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La masculinidad cuestionada

 
Apuntes sobre la clínica actual con pacientes varones

Se mueve el piso

Vivimos tiempos extraños, la masculinidad hegemónica, el ideal viril caracterizado por el liderazgo, el éxito y la dominancia, ha devenido en la actualidad en un objeto denostado. Quienes hasta ayer fueron considerados como héroes, hoy estrenan el estatuto social de villanos, al menos para los grupos femeninos juveniles y los sectores progresistas e innovadores. Lo que hasta hace poco fue considerado como una galantería, ahora se ha resignificado como ultraje, y la iniciativa sexual orilla el riesgoso borde del abuso. En términos generales, asistimos a una transformación revolucionaria y, por lo tanto, extrema, de las representaciones y valoraciones colectivas acerca de lo que significa ser masculino.

Esta mutación de los criterios vigentes sobre las identidades sexuadas, se vincula con el ocaso del varón proveedor, que no se debe a la creciente participación femenina en el mercado laboral, sino a la contracción y precarización de la oferta de trabajo característica del tardo capitalismo. El prestigio que implicaban la protección y la provisión proporcionadas por los varones se ha deteriorado y, en consecuencia, se hacen visibles los aspectos oscuros de la masculinidad cultural, y de las relaciones intersubjetivas entre los géneros.

Otro factor que aporta a esta situación, es la desaparición de la intimidad y la hipertrofia de la visibilidad que caracteriza a la sociedad del espectáculo (Sibilia, 2008). En un universo cultural transparente, ya no resulta fácil construir la imagen estereotipada de un héroe. Se conocen los amores clandestinos de los padres de la Patria, sus negociados, sus opiniones reaccionarias y, en consecuencia, esos ídolos, trabajosamente creados, caen con estrépito.

Las modalidades represivas tradicionalmente conocidas no han desaparecido, pero los nuevos dispositivos de gobernanza pasan por la incitación al goce, y no tanto por la represión

Los sujetos que han logrado ubicarse en los estamentos más elevados del género dominante, enfrentan cuestionamientos incómodos que promueven entre ellos irritación y desconcierto. Es fácil de comprender que la erosión de las idealizaciones de que han sido objeto, sea experimentada como una pérdida dolorosa, y que la organización de sentidos que comandó su proyecto de vida, se encuentre conmovida.

Pero también se observa una extraña sensación de desconcierto entre las filas de quienes han derrumbado la efigie de la masculinidad. Como expresó Louise Kaplan (1994), “(…) un buen Amo es difícil de encontrar”. La ilusión de contar con figuras de autoridad que organicen la existencia y brinden protección, está caducando. Aún para quienes se estructuran subjetivamente en el gusto por la lucha y en el desafío a los poderes establecidos, la pérdida de su clásico antagonista los deja sin un enemigo visible, cuyo cuestionamiento permitía elaborar una identidad y un proyecto.

Otro factor que contribuye a este estado de anomia, se relaciona con el hecho de que el poder está dejando de estar en manos de figuras identificables, para pasar a diluirse en la estructura anónima de las grandes corporaciones. Las modalidades represivas tradicionalmente conocidas no han desaparecido, pero los nuevos dispositivos de gobernanza pasan por la incitación al goce, y no tanto por la represión. A esto se agrega que uno de los recursos actuales de mayor eficacia para el ejercicio del poder es el repliegue (Klein, Naomi, 2012), la contrafigura de la invasión. Es cierto que todavía se invaden territorios, pero el retiro de los capitales concentrados hacia lugares más convenientes para ellos, obtiene mejores réditos, sin necesidad de ejercer violencia física manifiesta. He descrito el modo en que los varones dominantes utilizan un recurso similar cuando se retraen con respecto de los vínculos amorosos con las mujeres (Meler, 2017).

Existe un nexo, que no es lineal, pero sí resulta significativo, entre estas tendencias características del contexto socio cultural contemporáneo y los padecimientos subjetivos por los cuales somos consultados. Las psicoterapias han sido tradicionalmente más frecuentadas por pacientes mujeres, lo que promovió que fueran identificadas por algunas autoras feministas como una parte integral de los dispositivos de dominación patriarcal. Los varones que consultaban, lo hacían habitualmente en función de sus dificultades para ajustarse a la masculinidad hegemónica (Connell, 2003). Hoy el recurso a las psicoterapias es percibido como una técnica de optimización subjetiva que habilita al sujeto para un mejor desempeño en la competencia con los demás. En otras ocasiones, se hace necesario curar las heridas de guerra, que amenazan la vida de quienes persiguen el éxito individual en la competitiva e inestable sociedad contemporánea. También hay que tener en cuenta que el paso del tiempo favorece que las terapeutas mujeres seamos percibidas como referencias confiables por los varones que demandan asistencia, lo que nos permite superar nuestra condición juvenil de analistas de niños y de mujeres, para pasar a atender una mayor proporción de varones adultos. En función de esta experiencia, presentaré algunas observaciones.

