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Marcuse y Chomsky, la crítica y las alternativas

 

La conferencia de Noam Chomsky en la reunión del Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), en La Habana, inevitablemente evocó la obra de Herbert Marcuse, sobre todo aquélla en que analiza críticamente la situación de la "sociedad industrial avanzada" (One Dimensional Man) en los años sesenta del siglo pasado. Creo de gran interés pasar revista comparativa a ciertos elementos de sus teorías, para encontrar analogías y diferencias relevantes para nuestro tiempo.

Pienso que Noam Chomsky suscribiría las impresionantes y duras palabras con que se inicia El hombre unidimensional: "Una confortable, callada, razonable, democracia sin libertades prevalece en la avanzada civilización industrial. En verdad, ¿qué puede ser más racional que la supresión de la individualidad en la mecanización del socialmente necesario y doloroso funcionamiento de esa civilización? ¿La concentración de las iniciativas individuales en manos de las más eficientes y productivas corporaciones? ¿La suspensión
de las prerrogativas y de las soberanías nacionales que impiden la organización internacional de los recursos?"
Otras palabras: "La racionalidad tecnológica revela su carácter político cuando se convierte en el gran vehículo para una mejor y más estricta dominación, creando un universo realmente totalitario en el cual la sociedad y la naturaleza, la mente y el cuerpo son
conservados en un permanente estado de movilización precisamente en defensa de ese universo".
Por su lado, en una entrevista Chomsky dice que "los poderes en Estados Unidos buscan formar una democracia de arriba abajo que deje intocadas las actuales estructuras de poder en su efectivo control: básicamente por las corporaciones y sus aliados.
Cualquier forma de democracia que se abstenga de desafiar y deje sin modificar las tradicionales estructuras de poder es admisible. Pero, como siempre, resulta intolerable cualquier forma de democracia que limite y disminuya ese poder".

