Los efectos de un análisis: El caso Teddy | Topía

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Los efectos de un análisis: El caso Teddy

 
Eficiencia, costos, psicoanálisis

Nos conocimos en 1969. Teddy tenía entonces once años y estaba hospitalizado en una institución psiquiátrica infantil después de tres intentos de suicidio reconocidos. Un colega mío de Seminario Psicoanalítico regresaba a Alemania y buscaba a alguien que pudiera sustituirlo. Me contó brevemente que visitaba a Teddy desde hacía un tiempo y que el niño se limitaba a quedarse sentado sin contar nada, haciendo hoyos en la arena, a veces incluso como enajenado. Consideraba que realmente nada había ocurrido de momento, pero que la terapia era muy necesaria, ya que no se debía dejar al niño en la clínica, siempre con medicamentos.
En aquellos tiempos era posible que un terapeuta externo trabajara por horas en una institución sin estar empleado por ella, en condición de colaborador externo. Se me comunicó que Teddy debía volver con su familia lo antes posible. Los padres, en especial la madre, habían dicho varias veces que querían retomar la responsabilidad sobre el niño.

Datos anamnésicos:
La señora B, madre de Teddy, huyó de Hungría en 1956. Pasando por Austria llegó a Suiza, donde buscó trabajo como restauradora, profesión que ya había ejercido en su país después de finalizar los nueve años de estudios primarios. No sólo encontró trabajo, sino que además conoció al señor B, que era arrendatario de una posada en el Oberland de Zurich.
La joven pareja vivía en el mismo edificio. Más adelante la abuela paterna enviudó y se les unió. Pasó a vivir en la buhardilla. En 1957 nació Teddy después de un embarazo sin complicaciones. Al parecer la señora B –vitalista, fuerte y atractiva– aún estaba despidiendo a los últimos clientes cuando, una vez terminadas sus tareas,
dio a luz.
Cuando Teddy tenía cuatro años y medio nació su hermanita Helen. El niño parece haberse ocupado muy poco o casi nada de ella. Cuando la pequeña se convirtió en la preferida de la abuela, la madre trató de equilibrar la situación mimando a Teddy; a veces lo llamaba su “osito Teddy”.
La señora B creció en el campo en Hungría. Sus padres eran agricultores. Ella dejó allá un hermano mayor y otro menor. En 1962 mueren sus padres en un accidente, sin llegar a conocer a sus nietos que vivían en Suiza. La señora B viajó entonces a Hungría para acudir al entierro y permaneció un tiempo largo con sus parientes. En la conversación que mantuvo conmigo hablaba ininterrumpidamente, me contaba todo como si lo hubiera aprendido de memoria, sin sentimientos. Ya había tenido que contar su historia en otras ocasiones. Casi ni respondía a mis preguntas o comentarios.
El señor B también creció en el campo, en el interior de Suiza. Su padre había sido mozo en una granja, hasta que pudo hacerse con un restaurante de pueblo. El señor B terminó los estudios secundarios y trabajó después con su padre, hasta que pudo independizarse y arrendar la granja con el restaurante. Era un hombre que hablaba poco y al que no parecía interesarle nuestra conversación. Varias veces comentó que él no se ocupaba de la educación de los niños, sino de trabajar.
Acordamos mantener conversaciones mensuales en cuanto Teddy estuviera de vuelta en casa. Mientras estuviera en el hospital, los padres hablarían con el médico jefe. Sin embargo se me comunicó que esto había ocurrido pocas veces, sobre todo porque no habían podido acudir a la cita, a veces los padres y otras el médico. El seguro de enfermedad se hacía cargo de los costos.
Mi primer encuentro con Teddy tuvo lugar en el cuarto de los juegos. Mi colega nos presentó y repitió que a partir de entonces yo haría la terapia. Ambos nos miramos desconcertados. Con temor tomé el rol de guía de la conversación y le conté lo que sabía. Me di cuenta de que nadie me había contado cómo había Teddy intentado suicidarse en las varias ocasiones. No me sentí con valor para pronunciar esa pregunta, pero me propuse hacerlo más adelante.
Teddy me pareció un niño guapo. De cabello negro y ojos azules, me miró directamente a la cara, mezclando, a su manera, la frescura con la vergüenza.
Algunas sesiones más tarde, estaba jugando con un caballo de plástico y le pregunté si el caballo seguiría viviendo. Teddy dejó el caballo, se sentó en una silla y me dijo que todos pensaban que habían sido tres intentos de suicidio, pero que no era cierto. Le pregunté si le parecía injusto que tuviera que estar allí. Me corrigió diciéndome que lo había intentado más veces, pero que nadie lo había notado. También me contó, con cierto orgullo en la voz, que había tomado medicamentos. No respondió a otras preguntas que le formulé.
Un día llegué al estacionamiento en mi coche. Teddy estaba allí con un amigo. Examinaron mi coche detenidamente. Teddy corrió alrededor. Dando patadas a los neumáticos, comentó con expresión de experto que estaban bastante desgastados. Los dos niños querían dar una vuelta y, sin pensar mucho, acepté. Como consecuencia de esto tuve problemas con la Dirección de la clínica, pues actué sin su permiso.
