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Una reflexión sobre lo legal y lo legítimo, desde la Asociación de Psicólogos Sociales de la República Argentina

 

Este texto fue leido en el marco del II Congreso Patagónico cuyo tema fue “Lo legal y lo legítimo”. Su autor participó en el mismo como Presidente APSRA  (Asociación de Psicólogos Sociales de la República Argentina)

En un principio fundacional de la formación de psicólogos sociales en la Argentina, la escuela creada por Pichon Rivière fue concebida para satisfacer una necesidad operativa del IADES, Instituto Argentino de Estudios Sociales y  poder contar con operadores formados y entrenados para trabajar en los diferentes ámbitos, vinculados a los proyectos que diseñaba e instrumentaba el instituto y cuyo abordaje se realizaba a partir del modelo del ECRO de Pichon.

Esta escuela, llamada originalmente de Psiquiatría Dinámica, se implementó para dar cuenta de la formación de operadores y fue en un principio ámbito privilegiado para médicos y psiquiatras y después ampliado a otras disciplinas o roles, que instrumentándose desde la orientación de la psicología social, podrían

-como agentes de cambio planificado- volverse modificadoras en sus ámbitos concretos de inserción.

Como parte de esta estrategia el IADES también creó la Editorial Escuela, para traducir y editar textos sobre la problemática específica, debido a la total ausencia de bibliografía en español que existía en esos años.

En realidad, Pichon tenía como proyecto poder dotar a las personas, en sus roles formales, de una capacidad de cambio en su propio ámbito, y no en un ámbito diferente.

Y esto es un dato fundamental para comprender la problemática de nuestra formación, que a veces nos ha generado confusiones a partir del crecimiento de la escuela original y de la creación de nuevas escuelas, después de su fallecimiento en 1977.

La “escuela” planteó un cuerpo teórico y práctico, que dio sentido a un ECRO, pero también un planificado dispositivo formativo, que incluía desde los conceptos y herramientas del ECRO, hasta pautas para la supervisión tanto del trabajo grupal como de los de los equipos de coordinación. Era un dispositivo complejo, riguroso y profesional. También era antieconómico y fue entre otros, uno de los motivos por los que Pichon contara al fallecer, con muy escasos recursos económicos.

Aquí interrumpí el relato para comentar:

En el Diccionario de Psicoanálisis (2000), Élisabeth Roudinesco, psicoanalista y la más importante historiadora de la psiquiatría y el psicoanálisis, se refiere a la escuela fundada por Pichon Rivière:

“Lejos de reproducir la jerarquía de los institutos europeos y norteamericanos, en los que prevalecía la relación maestro-discípulo, los pioneros argentinos formaron más bien una república de iguales”.

“Se orientó entonces hacia diversas formas de práctica de grupal, desde la creación en 1947 de lo que él denominó “el grupo operativo”, cuya tarea era responder a las dos angustias fundamentales de la vida social e institucional (el miedo al ataque y a la pérdida), hasta la fundación, en 1959, de la Escuela de Psicología Social, donde pudo transmitir no sólo la concepción de la 2enfermedad única” sino también una enseñanza original y abierta a las aspiraciones de la juventud estudiantil”.

“En consecuencia y también por el gusto de la independencia y la negativa a encerrarse en un dogma, elaboró una enseñanza muy poco ortodoxa que entreteje múltiples influencias”.

            Al establecer las características de cómo debía ser producido el aprendizaje, sentó un precedente nuevo en lo referido a la educación y formación, en especial del adulto.

Esta característica, propia del concepto de “enseñaje”, es quizás la que ha creado dificultades para “oficializar” (legalizar) y legitimar la formación del psicólogo social.

Por todo esto este modelo formativo es incompatible con los modelos tradicionales o instituidos que están vigentes en todas las universidades y sistemas educativos.

¿Quiénes y por qué luchan por un reconocimiento que los vuelva “legales”?

¿Quiénes lo hacen sin pensar que a veces lo legal puede anteponerse a lo legítimo?

Por un lado tenemos las escuelas de Psicología Social, que en la medida que la oferta de formación creció, sienten que el reclamo de los alumnos es el reconocimiento “legal” de la formación que reciben.

Alumnos que ya no buscan esa experiencia original.