Añade después: "Esto es lo que ha sido tradicionalmente el sistema fascista, que significa un sistema en el cual el Estado integra al trabajo y al capital y los sitúa bajo el control de la estructura corporativa. El fascismo puede variar en la forma en que opera, pero el Estado que procura es absolutista: el control de arriba abajo con el pueblo siguiendo sus órdenes. El fascismo es una forma de dominación política., desde el consejo de directores hasta los
últimos empleados y ciudadanos. El poder no surge de abajo hacia arriba sino que está concentrado en manos de los inversionistas, de los propietarios, de los banqueros, etcétera".
Lo asombroso, pero previsible, es no solamente la muy amplia coincidencia de la visión de ambos intelectuales sobre la situación de las sociedades más avanzadas (en primer lugar Estados Unidos), sino que, en efecto, el desarrollo histórico confirma tal visión, a niveles no sospechados.
Una primera cuestión se refiere al colapso de la democracia y de las llamadas instituciones liberales. Es bien sabido que desde el siglo XIX se multiplicaron las "denuncias" acerca del "vaciamiento" de las ideas democráticas del siglo XVIII, que sin duda encerraban un profundo significado subversivo. La "democracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" (en la revolución norteamericana) y las ideas de "libertad, igualdad y fraternidad" (en la revolución francesa) pronto fueron falsificadas y despojadas de su contenido original. Con el paso del tiempo, la democracia se convirtió en una mera "ceremonia" que ha
significado en la práctica trasladar la "cosa pública" de su necesaria base popular a un manejo concentrado en las oligarquías, cualquiera que sea su práctica expresión.
De instrumento de liberación del hombre y la sociedad, la democracia se convirtió simplemente en medio de manipulación y sometimiento que fue denunciado desde sus inicios, por supuesto, radicalmente en la obra de Marx. Para Marcuse, la falsificación de la democracia es sólo una de las dimensiones en que se expresa el actual aparato de los controles que ejercen las corporaciones sobre la sociedad en su conjunto y sobre las organizaciones sociales particulares y los individuos. El poder está concentrado y no refleja
nunca las necesidades reales de la sociedad. La "libertad" es una libertad administrada y, en
definitiva, sometida a los intereses corporativos, que eliminan cualquier posibilidad efectiva de que se manifieste la "voluntad general" (Rousseau).
Para Chomsky, "toda forma de poder concentrado rechaza el control democrático popular. Es por ello que muy poderosos sectores, inclusive la riqueza corporativa, se oponen al funcionamiento de la democracia, de la misma manera que se oponen a un efectivo juego libre del mercado, que procuran siempre eliminar. Esto es natural: las corporaciones no admiten ningún límite externo a su capacidad de actuar y tomar decisiones sin restricciones de ninguna especie. Los ciudadanos se presentan cada dos años para ratificar decisiones
que se tomaron en otra parte o para seleccionar 'representantes' de los sectores dominantes en lo que se llama una 'elección'. Es útil, porque el proceso tiene sin duda un efecto legitimante".
Y, todavía Chomsky, citando a Thomas Jefferson, dice que "los aristócratas temen al pueblo y se proponen arrancarle todos los poderes para depositarlos en las manos de las clases altas". Añade: "muchos liberales son aristócratas en el sentido de Jefferson, por
ejemplo Henry Kissinger es el extremo ejemplo de un aristócrata". Los demócratas -completa Chomsky- piensan que el pueblo debe controlar el poder, inclusive si hay el peligro de que no tome las mejores decisiones. Hoy existen muchos demócratas pero están
marginados".
Aún más, en palabras de Chomsky: "Dewey fue una de las últimas personas que asumió (en Estados Unidos) la visión jeffersoniana de la democracia. En la primera mitad del siglo XX, escribió que la democracia no es un fin en sí misma, sino un medio en que el pueblo descubre y amplía y manifiesta su naturaleza humana fundamental y sus derechos humanos. La democracia tiene sus raíces en la libertad, en la solidaridad, en la capacidad de optar por su trabajo y en su habilidad para participar en el orden social. La democracia da origen a un real pueblo: tal es el más alto producto de una sociedad democrática: un real pueblo".
En las palabras de Marcuse y Chomsky, se revela el "secreto" de una "democracia" como la estadounidense en que se manipula la opinión pública y se miente descaradamente, lanzándola por ejemplo a una guerra en que se le repite incansablemente del peligro para su pueblo (y para otros pueblos) de las "armas de destrucción masiva" de Saddam Hussein o cuando la presidencia de George W. Bush fue ganada en definitiva por un solo voto de la Suprema Corte de ese país. En ambos pensadores está presente, en el caso de Estados Unidos (y también de las llamadas "democracias establecidas"), la futilidad de los partidos políticos que, más allá de matices, ciertamente a veces importantes, únicamente reflejan los intereses corporativos. El papel que cumplen en Estados Unidos los partidos demócrata y republicano reflejaría meridianamente esa identidad básica y la anulación virtual de toda vía de cambio profundo en la sociedad estadounidense.

En el análisis de ambos pensadores, se implica profundamente la crisis del Estado liberal y de sus partidos políticos y la necesidad de reconstruir una democracia que, al menos, rescate el carácter igualitario, de libertades efectivas y de solidaridad que caracterizó a la idea de democracia en sus orígenes. Una de las más necesarias y urgentes tareas revolucionarias del presente sería la de rescatar el sentido genuino y subversivo de la idea de democracia en su sentido pleno.
En su obra, Herbert Marcuse sostiene que el desarrollo del capitalismo consumista significa una profunda amenaza en contra de la libertad y de la personalidad individual. Escribe: "Como consecuencia de la manera en que ha organizado su base tecnológica, la sociedad industrial contemporánea tiende a ser totalitaria, ya que el 'totalitarismo' no es solamente la coordinación política terrorista de la sociedad sino también una coordinación económica y técnica no terrorista que opera a través de la manipulación de las necesidades sociales a favor de las clases dominantes. Así se evita la aparición de una efectiva oposición en contra del total implantado. No solamente una forma específica de gobierno construye el totalitarismo sino un específico modo de producción y de distribución que puede ser compatible con el 'pluralismo' de los partidos políticos, periódicos y publicaciones y hasta con determinados contrapoderes".