Poco después –y pienso que como consecuencia de aquello– Teddy fue dado de alta. Tampoco yo debía aparecer en el hospital. Teddy debía volver al colegio y la terapia se continuaría de forma ambulatoria. Se interrumpió la toma de los psicofármacos de la clínica. El seguro se hacía cargo de los costos de la terapia.
Cuando Teddy vino a mi consultorio observó rápidamente que los juguetes no eran tan buenos como él se había imaginado. Opinaba que en mi casa había muchas cosas que no estaban bien del todo: el coche, mi melena, los juguetes. Hablé con él de por qué mis cosas tenían que ser tan buenas, pero no me daba nunca una respuesta directa, aunque sentí que se iniciaba un cierto desarrollo. Le aseguré que conmigo se podía permitir ese tipo de comentarios y confié en que pronto hubiera una transferencia positiva.
Luego tuvimos una sesión en la que Teddy se dedicó a pintar pausadamente un bosque con sus senderos y, al final de un camino, una cabaña. Como estuvo pintando casi toda la hora, me aburrí y le hice preguntas que el niño contestó de mal humor.
Dos días después, por la mañana, recibí una llamada telefónica alarmante de la señora B. No podía encontrar a Teddy. Había querido despertar por la mañana a los niños y al entrar al cuarto vio que Teddy no estaba.
Inmediatamente se le pasó por la mente la posibilidad del suicidio. Le pregunté si faltaban medicamentos. Como el botiquín estaba cerrado por motivos de seguridad, no faltaba ninguno. Aconsejé llamar a los vecinos, por si acaso Teddy estuviera allí. En caso contrario habría que avisar a la policía.
Fui al consultorio. Sobre mi escritorio desordenado estaban todavía las cosas del día anterior, también el dibujo de Teddy con el bosque. ¡De repente, se me ocurrió! En información telefónica me dieron el número de la policía del pueblo. Por teléfono no pude describir bien el bosque, y quedé en ir hasta allí lo antes posible.
Cuando enseñé el dibujo, un agente creyó reconocer la cabaña. Fuimos para allá.
Teddy estaba tumbado en el suelo, con medio cuerpo bajo un banco de madera. Estaba en coma. La ambulancia lo llevó al hospital.
Fui a visitarlo con la intención de mantener una postura lo más profesional posible. Sentía miedo. Me propuse estar tranquilo. Pero en cuanto Teddy me saludó como si nada hubiera pasado, estalló mi rabia. ¡Me sentía engañado, impotente y terriblemente asustado! Dos enfermeras se asomaron. Ellas estaban tranquilas y relajadas. Una dijo con ánimo de calmarme que a mi hijo ya le iba mucho mejor.
¿Cómo había podido pasar esto? Teddy había robado medicamentos de la clínica y se los había tragado de golpe. No sabía ni cuáles eran, pues era una mezcla de varios, que había juntado en una botella también robada del hospital. No los había sustraído todos de golpe, sino poco a poco ¿Qué le estaba ocurriendo a este muchacho, que era capaz de planificar de una manera tan refinada y durante tanto tiempo su propia muerte?
En la clínica no se tuvo constancia de la ausencia de los medicamentos. Pero, sobre todo, no habían notado nada ni siquiera su terapeuta, ni los familiares.
Mi supervisor habló sobre las contraindicaciones, pero no me sirvió de ayuda. Sin embargo, mis colegas me animaron. Invirtieron la pregunta: ¿Qué otra cosa se podía hacer sino averiguar qué pasaba con el muchacho? ¿Se podía dejar a este niño simpático y despierto para siempre en una clínica? Además me quedaba claro que existía entre nosotros una relación especial, propia: al fin y al cabo me había hecho aquel dibujo. Tras algunas dudas se decidió que la terapia debía continuar en la clínica. Pero el médico jefe no quería consentirlo. El que continuara con el tratamiento debía ser un terapeuta del hospital. Nuestro trabajo quedó así interrumpido.
Después de aproximadamente dos meses recibí un nuevo aviso de la señora B. Teddy iba a ir a un internado y pasaría en su casa todos los fines de semana, siempre que fuera posible, según su comportamiento. Comenzamos a trabajar los sábados.
Cuando volvió por primera vez a la consulta no sabíamos de qué hablar. Solamente nos mirábamos el uno al otro; él no decía ni hacía nada. Repetidamente intenté conversar con él de distintos temas: de la vez que estallé en el hospital, de si yo lo inhibía, del miedo y la provocación que él me producía, del hospital, del dibujo, de cómo lo habíamos encontrado, del policía tan listo que había entendido correctamente el dibujo...
Teddy no contestaba.
Más adelante tuve que reconocer que me hallaba en la misma situación que el colega que me había derivado a Teddy inicialmente. La terapia estaba como paralizada... ¡pero no muerta!
Después de muchas horas Teddy seguía preguntando lo mismo: “¿Cuándo se terminará esto?” Su pregunta me resultaba inquietante y siniestra. Luego guardaba silencio.
