La escritura del presente ensayo está motivada por los interrogantes que suscitan los tiempos perturbadores que habitamos. Tiempos que parecen perturbar equilibrios, consensos. Tiempos que también parecen triturar palabras, confundirlas, trastocar su sentido, arrasando con eso la posibilidad de pensar y pensarnos.
Me pregunto, ¿son la depresión y el suicidio algunas de las respuestas subjetivas ante un mundo que ofrece a las mayorías cargas enormes de sufrimiento y que, al mismo tiempo, ha erradicado el imaginario de que las cosas podrían ser mejor en el futuro?
El ensayo se nutre de algunas de las preguntas y reflexiones que desplegamos en el marco del Proyecto de Investigación que dirigí en la Facultad de Educación de la Universidad Nacional de Cuyo: “La politicidad de la salud mental. Interrogaciones desde la precariedad para imaginar otras formas de tramitar el malestar” (2023-2024).
Pensar sobre este mundo, sobre las condiciones de posibilidad de nuestras vidas en este mundo, y sobre las condiciones de posibilidad de nuestros procesos de salud mental -o, mejor, salud psíquica, como propone Alfredo Grande (2015)- es lo que me propongo en el presente ensayo.
“El capitalismo no era solamente un asunto económico, era un sistema de organización de vidas, y parte de esta organización era la distribución del sufrimiento, y un subconjunto de la distribución del sufrimiento consistía en quién transpiraría más y dónde (¿hotyoga o parada del colectivo?)”
Anne Boyer, 2021, p. 95.
“[…] y, con capitalismo, quiero decir ‘la vida tal y como la conocemos’”
Anne Boyer, 2021, p. 137.

Hay vidas, hay cuerpos, en los que las tragedias colectivas se marcan. Con sangre, con fuego, con balas, con hambre. Con varias cosas a la vez. La tentación del ensayo autobiográfico siempre se encuentra a mano y -siempre también-la dejo pasar. Otra vez será narrar mis marcas, en el porvenir. Me pregunto ahora por las vidas y cuerpos que, diferencialmente, están siendo marcados por el dolor, el sufrimiento, la muerte misma, en este presente histórico.
Los cuerpos de Andrea, Pamela y Roxana, víctimas de un crimen de odio, de un lesbicidio; los cuerpos de l*s trabajador*s despedid*s; los cuerpos de las juventudes que dejan su vida arriba de una moto para trasladar comida rápida y poder sobrevivir pagando eternamente un alquiler; los cuerpos de las mujeres que, ante la precariedad generalizada y las dificultades para denunciar, se ven obligadas a quedarse en casa con los agresores; los cuerpos de las niñeces no cis y no heterosexuales que, ante el avance de los discursos de odio contra las disidencias, probablemente se atemoricen y solo encuentren posibilidades de sobrevivir disciplinándose ante la norma heterocis; los cuerpos de travestis y mujeres trans adultas que se ven obligadas a volver a la prostitución; los cuerpos de l*s mapuches en el sur del país, ubicad*s como blanco de ataque mientras se l*s despoja de sus territorios ancestrales para beneficio de un pequeño grupo de empresarios foráneos; l*s cuerpos de las juventudes de clase trabajadora que siguen viendo la universidad de lejos, mientras sus días se consumen en la precariedad de la changa y el celular; l*s cuerpos de l*s docentes, investigador*s, profesionales de la salud, que ven ajustar sus existencias y con eso las posibilidades vitales más elementales; los cuerpos de los varones cis heterosexuales de clase trabajadora despojados, entre otras cosas, de marcos de referencia para pensarse en este presente.
Hay vidas, hay cuerpos, en los que las tragedias colectivas se marcan. Con sangre, con fuego, con balas, con hambre
En algunas de esas intersecciones se encuentra mi cuerpo también, mi vida; una más de todas estas, nuestras vidas del desastre colectivo que hoy es el escenario de realización de nuestras existencias.