Este reconocimiento buscado es del título que proviene de la norma, la del papel, la que nos da “legalidad” a través de un documento y no de lo que somos nosotros mismos. El obstáculo no está en el cuerpo teórico que debe enseñarse, sino en el cómo debe enseñarse.

Muchas universidades me han solicitado a través de los años que creara la carrera de psicología social o en su defecto el postgrado.

La única condición que siempre pusieron, no fue la de recortar los contenidos teóricos o la línea de pensamiento, sino adecuarse a la forma de enseñar de los modelos tradicionales.

Más horas de cátedra, pero no grupos para trabajar y trabajarse.

¿Cuál es el otro lugar para mirar esta problemática?

Si APSRA cree en el rol del psicólogo social pero no totalmente en su formación profesional, debe encontrar los medios para completar esta formación y desde la misma asociación, iniciar la lucha de la idoneidad profesional, único lugar desde donde se puede ser portador de “legitimidad”.

Aceptemos a los fines metodológicos que existe un antes y un después de las demandas de un título reconocido. El “antes” nos muestra un existente de psicólogos sociales, formados con una heterogénea gama de escuelas. Miles y miles de egresados con variadas formas de enunciar su título.

¿Cuántas veces hemos hablado entre colegas, de las falencias formativas y de las pobres exigencias de muchas de estas escuelas?

¿Cuántas veces hemos cuestionado a compañeros promocionados, tanto por su nivel de aprendizaje como por el re-trabajo sobre su persona y por consiguiente de su capacidad de insertarse y ejercer positivamente su rol de psicólogo social?

Lo hemos hecho año tras año. Y esto va a seguir, con o sin título oficial.

Hoy, a muchos de ellos, si se presentan a asociarse a APSRA, los asociamos, los reconocemos como psicólogos sociales. ¿O en realidad, los estamos reconociendo como carenciados de lo mismo que sienten muchos de los asociados  que ya están dentro de APSRA?

Por eso estoy convencido que cuando hablamos de “legalizar” u “oficializar” estamos hablando de dos cosas diferentes.

Planteado como está el tema, para las escuelas la “oficialización” tiene mucho que ver con la dimensión institucional, con el atravesamiento de temas económicos, con la adecuación a la demanda de sus alumnos. O por lo menos con su capacidad operativa de seguir ofreciendo esta formación. Tiene que ver con seguir o no seguir existiendo con el mismo modelo planteado en su origen.

En cambio para el psicólogo social que ya se ha formado, la legalización o su reconocimiento, tiene que ver con su salida laboral, con su mayor o menor capacidad de trabajar.

Pero, independientemente del título que “lo habilita”, el psicólogo social, ¿está realmente preparado para operar en el ámbito de sus incumbencias, está preparado para ser una alternativa que satisface una demanda laboral que le solicita estar en condiciones para operar y producir resultados?

Nosotros creemos que el primer paso es también el principal. Es el del reconocimiento del rol.

El reconocimiento de la acción positiva, el del saber operar, y no del título.

Esta etapa corresponde al reconocimiento de los resultados sobre las promesas. Es el terreno de la praxis y no de la especulación teórica y del ombliguismo que llevó a la creación de más y más escuelas, para que más y más egresados trabajen en esas escuelas, pues la mayoría no se siente correctamente instrumentado para trabajar fuera de ellas.

Yo, en lo personal, estoy seguro que ese no era el sueño de Pichon.

Pichon buscaba la formación de operadores y no la de reflexionadores sistemáticos de la psicología social paralizados ante el trabajo de campo.

Si no hay operadores, no hay fuerza de cambio.

Estamos convencidos de que APSRA, como parte de una acción más general y conjunta, puede ser un instrumento para lograr el reconocimiento del rol, es más, estamos seguros que debe ser APSRA por sobre cualquier otra instancia legal, institución educativa o gubernamental.

También sabemos que APSRA debe cambiar en forma profunda para poder implementar y satisfacer esta necesidad.

APSRA es una asociación de profesionales y debe  ser fundamentalmente para los que ya han dejado su condición de estudiantes y desean ejercer su condición de profesionales.

Un espacio para seguir apropiándose de conocimiento desde otro lugar, supervisando su trabajo, conceptualizando su experiencia.