Su madre me comenta que le va bien. Teddy va al colegio y se ha integrado rápidamente. Ha encontrado nuevos compañeros. Sólo yo me siento inquieto, confuso e inseguro. ¿No estará juntando otra vez medicamentos? Ya que no dice nada, le pregunto. Él lo niega con la cabeza y pregunta cuánto más va a durar esto. Intento distanciarme interiormente de él. Le digo que no lo entiendo y que me cuesta esto de estar esperando y no hacer nada. Le digo que su madre me ha contado que él desea venir, pero que yo no sé para qué, que esta parálisis me resulta parecida a la muerte, como un suicidio. Le pido que me dé una señal o que me muestre algo. Si hablar le resulta tan difícil, y tampoco puede dibujarme o modelarme algo, ¿no podría traerme algo de casa? Algo que nos sirva como señal para que yo pueda intentar entenderle.
Teddy trajo para la siguiente sesión un escurridor de lechuga, que se mueve con una manivela. Teddy hace girar la centrífuga y suelta la manivela hasta que deja de girar haciendo un ruido típico; luego vuelve a empezar: grr... grrr... grr...
¡Aquí esta la “señal”! ¿Qué puedo hacer con esto?
No se me ocurre nada. Nuevamente estamos sentados uno frente al otro. La hace girar... se detiene... grrr... y me surgen ideas... (relacionadas con girar, pasarse de rosca, rotar, lechuga, mojado-seco). Le repito al niño que sigo sin entenderle, que nos lo está complicando mucho y que se me hace difícil entenderlo, ahora que me ayuda trayendo el aparato de su casa... quizás también otros no lo pueden entender... Acordamos que sí me contaría algo, algo muy especial. Algo que nadie sabía hasta este momento, algo que nunca expresó. De nuevo mueve el escurridor. ¿Qué puede estar significando? Muchas cosas son retorcidas, complicadas. Observo que mis agresiones son cada vez más fuertes. Pienso en patologías cada vez mayores: autista, catatónico quizás... y las rechazo todas porque siento que algo está pasando.
Después de algunas sesiones es como si me hubiera resignado. Ya no quiero cambiar nada, pero me siento muy mal. Temo cuando viene. Me siento desanimado y pienso en cómo acabar con esto. Cuanto más débil me siento, más rabia me da. Cierro los ojos y me imagino cómo será estar dentro del escurridor, me imagino mi cabeza dando vueltas. Luego le pregunto: “Teddy, ¿quieres explicarme con el escurridor lo que ocurre en tu cabeza, que todo te da vueltas?” Ahora me mira y gira inmediatamente la cabeza. Sin embargo, tengo la sensación de haber tocado algo. “¿Es eso lo que te ocurre con los medicamentos?”, pregunto. Teddy asiente. Por primera vez obtengo un “Sí”
Resulta que Teddy no sólo había sustraído medicamentos de la clínica, sino que probaba también en casa los medicamentos que tomaba la abuela, y a veces también de otros familiares. Nadie notaba nada, hasta que volvían a ser demasiadas... Con miedo le hice notar lo peligroso de este “hurto”; parecía ser una ocupación muy especial suya. El niño sabía que era muy arriesgado, le daba igual lo que robaba, lo importante era la acción.
Hablamos sobre su abuela, que vivía sola y apartada en su ático. Nadie la quería, estaba abandonada, olía mal. Era infeliz e insultaba a todas las personas que la trataban.
Teddy la visitaba de todas formas, le daba igual lo que pudiera pasar. Ahí podía robar las pastillas que tanto lo mareaban.
¿Para qué todo esto? ¿Por qué tenía que jugar todo el rato con ese miedo escondido? Teddy se sentía igual de abandonado que la abuela. Había tomado mucho de sus estados de ánimo y había vivido su misma situación. Estaba convencido de que los medicamentos formaban parte de ella. Jugaba con la idea de marearse, de dormirse, de morir. Al mismo tiempo sentía mucho miedo por el abandono en que vivía la abuela. Este miedo no se podía expresar en familia, pues el contacto con la anciana estaba repleto de odio, sentimientos de culpabilidad y miedo. Sabía que sus padres toleraban, aguantaban a la abuela.
Teddy se resistía a tolerar esta situación. Deseaba que la abuela perteneciera nuevamente a la familia. Quería que algo cambiara, algo que no podía expresar. Traté de demostrarle que vivía permanentemente en una lucha que llevaba en solitario y en silencio, sin que nadie supiera de su padecer; y que nadie podía imaginarse lo que realmente deseaba. A veces Teddy parecía entender lo que yo quería decirle, pero nuestras conversaciones discurrían con dificultad. Había crecido en una estructura familiar en la que la comunicación no era verbal. Hacer y demostrar eran más bien los elementos de un lenguaje, que obligaba a los otros a verse siempre reaccionando a hechos y casi nunca a palabras. Pero los sentimientos no se dejaban demostrar de esta manera. Me pareció que el padre, callado y desinteresado, tenía una importancia decisiva como figura de identificación. Él decidía y hacía.
