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Tiempo de zombis

 
El tiempo en la clínica psicoanalítica

En Cien años de soledad de Gabriel García Márquez se puede leer la siguiente frase: “el tiempo ya no viene como antes”. Se la puede entender de distintos modos. Uno es el remanido “todo tiempo pasado fue mejor”. Otro modo de leerse es que todo tiempo pasado fue distinto. El tiempo victoriano de Freud en Viena con el ritmo de carretas, trenes, valses, no es el nuestro. Freud nació apenas 67 años después de la Revolución Francesa. La vida era más corta, la vejez llegaba antes, la madurez también. Recordemos que Freud no recomendaba tratamientos a gente de más de cincuenta años. Los consideraba ya muy mayores. El tiempo subjetivo en la época de Freud era más lento y menos simultáneo. Un ejemplo es la comunicación por carta. Un género hoy en desuso que se nutría de la demora y de la ausencia. Cuando uno escribía, el que leía no estaba. Cuando uno leía, el que escribió ya no estaba. Escritura y lectura se dan en dos momentos separados de tiempo. Cada una se ejerce sin interrupción. Sin las dos rayitas azules del chat, que apuradas le avisan al que escribe que el que lee está leyendo, mientras el que escribe no terminó de escribir. El tiempo simultáneo del chat mató el tiempo sucesivo de la carta. Se inventó una nueva temporalidad. O mejor: nuevas temporalidades. Como dice el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine: “cinco minutos de rotación terrestre no equivalen a cinco minutos de Beethoven”.

Cien años de soledad no equivalen a cien años de amor.

¿Pero si hay una nueva temporalidad, hay también una nueva atemporalidad? Recordemos que Freud consideró que el inconsciente era atemporal. La pregunta que surge es si esa atemporalidad es siempre la misma o cambia según la época. Tal vez se podría decir como García Márquez: la atemporalidad del inconsciente ya no viene como antes.

Lo atemporal es lo siempre actual. Atemporal es pasado que se vive en el puro presente que no pasa. Atemporal, estrictamente hablando, es lo a-cronológico. Lo que no sigue la linealidad cronológica, la flecha del tiempo. Pero tiempo, hay. Si no, no habría memoria. Una memoria que no replica; que inventa, narra, trastorna el tiempo. Temer y desear son operaciones temporales. Se teme algo que sucederá (o no) en el futuro. Desear es también que se repita la experiencia de satisfacción pasada. Repetición es también una acción temporal, algo que pasó y vuelve a pasar en el tiempo.

Entonces, no hay que entender la atemporalidad como sin tiempo, sino como un tiempo distinto. Distinto al movimiento de las agujas del reloj, o a la caída de las hojas del almanaque.

El aparato psíquico desarrolla una gran cantidad de mecanismos temporales. Primero se las tiene que ver con esa falla de origen del humano que es la prematuración. Nacer antes de estar preparado. La memoria es un dispositivo temporal que fija, retiene y administra el pasado de acuerdo a los requerimientos del presente. Sirve para recordar, pero también para olvidar. En la teoría de la memoria de Freud, el olvido es el lugar en que se guardan los recuerdos. La represión los vuelve atemporales.

La histeria, la fobia y la neurosis obsesiva son estructuras que disponen de diferentes modos de procesar el tiempo. Reprimir, temer o procastinar configuran distintas maniobras de arreglárselas con esa atemporalidad.

Freud hablaba de la iniciación del tratamiento y del final de análisis. Los comparaba con los tiempos del ajedrez.

Los tiempos de los tratamientos psicoanalíticos han cambiado. La duración y la frecuencia generaron grandes cambios en los modos de analizar. Los tratamientos en los años 50 y 60, en general de inspiración kleiniana en Argentina, consistían en 4 sesiones por semana como standard. Se puede leer en materiales clínicos de esa época cómo se le daba importancia al momento de la semana en que transcurría una sesión. Sesiones de comienzo o de terminación de la semana. La ansiedad de la separación adquiría un peso enorme que el análisis de la transferencia no dejaba de consignar.

Esos tiempos standard por supuesto fueron cambiados, hoy los tratamientos más frecuentes son de una sesión por semana. Toda la dialéctica de unión, separación e interrupción fue modificada.

Pero hay algo que no cambió. La asociación libre es un dispositivo artificial que consiste en hablar como si se tuviera todo el tiempo del mundo. El ejemplo de Freud es el de un pasajero en un tren que va contando lo que va viendo por la ventanilla mientras viaja. Aunque el tren sea sustituido por otro vehículo más veloz, el mecanismo es el mismo. La regla fundamental de “diga todo lo que le pasa por la cabeza” lleva en la letra chica otra cláusula: “hay tiempo”. La atención flotante también implica al tiempo. Es un estado de suspensión en el que se flota sobre el hablar del paciente. Sin memoria y sin deseo agregaba Bion. El análisis es en ese sentido anacrónico. Allí está justamente su riqueza. Más allá de que los pacientes y los analistas hayan cambiado. Y también los motivos de consulta. Han aumentado, por ejemplo, las urgencias. Esa forma desesperada de no soportar el tiempo.