Si los egresados de las escuelas no están en condiciones de operar en sus diferentes ámbitos de inserción, no encuentran espacios para ser contenidos profesionalmente en su gestión, necesitan ser supervisados en su tarea, es APSRA la que debe dar cuenta del problema y buscar una solución.

Si APSRA cree que el rol del psicólogo social es legítimo, debe encontrar los medios para completar la formación, teórica y práctica y desde la misma asociación luchar por el reconocimiento de la idoneidad profesional.

Si no hay idoneidad profesional, no es posible acceder a lo legítimo. Es la asociación la que tiene que reconocer al psicólogo social para poder así recomendarlo, defenderlo y pelear por él ante las diferentes instituciones para mejorar las posibilidades de inserción laboral.

A mi entender APSRA no puede demorar más la emisión de un juicio de valor sobre la formación del psicólogo social y en especial de sus asociados.

En la actualidad la asociación reconoce miembros activos, adherentes y honorarios. Activos son todos los asociados que ya han finalizado sus estudios y adherentes son los que están estudiando. Pero esto no solamente no alcanza, sino que no está bien que así sea.

Para que la asociación tenga autoridad técnica para asistir en la formación y autoridad moral de emitir juicios de valor, necesita miembros profesionales, didactas, académicos, o como finalmente estos sean llamados.

Necesita de todos esos colegas idóneos y experimentados, para tener la representatividad que trasfiera legitimidad a la formación y al rol.

APSRA no debiera abandonar el rol y la función protagónica de ayudar a finalizar la formación del psicólogo social. La de la instrumentación o la de la especialización.

Para contar en la asociación, con miembros que sean profesionalmente idóneos, tiene que crear mecanismos y organismos para que el psicólogo social pueda supervisar su trabajo. Nutrirse y enriquecerse de la experiencia de los colegas, acumular praxis, para poder articularla con la teoría y generar nuevos cuerpos teóricos en base a nuevas experiencias.

La sistematización de las experiencias es la propuesta concreta que los psicólogos sociales pueden ofrecerle a la sociedad, ese lugar donde se registran todas las articulaciones entre sujetos e instituciones.

Esta base de experiencia es la que nos permitirá ofrecer beneficios en nuestros contratos laborales.

Al igual que todas las profesiones, la nuestra no escapa a la demanda de nuestros clientes de querer resultados, sean estos los habitantes de una villa carenciada que tiene que organizarse para poner agua corriente o instalar un dispositivo para que puedan operar una guardería para los hijos de las madres que trabajan, o los de una empresa, para trabajar como operadores en la problemática que plantea un cambio organizacional.

            Los resultados de todas estas experiencias son los que construyen la legitimidad de nuestro rol.

Es cierto que una alternativa válida para muchas escuelas fue buscar la “oficialización” y convertirse en un modelo más del tipo “universitario” y así someterse a la forma oficial de impartir la enseñanza. Algunas escuelas hasta han recurrido a llamar el re trabajo en grupo con otro nombre, para así poder darles a los alumnos más proceso grupal. Haciendo algo “ilegal” para no perder “lo legítimo”.

Como parte de esta situación también apareció la carrera universitaria de Psicología Social en instituciones privadas y casi con certeza se creará en la UBA el postgrado de Psicología Social, allí donde no existe ni el trabajo grupal para la real y efectiva apropiación de conocimientos, donde a veces ni siquiera se estudian los aportes de Pichon Rivière.

Es ¿“lo correcto”?, ¿es el camino de “lo legal”?

Entonces ya tenemos y tendremos más camadas de psicólogos sociales recibidos, prolijitos, legales, reconocidos, oficiales, etc.

¿Son éstos los psicólogos  sociales en los cuáles creemos?

¿Son éstos los que necesitan la comunidad, las organizaciones?

¿Qué es lo que yo creo que sentiría y pensaría Pichon?

Pensaría que lo que no debiera ponerse en juego, en la búsqueda de una cuestionable legalidad, es la pérdida de estos espacios tan singulares para reflexión, para pensar y pensarse, que son las escuelas de psicología social.

Uno de los pocos dispositivos que formalmente o informalmente luchan contra la estereotipia, contra lo no dialéctico.

Este espacio fue creado para eso, para volver a crear en el individuo plasticidad, adonde no la había. Adaptación activa y una capacidad transformadora, tanto hacia adentro como hacia afuera. Con el otro y junto al otro.

