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Las libertades individuales y el poder del Estado

 

Al nacer, se verá si tiene pene y, entonces, se lo inscribirá en el Registro Civil del Estado con nombre de varón. Tendrá, identidad “masculina”.
Al nacer, se verá si tiene vagina y, entonces, se la inscribirá en el Registro Civil del Estado como mujer. Tendrá, identidad “femenina”.
Pero, si al nacer la morfología de sus genitales es ambigua, si, por ejemplo, el pene es minúsculo y esa abertura bien pudiera ser un esbozo de vagina, nada impide que los médicos intervengan quirúrgicamente para construir una genitalidad femenina “normal” aunque para eso tengan que llevarse puesto los testículos de su paciente. En estos casos el poder médico es implacable, y extremadamente simple la manera en que resuelve los problemas. Tiende siempre a feminizar quirúrgicamente los cuerpos “fallados”.
No solo el poder médico cultiva estas virtudes. El Estado regula los cuerpos biológicos de acuerdo a una norma heterosexual en la que sólo hay lugar para lo masculino, y lo femenino. Cuando decide flexibilizarse, cuando haciendo gala de una voluntad contemporizadora se dispone a ampliar el horizonte, llega a veces hasta hacerle lugar a esa discordancia entre la identidad de género y la elección sexual que ha dado en llamarse homosexualidad. Hasta ahí se estira. Y no más. Si, por ejemplo, recibe la demanda de un transexual, esto es, un hombre atrapado en cuerpo biológico y morfológico de mujer que reclama -con voz gruesa a costa de tremenda impostación, pelo en pecho gracias al arsenal de hormonas ingeridas, y rapadito a lo soldado gracias al peluquero del barrio- un documento de identidad para poder circular, un simple DNI, se le recordará que aun le falta otro atributo para completar el trámite: la presencia de un pene. No importa que el pene sea de verdad o de mentirita. Lo importante es que esté allí, a la vista, aunque sea producto de una faloplastia y no sirva para nada más que para responder a la exigencia del Registro Nacional de las Personas.
Si quién llega es una mujer atrapada en cuerpo de varón y aspira -con grandes tetas y una piel lisita soldada al ideal estético impuesto por cualquier Venus contemporánea- a ser reconocida por el Estado como persona, deberá emascularse y demostrar que una abertura penetrable ocupa el lugar del pene. Así son las cosas. Ya lo dijo el Padre de la Patria. “Serás lo que debas ser, o sino, no serás nada”. Con pene, serás varón. Mujer, con vagina. Por fuera de estas categorías, no existís más que como “trans” entre una y otra. De ahí que el Estado, que es generoso, intervenga compulsivamente, por vía del Poder Médico, bisturí en mano, sobre los cuerpos biológicos para normalizarlos en aquellos casos en que la naturaleza se hubiera equivocado.
Por otra parte, los grupos feministas defienden los derechos de las mujeres estabilizadas en su lugar de mujeres y se oponen a la infibulación obligada en los países islámicos, a las mutilaciones genitales impuestas por ciertas religiones (estatales, por cierto) africanas y asiáticas, a la penalización del aborto y a la prohibición de ligarse las trompas cuando así lo decidan; los grupos de gays y lesbianas reclaman el derecho a ser diferentes y denuncian la discriminación de la que son objetos; el movimiento Queer invita a romper con la lógica binaria para aceptar la multiplicidad de géneros allí dónde l@s militantes “intersex” no se proponen como una nueva categoría. Ellas y ellos (intersex) se reconocen como varones o como mujeres, según el caso, sólo que demandan el derecho a vivir de acuerdo al género que los identifica sin tener que pagar con el cuerpo -sin tener que aceptar mansamente la intervención compulsiva del cirujano que ejecuta el mandato del Estado- la “herejía” de tener genitales que no correspondan.
Los diferentes grupos feministas, las asociaciones de gays y de lesbianas, el movimiento Queer y el Intersex sostienen diferencias en cuanto a las reivindicaciones que llevan adelante para lograr una mayor igualdad y libertades individuales más acorde a los tiempos que corren. Pero todos comparten un mismo principio: poner límites a la norma heterosexual compulsiva con la que el Estado interviene en el cuerpo biológico de las y de los ciudadanos. Todos se oponen al abusivo desempeño del poder estatal sobre los cuerpos de l@s ciudadan@s.
Curiosamente, quienes avalan la intervención compulsiva del Estado por vía jurídica y médica para el reconocimiento de la identidad (a un nacido varón que quiere cambiar de sexo porque se siente mujer se le exige la castración –lo que supone la esterilidad- para obtener su DNI) son los mismos que se oponen a la extracción compulsiva de sangre para la realización de un análisis de ADN en el caso de “Evelyn Vázquez” (si aludo a ella entrecomillada es porque la así llamada Evelyn Vázquez es sólo un nombre que encubre una identidad robada y borrada), la muchacha nacida en cautiverio durante los años de plomo. Quienes exigen mutilar los cuerpos para que se adecuen a la norma heterosexual vigente, son los mismos que no dudan en señalar como militantes del KKK (Ku Klux Klan) a aquellos que adherimos a la decisión de imponer, en nombre de aportar a la elaboración de un trauma social, que la verdad se haga pública y se rompan las complicidades con los genocidas.
Porque el caso es que “Evelyn Vázquez” fue sustraída a sus padres Susana Beatriz Pegoraro y Rubén Santiago Bauer, ambos “desaparecidos”, cuando se hallaban prisioneros en uno de los tantos centros clandestinos de detención que funcionaban en 1977. Un marino, Policarpo Vázquez y su esposa Ana María Ferrá se apropiaron de la niña y, actualmente, se encuentran procesados por este delito. Como todas las investigaciones realizadas hasta ahora conducen a
