Sigmund Freud y Arthur Conan Doyle tienen asuntos en común. Ambos fueron médicos. Fueron contemporáneos. Fueron escritores. Y fueron, junto con otro médico de apellido Morelli, reunidos por Ginzburg (2020) bajo el paradigma del indicio. Sin embargo, el caso del escritor Conan Doyle es uno de aquellos en los que una creación fue más grande que la figura de su autor. Acaso quien lee esto no conozca los nombres del profesor Challenger o el Brigadier Gerard, pero apuesto a que no ha llegado a leer este texto sin haber oído, aunque sea de pasillo, el nombre de Sherlock Holmes.
Entonces, tal vez sea más adecuado ajustar nuestra propuesta inicial, para afirmar que Sigmund Freud y Sherlock Holmes tienen un asunto en común. Y ese asunto en común son los detalles.
Entonces, tal vez sea más adecuado ajustar nuestra propuesta inicial, para afirmar que Sigmund Freud y Sherlock Holmes tienen un asunto en común. Y ese asunto en común son los detalles.
Al inicio del segundo apartado de El Moises de Miguel Angel, Freud [1914] (1984) menciona el trabajo del ya mencionado Morelli; médico italiano que, oculto tras un seudónimo ruso -Ivan Lermolieff-, detectaba la falsedad de las obras de arte, dándole capital importancia a los detalles, que suelen ser subordinados a la impresión general. Este modo de proceder es afín al método psicoanalítico, que le asigna a esos pequeños detalles el mismo valor que lo que los pacientes cuentan sobre sus síntomas y motivos de consulta. Al inicio de su Doctrina de las neurosis, Freud [1916] (1989) compara su forma de proceder con la de los psiquiatras, señalando como estos rápidamente descartarian como anecdótico o insignificante algo tan banal como que alguien no cierre la puerta del consultorio al pasar, mientras que para él eso es el índice de la aparición de los procesos inconscientes en la transferencia que se establece con el analista.
Por su parte, en el segundo capítulo de Estudio en escarlata (Doyle, 2022) y en el primer capítulo de El signo de los cuatro (Doyle, 2022), Holmes le explica a Watson su método de deducción lógica. Afirma, en El signo de los cuatro, que todo buen detective debe tener tres cualidades: conocimiento sobre los asuntos criminales, capacidad de observación y habilidad de deducción. Si bien el conocimiento orienta sobre qué detalles ver, es la observación el punto por el que el triángulo detectivesco se pone a funcionar; observación que se encarna en uno de sus elementos más icónicos, tan icónico que ha trascendido al personaje para volverse uno de los elementos característicos de la imagen del detective: la lupa.
En segundo lugar, Holmes sabe esperar. Así como se ocupa de sus casos con la mayor celeridad, también sabe reconocer cuando solo se puede esperar a que las cosas se desenvuelvan por sí mismas.
Por supuesto que hay diferencias que debemos reconocer: Freud es una persona, Sherlock Holmes un personaje; uno es vienés, el otro inglés; uno es psicoanalista, el otro detective asesor. Aun así, ambos tuvieron, alguna vez, un oficio único en el mundo. Ambos han incidido en la cultura popular, al punto de ser figuras de la cultura pop fácilmente asociables a imágenes que funcionan como iconos (el viejo con barba y traje-el diván-el cigarro/el hombre con gorra de cazar-la lupa-la pipa). Pero cuando la lectura consigue perforar las imágenes que los envuelven e inmovilizan, ambos tienen mucho más para decir que lo que transmiten sus estereotipos.
Y es que sucede que Holmes hace mucho más que estudiar, observar y deducir.
En primer lugar, Holmes pregunta. Cuando alguien le consulta por un caso, Holmes agarra su gorra y su lupa para ir a la escena del crimen, pero antes, lo recibe. Lo hace pasar, y lo escucha. Le hace preguntas, le pide que le explique. Holmes es muy bueno preguntando.