Ironmen. Los hombres de acero y sus frágiles recursos de defensa

Ironman, el super héroe de una película de Marvel, encarnado por Robert Downey Jr, ha creado un traje de acero con el que puede volar. Es una figura de la omnipotencia masculina que, sin embargo, resulta vulnerable a la caducidad o a la sustracción de un dispositivo destinado a proteger su corazón del impacto de fragmentos de metralla incrustados en su cuerpo como consecuencia de un ataque. Estos fragmentos no se pueden extraer sin matarlo, y el “Reactor Arc” es lo que lo mantiene con vida. Este personaje fantástico, que expresa la relación paradójica que existe entre la omnipotencia y la extrema vulnerabilidad, constituye una metáfora lograda de las representaciones idealizadas sobre la masculinidad heroica, sus efectos en la vida de muchos varones, y los costos inadvertidos de estos imperativos culturales.

El peligro no viene de afuera, sino que los varones dominantes suelen ser atacados desde su interior, por la vulnerabilidad desmentida que desarma la performance viril

El imaginario omnipotente ha tenido buena fortuna, dando origen a un evento deportivo. Wikipedia nos informa que: “El triatlón Ironman es una serie de carreras organizadas por la World Triathlon Corporation. Los participantes tienen que cubrir 3 distancias, 3,86 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de carrera a pie. La carrera tiene un tiempo límite de 17 horas”.

La omnipotencia es una característica de la cultura actual, potenciada por la velocidad de las creaciones tecnológicas. Yago Franco (2018), ha destacado que esta modalidad cultural contemporánea coincide con una tendencia psíquica estructural, lo que explica su éxito en nuestro tiempo. Considera que, más que el consumo, la significación patognomónica del capitalismo es lo ilimitado, que satisface las tendencias más profundas de la psique; la omnipotencia de lo inconsciente desconoce la castración.

Pero lo desmentido retorna como siniestro (Maldavsky, 1980), bajo la forma de los ligamentos distendidos, los hombros luxados, o los huesos rotos y recompuestos de quienes practican los deportes que integran los dispositivos sociales de construcción de la masculinidad. Fútbol, rugby y boxeo son escuelas de cooperación y confrontación, equivalentes simbólicos -aunque no tanto- de las guerras. Los cascos, los guantes y los chalecos con alma metálica que utilizan algunos motociclistas, constituyen versiones postmodernas de un exoesqueleto, una armadura tendiente a buscar una protección para la fragilidad interior, que es tanto física como psíquica. Los afectos que podrían hacer obstáculo para los desempeños eficaces son desestimados, y su degradación a estímulos orgánicos sin cualificación subjetiva, lesiona las vísceras, ya se trate del estómago o del corazón. El peligro no viene de afuera, sino que los varones dominantes suelen ser atacados desde su interior, por la vulnerabilidad desmentida que desarma la performance viril. Y allí, in artículo mortis, algunos acuden a las psicoterapias, un recurso antes desdeñado, buscando construir defensas más eficaces contra ese enemigo interno que los ha atacado por sorpresa.

¿Cuáles son las estrategias de atención que puede desplegar el terapeuta de orientación psicoanalítica? Se requiere un trabajo psíquico de reconstrucción de las significaciones emocionales disociadas y desestimadas, que podría compararse con el aprendizaje de un nuevo lenguaje, el lenguaje de los afectos. A esto se agrega la necesidad de vencer la omnipotencia, un rasgo caracterológico que resiste ferozmente, debido a los beneficios narcisistas que ha aportado a lo largo de la vida de estos pacientes, aunque fuera a expensas de su autoconservación.

El temor a la insuficiencia

No todos los varones son siempre líderes y dominantes. Este es más bien un ideal, que algunos intentan encarnar, mientras que muchos otros padecen el peso de este imperativo de ser, como en su momento escribió Kipling (1910), dirigiéndose a su hijo, “un hombre”, o como se acostumbra a decir, “todo un hombre”. Un subproducto del ideal viril es entonces, la depresión de aquellos que no logran alcanzar ese nivel y se sienten amenazados por el fracaso. Si el triunfo de esta aspiración dominante ocasiona con frecuencia tener que soportar el odio de los rivales derrotados, el fracaso y la insuficiencia exponen al desprecio. Así, muchos varones se encuentran entre la sartén y las brasas.