Luego se me ocurrió la idea de la bolsa de papel. Llevé una a la sesión y la preparé con un embudo arriba. Le dije a Teddy:
“Imagínate que estás molesto, que no recibes la atención que necesitas; te va como a la abuela, pero piensas que no importa y a cambio robas una píldora. Por ejemplo: ‘Teddy, tienes que recoger la mesa’ (soplé algo de aire en la bolsa). Tú te dices ‘bueno, lo haré’, pero a cambio pones una pastilla en la botella (vuelvo a inflar la bolsa). 0 también: ‘Teddy, tienes que hacer tus deberes’ (de nuevo soplo). Tú dices ‘¡Pff, mierda!’. Lo haces, pero vuelves a coger un medicamento, hasta que es suficiente, y entonces... ¡pumm! Creo que así ocurren tus intentos de suicidio.”
El niño se rió y dijo que no era del todo así, pero que tenía algún parecido. La idea de la bolsa de papel le había divertido, e hicimos explotar algunas más. Así seguimos las conversaciones... imaginando algo que soplar en la bolsa, y haciéndola explotar.
En aquel tiempo el señor B enfermó de herpes y tuvo que ser internado en el hospital por un largo período. Después recibí la siguiente carta, desde el hospital:
“Por medio de la presente le comunico por escrito que he tomado la decisión, de acuerdo con mi esposa, de no llevar más a mi hijo a su consulta. Hay varios motivos que me han movido a dar este paso. En cualquier caso, le puedo asegurar que en mi calidad de padre y cabeza de familia sólo me interesa el bienestar de mi familia. Lamento no poder darle más información y le saludo.”
Me decepcioné mucho y me sentí indefenso, impotente. Los padres deciden. Decepcionado, decidí no hacer más tratamientos con niños. Me parecía que el análisis se había interrumpido justo en el momento en el que podíamos trabajar; nos acercábamos a un tema central y ahora quedaba todo suspendido.
Negociando con el señor B conseguí que Teddy y yo dispusiéramos todavía de dos meses de preaviso antes de finalizar la terapia, o sea 16 sesiones. Durante la conversación se reconoció que habíamos avanzado con Teddy y que incluso le había salvado la vida una vez.
Cuando volvió, Teddy sabía de la decisión de su padre. De sus frases cortas adiviné que la carta era una consecuencia de una discusión en la familia. Seguro que Teddy también había aportado a ello con su “¿Cuánto más tengo que ir?”, liberando algo que ya estaba en el ambiente: la vergüenza que suponía para el restaurante que el hijo tuviera que ir a
psicoterapia. No sólo lo sabía la policía; también otros habían oído hablar de ello. Las preguntas de Teddy tenían en casa un efecto distinto que conmigo; la familia había querido entender el deseo de no ir más. Nuestra búsqueda de su significado no era comprensible para esa gente. Mientras hablábamos, me acordé de los medicamentos. Ya sabíamos que esos riesgos que él mismo se hacía correr servían de venganza... y nunca sentía miedo. ¿Qué consecuencias tendría la interrupción del tratamiento?
Decidí que una parte de la responsabilidad de esta interrupción no se debía sólo a la psicología de los padres, sino que también se debía a Teddy y a sus rechazos. Quizá había temores que todavía no habíamos tocado durante la terapia (mi paciente siempre había querido terminar cuando llegábamos a ese punto). Hablar de cosas prohibidas, de pensamientos íntimos y secretos tenía que llegar a un fin.
Más o menos le dije: “Teddy, no estabas seguro si trabajaríamos con tus temores. Los más antiguos y profundos ya no los sentías, querías deshacerte de ellos, porque pensabas que no se te podía ayudar. Tú no crees que todavía se pueda hacer algo. Quizá hayas olvidado que cuando eras pequeño tenías miedo de muchas cosas, porque creías que nunca llegarías a entenderlas, y luego sí has podido. Sí puedes desarrollarte, aunque hoy te sientas demasiado débil; ¡y ahora tenemos que dejarlo! ¡No me parece que sea el momento adecuado! Pero tú y tus padres lo han decidido así. Me resultaría más fácil finalizar la terapia, y pienso que a ti también, si supiéramos más de tus miedos...”
Entonces Teddy reaccionó de una manera inesperada: dibujó su dormitorio y lo que le ocurría allí.

T: Aquí puede ver las “arañas monstruo”, es muy tonto, porque todos dicen que no existen
G: Claro que sí existen, para ti
T: Pero no de verdad
G: Para ti existen de verdad. Los otros no ven las arañas monstruo. Pero sí, tú las ves, claro que existen
T: Pero hay más. Entran en casa, como un regimiento
G: ¿Las puedes pintar también?

Teddy participa con ganas. Siento con fuerza que debo decir algo liberador, algo que haga desaparecer estos bichos gigantes. Rápido... Mientras dibuja, tengo tiempo de pensar.

G: Ahora que pronto vamos a terminar, conozco a las arañas monstruo. Quizás por eso me las dejes ver. Siempre habías querido saber cuánto tiempo más íbamos a estar con la terapia...
T: ¡La venganza de las arañas es terrible! Si las delato, vienen más y más
G: Pero también porque te parecen una tontería y no las quieres ver...