En segundo lugar, Holmes sabe esperar. Así como se ocupa de sus casos con la mayor celeridad, también sabe reconocer cuando solo se puede esperar a que las cosas se desenvuelvan por sí mismas. Al final del cuarto capítulo de El sabueso de los Baskerville, luego de construir la estrategia de acción, Holmes concluye el capítulo diciéndole a su compañero “Y ahora, Watson, solo nos queda averiguar mediante un telégrafo la identidad de nuestro cochero, número dos mil setecientos cuatro. Después nos meteremos en una galería de arte y ocuparemos el tiempo que nos queda hasta nuestra cita en el hotel” (Doyle, 2022, pg. 54)
Y en tercer lugar, Holmes sabe dar indicaciones y actuar en consecuencia. Cuando lo hace, es preciso y asertivo. Es firme, claro y conciso. No los explica, porque a veces explicar, lejos de favorecer el desarrollo de las cosas, las entorpece. Es frecuente, en sus cuentos, que de repente se levante de golpe del estado meditabundo que lo tiene sumido en su sillón, para salir corriendo a una casa o un parque.
Freud también hace mucho más que interpretar los sueños de alguien que está recostado en un diván. Si, trabaja con una clínica que funciona con el par asociación libre-atención flotante, pero en la cual suceden cosas que van más allá de este. En especial, cuando lo que se presenta como obstáculo es la relación que el paciente establece con él. El nombre de esto es transferencia, y es lo que hace que, al tiempo que motoriza el trabajo de descubrimiento del contenido inconsciente, también lo obstaculiza. Es por eso que, en Sobre la iniciación del tratamiento (Freud, 1987), afirma que mientras las ocurrencias del paciente vengan, no hay que tocar el tema de la transferencia, sino que hay que esperar que ésta devenga resistencia.
Así como Freud interpreta sueños, síntomas y actos fallidos, Holmes interpreta pistas, pero Holmes no tiene que vérselas con los efectos que su persona o sus interpretaciones causan a sus clientes o consultantes; usualmente su trabajo termina con el develamiento del misterio en cuestión, y que después, cada uno haga lo que quiera, pueda o deba con eso.
Es aquí donde la tarea del analista se desdobla, rompiendo la continuidad con la del detective asesor. Así como Freud interpreta sueños, síntomas y actos fallidos, Holmes interpreta pistas, pero Holmes no tiene que vérselas con los efectos que su persona o sus interpretaciones causan a sus clientes o consultantes; usualmente su trabajo termina con el develamiento del misterio en cuestión, y que después, cada uno haga lo que quiera, pueda o deba con eso.
Entonces, si la función del analista es doble, a saber, la interpretación del texto, pero también soportar el peso de la transferencia sobre su persona, Holmes podría conjugar muy bien con la primera de ellas, pero deja caer la segunda. Entonces, aquello que se podría aprender para la praxis a partir de la lectura de los cuentos y novelas de Holmes encontraría su límite en el problema de la transferencia.
Pero es aquí donde recordamos que Conan Doyle no es igual a Sherlock Holmes. No sólo porque escribió mucho más que Sherlock Holmes -aún si este lo ha opacado en la cultura popular-, sino porque Doyle puede haber escrito a Holmes por sí solo, pero al hacerlo, decidió que Holmes podría estar ocasionalmente solo, pero nunca demasiado solo. No hay Sherlock Holmes sin su compañía. Estoy hablando del Doctor Watson.
Sherlock Holmes puede ser la puerta de entrada para la literatura policial, referencia indiscutible del detective, y acaso sea el mejor-no sabría cómo saberlo, pues no hago teoría literaria- pero lo cierto es que no es el único. A más de 100 años de su primera aparición, contamos con grandes detectives de la literatura policial clásica (El padre Brown, de Chesterton; Hercules Poirot, de Agatha Christie; Dupin, de Poe), negra (El detective Spade, de Hammett o Phillipe Marlowe, de Chandler) o argentina (Isidoro Parodi, de Borges y Bioy Casares; Don Frutos Gomez, de Ayala Gauna). Pero no hay otro Doctor Watson. Pueden haber duplas de detectives famosos, pero no conozco ninguna en la que se ponga en juego lo que acontece entre Holmes y Watson. Y entrar en contacto con Holmes también es conocer, necesariamente, al Doctor Watson.
Watson es más que un mero acompañante. Creer que Watson, como su colombroño, es un observador no participante de las experiencias que pasan delante de él, me parece un escándalo. Watson escucha a Holmes, pero de una forma muy diferente a como Holmes escucha a sus clientes. Lo escucha preguntarse. En La aventura de Silver Blaze (Doyle, 2022), cuando Holmes dice que le parece curioso que el perro no haya ladrado, se lo dice a Watson. Al inicio de El signo de los cuatro (Doyle, 2022), le celebra a Holmes su “talento extraordinario para las minucias”. Cuando Holmes le pregunta, a veces con marcado interés retórico, Watson le responde, solo para que Holmes lo ratifique o lo corrija, y el caso avance. Lo acompaña en sus ires y venires.