Ese escenario de realización es la Argentina de la brutalidad “libertaria”, del desguace estatal y el intento de ataque a cualquier conquista que hayamos sabido conseguir. Pero es también la Argentina que vienen dejando gestiones diversas, la de las “décadas ganadas” que no transformaron estructuralmente las desigualdades del capitalismo semicolonial argentino, ni -por supuesto- fueron capaces de lidiar con la realidad del límite estructural de una forma de producción y organización social que pareciera solo acercarnos al colapso ecosistémico mientras la barbarización de la vida avanza.
Ese escenario de realización de nuestras vidas es también un mundo en el que se ha cometido un genocidio en vivo y en directo. Hablo de Palestina. Sí, hablo de Gaza, en un mundo que hace silencio frente al horror que desató el sionismo y su máquina monstruosa de guerra.
Es un mundo de sufrimiento; siempre lo ha sido. Su distribución desigual -no solo en función de los lugares que las personas ocupamos en la economía capitalista, sino, además, de la intersección de vectores de privilegio como identidad de género, orientación sexual, nacionalidad, localización geográfica, racialización y edad, entre otros- probablemente tampoco sea ninguna novedad.
Sin embargo, el fin de época que atravesamos implica una novedad. Berardi (2022) se refiere al umbral.
El umbral está aquí, es ahora: surgió con la llegada del coronavirus al espacio de nuestra conciencia colectiva. Este bio-info-psicovirus está cambiando de manera irreversible nuestra proxemia social, nuestras expectativas afectivas, nuestro inconsciente. Aunque las líneas de esta mutación en curso son todavía borrosas, algunos de sus rasgos generales ya son claros y están dentro de nuestro campo de visión. (Berardi, 2022, p. 15)
“¿Y qué, de todas las épocas en común, liberadas de la parcelación de los siglos, y qué, de la forma precisa del llanto de cada época, tomará nuestro llanto?”.
Anne Boyer, 2021, p. 82
Dije en la introducción: los tiempos perturbadores que habitamos. Me pregunto: ¿son estos tiempos más perturbadores que otros? ¿Cómo ponderarlo? ¿Es correcto pensarlo en término de “más perturbadores que otros”? ¿O habrá que intentar pensar cuál es la cualidad específica de lo perturbador de este, nuestro tiempo, y no otro tiempo? ¿Cuál es la novedad de esta, nuestra época?
Desde diversas disciplinas se viene insistiendo en la necesidad de pensar la pandemia por COVID 19, las políticas que mundialmente se desplegaron en torno a ella, la dimensión del traumatismo colectivo y los modos en que todo esto transformó la vida social, política y económica.
A partir de lecturas diversas sobre los impactos de la pandemia, propongo aquí la hipótesis de esta como un catalizador. Un catalizador es algo que estimula el desarrollo de un proceso. ¿Qué proceso estimuló la pandemia?
En un sentido estrictamente económico, la gestión de la pandemia por Covid-19 dejó efectos devastadores:
La pobreza y la pobreza extrema alcanzaron en 2020 en América Latina niveles que no se han observado en los últimos 12 y 20 años, respectivamente, así como un empeoramiento de los índices de desigualdad en la región y en las tasas de ocupación y participación laboral, sobre todo en las mujeres, debido a la pandemia del COVID-19 […]. (CEPAL, 2021, par. 1)
El malestar social derivado fue disputado, como sostienen Benasayag y Pennisi (2024), por los gurúes tecnófilos y ultraliberales. La ineficacia del capitalismo en todas sus formas -incluyendo las formas de “Estados de bienestar” que se gestaron en América Latina en las últimas décadas y las que asumieron las socialdemocracias gobernantes en muchos países de Europa- para resolver las desigualdades económicas estructurales, más las añadidas por la gestión de la pandemia, generaron un suelo propicio para que diferentes formas de la derecha fuesen capaces de consolidarse como alternativa a los ojos de las mayorías.