T: ¡Sí, yo no quiero tener estos bicharracos!
G: Pero se te ocurrieron a ti anteriormente. Son una parte de tu propio cuento, el que te inventaste y que no conoce nadie más que tú. Haces tantas cosas a escondidas, también tus historias, sueños, cuentos...
T: ¡Cuentos no!
G: ¡Bueno, pues historias ...!
T: No, es como mi propia película
G: ¡Bueno, tu propia película! Esa seguro que tiene algo que ver contigo. Cada película que hace alguien tiene que ver con la persona que la hace.
T: ¿De verdad?
G: ¡Eso creo ...!
T: Entonces la película continúa... La jefa de las arañas monstruo llama al niño para que salga de la casa, nadie se da cuenta, y entonces se acaba la película.
G: Ahá, ¡el miedo terrible aparece cuando el niño tiene que salir de la casa! ¿Seré yo el jefe de las arañas monstruo?
T: Luego viene lo peor... En la clínica...
G: En casa es mejor.
T: En casa me recogen.

Así se fue acercando la hora de finalizar la sesión. Una cosa era segura y yo lo repetía una y otra vez: las “películas” eran suyas, nadie sabría de ellas, y ya veríamos cómo se desarrollaría todo. Podríamos hablar sobre ellas durante las sesiones sin permitir que aumentaran los temores.
Lo único que le pude dar cuando partió fue el sentimiento sobre su propia película. Le recomendé encarecidamente que me llamara cuando las arañas se volvieran otra vez amenazadoras, para evitar volver a una situación de clínica... de suicidio.
A Teddy se le ocurrió que podría llamarme de vez en cuando. Él y yo estábamos un poco tristes, apenas hablamos de ello, pero ya estaba decidido. El niño, que ya tenía trece años, parecía querer consolarme cuando habló de continuar el tratamiento más adelante. Le insistí en que me llamara si volvía a pensar en suicidarse, y le dije que no creía que esto hubiera desaparecido, al igual que las arañas monstruo. Al fin y al cabo era su película. Yo sólo podía esperar que ese mundo interno quedara en él como el suyo propio, y que algo de nuestro trabajo le quedara.
Debo confesar que no me podía imaginar cómo iría todo, y en aquel momento apenas creí en nuestro acuerdo. Ya que las vacaciones de Navidad estaban cerca, Teddy propuso llamarme todos los años en esta época del año. Acepté y nos dimos la mano.
Tuve una conversación con los padres. Era la despedida y estaba claro que el señor B no cambiaría de opinión. Los padres me comunicaron que Teddy iniciaría la enseñanza secundaria en un internado. Todavía tenía que hacer las pruebas de acceso.
Esta historia podría haber terminado tristemente aquí. Las cosas sucedieron de otra forma. En otoño –o sea, casi un año después– el señor B me telefoneó. Me contó que él mismo había estado yendo a una terapia y que el terapeuta le había aconsejado hablar conmigo otra vez, pues por una parte yo había salvado la vida de Teddy y, por otra parte, la terapia había sido interrumpida tan abruptamente... Me dijo que su madre, la abuela de Teddy, había fallecido.
Yo acababa de volver de Argentina y había aprendido algo acerca de dinámica de grupos y de familia. Más bien para recuperarme de la sorpresa le contesté que estaba en una reunión. Lo llamé más tarde.
Acordamos tener una conversación en la que la señora B también participaría. Les propuse en aquella sesión que nos reuniéramos tres veces, sin gastos por su parte, con el fin de aclarar cuestiones importantes. Insistieron en que en ningún caso se reiniciaría el trabajo con Teddy. Nos pusimos de acuerdo, sobre todo el señor B y yo, mientras que la señora B decía relativamente poco y sólo aceptó acompañarle. Los papeles parecían haber cambiado.
Resumiré el contenido de las conversaciones:
El analista (yo) parecía mejor padre, el otro padre. La señora B mencionó esto, varias veces, también en casa, ofendiendo al marido. Explicó que esto estaba también en relación con la lucha del padre por superar la bebida. Se había sentido provocado y estaba enfadado.
El señor B tenía la sensación de que los problemas en la familia habían comenzado, sobre todo, por su fracaso como padre.
El señor B tenía muchas veces, la sensación de tener que abandonar la familia, porque estaba harto de todo... pero que no podía hacerlo. Así se explicaba su adicción a la bebida. Era evidente que estaba frustrado y depresivo. Decía que todos sus intentos habían sido en vano.
La señora B dijo que también tenía muchas veces ideas así, de dejar todo y partir. Ella se sentía harta de la pareja y del trabajo.
Les dije: Teddy también. Repetidas veces estuvo a punto de conseguirlo... con el suicidio, matándose... ahí parece haber una profunda coincidencia en su familia; en buscar la solución de los problemas marchándose, resignándose, huyendo...desapareciendo. Hay algo tan fuerte que no se puede con él.
La abuela estaba ahora muerta. Ella ya no tenía problemas.
En una sesión que la pareja comenzó titubeando me dijeron que tenían que explicarme algo. Se cedieron mutuamente la palabra, claramente incómodos, muy corteses.
