Vivimos tiempos complejos, aunque no por ello incomprensibles. Tiempos que exigen revisar y reconstruir los pilares de nuestro pensamiento, despojarlos de sus líneas vetustas y recuperar críticamente aquellos conceptos que aún resultan fértiles para pensar la producción subjetiva y elaborar propuestas capaces de contener tanta perplejidad social y política.
Hoy, en una Argentina atravesada por un lenguaje de violencia canonizado en plataformas como TikTok, nos enfrentamos a una nueva postulación del odio
Hace cerca de tres mil años, cuando el centro del mundo occidental se situaba en la polis griega, las palabras no solo nombraban la realidad: delineaban un posicionamiento ético y performativo. El ethos constituía una identidad colectiva, una forma de producción subjetiva sostenida por la comunidad (Jaeger, 1994). Hoy, en una Argentina atravesada por un lenguaje de violencia canonizado en plataformas como TikTok, nos enfrentamos a una nueva postulación del odio. Esta violencia no surge de la nada: puede leerse como resultado de desigualdades históricas no saldadas y de un dolor acumulado que va desde la deslegitimación estructural del trabajo informal hasta la traumática experiencia de la Pandemia en nuestro país.
Este lenguaje no vincula: destruye. No se dirige al otro como sujeto, sino que lo convierte en objeto de odio, frustración o enojo. Melanie Klein (otra de las olvidadas) ya lo anticipaba: el objeto atacado desde adentro es aquel que no ha sido simbolizado como semejante; por el contrario, cuando se reconoce al otro como sujeto, se abre paso al reconocimiento mutuo (Bleichmar, 2011).
Allí se juega la diferencia fundamental entre agresividad y violencia. La agresividad es constitutiva del sujeto: delimita, diferencia, establece límites. Podemos ser vehementes, incluso impulsivos, con un otro que reconocemos, pero no necesariamente violentos. La violencia, en cambio, implica un arrasamiento simbólico del otro. Esto, claro, sin desconocer las violencias constitutivas que tan lúcidamente explicó Piera Aulagnier, en tanto parte ineludible del proceso de subjetivación, pero que solo se transforman en destructivas cuando no encuentran cauces de simbolización ni reconocimiento.
La sociedad se construye sobre el reconocimiento de los dolores del otro y sobre la posibilidad de su elaboración simbólica. No se trata solamente de actos individuales, sino de configuraciones culturales. En este sentido, el intento de encarcelar a Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta y luego vicepresidenta, en condiciones poco claras y a meses de una elección en la que se perfilaba como principal figura opositora, no puede leerse simplemente como un acto judicial. Se trata de un gesto político que objetualiza a una figura pública, la despoja del estatuto de semejante y habilita discursos que avasallan otros derechos fundamentales. Pensar que esto genera unidad es, como decíamos en mi barrio, “mear fuera del tarro”.
La defensa colectiva se ve así erosionada: se desdibujan los límites del semejante. Ya no todos somos iguales ante el dolor ni ante la ley. Esta fragmentación resuena también en nuestras ficciones culturales. En la reciente serie El Eternauta (Netflix, 2024), hay una escena en la que Juan Salvo (interpretado por Ricardo Darín) lanza una botella de agua en un tren con una decena de sobrevivientes y luego se aleja. Quienes conocen la obra original saben que Salvo jamás se hubiese ido: no por héroe, sino porque se trataba de vecinos y vecinas, de la comunidad. La versión televisiva muestra un Salvo que se repliega hacia su familia, dejando atrás a los demás. En el cómic, en cambio, es la familia la que permanece en casa, y es Salvo quien se expone para obtener recursos. Un gesto de amorosidad radical. La noción de semejante se desplaza entonces hacia una idea limitada de “los míos”. Eso sí: Darín queda culposo de todo esto, y eso, quizás salva la serie.
La agresividad es constitutiva del sujeto: delimita, diferencia, establece límites. La violencia, en cambio, implica un arrasamiento simbólico del otro
En los últimos años se ha hablado mucho de “militar la ternura”, aunque a menudo este concepto ha sido vaciado de contenido. Sin embargo, sigue teniendo potencia si se lo encauza como vía de construcción política. Silvia Bleichmar (2005, 2011) ha señalado que solo es posible construir legalidades y transmitirlas intergeneracionalmente desde la amorosidad. El odio, el miedo y el resentimiento no elaboran nuevas normativas: apenas reproducen el sufrimiento. En línea con Foucault (1980), quien sostuvo que el poder nunca está inmóvil y se encuentra en constante mutación, el desafío actual es acompañar sus desplazamientos con instituciones que producen subjetividades desde el cuidado y no desde la exclusión.
En este marco de resistencia, debemos reafirmar el valor de aquellas instituciones que aún producen legalidad desde el lazo amoroso y la construcción del semejante. No podemos exigir este rol a espacios que replican las lógicas compulsivas del mercado. Un ejemplo paradigmático: según Infobae (2025), una mujer mayor murió en un casino mientras las personas a su alrededor continuaron jugando, inmutables. No se puede esperar mucho de espacios como el casino.
Frente a este modelo deshumanizante, los espacios de encuentro deben ser reafirmados como núcleos de producción de subjetividad y legalidad comunitaria. Allí donde aún se enseña a esperar el turno para hablar, a mirar al otro, a poner en palabras el dolor propio y escuchar el ajeno, persiste una forma de subjetividad que se construye en torno al semejante. Volver a esa figura no implica nostalgia ni idealización, sino la recuperación de un principio ético capaz de reorganizar el lazo social frente al desencanto y la fragmentación.
Rodrigo Sosa Raverta
Lic. en Psicología y Lic. en Ciencias Sociales
rodrigo.sosaraverta [at] gmail.com
Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Revista Topía.
Bleichmar, S. (2006). No me hubiera gustado morir en los 90. Taurus.
Bleichmar, S. (2011). La construcción del sujeto ético. Paidós.
Foucault, M. (1980). Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings, 1972–1977 (C. Gordon, Ed.). Pantheon Books.
Foucault, M. (1977 / 1980). Microfísica del poder. Siglo XXI Editores.
Feierstein, D. (2020). La construcción del enano fascista. Capital Intelectual.
Infobae. (2025, mayo 10). Una jubilada murió en un bingo de Mar del Plata y los apostadores siguieron jugando en las máquinas con el cadáver al lado. https://www.infobae.com/sociedad/2025/05/10/una-jubilada-murio-en-un-bingo-de-mar-del-plata-y-los-apostadores-siguieron-jugando-en-las-maquinas-con-el-cadaver-al-lado/
Jaeger, W. (1994). Paideia: Los ideales de la cultura griega (Vols. I–III). Fondo de Cultura Económica.
Levy, G., et al. (2023). Ensayos urgentes: Para pensar la Argentina que asoma. Marea.