Bonilla (2020) sostuvo con lucidez que, aunque la humanidad podría salir airosa de la pandemia del coronavirus, una nueva hegemonía capitalista se habría instalado una vez finalizada la misma. Su hipótesis es que la cuarta revolución industrial requería una nueva estructura social, cosa que el capital no podía resolver en el corto plazo. Es la irrupción de la pandemia la que posibilita al capital la renovación de la estructura social que requería:
Los estados de alerta, emergencia y de suspensión de garantías se hacen “inevitables” y surge el primer Estado de sitio planetario. El autoritarismo emerge con base social, el fascismo tecnológico de la cuarta revolución industrial es un río desbocado que se abre paso. […] Durante semanas, la sociedad comienza a reorganizarse desde la casa. Se educa o expande el consumo online o el delivery. Se promueve con hechos la nueva educación para el consumo. Millones de seres humanos entran en contacto acelerado con algo que aún les resultaba etéreo e incómodo, el nuevo modelo de consumo en casa. (Bonilla, op.cit., p. 4)
Durante el primer año de la pandemia por Covid 19 Ciriza escribía:
La imperiosa y suicida lógica del capitalismo requiere de una virtualidad intensa para reforzar el mundo de la fantasmagoría. También instaló la urgencia de la invención de una nueva normalidad construida sobre la base del expolio de lxs trabajadrxs. Allí fuimos muchos a aprender cosas insólitas como dar clases virtuales, como si fueran ‘reales’, a procurar resolver virtualmente cosas irresolubles.
Inútil. Bajo la ficción de la virtualidad la máquina quebrantahuesos se apropia de miles de horas de trabajo gratuito bajo la ilusión de: estamos en casa, trabajamos en pantuflas. (2020, par. 14)
Cuanto sentido hacen hoy estas palabras. Se escuchan de forma clara; una claridad inaudita en el contexto del confinamiento por la pandemia. La proliferación veloz del virus y el temor que se instaló a lo largo y ancho del planeta impuso una parálisis, también, en las posibilidades colectivas de pensar. Sostuvo Bonilla:
El miedo le construyó condiciones de posibilidad a un nuevo paradigma social. El miedo cohesionó mentalidades y forzó a ver nuevos caminos de cruce entre aceleración de la innovación y modelo de organización social. (op.cit., p. 5)
Un nuevo paradigma social, que, paradójicamente, se cocinaba lento en medio de la aceleración. Así, cuando “salimos de la pandemia” amplísimos aspectos de nuestras existencias se habían transformado: el paisaje era otro.
No solo en este sur global. La crisis del equilibrio de posguerrai -que ya se venía resquebrajando con la caída del Muro de Berlín, que dio un salto con la crisis de las subprimes del 2008 y que hoy se hace evidente con la situación en Medio Oriente- viene dibujando un paisaje de época global que se parece bastante a una distopiaii.
En simultaneo, la aceleración de los procesos de cambio climático, y las transformaciones en la matriz productiva ligadas a las innovaciones digitales y al incremento en la financierización (cuarta revolución industrial, según Bonilla, 2020; capitalismo 4.0, según Galliano, 2024) son también algunas de las claves para pensar la especificidad de este umbral en el que nos encontramos.
En este umbral, los imaginarios del porvenir que conocemos parecen haberse licuado. Agotado el zócalo que dio lugar a los imaginarios conocidos -los coloniales/capitalistas de progreso o los de transformación radical y revolucionaria de la sociedad- nuestras imágenes del futuro parecen derrumbarse. Astucia del capitalismo tardío; trazar una nueva cartografía del universo simbólico, redefinir los márgenes, los bordes, el techo de lo pensable y lo imaginable. La pandemia, y la invasión de la tecnología en la vida cotidiana, aceleraron ese proceso.
La dificultad/imposibilidad de trazar algún tipo de futuro -por lo menos en la forma en que la modernidad/colonialidad organizó, durante siglos, la imaginación del porvenir- parece ser la novedad de nuestra época, y en eso reside su cualidad perturbadora.
En este paisaje vital de “lenta cancelación del futuro” (Berardi, en Fisher, 2022, p. 30) cabe preguntarse: ¿cuáles son los padecimientos específicos que esta estrechez de imaginarios propia de nuestra época organiza? ¿Qué tonalidades afectivas promueve esta carencia de imaginarios aquí y ahora?
“¿Y es la prueba de hoy la prueba del largo, inmenso, deliberado desorden de todas las sensibilidades?”
