fundamental de su materialidad. Que una vez constituido el sujeto, esta realidad pase a ser para-subjetiva, da cuenta de lo irreductible del modo de funcionamiento del inconciente como ajeno a toda significación, a toda intencionalidad, res extensa, no cogitation. La resubjetivización del inconciente, la intencionalización del inconciente, el recentramiento de un sujeto en el inconciente que actuaría como más allá de mí pero que sería otro, es justamente la imposibilidad de entender esta cuestión tan radical planteada por Freud respecto al inconciente como res extensa, como cosa del mundo, como conjunto de representaciones en las cuales no hay un sujeto que esté definiendo bajo los modos de la conciencia la forma de articulación representacional.
El enunciado generado por Lacan respecto del “sujeto del inconciente”, que intenta precisamente una desconstrucción radical del sujeto, aludiendo por ello al modo con el cual un significante es lo que representa el sujeto para otro significante –cuestión sobre la cual no corresponde que me detenga, pero que no puedo dejar de mencionar– al ser banalizado hasta tomar un sentido contrario al propuesto, de que el sujeto no está en el yo porque está en el inconciente, da cuenta de la enorme dificultad presente aún hoy en psicoanálisis para aceptar la existencia no-subjetiva de una parte del psiquismo. Ya que la frase “sujeto del inconciente”, si se desplaza a la tópica freudiana, genera un malentendido, al reintroducir al sujeto “en” el inconciente. Por lo cual he preferido conservar la expresión “sujeto de inconciente” para seguir a Freud en una de sus ideas más fecundas, aquella relativa a la existencia de un inconciente en su materialidad, en su “realismo” y en oposición a un yo que no es sólo el efecto de un punto de cierre en la cadena significante en la cual se está jugando la posición de sujeto, sino que está afectado de una cierta permanencia -al menos cuando la tópica está constituida, y esto es central para una clínica diferencial de las patologías graves -.
Quisiera retomar ahora la cuestión de la producción de subjetividad, para señalar que concebida ésta en sus formas históricas, regula los destinos del deseo en virtud de articular, del lado del yo, los enunciados que posibilitan aquello que la sociedad considera “sintónico” consigo misma. Las formas de la moral, las modalidades discursivas con las cuales se organiza la realidad – que no es sólo articulada por el código de la lengua sino por las coagulaciones de sentido que cada sociedad instituye: negro y blanco no son sólo significantes en oposición dentro de una lógica binaria sino modos de jerarquización y valoración que impregnan múltiples formas de organización de la realidad.
Si la producción de subjetividad es un componente fuerte de la socialización, evidentemente ha sido regulada, a lo largo de la historia de la humanidad, por los centros de poder que definen el tipo de individuo necesario para conservar al sistema y conservarse a sí mismo. Sin embargo, en sus contradicciones, en sus huecos, en sus filtraciones, anida la posibilidad de nuevas subjetividades. Pero éstas no pueden establecerse sino sobre nuevos modelos discursivos, sobre nuevas formas de re-definir la relación del sujeto singular con la sociedad en la cual se inserta y a la cual quiere de un modo u otro modificar.
En momentos de catástrofe histórica como los que hemos padecido los argentinos, la desocupación y la marginalización de grandes sectores de la población produjeron modos de des-subjetivación que, aunados al retiro del Estado de funciones que le compitieron tradicionalmente, como la educación y la salud, dejaron devastados a los habitantes del país. Estos modos de des-subjetivación dejan al psiquismo inerme, en razón de que la relación entre ambas variables: organización psíquica y estabilidad de la subjetivación, están estrechamente relacionadas en función de que esta última es estabilizante de la primera. Las formas de recomposición han venido, de manera evidente, durante todo este tiempo, de las reservas ideológicas y morales que la sociedad argentina acumuló a lo largo del siglo XX. De ellas esperamos, también, que surjan nuevos modos de subjetividad que den mayores condiciones de posibilidad a la riqueza representacional que el psiquismo puede desplegar.

Silvia Bleichmar
Psicoanalista
silviableichmar [at] fibertel.com.ar

 
Articulo publicado en
Abril / 2004

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