Y todavía: las clases dominantes "utilizan la tecnología para manipular las necesidades, para indoctrinar, para integrar a las oposiciones potenciales y para manejar y administrar a la sociedad. Las sociedades capitalistas avanzadas son 'totalitarias' porque están enteramente controladas por la hegemonía del capital". De acuerdo con el pensamiento de Marcuse, el capital controla al Estado, los medios de difusión e información, los aparatos educativos e ideológicos y las instituciones sociales, ya que los utiliza para maximizar las ganancias y mantener el control social, eliminando a las oposiciones e integrando a los individuos al sistema capitalista.
No es necesario subrayar el paralelismo de las reflexiones de Chomsky y Marcuse en el punto del carácter totalitario o "fascista" que ha asumido la sociedad industrial avanzada. La analogía de sus tesis resulta impresionante, aun a cuatro decenios de distancia. Más aún, debería decirse que la tendencia se ha extremado y, en ello, por supuesto tienen que ver los adelantos tecnológicos aplicados a los medios de comunicación e información. Los satélites y el envío instantáneo de información y publicidad a los confines del globo, la fusión de compañías que articulan y difunden sus intereses a escala planetaria, la rampante convergencia ideológica de los aparatos políticos y económicos, todo ello condiciona enormemente el desarrollo y afirmación del pensamiento único y lineal. Los intereses globalizados proyectan un mundo homogéneo en que los valores, los gustos y las creencias estandarizadas, en todas partes si fuera posible, serían el principal soporte del mercado.

Chomsky inclusive llega a decir que los medios de comunicación "utilizan propiedad pública", ya que es el pueblo quien tiene la real propiedad de los espacios abiertos y son las corporaciones las que ahora las aprovechan para sus intereses, por ejemplo Internet (en su origen creado públicamente). "De hecho vivimos en un sistema de tiranías privadas subsidiadas masivamente por la esfera pública. Esto es peligroso en todos los terrenos, pero particularmente en los sistemas de información. Por lo demás –continúa diciendo Chomsky-, tal sería la razón de que las corporaciones privadas seleccionen su información para proteger a los intereses privados. De ahí que los principales medios de información no reporten, por ejemplo, las atrocidades cometidas por muchos dictadores, siempre que sean amigos de los negocios norteamericanos. Por ello, ha sido tan frecuente la ausencia de información sobre dictaduras latinoamericanas dirigidas por déspotas proamericanos".
El propio Chomsky ha dicho que la difusión publicitaria y para el consumismo es, en Estados Unidos, uno de los capítulos más avanzados de los estudios de psicología aplicada y de ingeniería social y que esto comienza desde los primeros años en que se condiciona a los niños (y a los padres de los niños) a una serie de reacciones vinculadas inconsciente pero fuertemente con la necesidad de buscar la más alta "gratificación" y "realización" posible de la vida en objetos que pueden ser comprados y vendidos, hasta convertirse esta inclinación en una profunda distorsión de la mente y de la voluntad que llega a ser la "regla" que gobierna la vida entera. "Compro, luego existo", como ha dicho una aguda novelista mexicana (Guadalupe Loaeza), o "dime qué compras y te diré quién eres", que viene a lo mismo.

