Dar en el blanco: Hoy estoy que ni me entiendo. Relatos de un psicoanalista | Topía

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Dar en el blanco: Hoy estoy que ni me entiendo. Relatos de un psicoanalista

 
Editorial Letra Viva, 140 páginas, Buenos Aires, 2026.

Es destreza de la psiquiatría haber desarrollado, con rigor, a veces; con fantástica inventiva otras, una capacidad descriptiva que concibió diversidad de entidades nosológicas que agrupan rasgos, modos de ser, impulsiones, restricciones, tics conductuales. Y dado que la concepción tradicional responsabiliza al suceder somático de lo que resulte ajeno a la conciencia, el método se remite al lema de las casi 2000 páginas del Vademecum Clínico de Fattorusso-Ritter: Del síntoma a la receta. No obstante, no sólo lo somático fue considerado fundamento del trastorno mental, antiguamente se invocaba el pecado. La psiquiatría, como especialidad médica, fue propuesta por un tal Reil a comienzos del siglo XIX, en una revuelta del positivismo científico contra los ancestrales devaneos sobre la condena moral, religiosa, del origen del miasma mental. La confrontación entre el punto de vista médico y la adjudicación de los trastornos a posesiones e influencias maléficas viene de lejos. Ya Hipócrates, entre los siglos V y IV a.C., salió al cruce de la creencia en el origen sagrado de la epilepsia1: “No me parece que la enfermedad sagrada sea en nada más divina que las demás enfermedades, sino que tiene una causa natural… Aquellos que hicieran sagrada esta afección eran lo mismo que los actuales magos y purificadores, vagabundos impostores y charlatanes que utilizan lo divino para ocultar su impotencia y desconcierto…” Imposible reseñar aquí la historia de la disputa entre el naturalismo biológico y la invocación religiosa a las fuerzas del Mal, pero está claro que el medioevo fue una culminación del fanatismo cristiano. ¡Qué blasfemia que un médico escamoteara al clérigo un asunto espiritual! El Génesis bíblico estipula que Eva nos condenó a la miseria de enfermedad y muerte debido a la tentadora, inquietante manzana a la que sucumbió, arrastrando al pánfilo primer hombre y con él a toda la humanidad. Consecuentemente, el Malleus Maleficarum2, libro de doctrina de la Santa Inquisición escrito en 1486 por dos frailes dominicos, a pedido del papa Inocencio VIII -¡eligen cada nombre…!- cita a San Juan Crisóstomo en el apartado “Por qué la superstición se encuentra ante todo en las mujeres”: “La mujer es un enemigo de la amistad, un castigo inevitable, un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores.” Asistidos de santa inspiración y calentura satánica, estos frailes contribuyeron a que el catolicismo no solo persiguiera judíos, también arrojara quinientas mil mujeres a la hoguera entre los siglos XV y XVII, acusadas de brujería. Salvo la falsa inocencia del papa Francisco al preguntarse en una visita a Auschwitz cómo Dios, habiendo hecho al hombre a su imagen y semejanza, posibilitó los campos de concentración y exterminio no tengo escuchada, entre imprecaciones a que los pobres sean menos pobres, los ricos menos ricamente egoístas, el capitalismo menos capitalista, una solicitud al Altísimo para que sea menos sádico, ya que lo concebimos a imagen y semejanza. Con lo cual entramos en tema. No se crea que lo anterior es artilugio, a cada página del Malleuss leen apreciaciones como que “Dios no se propone limitar los pecados humanos que son posibles para el hombre gracias a su libre albedrío… Dios permite que el mal se haga, pero no lo desea”. “Cuando Dios es más ofendido, le otorga (al Demonio) más poder de dañar a los hombres”. “No hay enfermedad física, ni siquiera la lepra o la epilepsia, que no puedan ser causadas por brujas, con permiso de Dios”. Y así sucesivamente.

En 1897 Freud le confió a su amigo Fliess haber conseguido el Malleus, y que llevado por su afición a las brujas lo leería con fruición. Hacia el fin de sus días, cuando el nazismo arrojaba sus libros al fuego tuvo razón al afirmar, con áspera ironía, que la humanidad había avanzado, en otra época lo hubieran quemado a él. Debió llegar este hereje, de irracional racionalidad, de inconsciente materialismo, para despejar el fundamento sexual, infantil, inconsciente del proverbial nudo pecaminoso destacando al deseo -la alegoría es suya-, que al modo de las sombras de la Odisea cobran vida toda vez que beben sangre.

