Hay cosas que deben ser dichas suficientes veces…
Sigmund Freud
A las 10:30 hs. del 24 de marzo de 1976 asumió el gobierno la Junta Militar que inició la mayor represión que conoció nuestro país. Inmediatamente todos los mandatos políticos fueron anulados y se hicieron arrestos masivos de dirigentes políticos, sociales y gremiales. El nuevo régimen recibió apoyos significativos desde diferentes estructuras de poder. Desde Washington se consideró necesaria la dictadura militar para “poner orden y terminar con el colapso económico”. El Fondo Monetario Internacional (FMI) puso a disposición de la Junta Militar los créditos de la institución. Las grandes entidades empresarias y los partidos tradicionales apoyaron abiertamente al gobierno.
El verdadero objetivo del golpe militar fue institucionalizar el poder de la gran burguesía y el capital financiero para incorporar a la Argentina en el proceso de mundialización capitalista. Es decir, su objetivo era político y no militar, ya que durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón las Fuerzas Armadas y los grupos terroristas de la Triple A habían logrado el control de la represión contra las organizaciones guerrilleras, las cuales se encontraban fuertemente debilitadas. Para llevar adelante esta política basada en una economía neoliberal era necesario lograr el disciplinamiento del movimiento social a través del terror. Especialmente disciplinar a la clase obrera mediante el retroceso del empleo y el salario, quitando la base de sustentación a las organizaciones sindicales. La represión fue padecida por intelectuales, artistas, sacerdotes, políticos e incluso amas de casa, pero fueron los delegados de fábrica, dirigentes sindicales de base, estudiantiles y barriales los que constituyeron el porcentaje mayoritario de personas desaparecidas.
La metodología central en que se basó el Terrorismo de Estado fueron los campos de concentración-exterminio. Entre 1976 y 1982 funcionaron 340 campos de concentración-exterminio en 11 de las 23 provincias argentinas, negados por las Fuerzas Armadas que los denominaban Lugares de Reunión de Detenidos (LRD). En estas instituciones totales se encerraba a los detenidos para iniciar un proceso de destrucción de su condición humana en la lógica característica de los campos de concentración-exterminio. En algún momento -dependía de la arbitrariedad del poder- eran llevados a la enfermería donde se les inyectaba un calmante para ser “trasladados”. Este eufemismo se utilizaba para sacarlos del campo de concentración y trasladarlos a algún lugar donde eran fusilados o se los subía a un avión desde el cual eran tirados al mar. Los cadáveres eran enterrados en fosas comunes, incinerados o quedaban perdidos en el mar.
La dictadura militar definió una nueva arquitectura de la muerte al realizarla en forma sistemática como política de Estado
Si bien en otras épocas de nuestra historia hubo personas desaparecidas, la dictadura militar definió una nueva arquitectura de la muerte al realizarla en forma sistemática como política de Estado.
Podemos estimar que en los campos de concentración-exterminio pasaron entre 15.000 y 20.000 personas, de las cuales el 90% fueron asesinadas. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) recibió 8.960 denuncias. Como el Estado sigue escondiendo los archivos de la dictadura, el número exacto todavía no se sabe. Las organizaciones de Derechos Humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, estiman la cantidad de 30.000 desapariciones.
En el campo de la Salud Mental la dictadura consolidó y amplió el desmantelamiento iniciado en 1974. El proyecto de incorporar a la Argentina en el capitalismo mundializado implicaba la represión de todos los planes reformistas y de sus principales actores. Esto se logró mediante el secuestro de algunos de ellos, las amenazas que llevaron a otros al exilio, el cierre de Servicios de Salud Mental y la prohibición de diferentes prácticas. Esta situación sembró el terror en el conjunto de los trabajadores de Salud Mental: psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, asistentes sociales, psicopedagogos, etc. El objetivo era someterlos y obligarlos a recluirse en el ámbito privado. El poder de la dictadura volvió a concentrarse en los grupos manicomiales.
