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Para una crítica del heroísmo. Política y representación

 

Inconsciente y política

Hace ya mucho tiempo que Freud nos ha obligado a sospechar que la conciencia no puede dar cuenta de la pureza de su origen; que ella también viene al mundo inter faeces et urinam; y que el barón de Münchhausen mentía. Hace algún tiempo también que en estas pampas León Rozitchner puso de cabeza -o paró sobre sus pies- a von Clausewitz, mostrándonos la guerra como el bajo continuo de la política.

Hoy, sin embargo, ese oscuro origen material de la conciencia y la política permanece, entre nosotros, oculto. Radiado del pensamiento fundamenta una política que se sueña reino in-material de la razón. Y es sólo a condición del olvido de este fundamento material de la política, es decir del enfrentamiento pasado que trazó sus fronteras, que se nos inicia en la contienda. Accedemos así a la política como derrotados, pero de una batalla ignorada. No proyectar en la política esa sombra inconsciente será entonces limitar todas nuestras acciones posibles a la mera negociación por las condiciones de capitulación; la continuación de la derrota por otros medios. Es por esto que se nos impone como imperativo irrenunciable la tarea de analizar ese fundamento material negado.

Pero esta tarea no es tan sencilla. Ese fundamento no se deja iluminar mansamente por el mediodía de la razón; su materia no transige al contorno ni al límite; nada sabe del tercero excluido, menos de la no contradicción. Este fundamento no podrá buscarse entonces en la realidad de las acciones políticas, pues su geografía y su lógica son las de lo imaginario. Por ello intentaremos buscar en una obra poética, pues ellas son el modo en que cada sociedad sueña que la sueñan.

Partimos de una sospecha: las fronteras de nuestras acciones políticas actuales, grabadas en nuestros cuerpos por el terror, se encontraban ya, in nuce, en un imaginario político anterior al terror, cuya tarea explícita, sin embargo, era enfrentarlo. La novela Megafón o la guerra[1] de Leopoldo Marechal será el terreno en el que intentaremos ver crecer -asumiendo la iniquidad del mero ejemplo- alguno de los fantasmas de ese imaginario político que constituye el fundamento negado de nuestras acciones políticas actuales, y que en líneas generales podríamos circunscribir a las fronteras de la re-presentación.

 

De las dos batallas

Hace años -antes del terror- un poeta cantaba el despertar a la batalla. Era un tratado sobre la guerra, quizás una metafísica militar. La batalla que contaba era doble; dobles sus estrategias, dobles sus motivos. Un general sustraído y otro fusilado[2]; una novia olvidada y un cadáver robado. Dos, también, los campos donde se libraría: el terrestre y el celeste. Pero Megafón -que así llamó el poeta a su combatiente- elige, y la lucha culminará en el terreno celeste -si se me perdona el oxímoron. Lo que sigue es sabido, si es que el terror puede ser “sabido”.

La estrategia de Megafón fue simple: ir en busca de la Novia Olvidada. Conquistar esa espiritualización, esa des-mater-ialización[3], implicaría el triunfo inmediato sobre la realidad terrenal. Desde “El asedio al Intendente” hasta “La invasión al Gran Oligarca” todas la “operaciones” de la “gesta megafónica” señalan un recorrido, un camino. Es decir un método. Cada “operación” es una lucha con arquetipos. Un Platón furioso arremetiendo a palazos contra las Ideas. Para ello Megafón deberá condensar en sí mismo cada particularidad de esa totalidad que llama “patria”, cada cuerpo disperso será incorporado al suyo en la comida ritual; un totemismo invertido que abre la batalla: una picada simbólica en la que se reúne en la unidad del guerrero la totalidad de los cuerpos dispersados en esa “patria expropiada”. Dice Megafón:

“Aceitunas de Cuyo, nueces de La Rioja, salamines de Tandil, quesos de Chubut, maníes de Corrientes, almejas de Mar del Plata, cholgas de Tierra del Fuego. (…) Conozco estas frutas y conozco el ademán y la cara de los hombres que las cosecharon. Necesito agarrarme a estas frutas y aquellos hombres para saber que todavía estamos en un país real”.

La realidad dependerá así de la Unidad allende la particularidad, una digestión hegeliana que condensará en el cuerpo abstracto del “héroe” lo concreto expropiado de la patria: sus hombres y mujeres; el trabajo, la tierra y sus productos. Pero Megafón sólo se nutrirá con las Formas de ese pueblo, la materia será dejada de lado, escupida como un carozo de aceituna. Y con la materia también el “pueblo”: sus hombres y mujeres -concretos y realmente existentes- no formarán parte del combate.

Y es que las batallas metafísicas sólo pueden ser dadas por héroes, esos recuerdos físicamente metafísicos. Pues el héroe es hijo la muerte y el recuerdo. Su vida es muerte evocada y su muerte la vocación de una vida. El nacimiento del héroe es su muerte, luego vendrá la vida. Apenas la justificación de esa muerte en el recuerdo colectivo. Freud adjudica al héroe de la tragedia griega esta necesidad de padecer, derivándola de la “culpa trágica”[4]. Culpa que es la identidad del héroe con el padre asesinado por la comunidad de hermanos. Pero hay algo más: el destino. El padecer del héroe no es producto de sus acciones, sino obra del destino. La concepción de la hybris[5] (soberbia) es lógicamente posterior a la culpa, como posterior es el héroe a su propia muerte. Es el héroe entonces la presencia de la ausencia del padre asesinado de la horda primitiva. Una vida prestada a un muerto. Ahora bien, si esa vida que es el héroe es presencia de la ausencia del padre, es decir, si el padre retorna desde la muerte a través de la muerte del héroe, ¿sobre qué fundamento o soporte retorna el héroe? ¿Cuál será entonces el soporte sobre el que esta ausencia aparezca, puesto que es, de cualquier modo, una presencia? Sobre esto algo más nos dice Freud:

