¿Será posible que algo cambie luego que atravesemos la pandemia?
Algunos piensan que sí, mientras que otros afirman que si algo cambia será para peor, y que el detenimiento compulsivo de gran parte del aparato de producción extremará el deseo extractivista, pondrá la maquina a toda velocidad buscando la manera de recuperar lo perdido, lo que han dejado de ganar. Entonces el daño será aún mayor.
En un mundo extremado en su salvajismo, los niños quedarán más expuestos. La esperanza se reduce a medida en que el virus se resiste a abandonarnos. Solo la vacunación masiva (o el contagio masivo con la desolación que traiga implícita) podría poner en marcha al mundo en un ritmo similar, anterior al parate. Y apostar allí a hambres y ansias (capitalistas) similares a las que estaban antes que el virus interrumpiera nuestros días. Pero ese no es el escenario más probable.
Es imprescindible que lo que hoy son destinos inexorables, deslizamientos hacia el debilitamiento del lazo social, se transformen en futuros para esos niños, para que de esa manera se detengan epidemias como la del autismo
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