Entonces, la señora B contó que Helen sí era hija del señor B, pero que cuando llegó en 1956 a Suiza ya estaba embarazada de Teddy, de siete meses. El señor B había estado de acuerdo en reconocer al niño al nacer.
El nombre de Teddy no tenía nada que ver con el osito Teddy, sino que durante la Segunda Guerra Mundial la señora B había escuchado con mucho agrado los discursos de Theodor Roosevelt1. Había venido a Occidente porque se había imaginado un mundo como el que prometía el presidente norteamericano...
La señora B estaba hablando con soltura hasta que su marido se levantó y se fue a la puerta, diciendo únicamente: “No, no”.
¡Pregunté sorprendido qué pasaba ahora!
La señora B prometió contarlo como era realmente. Teddy llevaba el nombre de su padre. Había huido de Hungría con un hombre que no le quiso decir su nombre y decía llamarse Theodor Roosevelt. Ya no se acordaba bien de él, pero de todas formas siempre volvía a pensar en él. Luchaba de verdad por olvidarle, pero también quería encontrarle...
El señor B sabía esto.
Recalqué que lo sabían juntos, y ahora yo lo sabía también en la última sesión... Sólo pude aconsejarle a la señora que tratara lo que este destino le significara con alguien.
No volví a ver al matrimonio B.
El señor y la señora B le habían contado a Teddy acerca de nuestra conversación. También le hablaron sobre la paternidad confusa. Teddy vino todavía a una sesión más conmigo. Después llamaba cada vez menos.
Sin embargo, cuando percibía la sensación de que –como él lo expresaba– “se está acabando la película”, volvía a llamar por teléfono.
Durante algunas de estas ocasiones intenté hablar, aunque fuera por teléfono, del contexto en el que aparecían estos pensamientos. Era siempre que se sentía bajo presión o débil (exámenes, no recibir suficiente dinero de sus padres, peleas con sus compañeros, etc.)
Después hubo una pausa relativamente larga, pero la semana anterior a las vacaciones de Navidad Teddy me sorprendió con una llamada, como lo habíamos acordado... como todos los años.
En 1976 se graduó y volvió a vivir con sus padres. Más tarde compartió piso con otros estudiantes. En aquel tiempo sólo me llamaba para desearme un feliz año nuevo.
A finales de 1978 me contó que estaba estudiando en la Escuela Superior Técnica de Zurich. Según se había informado, el seguro universitario pagaba el psicoanálisis. Aparte de sus estudios, tenía un trabajo en una empresa técnica. Deseaba volver a psicoanalizarse.
Para mí habría de ser una experiencia impresionante.
Teddy vino y se comportó como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos y como si hoy sólo pasara a recoger algo sin importancia. Su frescura de muchacho se había transformado en un cariz de jovencito sabihondo con un cierto aire de superioridad. Naturalmente que conocía el diván sobre el cual ya se había sentado en la primera sesión. Hablaba muy libremente y suelto, me recordaba con su actitud a su madre, que llegaba tan charlatana.
Yo, por mi parte, me esforzaba en imaginar cómo podíamos hacer el análisis, teniendo ya muchos conocimientos sobre la familia y el niño debido a la terapia infantil. Me di cuenta de que estaba algo decepcionado. Me había imaginado otro comienzo, más pomposo, espectacular, ceremonioso, ya que era tan significativo después de tanto tiempo... Teddy había mantenido la relación y volvía.
Hice mi primer intento de interpretación mientras Teddy hablaba con superioridad de la Escuela Superior Técnica. Nombraba a los ayudantes y profesores por su nombre de pila.
Le dije: “Me estás enseñando lo bien que controlas todo, lo bien que te va, para que tenga la sensación de que estamos en terapia, porque lo habíamos acordado, y no porque haya algo que tú necesitas. Nos conocemos hace tanto tiempo que tal vez imaginas que nos vamos a tratar de “tú”, como si fuéramos viejos amigos...”
Aquí también me respondió que había esperado algo parecido. Algunos de sus conocidos decían que era un engreído. Le recordé sus diversas estrategias de rechazar todo, hasta que llegara el suicidio. Pasamos varias sesiones hablando acerca de cómo siempre en su vida se acercaba a las cosas como si no pudieran surgir problemas. Sus “imaginaciones de ruptura” siempre estaban en la retaguardia, como una forma de constante distanciamiento, una especie de postura protectora que era, sin embargo, muy frágil, muy quebradiza. Una forma rudimentaria de descolgarse, de no depender de nada. De todas formas, siempre volvían sus temores. Nuevamente surgió la pregunta de si debíamos hacer análisis.
En ese tiempo él asistía al Seminario Psicoanalítico, pero al cabo de poco tiempo las actividades le parecieron una tontería; con desprecio dejó de ir. Traté de indicarle que por una parte tenía una relación especialmente buena conmigo, que él habla mantenido llamándome y confiándome sus pensamientos, y que por otra parte también yo le parecía tonto... y que esto servía otra vez para distanciarse de los miedos y las dificultades.