“Una banda de personas, todas las cuales reciben el mismo nombre y se visten igual, rodean a una persona sola, de cuyos dichos y actos están todos pendientes: son el coro y el figurante del héroe, originariamente único (…) el coro acompañaba al héroe con sus sentimientos de simpatía, procuraba disuadirlo, alertarlo, moderarlo, y cuando él, por su osada empresa, había hallado el castigo que se juzgaba merecido, lo lamentaba”.[6]     

En el coro griego la comunidad se finge muerta para que la muerte se sienta viva. De fondo se intuye el anonadamiento de la comunidad de hermanos en el revivir del padre como ley. ¿Qué otra opción ante los fantasmas que asustarlos con sábanas en la cabeza y sonido de cadenas arrastradas? El coro es la totalidad enajenada de la comunidad sobre la que aparecerá el héroe como una presencia que sostiene la unidad perdida; la ley cumplirá la misma función en la comunidad de los hermanos tras la desaparición del proto-padre.

Pero, ¿qué significa el hecho de que sea la comunidad anonadada de sí el fundamento que sostenga la aparición del héroe? Esta aparición del héroe sobre la comunidad anonadada implica, en una primera instancia, una limitación, un crepúsculo de la comunidad que se abre desde sí misma. Si en el nacimiento de la comunidad está la acción contingente -el asesinato del padre- en su cierre está el destino como muerte. En la figura del héroe se condensan entonces, exteriormente, los límites de la comunidad. El asesinato del padre es transformado así en el destino de muerte que pesa sobre el héroe. La comunidad anonadada como coro será la espectadora aterrorizada y compasiva de sus propios límites, la figura del héroe el límite.

 

Héroe y masa artificial

Si pensamos en la estructura del héroe vendrá a nuestra mente la imagen de una masa inversa. Podríamos decir que una masa en su estado no artificial -no institucionalizado- es la prolongación de cada cuerpo en un cuerpo colectivo, o de cada uno en los otros; el héroe, por su parte es la re-presentación del cuerpo colectivo en el cuerpo abstracto, individual, del Uno. Las masas artificiales -las instituciones- serán así producto de una de las dos caras del héroe: de su ausencia. La identificación de cada uno con la totalidad abstracta de la que ellos reciben su esencia. La materia será el residuo de este tránsito, la libra de carne que se debe pagar como interés de la transacción. De aquí que las “dos batallas” de Megafón no sean sino la continuidad de un mismo movimiento: tanto la búsqueda de la Novia Olvidada como las “operaciones” con los arquetipos describen una única geografía. Y en ese sentido también un límite. Este doblez es, entonces, la forma única de la batalla “heroica”. Megafón parece advertir el problema: “ando con los dientes rotos de morder simbolismos: tienen dura la cáscara y el jugo difícil. ¡Quiero agarrar al toro por las guampas!” Pero no podrá, pues el destino del héroe es trágico y sólo la muerte lo completa: es el pasaje del heroísmo a la masa artificial. Despedazada la totalidad abstracta que constituía su cuerpo ideal, el héroe devendrá universal: un vacío desde el que restituir en su ausencia el cuerpo colectivo. Es por ello que el destino del héroe es trágico, la muerte no le llega desde el exterior sino desde lo más íntimo de su esencia. La muerte no es en él un límite, sino el des-borde de su propio ser, es decir la negación de la particularidad, la política como representación.

El camino que comienza en el héroe conduce, terror mediante, a la masa artificial. Esta limitación -desmembración y terror como destino- se impone entonces como la letra chica de toda lucha política que sustituya lo concreto del cuerpo colectivo por un cuerpo simbólico que lo represente y evoque. Por heroicamente que se lo haga. 

 

Cristián Sucksdorf

Lic. en Ciencias de la Comunicación y doctorando en Filosofía

csucksdorf [at] hotmail.com

 

Notas

 

[1] Marechal, L.: Megafón, o la guerra, Seix Barral, Buenos Aires, 2007.

[2] La estructura de la lucha política que traza Marechal se centra en un juego de oposiciones: Perón y Valle como “el general sustraído” y “el general fusilado” respectivamente, por un lado; “la novia olvidada”, Lucía Febrero, y el cadáver robado, es decir Eva, por el otro. Hay que destacar que la idealización de lo femenino en la imagen de la “novia olvidada”, Lucía Febrero, tiene a su vez su contrapartida material, Patricia Bell, la mujer sexuada definida con los atributos de “mater-matera-materia”. Es fundamental para la novela que esta figura femenina, material y sexuada sea alejada por Megafón del centro de la batalla, ya sea tanto en condición de combatiente, como así también, y más fundamentalmente, como el objetivo último de esa batalla. Ese lugar de objetivo final será ocupado por su imagen in-material, es decir Lucía Febrero, La Novia Olvidada.

[3] Remitimos a los trabajos de León Rozitchner para la profundización del concepto de un “materialismo ensoñado”, en el que lo arcaico-materno, como aquel “camino corto” de que hablaba Freud, fundamenta una realidad que incluye lo imaginario como su materialidad.

[4] Freud, Sigmund: Tótem y tabú, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

[5] En el sentido trágico de ir contra la propia naturaleza.

[6] Ibídem.

 

 
Articulo publicado en
Agosto / 2011

Boletín Topía