En otras palabras, el consumismo y la sociedad de consumo no son derivados aleatorios del sistema capitalista, sino efectos rigurosamente condicionados por un sistema de estímulos "conductistas" que los buscan y provocan. Los astronómicos gastos en publicidad de las sociedades de consumo más ricas no resultan entonces un simple desperdicios (aunque lo
sean profundamente en otra perspectiva), sino inversiones planeadas que no sólo están dirigidas a incrementar el ingreso corporativo, sino verdaderamente a controlar las conductas y las mentes de los sujetos sociales. La "sociedad unidimensional" cobra realidad a través de la tecnología aplicada. Al final de cuentas, "el aparato productivo de bienes y servicios produce -vende- el sistema social como un todo, dice Marcuse. Los medios de comunicación de masas, los bienes y servicios que circulan inconteniblemente, la irresistible producción de bienes para el entretenimiento y la información llevan
en sí mismos actitudes y hábitos prescritos de antemano, determinadas reacciones emocionales e intelectuales que atan al consumidor, con mayor o menor goce, al productor y, por esa vía, a la sociedad como un todo. Los productos adoctrinan, manipulan y promueven una falsa conciencia que es inmune ante su propia falsedad. Cuando la situación se extiende socialmente, el adoctrinamiento cesa de ser publicidad: se convierte en una verdadera forma de vida y, como 'buena vida', milita en contra de cualquier idea o movimiento que busque un verdadero cambio social cualitativo".
"El universo totalitario de la racionalidad tecnológica", nos dice por otra parte Marcuse, "es la última encarnación de la idea de Razón" y "tal es el proceso que subyace a la actual dominación". "El cerrado universo operacional de la civilización industrial con su aterradora 'armonía' entre libertad y opresión, entre productividad y destrucción, entre crecimiento y regresión, está contenido en un diseño de la idea de razón como proyecto histórico concreto".
Por supuesto, "la característica distintiva de las sociedades industriales avanzadas es la de 'sofocar' las necesidades del hombre que demandan la liberación., al mismo tiempo que sostienen el poder destructivo y la función represiva de la sociedad de la abundancia".
"Los controles sociales -sigue diciéndonos Marcuse en El hombre unidimensional- imponen una abrumadora necesidad en favor de la producción y el consumo del desperdicio; la necesidad de un trabajo estupidizante, que no sería ya socialmente necesario.; y la necesidad de mantener decepcionantes libertades como la libertad de competir (en los 'mercados libres') a precios administrados o una 'libre prensa' que se censura a sí misma o la 'libre' elección entre marcas y gadgets".
En otras palabras, la libertad de elegir entre una variedad de bienes y servicios no contiene ni significa la real libertad cuando esos bienes y servicios encarnan precisamente los controles sociales y, en definitiva, la alienación del hombre y de la sociedad.
La ilusión de la "libertad" y la "igualdad" se refuerza en ese mundo subordinado por la acción de la propaganda y de los medios de comunicación, cumpliendo
una exacta función ideológica: "si el trabajador y su patrón gozan del mismo programa de TV y visitan los mismos lugares de recreo, si la secretaria tiene la misma figura y utiliza diariamente los mismos pantalones que la hija del jefe, si el negro es dueño de un Cadillac, si todos leen los mismos periódicos, tal asimilación indica no la desaparición de las clases, sino la amplitud con que las necesidades y su satisfacción que sostienen el establishment son compartidas por la población, incluso la de bajos ingresos". En todo esto -añade Marcuse-, "volvemos a confrontarnos con uno de los aspectos más vejatorios de la civilización industrial avanzada: el carácter racional de su irracionalidad".
Otro notable punto de convergencia entre Noam Chomsky y Herbert Marcuse se encuentra en el terreno de lo que Orwell llamó Newspeake (Nuevo Lenguaje). Así, nos dice Chomsky, la agresión de un Estado terrorista como Estados Unidos a un país del Tercer Mundo se convierte en "defensa de la democracia y de los derechos humanos" y la democracia (según la definición de Winston Churchill al terminar la Segunda Guerra Mundial) "se logra exitosamente cuando los gobiernos quedan a salvo en manos de los ricos que viven entre los habitantes pacificados de sus países". Es decir, debe garantizarse el poder de los privilegiados en tanto que la población ha de ser reducida al estatus
de meros observadores pasivos, al mismo tiempo que deben ser eliminadas todas las posibilidades de que se desafíe el poder de los "naturales dirigentes". Al amparo de esa interpretación, se explica el designio estadounidense de imponer mundialmente su "democracia".