Anne Boyer, 2021, p. 84
Me interesa partir aquí del clivaje propuesto por la psicoanalista Silvia Bleichmar (1999) quien distingue entre las condiciones de producción de subjetividad -en el sentido de los aspectos que hacen a la construcción social del sujeto- y la constitución del psiquismo, dada por variables cuya permanencia trascienden ciertos modelos sociales e históricos
Considerar que las condiciones de época promueven determinadas formas subjetivas en detrimento de otras, y, por lo tanto, determinados padecimientos subjetivos
La distinción anterior permite considerar que las condiciones de época promueven determinadas formas subjetivas en detrimento de otras, y, por lo tanto, determinados padecimientos subjetivos.
Sin dudas esta afirmación es solidaria con la ampliación de la unidad de análisisiii en salud mental que, a lo largo de la historia del siglo XX, ha ido permitiendo comprender que los padecimientos subjetivos no obedecen -solamente- a cuestiones de índole biológica y/o psicológicas. Esta es una concepción amplia en salud mental, de la cual es heredera nuestra Ley Nacional de Salud Mental (N° 26.657/10).

Por su parte, Berardi (2022) incorpora la categoría de psicoesfera para referirse a la dimensión social de la mente; “[…] la esfera en la que circulan los flujos de lo imaginario, entretejiéndose para moldear la imaginación” (p. 84). Sostiene:
¿Cabe hablar de inconciente colectivo?
Desde un punto de vista estrictamente psicoanalítico, el inconsciente es individual, pero en un marco antropológico más amplio podemos afirmar que el funcionamiento individual del inconsciente se alimenta de y es transformado por flujos que proceden de la psicoesfera, que es una dimensión colectiva. (op.cit., p. 85)
Si los modos de producción de subjetividad son otros, si la psicoesfera se está transformando, es posible también pensar “en la configuración de un nuevo régimen psicopatológico” (Berardi, op.cit.).
Entonces, ¿qué formas subjetivas produce esta, nuestra época? ¿Qué padecimientos específicos promueve? ¿Cuáles son las connotaciones propias de los procesos de salud/enfermedad aquí en este umbral? ¿Qué formas adquiere hoy la subjetividad sufriente?
Exposto (2023) sostiene que durante la pandemia la depresión y la ansiedad aumentaron un 30% y se conjetura que para el 2030 serán las principales causas de “discapacidad social”. Evidentemente el incremento en la desigualdad contribuye en los niveles de malestar subjetivo de la población, aunque, como sostiene el autor (op.cit.), no solo sufrimos de capitalismo.
Si a los rigores de la pandemia les sumamos la crisis económica, no resulta extraño que, como muestran investigaciones y testimonios diversos, se registre un incremento de los casos de ansiedad y depresión entre los jóvenes. Y, lo que es mucho más dramático, una ola de suicidios. Según datos de Unicef y el Ministerio de Salud, los casos de suicidio en la adolescencia, que venían aumentando de manera sistemática en las últimas décadas, hoy baten récords: Unicef sostiene que la tasa es de 12,7 cada 100.000 adolescentes, a punto tal de que constituye la segunda causa de muerte en la franja de 15 a 19 años. (Natanson, 2023)
Según algunos relevamientos recientes, en el último año, en la Provincia de Buenos Aires se duplicaron los suicidios (Figueroa, 2025). Me pregunto, ¿son la depresión y el suicidio algunas de las respuestas subjetivas ante un mundo que ofrece a las mayorías cargas enormes de sufrimiento y que, al mismo tiempo, ha erradicado el imaginario de que las cosas podrían ser mejor en el futuro?
Al tiempo que se incrementan los cuadros de depresión y las melancolizaciones, los cuadros de ansiedad aparecen cada vez con más frecuencia en las consultas clínicas.
Me pregunto, ¿el incremento significativo de los cuadros de ansiedad se debe a la intensificación del ritmo informativo y la actividad cognitiva en sostenida aceleración (Berardi, 2023) que promueve la virtualización de amplios aspectos de la vida?