Después de un tira y afloje reconoció que me imitaba ante una amiga y ante sus compañeros, burlándose, y que todo lo que yo decía bien podía ser correcto, aunque también podía ser incorrecto...
Año 1980, tiempos de centro de juventud autónomo. Teddy participó desde el principio en el movimiento estudiantil. Sus ideas acerca de “Movimiento” fueron el tema central de nuestras sesiones.
Después dejo de venir en tres ocasiones, sin avisar. Cuando volvió a aparecer, contó que había encontrado para sí un camino mucho mejor que el anticuado psicoanálisis: se inyectaba heroína. El bienestar que sentía no se podía expresar... “un bienestar que comienza en el estómago y te toma por completo”.
¡Y entonces me enfadé otra vez muchísimo! Esta vez no exploté, sino que dije con severidad pero muy decidido: “¡En esa jungla de mierda no voy a meterme contigo! ¡Siguess así y se acabó nuestro trabajo... y seguro que tampoco voy a volver a hacer de salvavidas!”
Me respondió enfadado. Nos peleamos, me dijo que era eso lo que esperaba, que ya entonces le había mostrado sobre todo engreimiento, porque un psicoanalista siempre es tan sábelotodo. Recalqué que era él quien había querido iniciar el tratamiento y que era él quien lo hundía. Que me estaba provocando para obligarme a interrumpirlo, pero que era él quien estaba destruyéndolo si continuaba con la heroína.
Teddy me contó con dificultad una fantasía que había tenido ya de niño, y de la que se acordaba a veces: ser enviado a otra familia después de algún intento de suicidio, entrar en la mía para dejar la suya.
La imposibilidad de entrar en mi familia siempre le había parecido sádica, un rechazo que dolía. En su imaginación, el analista era un padre ideal, pero a la vez era sádico, estricto y muy punitivo.
A partir de aquí, la relación entre nosotros dos fue muy distinta. Teddy me pudo confiar muchas cosas; con el tiempo también me confesó sus actividades homosexuales en el internado. Hablamos mucho de sus desilusiones en la búsqueda de buenos compañeros. La imposibilidad de tener contacto con su padre, el alcoholismo de este, su propia adicción, los medicamentos cuando era niño, la heroína reciente... El sentir profundo de que sólo por estos medios podía uno sentirse satisfecho, sentir bienestar. La abuela en su buhardilla, que “no tenía problemas”, vivía de su pensión y apenas tenía que preocuparse por nada. La envidiaba mucho. Y siempre esa tendencia a hacerse daño.
En el centro juvenil Teddy conoce también mujeres. Se inicia en la “vida amorosa y sexual”. Tiene algunos amoríos, pero duran muy poco.
La búsqueda de buenos compañeros y amigos se vuelve cada vez más importante, personas con las que se pueda hablar y no sólo salir a buscar mujeres. Aquí mi función es como testigo, que quizás alguna vez pueda ayudar con su testimonio, pero que en el fondo no tiene mucho que decir.
La heroína ya no es tema de conversación. Pero la transferencia inversa me presiona constantemente de forma desagradable: siento que sobro cada vez más, pero de una forma que me hace sentir que no encuentro las palabras adecuadas, que soy tonto, que no acabo de entender.
Entonces Teddy cuenta un sueño, el “sueño de la casa”.
“Hay una casa grande y vieja. Estoy en la planta superior. Hay niños, algunos son quizás ya hombres, que se pelean. Yo también peleo con alguien, le abrazo y quiero impedir a toda costa que me tire al suelo. Entonces se hunde el suelo. Todo se cae, menos yo, que me quedo arriba y observo la guerra que hay abajo. ¡Por suerte no me he caído! ¡Hay tiros! Veo que mi madre se ha escondido hábilmente. Me despierto tranquilo, no le puede pasar nada.”
Resalté las dos figuras fuertes de este sueño. A ninguna de las dos les pasa nada: él se queda arriba y la madre se ha podido esconder. A esto Teddy contesta: “Muchas veces soy como mi madre, aunque no quiera serlo.”
Concluimos que parece estar muy unido a su madre en este sueño. Le recuerdo la figura con la que lucha, y añado después de un tiempo que pienso que se trata del analista. Teddy me corrige y dice que piensa que es el análisis.
¡Sí! Está abrazado al análisis íntimamente y lucha para no caerse. Todas estas figuras de su sueño las ha creado él. Intento acercarle a este sueño como su propia obra de arte.
Aquí le comunico a Teddy mi transferencia recíproca: por una parte, la sensación de estar seguro de que estamos avanzando, y por otra parte la sensación de sobrar y de ser tonto.
Teddy contesta espontáneamente que esa es la relación que tiene con la abuela, una relación de la que no le apetece mucho ocuparse.
De esta manera llegamos a un capítulo importante del análisis de Teddy, que también nos permitió reconstruir una parte de la historia de su vida que ya no estaba presente en la familia.