No hay, pues, ninguna contradicción entre invadir demoliendo a Iraq, o a Vietnam antes, y proponerles el "pacífico desarrollo de la democracia". Tampoco habría contradicción alguna entre predicar "la democracia" y derrocar a los gobernantes democráticamente electos, cuando no son del agrado de Estados Unidos, como en los casos de Guatemala, Brasil, República Dominicana, Filipinas, Chile y Nicaragua, u organizar actos de terrorismo de Estado para oponerse a las reformas sociales en esos y otros países. En realidad, la política en favor de la democracia y de los derechos humanos "impuesta" por Estados Unidos, si es necesario a sangre y fuego -advierte Chomsky-, debe tener como
guía el principio de "que los otros países controlen sus propios destinos, a menos de que las cosas se salgan de control y afecten adversamente los intereses de Estados Unidos".
Debe insistirse en que la elección de los amos, en términos de Marcuse, no elimina a los amos ni a los esclavos. La ceremonia de las elecciones en la "democracia liberal" no alude en ningún punto a la transformación de las relaciones sociales existentes de dominación, sino al contrario: la confirma y legitima.
En obras posteriores a El hombre unidimensional, Marcuse se refirió también abundantemente al "lenguaje orwelliano" y al Newspeake como una de las
características de los disimulos y falsedades propagandísticas tan comunes en Estados Unidos y otras sociedades industriales avanzadas. Por ejemplo, recuerda que la despiadada destrucción de pequeños pueblos en Vietnam fue llamada por el gobierno y los medios "programa de pacificación" y los campos de concentración creados "centros de ambientación del personal combatiente". "Fuego amigo" o "accidental entrega de equipo ordinario", cuando por alguna equivocación se bombardea a las propias tropas. El ataque no provocado a una inocente población ha sido llamado "ataque preventivo".
Este "doble lenguaje" habría llegado a una de sus más altas expresiones en la administración de Ronald Reagan (hasta que George W. Bush llegó al poder, que
seguramente, se lleva las palmas). A la andanada de mentiras reaganitas se le llamó "malentendidos", a sus enemigos, como ahora, "terroristas". A las bandas terroristas que atacaron desde Honduras al gobierno sandinista de Nicaragua se les llamó "luchadores por la libertad", al mismo tiempo que, en el manual elaborado por la CIA para el consumo de esas bandas, el consejo de asesinar a nicaragüenses del ejército sandinista (o a altos funcionarios de ese gobierno) se le llamaba simplemente "neutralizar".
Podrían multiplicarse casi al infinito los ejemplos de este "doble lenguaje" tan característico de los grandes poderes "democráticos" que ocultan las simples verdades y realidades a sus pueblos. El cambio del significado de las palabras y expresiones sería una de las notas sobresalientes de los poderes democráticos manipulando las conciencias a través de los medios de comunicación.
Desde el punto de vista teórico, el "doble lenguaje" de la propaganda política y de las movilizaciones electorales se dobla a su vez, en el plano académico, de una interpretación social (la sociología empírica) que proclama su carácter "científico" y "objetivo" porque exclusivamente se refiere a "hechos". Se trata de ese "pensamiento operacional" que gobierna hoy los análisis sobre la realidad humana, individual y social, mental y material. Su debilidad mayor –su "mentira mayor"- es inevitable porque se refiere a "hechos" y "procesos" totalmente desvinculados de las condiciones y procesos que definen su realidad, su verdad. Se trata de un falso carácter concreto de la realidad; entonces, su carácter "operacional" asume una función política concreta. Se habla de "desviaciones" de la conducta social. Es decir, en definitiva la conducta es examinada inclusive con un carácter terapéutico, de la necesidad de "ajustarse a la realidad social". En el fondo, la "realidad es racional", lo que es resulta la máxima expresión mistificada de la situación imperante.

Para el establishment, nos dice Marcuse, la "teoría funcional" y el "discurso operativo" resultan vitales para legitimar su existencia "como es". Quedan por tanto fuera de su horizonte conceptual los elementos críticos, trascendentes, del pensamiento y el análisis. Su función es simplemente la de servir como vehículo de coordinación y subordinación. El lenguaje multifuncional, el pensamiento crítico y la diversidad de la experiencias se convierten en lenguaje único, en un pensamiento puramente lineal y en la unidad (impuesta) sobre la diversidad. El carácter históricamente explosivo de las contradicciones sociales y del pensamiento que las analiza quedan absolutamente silenciados.
El problema es que, al final de cuentas, la estadística, las "mediciones" y los estudios de campo de la sociología y de la teoría política empíricas resultan no tan racionales como se pretende. Nos entregan "conocimientos" mistificados en la medida en que se aíslan de su concreto significado y contexto, al cual únicamente puede llegarse a través del pensamiento crítico y dialéctico. En la sociología funcional y lineal, se llega en el mejor de los casos a la descripción de ciertos fenómenos externos, pero no a su real significación histórica: se trata, como decimos, de un "conocimiento" espurio, mistificado y mistificador, ideológico.
Noam Chomsky y Herbert Marcuse ejercen una teoría crítica radical, si bien con los diferentes instrumentos de su propia formación y tradición filosófica. Chomsky con el escalpelo de un análisis lingüístico que se trasciende a sí mismo y es revelador de la función del lenguaje como "ocultador" de la realidad, como trampa publicitaria y encubridora. Por supuesto, una profunda convicción democrática es la piedra de sostén de sus análisis demoledores y una indomable entereza moral. Por eso, se ha erigido en ejemplar de la crítica contemporánea a los manejos del imperialismo, de los intereses corporativos, del poder desnudo de la fuerza que apenas se oculta bajo la hoja de parra de una maraña de instituciones que se niegan a sí mismas.