El inicio de la paternidad es un momento del ciclo vital que plantea un gran desafío, al que los varones jóvenes suelen temer (Meler, 1998). Si bien una proporción creciente de mujeres se inserta en el mercado laboral, el ejercicio de la maternidad compite con la dedicación a los trabajos remunerados, y por lo mismo, aumenta las exigencias de provisión económica que pesan sobre los varones que van a ser padres. Este es un período en el cual se intensifica el habitual temor masculino a ser insuficiente, y en ese miedo convergen preocupaciones vinculadas con los deseos amorosos dirigidos hacia la compañera y el futuro hijo, con deseos narcisistas relacionados con la estima de sí y la aspiración a no desmerecer en el concierto de los pares. Esta última preocupación es fuente de intensa angustia, debido a que la validación narcisista es buscada por los varones en su grupo de pares (Amorós, 1992), cuya opinión pesa más que la que pudiera derivar de las mujeres. Se observa entonces un temor a esas figuras que aúnan la condición de jueces con la de rivales, aunque a veces operan como ayudantes (Freud, 1931) en las redes de solidaridad masculina que suelen funcionar para asistir a los jóvenes en ese trance.

En términos generales, la fraternidad cuenta con una larga tradición acumulada, incomparable con la sororidad recién estrenada. En el amor sublimado que los varones se profesan entre sí, influye la comprensión del esfuerzo que significa para ellos el imperativo de la excelencia y la constante amenaza de degradación. Los lazos fraternos se han intensificado en la actualidad, porque la velocidad del cambio cultural aumenta la brecha existente entre las generaciones. Es conocido que la orfandad de padres protectores busca ser compensada en las relaciones horizontales entre semejantes, unidos de modo solidario para asistirse recíprocamente ante las exigencias vitales, aunque también compitan entre sí por los recursos y por el prestigio.

En el terreno de las prácticas sexuales la amenaza de insuficiencia está siempre presente, y la percepción del orgasmo femenino aporta, no sólo un goce compartido, sino una reafirmación narcisista de la potencia genital. La jactancia, tan habitual entre los varones jóvenes (Meler, 2000), constituye la contrapartida de la angustia que produce una eventual insatisfacción femenina que, por otra parte, es muy frecuente en relación con las inhibiciones que aún pesan sobre muchas mujeres. El relato exhibicionista destinado al grupo de pares busca un reaseguro contra la humillación siempre temida.

Cada vez más varones salen del closet y asumen sus identificaciones con la feminidad y sus deseos eróticos y auto conservativos vinculados con la pasividad

El imperativo del éxito puede convertirse en una carga, y en muchos casos amenaza con transformar la sexualidad en un trabajo alienado. Hoy se advierten tendencias culturales hacia la creación de otros imaginarios, donde sea posible restituir a la sexualidad su carácter lúdico y comunicativo (Campero, 2018).

Construyendo alternativas

La desregulación normativa característica de los sectores postmodernos ha contribuido a un aumento de los grados de libertad, al costo de la anomia y el desconcierto. En este contexto, cada vez más varones salen del closet y asumen sus identificaciones con la feminidad y sus deseos eróticos y auto conservativos vinculados con la pasividad. A estas nuevas figuras de la homosexualidad masculina, se suma la visibilidad del transexualismo, una posición subjetiva cuyo reconocimiento implica una puesta en juego más radical.

Hasta hace pocos años, hemos convivido con algunos sujetos que tras una masculinidad hegemónica lograda en apariencia, escondían un núcleo infantil transexual, celosamente guardado. Tal fue el caso de un ingeniero, que en una ocasión especial reveló que todas las noches, para poder conciliar el sueño, necesitaba pensar en sí mismo como si fuera una niñita. Algunos crossdressers que llevan adelante una vida heterosexual al interior de una familia convencional, reencuentran en sus prácticas autoeróticas ante su imagen travestida con encajes, esas identificaciones primarias con la feminidad materna, que no han logrado resignar para construir una masculinidad convencional (Greenson, 1995).

Hoy la opción transexual se ha tornado menos abyecta (Butler, 2003), y es asumida de modo creciente en forma pública, con el impacto consiguiente en las familias y en los mismos sujetos.

Pero el verdadero desafío cultural, político y subjetivo, no consiste en la asunción por parte de algunos hombres, de una feminidad antes desmentida, sino en la construcción de masculinidades alternativas. Se observa el desarrollo creciente de organizaciones de varones que desarrollan tareas de investigación, docencia y activismo, a través de las cuales exploran la posibilidad de retener algunos aspectos de sus identidades masculinas, pero a la vez, renunciar al dominio, a la violencia y al abuso.

