Nuestra editorial acaba de publicar el último libro de David Le Breton, Resistir. Dolor crónico y reinvención de uno mismo.
Desde la antropología explora, consulta, interroga tanto a quienes viven ese dolor, a veces inexplicable, como a los profesionales que tratan de mitigarlo. Una investigación que nos concierne a todos. Aquí publicamos un fragmento del primer capítulo del libro.
El dolor no habita en la lesión, nunca es únicamente la prolongación de una alteración orgánica. Es la consecuencia de una relación afectiva y significante con una situación. Siempre es una cuestión de significados y valores, una relación íntima con el sentido y no un umbral biológico. No se trata del dolor de un organismo: afecta a un individuo e invade su relación con el mundo, es un sufrimiento. Se entrama con los afectos que dan la medida de su intensidad y tonalidad. Si bien dolor es una palabra usada muy a menudo en nuestras sociedades para designar una afección orgánica, y sufrimiento una afección psíquica, hace falta ir más allá de la polaridad cuerpo-mente que marcan esas representaciones. Oponer el dolor, que sería “físico”, al sufrimiento, que sería “psíquico” corresponde a una proposición dualista que va en contra de la experiencia. Todo dolor corporal es simultáneamente sufrimiento. El individuo afectado de lumbalgia o de migraña la sufre en su existencia completa y no solamente en la espalda o la cabeza. El cuerpo nunca está aislado, no es él el que está con dolor sino toda la persona. La condición humana es una condición corporal. El dolor es una agresión más o menos dura de soportar, está envuelto en un sufrimiento que expresa la experiencia vivida. Para P. Ricœur, el término dolor se aplica a las “emociones percibidas como localizadas en algunos órganos del cuerpo en particular o en todo el cuerpo, y el término sufrimiento a las emociones abiertas por la reflexión, el lenguaje, la relación con uno mismo, la relación con los demás, la relación con el sentido, con los cuestionamientos” (Ricœur, 2013, 13). Como es sufrimiento, el dolor impregna toda la relación con el mundo sin dejar que nada escape, el individuo no es más que una extensión de la zona afectada, de su organismo enfermo o de su función dañada. En primer término, el dolor es una invasión de una significación particular en el centro de uno mismo, y por eso está modulado por las circunstancias, por la capacidad de hacerle frente, por la movilización de los recursos personales. De allí proviene la diversidad de actitudes en distintos enfermos afectados por las mismas patologías y los mismos síntomas.
La intensidad del dolor está dada por la dimensión del sentido, por su sufrimiento, y no por el estado del cuerpo.
El dolor descalifica los dualismos que son la herencia de una tradición metafísica de nuestras sociedades: cuerpo y alma, físico y psicológico, orgánico y psíquico, objetivo y subjetivo, visible e invisible… Además, contradice el dualismo habitual de nuestras sociedades que aísla el cuerpo de la persona. El sufrimiento que está en la carne no se opone al que está en la vida, está en juego la misma alteración, con un centro de gravedad que se desplaza no entre dos polos sino entre dos líneas de intensidad que se enredan sin cesar. El dolor está entre el cuerpo y uno, entre la carne y el psiquismo, sin estar ni en una ni en el otro, porque en primer lugar es una cuestión del sujeto.
En cierta forma el dolor no existe porque no existe ninguna sensación que no sea captada por la reflexividad del individuo, objeto de su percepción y, por lo tanto, de su desciframiento corporal. Las sensaciones puras no existen, ni bien son percibidas son filtradas, interpretadas mediante una afectividad particular en una situación precisa. El dolor anterior al sentido no existe porque entonces habría que concebirlo sin contenido, sin objeto, puro fenómeno nervioso sin el individuo para sentirlo. “Todo está fabricado, todo es natural en el ser humano, en el sentido que no hay palabra ni conducta que no deba algo al hecho de ser simplemente biológico y que, al mismo tiempo, se sustraiga a la simplicidad de la vida animal” (Merleau-Ponty, 1945, 220-221). La sensación sólo existe expresada por una conciencia específica, se toma siempre como percepción, interpretación. El dolor está atrapado simultáneamente en el enigma de una historia de vida, en la interpretación biológica de la medicina y en la explicación biográfica que a veces da el paciente.