Marcuse, formado en una tradición filosófica que tiene sus raíces en Hegel, Marx, Freud, Husserl y en el mismo Heidegger, exhibe las falsedades (color de rosa) que ocultan una realidad despiadada de opresión, explotación y dominio. Y la profunda alienación que gobierna la realidad individual y social de la "civilización industrial", en realidad mostrándola como un aparato negador de las verdaderas necesidades humanas, de las posibilidades de liberación a que aspira el ser humano y la sociedad.  En realidad, para ambos pensadores no hemos llegado al "fin de las ideologías" o al "fin de la historia", sino que la actual civilización "organizada" se presenta como profundamente ideológica, encubridora y mistificadora: como la "organización" de la opresión y la explotación. Se trata de una lógica y de una ideología "totalitarias" en la medida que originan "quietismo" y "conformismo". Las críticas de Chomsky y Marcuse, por el contrario, son profundamente militantes en la medida en que proporcionan los instrumentos necesarios para negar, también en la práctica, el estado opresivo de las cosas, de la actual sociedad totalitaria. Sus críticas conducen necesariamente a una militancia que buscaría la liberación de los humanos y de sus actuales condiciones sociales: el "Gran Rechazo" se convierte así, en ellos, en la necesidad del "Gran Cambio", de la sustancial modificación cualitativa de las formas de vivir, consumir, pensar y relacionarse unos hombres con otros.
El "pensamiento mistificado y mistificador", es decir, ideológico, del sistema actual de poderes, tendría una clara dimensión terapéutica, en la medida en que simplemente procura "ajustar" y combatir las "falsas" ilusiones y las esperanzas de un mundo mejor y más equilibrado, proponiéndose que el "paciente" pueda funcionar "normalmente" en su mundo de las falsificaciones y alineaciones. El filósofo crítico, en cambio, tendría como meta hacer comprender a los hombres el mundo en que vive y entender lo que ese mundo ha hecho con el hombre y la sociedad, liquidando sus mejores valores y posibilidades y, también, por
supuesto, mostrándole las alternativas a su alcance para modificar el mundo, para "revolucionarlo". El objetivo de la ideología terapéutica (el caso de la sociología empirista y funcional ), en el extremo opuesto del pensamiento crítico y multidimensional, es el de convertir la filosofía en "pensamiento único", es decir, tiene un fin claramente político: eliminar del horizonte filosófico la "negatividad" y el "rechazo", procurando silenciar la fuerza explosiva y revolucionaria del pensamiento crítico. La filosofía crítica, liberada del conformismo de los discursos establecidos, es capaz en cambio de descubrir las contradicciones y elementos negativos del establishment, asumiendo también como función esencial la propuesta de las alternativas posibles que el hombre tiene frente a sí en el mundo de la opresión y la explotación que vive. Muestra ese mundo tal como es y al mostrarlo (con su maraña asfixiante de alienaciones y desequilibrios) exhibe también las carencias del ser humano, inclusive aquellas potenciales que aluden a las posibilidades de cambio cualitativo y de "nueva vida", aquellas asfixiadas y excluidas por la fuerza de los poderes establecidos: las que "prohíben" ser a las alternativas. La filosofía y la sociología críticas, el pensamiento crítico, escapan de las limitaciones construidas y se erigen en pensamiento liberador y, literalmente, en pensamiento para la vida (individual y social).