Si bien las identidades sexuadas son el resultado cristalizado de cada biografía, las tendencias culturales y la participación en colectivos sociales puede contribuir, ya sea a una hipertrofia del binarismo moderno, como ha ocurrido durante el nazismo y el fascismo, o a una deconstrucción de las performances aprendidas y a ensayos grupales de creación de posiciones subjetivas y vinculares alternativas. Estos ensayos han sido patrimonio de minorías ilustradas, pero hoy van adquiriendo una notable masividad, lo que constituye un indicador de transformación del orden simbólico vigente (García, 2015).

El verdadero desafío cultural, político y subjetivo, no consiste en la asunción por parte de algunos hombres, de una feminidad antes desmentida, sino en la construcción de masculinidades alternativas

El carácter performativo del género se maximiza en las asunciones convencionales de la masculinidad. En paralelo, los varones que experimentan con la construcción de masculinidades diversas y alternativas, intentan asumir su corriente psíquica homosexual en lugar de reprimirla y buscan transacciones no sintomáticas entre sus deseos heterosexuales y homosexuales, o entre sus mociones activas y pasivas, que no siempre se corresponden con las categorías de feminidad y masculinidad. Las representaciones de las múltiples modalidades subjetivas de sentirse hombre están por crearse de un modo positivo, en una búsqueda por superar las tradicionales definiciones por la negativa, o sea, considerar que ser varón es no ser mujer, ni niño, ni homosexual.

En esta transición algo caótica, coexisten las manifestaciones machistas de un remozado conservadorismo reaccionario, con quienes desean ver la ignición radical de las categorías de género, y con aquellos que preferimos conservarlas, reconociendo la diversidad existente, y expurgadas de su lastre de dominio, subalternización, homofobia, clasismo y racismo. El campo de la política sexual se vincula de modos complejos con la actual crisis del tardo capitalismo, y se requiere prestar atención a la forma en que los movimientos sociales se irán articulando con el surgimiento de nuevas subjetividades, que nos interpelarán de modo creciente en nuestra práctica clínica.

Bibliografía

Amorós, Celia (2005), “Feminismo y Multiculturalismo”. En Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización. De los debates sobre el género al multiculturalismo, editado por Celia Amorós y Ana de Miguel, Madrid, Minerva Ediciones.

Butler, Judith (2003), Cuerpos que importan, Buenos Aires, Paidós.

Campero, Ruben (2018), Eróticas marginales. Género y silencios de lo (a)normal, Montevideo, Fin de Siglo.

Connell, R.W. (2003), Masculinidades, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, Programa Universitario de Estudios de Género.

Franco, Yago (2018), Paradigma borderline, Buenos Aires, Lugar Editorial.

Freud, Sigmund (1931), Psicología de las masas y análisis del Yo, en OC, Buenos Aires, Amorrortu, 1980.

García, Leonardo Fabián (2015), Nuevas masculinidades: discursos y prácticas de resistencia al patriarcado, Quito, Flacso/Ecuador.

Greenson, Ralph (1995), “Des-identificarse de la madre. Su especial importancia para el niño varón” en Revista de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados Nº 21, Buenos Aires.

Kaplan, Louise (1994), Perversiones femeninas, Buenos Aires, Paidós.

Kipling, Rudyard (1910), If, Doubleday, Page and Company, Garden City, Nueva York.

Klein, Naomi (2012), Nologo. El poder de las marcas, Buenos Aires, Paidós.

Maldavsky, David (1980), El complejo de Edipo positivo, Buenos Aires, Amorrortu.

Meler, Irene (1998), “El pasaje de la pareja a la familia” en Género y familia, de Burin, M. y Meler, I., Buenos Aires, Paidós.

------------- (1999), “Varones en análisis: la perspectiva de una analista mujer”, Diario Página 12, Sección Psicología.

------------ (2000), “La sexualidad masculina. Un estudio psicoanalítico de género” en Varones. Género y subjetividad masculina, de Burin, M. y Meler, I., Buenos Aires, Paidós.

----------- (2017), “Relaciones amorosas en el Occidente contemporáneo: encuentros y desencuentros entre los géneros” en Psicoanálisis y Género. Escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia, de Irene Meler (comp.), Buenos Aires, Paidós, 2017.

Sibilia, Paula (2008), La Intimidad como Espectáculo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Notas

1. Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género (APBA). Directora del Curso de Actualización en Psicoanálisis y Género (APBA y UK). Codirectora de la Maestría en Estudios de Género (UCES).

 

 
Articulo publicado en
Abril / 2019

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