Sobre larvas y bebés | Topía

Top Menu

Sobre larvas y bebés

 

El bebé abre los ojos y, como Dios, crea el mundo. Está en el ombligo de su universo. El cuerpo se va construyendo a partir de ese ombligo, como cuadra a todo ombligo. El bebé proyecta en la tela de su psiquismo, que es la tela del cosmos, toda una asombrosa constelación de operaciones particulares, verdadero precipitado de formas prestadas de ese otro primordial que es la madre, sumado al efecto fenotípico de su DNA. Él ya tiene memoria filogenética, ahora iniciará su memoria epigenética, memoria que comienza con la amnesia de ese Big Bang que fue su nacimiento. Detrás del velo amnésico está la vida intrauterina, la misteriosa prehistoria del hombre; ese estado está caracterizado por el nirvana de la manutención continua y la intimidad fuera del tiempo, sin el tiempo. Cada día que pasa sabemos más sobre esos nueve meses en que el feto, como dijo Haeckel, reproduce la filogenia zoológica, pasando a ser bacteria, ameba, gusano, pez asexuado y finalmente mamífero. Para nosotros es, en efecto, un Paraíso Perdido. El mes pasado me enteré que nuestro antepasado primordial, una bacteria llamada LUCA, nació hace un billón de años.

Muchos de nuestros dramas se remontan a ese parto que nos expulsó del nirvana y que nos lleva a la búsqueda continua de una placenta protésica, imaginaria, causa prima de mil simbiosis engañadoras. Trauma bíblico donde somos expulsados con sudor y lágrimas. Otto Rank concibió el parto como momento fundante. Su libro fue publicado en 1923 y obtuvo la rápida aceptación de Freud que escribe a Ferenczi: “... este libro es el más importante progreso desde el descubrimiento del psicoanálisis”. Sería un simplismo decir que el trauma del nacimiento nace del trauma de la guerra, pero como no puede dejar de ser, la Primera Guerra Mundial conmovió el tuétano del pensamiento europeo, del psicoanálisis especialmente. Como bien lo colocó Marion Milner, en el jardín de la libido floreció el instinto de muerte.
El trauma del nacimiento presupone que el nacimiento deja una marca indeleble en el ex feto, un registro somático, una primera muerte que brinda una resonancia psicológica y, por tanto, histórica. Vale recordar que angustia viene de estrecho, clara referencia al pasaje del feto por el pasaje pelviano.
Se ha objetado, con la lógica de la ingenuidad, que los bebés cesareanos no tendrían trauma de nacimiento, pero el “viaje vaginal” como lo llamaban los tocólogos antiguos, es sólo un epifenómeno del momento en que la madre expulsa al hijo, que pasa del agua para el aire y berra para inflar los pulmones.

La teoría del trauma del nacimiento, recuerda bastante a la teoría del Bing Bang: ambas presuponen que todo aconteció en el minuto inicial y lo restante se dio por añadidura con la lógica de un silogismo telúrico. Puede ser; lo curioso, al punto de ser irónico, es que tenemos más facts, sabemos más sobre el Big Bang cósmico que sobre el Big Bang de los tocólogos. Y digo esto para señalar que nuestros conocimientos sobre el desarrollo del hombre son muy precarios y el peligro de derrapar teóricamente es grande.