La cuestión de las alternativas, de las posibilidades reales de liberación del mundo de la opresión y la cuestión de la praxis se convierten nuevamente en cuestiones centrales de la filosofía, no únicamente en el nivel teórico, sino en el de su proyección práctica. En el mismo encuentro de La Habana del CLACSO, al que hemos aludido, se plantearon precisamente esas cuestiones de manera abierta y fueron esenciales en la discusión.
¿Tiene salida el mundo cerrado, totalitario, manipulador y consumista que estudian críticamente los filósofos y que caracterizaría a la "civilización industrial" en conjunto, pero ahora con especial alarma en el caso del gobierno de George W. Bush y su círculo ultraconservador instalado en Washington, que ha llevado las tendencias totalitarias del capitalismo a sus extremos explícitos y actuantes? ¿Existen alternativas históricas de cambio a ese mundo cerrado, escapatorias que abran las puertas hacia sociedades no manipuladas y libres, con una genuina democracia en que al menos se hagan plena realidad los emblemas de la revolución francesa y de la propia norteamericana : "libertad, igualdad, fraternidad" o un gobierno "del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". La respuesta se dio con gran riqueza en la reunión del CLACSO, en boca de varios participantes de excepcional rigor intelectual, algunos académicos y otros líderes de los movimientos sociales más importantes de nuestro tiempo. Por cierto, no sale sobrando subrayar hasta qué punto resulta superficial y propagandística la especie de que la inteligencia continental y mundial se ha apartado de Cuba. La reunión que mencionamos fue una de notable densidad intelectual y concentración de saber y honestidad, no fácil de encontrar en ninguna reunión en cualquier parte. Mencionemos algunas de las expresiones que allí se manifestaron, sobre esta cuestión clave de las alternativas.
Perry Anderson, de Gran Bretaña, efectuó el examen de la situación mundial en la pos Guerra Fría observando que, además de la contradicción fundamental anterior entre comunismo y capitalismo, otras contradicciones y luchas también estuvieron en marcha y han continuado en el último decenio, muchas veces aun con mayor intensidad en estos tiempos difíciles: las batallas antimperialistas por la liberación del yugo colonialista y en favor de la conquista de una genuina y no sólo aparente soberanía de las naciones. El afán imperialista de liquidar las soberanías, por ejemplo en el ataque a Yugoslavia en 1999, señala una mutación internacional decisiva: el pretexto de los derechos humanos (que no su genuina aplicación) sobre las soberanías nacionales. De ahí a la rehabilitación del imperialismo, bajo la pluma de varios escritores alservicio del superpoder, sólo ha habido un paso: para ellos, el imperialismo sería un régimen político de
alto valor modernizante y civilizador.
En la actualidad -siempre Perry Anderson-, el imperio se distingue por la "globalización" de su militarismo que procura imponer, por la fuerza, las líneas maestras de una economía especulativa y ultraconcentrada. Los puntos de resistencia se ubican hoy principalmente en Medio Oriente, Asia Menor y también en América Latina, y sin circunscripción geográfica, pero no de manera menos pujante, en un corte longitudinal que cubre prácticamente a todos los pueblos, en movimientos sociales que han sido capaces de expresarse por millones en contra de la guerra de Iraq y que se manifiestan continuamente de mil maneras, en contra de la "economía de casino" vigente (Cancún, en tiempos recientísimos, sería otro ejemplo de lo dicho).
En Europa, según el mismo autor, habría una marcada asimetría entre la calle y el palacio: los gobiernos se han entregado al poder del imperio, en tanto que extensas zonas sociales se oponen a las aventuras militares. La misma asimetría se observaría en el mundo islámico en que, más allá de la cerrada resistencia que distingue hoy a Iraq, Palestina y Afganistán, una corte de gobierno árabes se inclina dócilmente ante la voz del amo. En América Latina, se
daría en cambio una situación inédita y del máximo interés: la oposición no sólo se ubica en la calle, sino que ha llegado también a ciertos gobiernos que, en circunstancias y con variados matices, "difieren" de la línea general decidida por el imperio. En el terreno de la resistencia militante, encontraríamos a los zapatistas de México y a los "sin tierra" de Brasil, a los cocaleros y mineros de Bolivia, a los piqueteros de Argentina, a los huelguistas de Perú, al bloque indígena de Ecuador y tantos otros. No por casualidad el Foro Social de
Porto Alegre se sitúa en tierra latinoamericana. Sería también notable por su fuerza y extensión la resistencia continental al ALCA y la defensa del Mercosur. Obviamente, la reciente revolución boliviana, que expulsó del poder al ultraneoliberal Gonzalo Sánchez de Lozada, se inscribe fuertemente en este panorama de renovación latinoamericana. El líder indígena Evo Morales, asistente a otra reunión reciente en México, "En defensa de la
Humanidad", y a la del CLACSO en La Habana, llamó a realizar un encuentro entre los presidentes de Brasil, Argentina, Venezuela, Cuba y Bolivia para delinear la estrategia de la resistencia al neoliberalismo y al imperialismo estadounidense, militarista y especulativo. Apuntó también: "Los pueblos han perdido miedo hacia el imperialismo norteamericano. La amenaza no nos asusta, más bien certifica nuestra postura contra el neoliberalismo. Siempre hemos sido optimistas -añadió-: es el momento en que se sientan las bases de conciencias ideológicas, culturales, de identidad en defensa de nuestra dignidad, estamos
seguros por dónde estamos caminado y lo haremos sin parar hasta liberar a nuestros pueblos".
Por su lado, plenamente coincidente con las expresiones anteriores, el sociólogo brasileño Emir Sader proclamó que "hoy somos testigos de la más espectacular ola de movilización que el continente ha vivido desde hace decenios. América Latina pasa a tener un protagonismo en recomponer una alianza del sur del mundo. No por casualidad las peleas menores entre Europa y EU desaparecieron de la noche a la mañana con la aparición de una alianza que incorporó a países como China, India, México, Brasil, que son la gran mayoría de la población del mundo" (se refiere al "grupo de los 22" que actuó en Cancún).
Añade: "El cuadro es favorable por el agotamiento del neoliberalismo, agotamiento que se expresa en que hoy los presidentes neoliberales de América Latina de los años noventa vivieron y viven muy serios problemas: Fujimori, Menem, Cardoso. Los presidentes que mantienen el neoliberalismo fracasan de inmediato: fracasó De la Rúa, Sánchez de Lozada, Valle, Fox, Toledo, y fracasarán todos los que mantengan el neoliberalismo. Ahora, desde el fracaso de De la Rúa, se hizo evidente el agotamiento del modelo".