Nos encontramos con sujetos cada vez más empobrecidos, con mundos internos extraviados en el algoritmo, videos random de tik tok y fake news, presos de la velocidad de estímulos que solo excitan y no producen inscripción psíquica; sujetos expuestos a flujos de eventos que se viven como ingobernables y que no logran comprenderse. Frente a esto me pregunto ¿el proceso de delegación masiva de funciones (Benasayag y Pennisi, 2024) que se viene dando con la utilización de la IA y las tecnologías digitales contribuye a las dificultades elaborativas y de simbolización que agravan muchos de los padecimientos subjetivos?
Una realidad de a ratos excesiva y que crea situaciones cotidianas de ruptura o debilitamiento de los lazos sociales es la que deben enfrentar sujetos empobrecidos psíquicamente. Bleichmar (2016) sostenía que una realidad que no puede ser capturada es del orden de lo traumático. En el mismo sentido Carpintero (2024) plantea que el exceso de realidad produce traumas por las dificultades en la simbolización.
En este escenario, en los que formas específicas de padecimiento psíquico despuntan en relación con otras que parecieran ya no ser tan frecuentes, nos encontramos además con un incremento en las intervenciones individualizantes de los padecimientos subjetivos y, sobre todo, un incremento de los abordajes medicalizantes. Al respecto sostuvo Fisher:
Al privatizar los problemas de la salud mental y tratarlos solo como si los causaran los desbarajustes químicos en la neurología del individuo o los conflictos de su contexto familiar, queda fuera de discusión cualquier esbozo sistémico de fundamentación social. (2023, p. 50)
En la misma línea de intervenciones individualizantes -mas no científicas ni habilitantes de la singularidad- nos encontramos con el incremento de perspectivas new age y neoliberales, así como de mandatos homogeneizantes sobre la salud mental.
La privatización del malestar, su homogeneización y su despolitización parecen aportar otro matiz distintivo a los procesos de salud psíquica en este umbral que habitamos.
“¿Es por esto que nos mantuvieron separados, para que no pudiéramos cuidarnos entre nosotros, para que nunca pudiéramos sentir la astucia del menor movimiento del cuerpo de nuestro amigo, para que no pudiéramos decirnos nuestras bromas, juntos, lomo indistinguible del lomo siguiente, en los susurros que prefiguran la revuelta?”
Anne Boyer, 2021, p. 25
Si el capitalismo tardío nos enferma, si el “realismo capitalista” -como plantea Fisher (2023)- secuestra la esperanza sobre un porvenir mejor, el escenario puede volverse desalentador. Desactivada la imaginación, no queda más que la fatalidad del realismo capitalista que insiste en que no hay alternativa.
Si, como plantea Grüner (2025), inesperadamente la derecha ha hecho volver a la vida conceptos que se suponía disueltos… ¿no habrá allí, en ese pasado que parecía clausurado, una clave imaginativa para diseñar un porvenir?
“¿Cómo es posible crear felicidad en una existencia colectiva permanentemente al borde del abismo?” se pregunta Berardi (2024, p. 23). Parafraseando al autor, me pregunto cómo es posible crear salud mental -o condiciones para ella- en una existencia colectiva al borde del abismo.
Un borde o un umbral. ¿Y después qué? ¿Un abismo?
En verdad no hay nada que garantice el porvenir.
Nunca lo hubo.
Antes, tal vez, se disponía de imaginarios que habilitaban la posibilidad de.
Antes, tal vez, existían direcciones políticas (partidos, organizaciones) con programas políticos capaces de disputar el futuro, capaces de accionar el freno de emergencia -como decía Benjamin no recuerdo donde- ante la evidencia de una evolución histórica que lleva a la catástrofe.
Hoy, ante la certeza del desastre al que nos lleva el capitalismo, cualquier inteligencia sensata tendría acuerdo en que las garantías de un porvenir humano vivible para las mayorías en este planeta son mucho menores que en otros momentos de la historia moderna. Las amenazas que se ciernen sobre la humanidad son reales.
Creo que lo anterior es el piso del que cualquiera de nuestras reflexiones debería partir.
No necesariamente es desesperanza lo que esta afirmación debería traernos; pensar en el horizonte de la extinción -como lúcidamente plantea Berardi (2022)- es un modo también de poner el interrogante allí donde lo coloca Fisher (2023): ¿no hay alternativa?