La psicología, propiamente dicha, comienza en el moisés. La cuna es el terrario donde el crío se adapta a sus nuevas condiciones de existencia. El principio el bebé es un ser supino que apenas si se mueve, excepto cuando llora. Él es “el tesoro de mamá”, un “osito de peluche”, a los ojos de los padres; una larva si pensamos en términos de desarrollo inacabado. Precisa ser alimentado, enjuagado y calentado. Abandonado, muere antes del amanecer de un nuevo día.
Pasado el sexto mes, la larva comienza a gatear por los corredores, pero todavía no intenta ponerse de pie y farfulla ocasionalmente en el circo del nursery. Los padres baten palmas. La escena está montada, de pronto el bebé se encuentra frente al espejo. El espejo siempre estuvo presente, pero llega la vez en que el crío, en vez de pasar de largo, se detiene, su mirar fijo en esa mirada que lo mira fijamente. Entonces el ríe –jubilatoriamente, nos informa Lacan– es la primera vez que ve su imagen, pero la sorpresa es que está allá, detrás del espejo y, por consiguiente, alienada. De esa forma proyectada, alienada, el sujeto asume consistencia. Ese es el bebé lacaniano.
El bebé kleiniano es menos fenomenológico. Aquí se trata de una sumatoria de “estados de fantasías” donde el crío, que una vez fue partes sueltas, literalmente “descuartizadas”, un rompecabezas de nariz, ojos, uñas, de pronto comienza a sintetizarse a partir de la visión unificada de la madre; o sea, la madre como tutor que lo totaliza. A esta altura ambos bebés dejan de ser larvas, comenzando el lento camino de la subjetividad.
¿Y el bebé freudiano?
Aquí la cosa se complica. Me parece más ilustrativo pensar en tres bebés freudianos. El primero de ellos fue bautizado en 1905 en ocasión de Las Tres Teorías Sexuales. Ese bebé era un extraño híbrido, fruto del pasado con un revolucionario presente. Freud habla de la “disposición perverso polimorfa” del infante, y esa frase puede resultar engañadora, tomada fuera de contexto. En realidad fue un bebé transicional, heredero de la teoría de la seducción. Freud escribe: “Es muy interesante comprobar que bajo la influencia de la seducción el niño puede hacerse polimórficamente perverso; es decir, ser inducido a toda clase de extralimitación sexual”. Eso quiere decir que Freud aún no había abandonado la creencia en la inocencia original del niño, propia de la teoría de la seducción. El niño originariamente puro es seducido. Esa es la parte prejuiciosa de Freud que se refleja en el párrafo siguiente: “El niño se conduce en estos casos igual que el tipo corriente de mujer poco educada, en la cual perdura, a través de toda la vida, dicha disposición polimorfa perversa, pudiendo conservarse normalmente sexual, pero también aceptar la dirección de un hábil seductor y hallar gusto en toda clase de perversiones, adoptándolas en su actividad sexual. Esta disposición polimorfa, y por tanto infantil, es utilizada por la prostituta para sus actividades profesionales...”
Un segundo bebé, que va emergiendo en las sucesivas ediciones de los Tres Ensayos, es el bebé de un Freud inspirado en Fliess. En este punto, Fliess, con su teoría de la bisexualidad, estaba adelantado con respeto Freud que recién en la sexta edición en 1926, habla de las tendencias perversas innatas del niño.
El tercer bebé es el Magnífico Juanito, el Niño de los Caballos.
Recuerdan el siguiente Metálogo:

JUANITO: Mamá, tú tienes un Wiwimacher.
MADRE: Sí, tengo. ¿Por qué?
JUANITO: Por nada, por nada... estaba pensando.