La abuela B no había querido que su hijo se casara con una extranjera que estaba embarazada. Sin embargo, la señora B, con su forma de ser amable y con su trabajo en el restaurante, había conseguido que se ampliara la clientela. Esto le fue reconocido con el tiempo. ¡Al fin y al cabo el dinero era muy importante! Las dos mujeres decidieron que la abuela se haría cargo del cuidado y la atención del pequeño bebé “Teddy”. La madre se dedicó al restaurante y a la posada. La relación entre la abuela y su nieto era en aquel tiempo muy íntima: el bebé sólo recibía la leche materna por la mañana y por la noche. Durante el día la abuela le daba el biberón. Hasta que Teddy tuvo casi cuatro años seguía durmiendo en la cama de matrimonio de la abuela. Con el nacimiento de la hermana de Teddy llegó la nieta “verdadera”. Teddy no sólo tuvo que irse de la cama de la abuela, sino que esta, rara y huidiza, se apartó de él, como si antes no hubiese habido ninguna relación. Teddy contó durante las sesiones que a veces ni siquiera le devolvía el saludo, o que le miraba dura y fijamente, casi con maldad, sin hablar.
Teddy le tomó miedo, pero al mismo tiempo con ella aprendió a robar.
Muchas veces entraba en su buhardilla y se llevaba algo, a veces incluso sólo para hacerla rabiar. Así llegó a las pastillas. Al principio sólo eran como juguetes, luego las probó. Los efectos le daban miedo, pero al mismo tiempo de esta forma mantenía inconscientemente la relación con la abuela. Abandonado, lleno de miedo, rabia y deseos de venganza, intentaba lastimarla, que sintiera lo que le había hecho... y con ello se exponía terriblemente al peligro.
La idea de haber sido dejado también en la estacada por su padre verdadero era igualmente una herida profunda de su yo. Creyó que estas heridas le quedarían para toda la vida. El círculo de las identificaciones era como un terrible carrusel, como el escurridor de lechuga, que no lo soltaría ya nunca más. Cuanto más se vengaba, más enfermaba, se volvía tan débil y acabado como su abuela.
Trabajamos mucho hasta que sus propias fuerzas fueron lo suficientemente estables como para distanciarse lentamente de su “familia de identificación interna”. Esa cosa que lo atraía y alejaba simultáneamente.
Se fijó de que no todas las relaciones tenían que ser iguales, siempre bajo las mismas leyes de existencia... a veces se podía ser sincero... pero era siempre un riesgo ¿Cómo dejaríamos algún día nuestra relación psicoanalítica? Al fin y al cabo también era en parte una “relación monetaria”, ¡pero los dos sentíamos algo muy, muy distinto!
Una vez más tocamos un capítulo especialmente importante: el significado, idealización y admiración de los muertos. ¿¡Tenia que morir para encontrar un lugar seguro en las representaciones de los demás!? Como bebé había ocupado el lugar del abuelo muerto, era hijo de un Theodor Roosevelt desconocido, de un segundo padre que no estaba porque bebía, de una madre que siempre estaba con prisas y que pensaba en “alguien” que no estaba... Un mundo lleno de objetos producto de la fantasía o del pensamiento. Participar en estas imaginaciones produjo su identificación narcisista con el entorno. Sólo así podía vivir de acuerdo con su familia.
Teddy terminó sus estudios en la Escuela Técnica Superior y pronto quiso viajar a otros países y, como él decía, “conocer ese mundo, donde no todos son iguales”. Yo también consideré entonces que le vendría bien ausentarse, alejarse, descubrir cosas y gente nueva. Se casó en el extranjero y ahora es padre de un niño de dos años. Creo que la relación de identificación con el “analista-salvavidas” ha quedado.
Cuando finalizamos nuestro trabajo, consideramos que Teddy algún día podría continuar un análisis tal vez con una mujer, con el fin de estudiar las identificaciones conmigo.

Nota
1. Roosevelt, Theodore, Presidente de EE.UU, 1901-1909; Roosevelt Franklin Delano, Presidente de EE.UU. 2, 1933 4+112.4.45. No estoy seguro a cuál de estos dos le llamaban “Teddy”, probablemente al primero, pero este no participó en ninguna guerra. También existió un brigada norteamericano llamado Theodor Roosevelt, Jr. Quizás sea una contaminación por parte de la señora B.

Pedro Grosz
Psicoanalista

 

Pedro Grosz es un psicoanalista argentino residente en Zurich, Suiza. Fue integrante de Plataforma Internacional (movimiento que surgió en 1969 criticando al psicoanálisis oficial de la IPA) y Director del Seminario Psicoanalítico de Zurich.
El presente trabajo es la segunda parte de una exposición más extensa que teoriza sobre los efectos de la situación social actual sobre los tratamientos psicoanalíticos (más específicamente la azarosa cobertura del seguro de Salud). Aunque nos parezca mentira la cobertura social tiene ciertos parecidos en Suiza y en la Argentina. En la cobertura social la mayoría de las veces se pone delante los costos por sobre el tratamiento mismo, dejando desprotegidos a pacientes y terapeutas.
El caso clínico nos muestra cómo a pesar de todo lo antedicho, un analista con todas las letras se hace cargo de su lugar.
 

 
Articulo publicado en
Marzo / 2000

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