confirmar que así fueron los hechos, para convalidarlos solo hace falta que “Evelyn Vázquez” acepte que se le extraigan unas gotas de sangre para realizar el examen de ADN. Pero, “Evelyn Vázquez” se niega. Y, esa negativa, abre a una intensa y complicadísima trama de referencias teóricas, posiciones políticas y convicciones ideológicas que asientan en la biología, la ética, la jurisprudencia, el psicoanálisis y los derechos humanos, entre otros. Esa negativa, también puede ser productiva si impide clausurar con una respuesta rápida y fácil el universo de sentidos que inaugura. Sobre todo si, como sucedió aquí, fue la Justicia del Estado quién asumió la responsabilidad de abrir el escenario para que algo de la tragedia pueda ser deconstruida.
1.- La jueza federal María Servini de Cubría, en sentencia ratificada por la Cámara Federal, ordenó la captura del ex marino Alfredo Astiz por la desaparición y secuestro de tres ciudadanos italianos. Una de ellos, Susana Pegoraro, la madre de “Evelyn Vázquez”. Ordenó, también, la extracción de sangre para realizar el análisis genético. Policarpo Vázquez confesó ser el autor de la apropiación de la niña, fue apresado y a “Evelyn Vázquez” se le retiraron los documentos de identidad.
2.-Ante la apelación de la joven, la Suprema Corte de Justicia de la Nación rechazó el fallo. Con la única disidencia de Juan Carlos Maqueda, siete jueces votaron a favor del recurso presentado por “Evelyn Vázquez” y, de esta manera, pudo evitarse el análisis del ADN que, obviamente, perjudica a los apropiadores. “Evelyn” solicitó que se ponderen sus derechos a la privacidad, a la intimidad, dignidad de la persona, integridad física, psíquica y moral y a la vida familiar. El fallo de la Corte le dio la razón: no se puede obligar a una persona mayor de edad a someterse a ese estudio si la misma aparece como víctima del hecho investigado y se opone al examen. El voto mayoritario fue firmado por Boggiano, el entonces presidente de la Corte Carlos Fayt y los ministros Eduardo Moliné O’Connor, Enrique Petracchi, Adolfo Vázquez, Guillermo López y Augusto Belluscio. Maqueda, por su parte, jerarquizó el derecho de la familia biológica en tal sentido. Por su parte, Estela Barnes de Carlotto, en nombre de las Abuelas de Plaza de Mayo, recordó que el robó de una criatura, en el momento que sea y en el lugar que sea, es un delito gravísimo. Pero, como práctica de un estado terrorista, es un crimen de lesa humanidad. Sostuvo que los genocidas están usando a “Evelyn” como rehén para, así, lograr la impunidad que borre sus delitos. De modo tal que aceptar la negativa a realizar la prueba genética en nombre de la libertad individual supone, lisa y llanamente, aceptar un chantaje: de aquí en adelante la Justicia va a impedir que sean “sometidos” a la prueba genética l@s niet@s encontrados, lo que equivale a decir que, de aquí en más, la Justicia va a impedir que las Abuelas recuperen a sus niet@s, a menos que perdonen de antemano a los genocidas.
3.- En la actualidad –y como respuesta al fallo de la Corte Suprema- el Gobierno está impulsando un proyecto que autorice a la Justicia a disponer la realización compulsiva de aquellos estudios que permitan la identificación fehaciente de una persona, siempre que se trate de un caso en el que se investigue si es hij@ de un desaparecido o de una desaparecida. La iniciativa fue elaborada por la diputada Stella Maris Córdoba (PJ-Tucumán) y contó con la activa colaboración de la Secretaría de Derechos Humanos, a cargo de Eduardo Luis Duhalde. Este proyecto permitió que, una vez más, afloraran las reacciones más violentas y airadas. Aquellas que se preguntan ¿Cuál es la diferencia entre torturar a un terrorista para obtener una información de “interés colectivo” y forzar la extracción de sangre de “Evelyn Vázquez”? Si hasta el “interés colectivo” está más claro en el caso del terrorista y la “torturada”, en el segundo, ni siquiera está sospechada de haber cometido un delito.
Decía antes que es muy curioso ver como, quienes se oponen a las propuestas feministas, a los grupos de gays y lesbianas, y a la política de los queers e intersex, y avalan la intervención compulsiva del Estado por vía jurídica y médica para forzar una identidad normada, son los mismos que se oponen a la extracción compulsiva de sangre para la realización de un análisis de ADN en el caso de “Evelyn Vázquez”. Quienes exigen mutilar los cuerpos para que se adecuen al standard, son los mismos que no dudan en satanizar a aquellos que adherimos a la decisión de imponer, en nombre de aportar a la elaboración de un trauma social, que la verdad sea dicha para permitirle recuperar su verdadera identidad a aquell@s que aun siguen prisioneros.
Por supuesto que un abismo separa al intersex que reclama respeto para su cuerpo, de “Evelyn Vázquez” que se niega a que extraigan sangre de su cuerpo. En cierto sentido el primero es un problema individual (y, hasta por ahí, nomás); en el segundo se trata de la verdadera identidad de “Evelyn Vázquez”, de las abuelas y de la familia toda que durante décadas la estuvo buscando pero, mucho más, se trata de poder empezar a pagar la deuda que la sociedad aun tiene con la memoria y el deseo de los “desaparecidos”. Alertas siempre a que, cuando se abre el cuerpo al poder del Estado, aun en aquellos casos dónde está en juego el interés común y el beneficio de la sociedad, se sabe por dónde se empieza pero no, dónde se termina.

Juan Carlos Volnovich
Psicoanalista
jcvolnovich [at] ciudad.com.ar
 

 
Articulo publicado en
Agosto / 2004

Boletín Topía