La historia del siglo XX estuvo llena de “asesinos de la memoria” como los denomina el filósofo Yosef Yerushalmi: su objetivo fue privar la posibilidad del recuerdo
En un trabajo realizado sobre los desaparecidos en el área de la Salud Mental hay 120 trabajadores de Salud Mental, entre los que se cuentan 21 asistentes sociales, 13 psicopedagogos o Lic. en Ciencias de la Educación, 10 médicos psiquiatras, 62 psicólogos y 14 de profesión no aclarada (Carpintero, Enrique y Vainer Alejandro, Las Huellas de la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los `60 y `70, Tomo I y II, editorial Topía, Buenos Aires, 2018). Si diferenciamos por género, es mayoritaria la composición femenina y, por edad, la de jóvenes menores de 35 años.
La historia del siglo XX estuvo llena de “asesinos de la memoria” como los denomina el filósofo Yosef Yerushalmi: su objetivo fue privar la posibilidad del recuerdo. De allí la pregunta: ¿Cómo podemos ver en el presente un signo de un pasado olvidado o reprimido? Se trata de relacionar lo que vivimos en el presente con las luchas y sufrimientos de ese pasado. Salvar ese pasado y no reencontrarlo. Esto significa, como dice Walter Benjamin, “arrancarlo al conformismo que en cada instante amenaza con violentarlo”. Somos responsables por el pasado y esa responsabilidad consiste en desafiar la historia de un gobierno que continúa el proyecto económico de la dictadura: instalar una política neoliberal para beneficiar a los grandes grupos económicos. Para ello necesita terminar con las libertades democráticas y sociales que hemos obtenido en todos estos años: obstaculizar y criminalizar la libertad de reunión, limitar el derecho de huelga, aprobar un Plan de Inteligencia que promueve el espionaje interno, controlar a la prensa a través de la Oficina de Respuesta Oficial, recortar el financiamiento de planes sociales y culturales. Debemos destacar la reforma laboral basada en que los enemigos son los trabajadores que, con sus derechos, impiden el desarrollo económico. Este absurdo permite justificar la legalización del trabajo precario y cercenar sus derechos.
La memoria es importante ya que la esperanza es una forma de la memoria, pues nos recuerda nuestros logros y fracasos, nuestros límites y posibilidades, nuestros sueños y realidades, nuestros deseos y fantasías
Como venimos sosteniendo desde nuestra revista, para afianzar esta política social y económica que naturaliza la pobreza y la desigualdad, se afirma la tentación neofascista. Se afirma el Milei negacionista de los crímenes de la dictadura. El Milei antisocialista. El Milei misógino y antifeminista. El Milei admirador de Bukele.
Llegados hasta aquí, debemos decir que las clases dominantes tienen memoria. De allí su insistencia en establecer lo que ellos llaman “una memoria completa”. En realidad, su teoría “de los dos demonios”. Una memoria que niega la responsabilidad de un Estado cívico-militar terrorista que organizó y planificó el asesinato de miles de personas a través de los campos de concentración-exterminio. Por ello es importante que no se vacíen de contenido los espacios que recuerdan el genocidio; que no se banalice la memoria sostenida en todos estos años por las organizaciones de Derechos Humanos.
La memoria es importante ya que la esperanza es una forma de la memoria, pues nos recuerda nuestros logros y fracasos, nuestros límites y posibilidades, nuestros sueños y realidades, nuestros deseos y fantasías. Es que cuando se acepta la posibilidad de olvidar deviene no sólo la repetición, sino el acto de resignar valores que hacen a nuestra condición humana. Recordar no es una actividad que nos lleve meramente al recuerdo fáctico, sino al recuerdo de las razones por las cuales esos valores no forman parte de nuestra cultura.


Enrique Carpintero (director de la revista Topía), Alejandro Vainer (coordinador general) Consejo de Redacción:, César Hazaki, Alfredo Caeiro, Susana Toporosi, Carlos Barzani, Alicia Lipovetzky, Tatiana Meza, Patricia Claudia Rossi, Nadina Goldwaser, María Laura López Rolandi, Carla Pierri, Laura Ormando, Marcelo Barenbaum