El psicólogo social es un artesano, su profesión  es un oficio que se hace haciendo, pero artesano y oficio en su más pura acepción, que es la del aprendizaje en contacto con el saber experto de otro. La forma en que el saber puede heredarse gracias a la presencia del maestro.

La educación formal es muchas veces onanista. El pensar, el sentir y el hacer están planteados en la soledad, escindidos, sin posibilidad de la sinergia que representa la articulación de estos tres registros frente al objeto de conocimiento que incluye a los vínculos internos y externos. La forma en que se enseña o enseñaba psicología social en la Argentina, obligaba al individuo a pasar por estos tres estadios, integrándolos luego en la tarea.

Pero por otra parte se plantea este problema: ¿Cuántas de las personas que cursaban las escuelas pensaban trabajar luego como psicólogos sociales? Una minoría. Pero, por esta minoría, ¿cerraríamos estos valiosos espacios de reflexión a los otros? ¿Generaríamos condiciones tales de exigencia que no les fuera atractivo o posible su ingreso? A estas personas a las que las escuelas daban además, en un contrato absolutamente no explicitado, continencia, pertenencia y afiliación.

Personas a las que se las exponía a través de una experiencia única y se las dotaba de una capacidad transformadora que al menos se vuelve operativa en los núcleos familiares, en las distintas instituciones en las cuales estas personas se insertan como ciudadanos, y no necesariamente como psicólogos sociales. Una formación que obliga al individuo a reflexionar sobre los valores, las normas, creencias y que desarrolla estructuras de cooperación y solidaridad.

Esta singularidad de las escuelas de psicología social nos crea un dilema, que los psicólogos sociales en APSRA tendremos que convertir en problema para luego, encontrar una solución.

Creo que en muy breve plazo, escuelas y APSRA, tendrían que consensuar aspectos importantes de la formación. Tanto escuelas como APSRA deberían utilizar criterios objetivos de evaluación y supervisión en todas las dimensiones que atraviesan las instituciones y sus protagonistas.

Deberíamos abrirnos a todos los autores y corrientes del pensamiento siempre que conservemos algo de “lo argentino”, de esta enseñanza de la psicología social, como es el dispositivo educativo de los grupos operativos y la circulación del conocimiento, sin rigidizar el lugar del saber, que todos sabemos y no decimos, tiene que ver con el lugar del poder.

En lo personal, me gustaría que en este proceso de apertura no se perdiera a Pichon,  es más, podríamos volver a sus orígenes, para poder alinear a los nuevos autores, acontecimientos y paradigmas para actualizar el “concepto” que corresponde al modelo del ECRO.

Pero me preocuparía mucho que nos cerráramos en Pichon, congelando tanto sus  ideas como su actitud ante la vida.

Justamente no hacerlo, es un homenaje a su pensamiento.

También creo que en APSRA tenemos que asumir, sin ningún tipo de prejuicio el protagonismo que implica poder cumplimentar con las escuelas la formación del psicólogo social.

Creo que podemos consensuar con las Escuelas un puente entre la formación de ellas y la finalización de la formación necesaria para que seamos y tengamos profesionales idóneos.

De esta manera, al estar APSRA presente en la formación y en especial, en la última etapa de la misma, podrá como asociación profesional, avalar a estos profesionales, que están formados en base a parámetros acordados previamente, de calidad, de ética y de idoneidad.

No todas las escuelas están en condiciones de otorgar una formación idónea. Debieran ser consideradas solamente aquellas que puedan garantizar ese nivel apto de formación.

APSRA también debe producir importantes cambios institucionales para garantizar su nuevo rol y adaptarse activamente a este nuevo escenario.

En conjunto se podrá orientar la especialización en determinadas tareas y áreas de trabajo, que tienen demanda laboral insatisfecha.

También, desde un nuevo posicionamiento institucional, al garantizar idoneidad profesional, se podrá despertar la demanda de psicólogos sociales en muchas organizaciones, instituciones y comunidades que los necesitan.

Para evitar así, que lo legal sea un obstáculo para que los problemas no encuentren la potencia transformadora de lo legítimo.

Muchas gracias por su atención

Buenos Aires, 15 de septiembre de 2004

 
Articulo publicado en
Septiembre / 2004

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