Esa fue la primera entrada registrada en el diario clínico de Max Graf, el padre de Juanito, que todavía no había cumplido los 3 años de edad. Y es una entrada significativa, este inquérito sobre el Wiwimacher femenino. Sabemos por Rank que la angustia de castración fue el tema más debatido en las reuniones de los Miércoles en la época. Freud y también Adler estaban postulando las nuevas bases para la educación sexual infantil. Su bandera era la liberación sexual.
Pero esto me lleva a una disgresión divertida que cuento en mi biografía de Freud. En 1902, Freud con su familia van a veranear en Koenigsee, tierra alta de los Edelweiss. La familia se baña en una playa que tiene cabinas. Martin Freud y un amiguito descubren rendijas entre las tablas de las cabinas y comienzan a espiar a las bañistas. Un guardián los sorprende y amenaza hablar con los padres de esos incipientes voyeuristas. Martin Freud rememora: “La amenaza del encargado no me alarmó. Mi padre sin duda reiría. Recuerdo que antes de ese episodio hubo una discusión en familia sobre ganado y mi padre descubrió que ninguno de sus hijos conocía la distinción entre un toro y un buey. ‘Deben aprender esas cosas’, exclamó, pero como la mayoría de los padres, no hizo nada al respecto. De ahí el lamento del hijo: ‘si el padre le hubiera contado nuestra hazaña, mi padre hubiera tenido que explicarnos’.
Conclusión: en ese año de 1902, año en que los Tres Ensayos se estaban cocinando a fuego vivo, Martin Freud, de 13 años de edad, no sabía la diferencia entre un toro y un buey.
Tal vez, quizá, porque esta historia tiene un curioso epílogo. Cuando le conté esta historia a Belén, mi hija mayor, casada y con dos hijos, ella contestó riendo: “¡Pero papá, si tú hiciste lo mismo conmigo!” Ahora bien, eso me parece poco probable, yo recuerdo haber hablado con Belén. Es posible, entonces, que ese sea un mito de los hijos. Tanto Belén como Martin habrían reprimido la información, sin duda balbuceante, que nosotros los padres les proporcionamos. No sé, usted decide.
Juanito fue un destello genial, Freud pinta al niño con un realismo lógicamente superior al de los Tres Ensayos y, al mismo tiempo, muestra el peligro de esa pedagogía psicoanalítica. Juanito fue un niño superestimilado por ambos padres. Juanito, cuyo nombre es Herbert Graf, da a entender en su autobiografía, Memorias de un hombre invisible, que fue un chico supermimado. Tal vez fue un pionero de toda una generación de niños insoportables de la burguesía de la segunda mitad del siglo pasado.
Y ahora pasemos al cuarto bebé freudiano, conocido como el Niño de los Buitres. Ustedes recuerdan el pasaje en Un recuerdo infantil de Miguel Angel, donde aparece un buitre posándose en su cuna e insertando su cola en la boca del niño. Este es uno de los grandes textos de Freud que nos brinda claves sobre el proceso de creación. Pocos textos presentan tal riqueza de elementos teóricos; algunos de ellos en estado práctico y sólo después teorizados por Freud. 1º: aquí aparece por primera vez el bebé narcisista, ampliamente elaborado; 2º: la relación entre inconsciente y producción artística y distintas formas de retorno de lo reprimido; 3º: las teorías sexuales infantiles y la novela familiar; 4º: la elección de objeto; 5º: el problema de la madre fálica y su relación con la homosexualidad.
El cuarto bebé de Freud es el bebé narcisista, perverso y genial.
Nos detenemos en estos “bebés” para mostrar lo obvio: cada generación ve lo que puede ver y eso se aplica en especial para la versión de Freud y Abraham sobre las etapas –oral, anal, genital– del desarrollo de la libido, en contraste con el bebé “desconstruido” de posguerra que pinta Melanie Klein en 1920.
Cuando uno lee las Ocho Edades del Hombre, de Erikson, se tiene la impresión de que el cronograma del desarrollo, es demasiado bien ordenado y tranquilo. El niño eriksoniamo sería hoy en día un alumno modelo, el primero de la clase. Erikson, discípulo de Anna Freud, conoció sus niños en la década del 30, y aprovecho este hecho para hacer mi primera observación polémica. El niño de 1930 es estructuralmente diferente del niño actual. Pasando para el otro lado, con Daniel Gil, el papá actual no es el mismo que el Papá de hace un siglo.
Una cosa es llamativa: tanto el niño freudiano, como el annafreudiano, como el kleiniano, parece que nunca fueron a la escuela. Se ha teorizado muy poco, en los foros analíticos, sobre el impacto de la alfabetización, el impacto de la letra que marca; esa gran herramienta que tiene el filo de la cimitarra más afilada. Hay excepciones, por supuesto, como Lacan, implícitamente, y Maud Mannoni, pero ni Winnicott se salva. Piaget sería la novia ideal de Freud.
El juego es el escenario del niño pre-edípico. Y aquí quisiera mencionar un trabajo mío escrito hace mucho tiempo, pero que me parece válido. Se llamaba La interpretación lúdica. A dicho fin, proponía repensar el tema de la atención del analista. Recuerdan lo que Freud dice sobre Atención Flotante en su artículo “Consejo para médicos”: se trata de una atención no selectiva y flotante como el corcho a la deriva en la caña del pescador, su pasividad la hace sensible al estímulo externo. La atención lúdica, propuesta por mí, entrañaba una cierta actividad, dirigida sobre el juego. Esa actividad consistía en remedar o acompañar el juego del niño. Por ejemplo, un niño modela una mujer con pinta de madre, yo tomo en paralelo un pedazo de plastilina y la modelo. El niño hunde un sable en el vientre del muñeco y retrocede, sorprendido. Me doy cuenta que la plastilina está muy blanda, lo que me lleva a exclamar:
“¡Qué fácil que fue!”

Emilio Rodrigué
Psicoanalista
emiliom [at] svn.com.br
 

 
Articulo publicado en
Mayo / 2001

Boletín Topía