Si asumimos que la extinción es el horizonte de nuestro tiempo (lo que no quiere decir que sea inevitable en un sentido absoluto, sino que en las condiciones aparentemente insuperables del capitalismo constituye la perspectiva más probable), cambiarán las coordenadas de nuestras expectativas éticas, política y afectivas. (Berardi, op.cit., p. 54)
Asumir esa posibilidad, quizá puede ser “una oportunidad para mirar a la bestia a los ojos, pero también para hallar laterales inesperados” (Sztulwark, 2019, p. 30).
En los laterales están los pliegues de la época que habitamos. Los conflictos, las tensiones, las luchas, las contratendencias: el sustrato a donde algo nuevo puede emerger. Sostiene Berardi: “Descubrir la posibilidad que se oculta en el presente” (op.cit., p. 37).
¿Qué aparece en los pliegues de la época? ¿Qué de eso que aparece permite la conversación con la tradición de las revoluciones soñadas, traicionadas, perdidas? ¿Hay allí, en ese diálogo, una clave para tramar el porvenir?
Preguntas que no podemos dejar de hacernos. Porque las preguntas abren una grieta allí donde la certeza aniquila cualquier imaginación posible. Introducir preguntas, dialectizar, hacer mover la convicción de un final de la historia humana catastrófico o barbarizado a fuego lento como único posible, puede ser parte de la labor de ampliación de imaginarios que el trabajo en salud mental siempre ha implicado.
Si, como plantea Grüner (2025), inesperadamente la derecha ha hecho volver a la vida conceptos que se suponía disueltos… ¿no habrá allí, en ese pasado que parecía clausurado, una clave imaginativa para diseñar un porvenir? Si, como plantea Fisher (2022), el fantasma se niega a abandonarnos… ¿no será hora de enfrentarlo y plantearnos -seria y deseosamente- nuestra necesidad de mundos compartidos, nuestra necesidad de una alternativa radical, “nuestra necesidad de comunismo” (Tiqqun, 2001)?
Natalia Cánepa
Lic. en Psicología (UDA)
Prof. en Psicología (Uncuyo)
Mgtr. en Psicología Educacional (UBA)
Psicóloga clínica y Profesora e Investigadora en la Facultad de Educación, Universidad Nacional de Cuyo.
nataliacanepa [at] fed.uncu.edu.ar
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-Berardi, Franco “Bifo”. (2024). Desertemos. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Prometeo Editorial.
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i Utilizo aquí la idea de “crisis del equilibrio de posguerra” a partir del análisis que se fue realizando desde El Impreso -Publicación de la Corriente Obrera Revolucionaria, en https://www.cor-digital.org/- de las tendencias desatadas a partir de la crisis de las subprimes en el 2008, y la forma en que las instituciones y consensos de la posguerra, con el transcurso de los años, fueron -y siguen- entrando en crisis.
ii Finalizo este ensayo el 22 de junio, horas después de la intervención de Estados Unidos en Medio Oriente, que atacó tres instalaciones nucleares en Irán, desafiando justamente las normas del derecho internacional construido en la posguerra. Esto sucede luego de que Israel -continuando con la masacre en Gaza- bombardease el 13 de junio un reactor nuclear en Irán, y matase a científicos y miembros de la plana mayor del Estado Iraní.
iii La “unidad de análisis” es una categoría que introduce Vigotsky en su obra “Pensamiento y Lenguaje”, en su apuesta por replantear los recortes que desde la psicología se han realizado, recortes que históricamente han implicado la escisión y la reducción de las unidades dinámicas de la vida. Para el autor soviético, lo que en realidad es indivisible aún en sus tensiones, el pensamiento moderno -y allí la psicología- ha tendido a fragmentarlo. Así, las unidades de análisis dan cuenta del recorte que el observador/a realiza para comprender y abordar una problemática. La problemática claramente está allí, en el campo de indagación o intervención, pero lo que se haga con ella depende de la construcción que los agentes hagan a partir de sus modelos mentales de la situación (Rodrigo, 1997, 1999, citado en Erausquin, 2017).
Recuperando esa tradición, utilicé aquí la idea de “ampliación de la unidad de análisis” en el sentido que la emplea también Ricardo Baquero (2002).