Si el fin del tiempo subjetivo es la muerte, la atemporalidad de la muerte, se advierte que en la actualidad algo cambió en la manera en que la cultura trata el tema de la muerte y de los duelos. Muchos dispositivos tradicionales como el velatorio, la ceremonia del entierro, la visita al cementerio, han empezado a dejarse de lado. Las estadísticas muestran que es cada vez mayor el número de familias que deciden cremar a sus seres queridos fallecidos. Que deciden no velar, no recibir a amigos y familiares a que se despidan y compartan socialmente su dolor. Muchas lápidas se pudren en los cementerios sin nadie que visite, limpie, lleve flores, hable solo con los muertos. Como si fuera un nuevo modo de desaparición. De muerte sin duelo, sin cuerpo, sin lugar para recordarlo. Si en una época los muertos pasaban a la inmortalidad, hoy ni siquiera pasan a la atemporalidad. Una desmentida de la muerte en la que no hay futuro de elaboración de duelos (palo y a la bolsa), un presente en el que se acabó la simultaneidad con el muerto. Ese tiempo compartido que quedó desalojado de un momento a otro, sin pasado: ese lugar extranjero en que se hacen las cosas de otro modo. Como dijeron algunos autores hace años, matar la muerte. Hay muertes que intentan tramitarse (¿fallidamente?) en las redes sociales. Circulan mensajes que apelan a emoticones que expresen (y sustituyan) lo que se ofrece en un abrazo de cuerpo con cuerpo. Una lagrimita que equivale a “me entristece” liquida cualquier otro tipo de ritual. Hay casos en los que mientras las personas murieron, sus Facebook siguieron flotando en el éter, proponiendo nuevas amistades o contactos. Como restos paralizados en el tiempo.

No creo que sea casualidad que se haya puesto de moda un nuevo género que pulula no sólo en las películas clase B, como hace años, sino que ya se impone como series en los grandes imperios del streaming. Me refiero a los zombis. Esos muertos-vivos que amenazan a los humanos desde una muerte incompleta. Esos walking dead, esos caminantes de la muerte que no terminaron de morir, y desde esa muerte en suspenso no dejan de amenazar a los vivos. Como una versión ominosa de aquella frase de Marx: “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

En la clínica es un tema que aparece (los aparecidos, los que no terminaron de desaparecer, los distintos tipos de zombis) en pacientes de diferentes edades.

Un hombre después de varios años de análisis, en los que se investigaron las distintas estrategias de la fobia, cuenta ya en confianza un dato hasta ese momento escondido. Él camina y se mueve por la ciudad como si en cualquier momento pudieran aparecer los zombis. Vive en guardia, pero lo disimula. Todo el tiempo sabe por donde huir, dónde esconderse, cómo proteger a sus hijos. Las puertas de los teatros, de los estadios, las esquinas oscuras; nada de eso está fuera de vigilancia. Una frase dicha en sesión queda como muletilla, como código compartido: “por si los zombis”. Decenas de rituales ya automáticos, por si los zombis. Un “por las dudas” siniestro. Y digo siniestro en sentido literal. El zombi es la figura moderna de lo unheimlich. Lo familiar que por no haber terminado de morir se vuelve siniestro, aterrador, pero también se vuelve necesario.

El padre de este hombre había muerto solo, en un pueblo del interior al que el hijo no volvió jamás. Su muerte no accedió hasta ese momento a la dignidad de los temas que valen la pena ( eso, la pena) hablar. Lo no dicho, lo no tramitado, acechaba en todos los rincones de la ciudad. Cuando apareció la serie Walking dead se volvió una especie de adicto. No sólo se daba atracones de varios capítulos seguidos. Los veía varias veces. Con vergüenza contaba del placer, no tan oculto, de ver cómo los sobrevivientes humanos rompían las cabezas de los zombis hasta que terminaran de morir.

Se trata de una serie inspirada en un comic que se empezó a ver en 2010. El éxito inesperado de la serie hizo que haya llegado hasta hoy a su sexta temporada. Como serie dramática fue de las más vistas y ganó el premio del gremio de escritores de Estados Unidos.

Esta desmentida de la muerte, de la tramitación posible de ella, implica una frivolización de los dos grandes verbos de la mortalidad: morir y matar. Todos pueden morir, pero especialmente todos pueden matar. Sobrevivientes que luchan con sobremurientes. Un más allá que está acá nomás, detrás del árbol, adentro del auto, del otro lado de la reja. Al revés de la idea tradicional de los muertos como almas sin cuerpo, los zombis son cuerpos sin alma.

Es que en un duelo se trata de matar a los muertos, de que accedan a la dignidad de la atemporalidad de la muerte. De sobrevivir a los que no sobremorirán.

Un duelo es un proceso en el que hay que realizar un trabajo. El trabajo de matar al que murió para que deje de caminar por la ciudad y pase a la atemporalidad. Que también es una a-espacialidad. Si el verdadero cementerio es la memoria, el duelo es un trabajo realizado en la memoria. Un irse despidiendo de recuerdo en recuerdo hasta que llegue el buen olvido. Es recién entonces que los muertos visitan sin caminar. Surgen desde el amor del olvido, aparecen en las atemporales formaciones del inconsciente. Descansan y hacen descansar en paz.

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Articulo publicado en
Abril / 2017

Boletín Topía