Como ocurre con las otras percepciones sensoriales (Le Breton, 2006), el dolor no se trata del registro de un dato fisiológico, sino que es la expresión personal de una alteración de uno mismo. Es simultáneamente experimentado y evaluado, integrado en términos de significación y de intensidad. No es ni verdadero ni falso, se manifiesta al mundo con el lenguaje propio del individuo que lo padece. En ningún caso se trata del territorio sino de un mapa que el individuo dibuja según las circunstancias. También es una emoción, una resonancia afectiva porque se refleja en la calidad de la relación con el mundo. No es la copia mental de una alteración orgánica, mezcla cuerpo y significado, es somatización (soma: cuerpo) y semantización (sema: sentido). En otras palabras no se reduce solamente a una serie de mecanismos fisiológicos, toca a una persona singular insertada en una trama social, cultural, afectiva y marcada por su historia personal. No padece solamente el cuerpo sino la persona entera.
Oponer el dolor, que sería “físico”, al sufrimiento, que sería “psíquico” corresponde a una proposición dualista que va en contra de la experiencia.
Los circuitos neurológicos llevan el dolor al cerebro, pero el sentirlo implica la mediación del significado según una tabla de interpretación inherente al individuo. “Fenómeno de conciencia afectiva, escribió René Leriche, el dolor nunca es un hecho puro, como lo es el dolor provocado experimentalmente. Para darle sus características intervienen sin cesar múltiples componentes fisiológicos. Y sin duda es la cuota individual que cada uno tiene en sus aptitudes personales para sufrir o su relativa indiferencia a los estímulos que pueden producir dolor […]. No tenemos derecho a hablar de estímulos doloríficos sin hacer intervenir un acto de reflexión. No hay dolor por fuera del ser humano, de cada persona” (Leriche, 1949a, 31 y 72). El individuo no es su cerebro sino lo que hace con su pensamiento y su vida en relación con su historia personal. El cerebro no es un grabador fisiológico, sino un decodificador de significados, un interpretador. La definición de la IASP (Asociación Internacional para el estudio del dolor) borra toda ambigüedad, supera el dualismo haciendo del dolor una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a una lesión tisular real o potencial, o incluso descripta en términos que evocan tal lesión. Esa definición insiste en lo que siente el sujeto, adopta su punto de vista y da validez a su palabra. El dolor es lo que el individuo dice que es.
Dolor es una palabra que expresa una sensación. En ese sentido, los médicos hablan de nocicepción. Sufrimiento a menudo es empleado como sinónimo de dolor, pero la palabra remite más bien a una emoción. Los dos términos no abarcan las mismas dimensiones. Entre la sensación y la emoción, por supuesto hay una percepción, es decir un movimiento de reflexividad y de significaciones atribuidas por quien lo siente, una afectividad en acto. El dolor es propio de un organismo, tiene un proceso neurofisiológico, el sufrimiento es su resonancia íntima en el plano de la vida. Marca el nivel de padecimiento del dolor para el individuo a través del prisma de su historia personal y de la situación en curso. En el sufrimiento, es necesario escuchar el significado. Si bien el dolor es un concepto médico, el sufrimiento es el concepto del sujeto que lo siente. La intensidad del dolor está dada por la dimensión del sentido, por su sufrimiento, y no por el estado del cuerpo. El organismo es una cosa, la persona es otra y es la única que sufre. Son impensables el uno sin la otra, un cuerpo de significación duplica permanentemente al cuerpo biológico, son la misma persona. ◼
David Le Breton
Sociólogo y antropólogo