Con lo anterior he pretendido ubicar la problemática del sadismo. Freud es el último gran psiquiatra (a menos que a alguien se le ocurra postular al DSM IV) y, no sólo por inaugurar la serie, el primer psicoanalista. En la vertiente psiquiátrica están sus aportes a la nosología: la neurosis obsesiva, la histeria de angustia, las neurosis de transferencia y narcisistas… que destacan su agudeza para describir y distinguir patologías. En lo relativo al par sadismo-masoquismo, en Tres ensayos para una teoría sexual afirma que es la más frecuente e importante perversión; sigue a Krafft-Ebing, quien diagnosticó, como perversión sado-masoquista, la tendencia a causar dolor al objeto sexual o ser maltratado por él. En sentido estricto, advierte Freud, el diagnóstico debe reservarse para la sexualidad puesta al servicio de la humillación y el sometimiento. Lo específico del sadismo consiste en precipitar como finalidad el afán de sometimiento humillante.

(…)

Tamaño lente de aumento ha de servirnos para comprender las veces que encontramos esta lógica en relaciones humanas, que a pesar de su diversidad destacan una sugestiva predilección por el contraste binario: Bien-Mal, Dios-Demonio, policía bueno-policía malo… la lista resultaría interminable. Veníamos por el lado eclesiástico, continuemos por ahí: en el cura confesor confluye una doble transferencia: es tal por tener unción Divina para contrarrestar los embates del Demonio; en esa condición recibe un repique de Bien y Mal generador de culpa, que el fiel le transfiere rogando perdón. Soportando -o no- su ascetismo. En trance de indicar penitencia al pecador el sacerdote es inquisidor.

“Platonismo para el pueblo” definió Nietzsche al cristianismo por haber diseñado sus dogmas según las aseveraciones de Platón acerca de una Verdad de la Idea trascendente, ubicando allí Otro Mundo, Verdadero, morada de Dios. Por eso, la exclamación “Dios ha muerto” equivale al ocaso de la Verdad y el realce del devenir. Esto debe ser tenido en cuenta por el psicoanalista si pretende dar soporte a una supuesta Verdad -sea del orden que fuere- al escuchar las ocurrencias del paciente. No es necesario convertirse en oráculo, hay formas insidiosas; basta con querer dar soporte a la Verdad para iniciar el deslizamiento por las instancias examinadas, y si por recíproca transferencia quien consulta colabora con su miseria neurótica de crueldad superyoica y acatamiento, el diablo, ducho en estas cuestiones, mete la cola y entonces…

Apostando a despejar dilemas de lo inconsciente, que al decir de Freud consiste en transformar miseria neurótica en infelicidad cotidiana, la clínica mantiene su posibilidad. Si en este desarrollo he mentado cuestiones del cristianismo organizado en torno a la moral del Bien y del Mal, vale que cite una consideración de Nietzsche3: “El cristianismo es todavía posible en cada instante. No está ligado a ninguno de los dogmas desvergonzados que se han adornado con su nombre; no necesita ni de la doctrina del Dios personal, ni la del pecado, ni la de la inmoralidad, ni la de la redención, ni la de la fe; no tiene necesidad en absoluto de la metafísica, ni mucho menos del ascetismo, y menos aún de una ciencia natural cristiana en la que hay que creer. El que ahora dijera no quiero ser soldado, no me preocupan los tribunales, yo no requiero los servicios de la policía, no quiero hacer nada que perturbe mi propia paz; y aunque por ello deba sufrir, ése sería cristiano”.

Conclusión que no debiera sorprender. Pero si el sadismo pisa lo erótico para consolidar un humillante sistema en el que la moral halla su cauce, el afán de dominio convierte en anatema lo enigmático.

 

Notas

1. Hipócrates, Tratados, Gredos, Barcelona.
2. Malleus Maleficarum. El Martillo de las Brujas (Para golpear a las brujas por sus herejías con poderosa maza), Editorial Maxtor, Valladolid, 2004.
3. La voluntad de poder. 212. Edaf, Madrid, 2000.

 

Carlos D. Pérez

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Articulo publicado en
Agosto / 2026

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