Vale todavía la pena mencionar al sociólogo y economista egipcio Samir Amin, para quien el actual imperialismo se ejerce "colectivamente" (Estados Unidos, Europa y Japón), pero dentro del cual Washington habría comprendido que "para conservar su hegemonía dispone de tres ventajas decisivas sobre sus competidores europeos y japonés: el control de los recursos naturales del globo terráqueo, el monopolio militar y el peso que tiene la 'cultura anglosajona' a través de la cual se expresa preferentemente la dominación ideológica del capitalismo".
En un análisis excepcionalmente brillante, Samir Amin sostuvo que "Europa en particular y el resto del mundo en general deberán escoger entre una de las dos opciones estratégicas siguientes: utilizar el 'excedente' de los capitales ('de ahorro') de que disponen para financiar el déficit de Estados Unidos (de consumo, inversiones y gastos militares) o conservar e invertir en ellos estos excedentes".

Más aún, "El proyecto de la clase dirigente de Estados Unidos: extender la doctrina Monroe a todo el planeta. Este proyecto, el cual yo (Samir Amin) calificaría sin vacilaciones de desmesurado e incluso de demencial y criminal por lo que implica, no nació de la cabeza del presidente Bush hijo, para ser puesto en práctica por una junta de extrema derecha que logró el poder por una suerte de golpe de Estado como consecuencia de elecciones dudosas, sino que está inscrito en la lógica interna (y más cruel) del desarrollo y expansión del sistema capitalista".  Vemos que en nuestro tiempo vuelven a reunirse emocionantemente la filosofía crítica y la praxis política, revolucionaria, que es también, como siempre, fundante decisivo de las elaboraciones teóricas. Hoy sabemos que la batalla será larga, pero también sabemos que se cuenta ya con un extraordinario patrimonio teórico y con enérgicos ovimientos de protesta y rechazo en prácticamente todo el mundo, desde las líneas de resistencia a las invasiones armadas de Iraq y Afganistán hasta los indígenas y campesinos de las montañas bolivianas y del surestemexicano en Chiapas.

En efecto, un nuevo fantasma recorre el mundo: el del rechazo intelectual y militante cada vez más amplio y radical a una globalización imperial que pone en peligro la vida misma y el destino de la humanidad. Resulta claro: "En Defensa de la Humanidad" es hoy el motivo de la acción y el pensamiento de los excluidos,  explotados y marginados de todo el mundo, que pertenecen a todos los pueblos, pero que se nutren del dolor de muchas clases y sectores sociales que viven ese sufrimiento.
Otra vez habría que repetir con Walter Benjamin: "Únicamente por aquellos que no tienen esperanza tenemos esperanza".
El autor es analista político; fue director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA).

Tomado de: http://www.memoria.com.mx/180/flores.htm

 
Articulo publicado en
Agosto / 2004

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