Por lo tanto, propongo que la segunda función del analista, la de sostener la transferencia, puede leerse en la relación que Watson tiene con Holmes. Watson soporta con su persona los procesos de Holmes, sin que los afectos que este pueda plantearle o despertarle interfieran con el caso en cuestión.
Si Holmes se despista, lo hace hablar, hasta que el mismo Holmes, hablando, se encauza en su razonamiento. Cuando llega un consultante, Holmes le pide que se quede con él mientras escucha que tiene para decir quien acaba de llegar. Acompaña, pero deja que Holmes lo guíe. Acepta seguir las indicaciones de Holmes sin preguntar demasiado, pero tampoco le consiente todo. Sabe ponerlo en jaque cuando el otro se está pasando de morfina, cocaína o pedantería.
Finalmente, cuando todo termina, Watson redacta una historia en la que su nombre ni siquiera aparece en el título. Muchos pueden decir como se ve Holmes, pero ¿cómo se ve Watson? No es tan fácil de imaginar. Incluso, si está en la cultura popular, es dentro de la frase “Elemental, mi querido Watson”, dicha por Holmes.
Por lo tanto, propongo que la segunda función del analista, la de sostener la transferencia, puede leerse en la relación que Watson tiene con Holmes. Watson soporta con su persona los procesos de Holmes, sin que los afectos que este pueda plantearle o despertarle interfieran con el caso en cuestión. En los cuentos, solo sabemos de la subjetividad de los consultantes por lo que Holmes lee en ellos, pero si sabemos de Holmes por lo que Watson recibe de él.
Como Freud, tanto Holmes como Watson escriben. Holmes escribe sobre colillas de cigarrillos o sobre llenar con yeso las huellas de la escena del crimen, así como varios analistas escriben sobre mecanismos psicopatológicos, recorridos pulsionales o interpretaciones de las formaciones del inconsciente; pero Watson escribe sobre cómo todo lo anterior se monta y se pone en juego, incluyéndose en el relato que cuenta, similar a como Freud se escribe en sus sueños, sus lapsus o sus posiciones en la transferencia con Dora o el hombre de las ratas.
Por lo tanto y para finalizar, nuestra afirmación inicial acerca de la cercanía entre las posición de Freud y Holmes, debe ajustarse una vez más, para afirmar que la posición del analista se duplica en la escritura de la unión Holmes-Watson, entendiendo por ésta la posición desde la cual Holmes trabaja sus casos, sumada a como Watson trabaja con Holmes trabajando sus casos.
Bibliografía
Doyle, C. Estudio en escarlata. Penguin clásicos editorial. Buenos Aires. Año 2022
Doyle, C. El signo de los cuatro. Penguin clásicos editorial. Año 2022
Doyle, C. La aventura de Silver Blaze. En Las memorias de Sherlock Holmes Penguin clásicos editorial. Año 2022
Doyle, C. El sabueso de los Baskerville. Penguin clásicos editorial. Año 2022
Freud, S. Sobre la iniciación de tratamiento. En Obras completas XII. Amorrortu Ediciones. Año 1987
Freud, S. El Moisés de Miguel Ángel. En Obras completas XIII. Amorrortu Ediciones. Año 1984
Freud, S. Conferencia 16. Psiquiatría y psicoanálisis. En Obras completas XVI. Amorrortu Ediciones. Año 1989
Ginzburg, C. Mitos, emblemas, indicios: morfología e historia. Gedisa editorial. Año 2020
Joaquín Manuel Lozano
Licenciado en psicología
Realizó la RISaM en la ciudad de San Francisco, provincia de Córdoba. Ha trabajado en una comunidad terapéutica, una residencia infanto juvenil y en un centros de salud del interior de la provincia de Córdoba. Actualmente trabaja en el servicio de salud mental del Hospital J. B. Iturraspe y es docente de las cátedras de Semiología y lingüística, Psicoanálisis Escuela Inglesa y Clínica de adultos 1 de la carrera de psicología en la Universidad UCES, sede San Francisco. Ha publicado en En el margen y en revista Huellas.
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