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Las cartas del mal de Baruch Spinoza

 
SEPARATA

Presentación

Selección de textos y traducción del holandés: Regine Bergmeijer y Vicente Zito Lema

Benedictus, también nombrado Baruch o Bento, y de apellido Spinoza, hijo de judíos practicantes y miembro de una familia de comerciantes perseguidos por la Inquisición y desterrados de España, Portugal y Francia, nació en la muy hermosa Ámsterdam, la ciudad de los cinco canales circulares y el mercado de tulipanes el 24 de noviembre del año 1632. Escribirá en holandés y latín, hablará socialmente el holandés y pensará en un extraño dialecto del castellano, su materno legado sefardí. Morirá en la ciudad de la Haya el 21 de febrero de 1677 afectado de tuberculosis y después de haberse convertido en uno de los hombres más libres, rebeldes y censurados por sus ideas que recuerda la historia.

Considerado como “el príncipe de los filósofos”, también “padre de los ateos”, condenado y maldecido por la sinagoga de Ámsterdam, los teólogos y pastores calvinistas y la jerarquía de la iglesia católica holandesa, prohibido y perseguido por la Casa de Orange, escribió superando todo tipo de dificultades varios libros que aún siguen quemando las manos y la cabeza de quien se atreve con ellos. Por ejemplo: Ética demostrada según la lógica geométrica. Como ecos del cielo que abrió están los públicos reconocimientos de Marx y Nietzsche, de Borges y Deleuze, de Einstein y de Freud que bien sintetizó su admiración: “admito absolutamente mi dependencia respecto de la doctrina de Spinoza”. Para acercarnos al pensamiento de Spinoza elegimos aquí el camino que transitó la filósofa holandesa, experta de la obra spinoziana, e investigadora de sus repercusiones en la cultura argentina, Miriam van Reijen: “Las cartas del mal”.

Se trata de la correspondencia entre Spinoza y un ferviente calvinista como fuera Willem Van Blijenbergh, donde se aborda fuertemente la cuestión del bien y del mal y que remite inexorablemente a otro tema que sigue vigente en nuestras sociedades, la cuestión de la libre voluntad.

Se publican entonces fragmentos de las ocho cartas intercambiadas, una parte del comentario de Miriam van Reijen sobre las mismas y el diálogo ficticio entre Spinoza y Van Blijenbergh, escrito por Martin Schouten que tiene el valor de condensar con rigurosidad el pensamiento de los contrincantes del debate. Shouten nació en 1938 en Apeldoorn, Holanda. Es escritor, sociólogo y periodista.

Su texto originalmente fue publicado en el diario Volkskrant de Amsterdam.

Completa la entrega el poema “El lenguaje del mal” que Vicente Zito Lema escribiera en Ámsterdam, y que da cuenta de una particular lectura spinoziana.

El debate de la libre voluntad

Miriam van Reijen

De las 88 cartas conocidas de Spinoza, 62 están escritas en latín. Entre las otras, 8 pertenecen a la correspondencia que Spinoza intercambió con Willem van Blijenbergh (cuatro cada uno), todas escritas en holandés. No se conoce ninguna carta de Spinoza iniciando una correspondencia, siempre el primer contacto viene del otro. También aquí Van Blijenbergh toma la iniciativa. Las cartas se intercambiaron entre el 12 de diciembre y el 27 de marzo de 1665. Van Blijenbergh, además de ser comerciante en granos, tenía marcado interés por la filosofía, pero por sobre todo era un calvinista de firmes convicciones. Para entonces ya había publicado un trabajo teológico alertando a los cristianos contra el pensamiento ateo, situación que Spinoza desconocía.

“Principios de la filosofía de René Descartes”, publicado por Spinoza en latín en el año 1663, será para Van Blijenbergh el desencadenante de su primera carta, cuyo último eco lo constituirá otro libro, escrito en 1674, donde cuestionará vehemente uno de los trabajos fundamentales de Spinoza, su “Tratado teológico político”.

La correspondencia en cuestión se inicia con una confusión acerca de lo que ambos entienden por la búsqueda honesta de la verdad. Un segundo malentendido se fundará en la diferencia de opiniones sobre las relaciones entre filosofía y teología, aquí sus contradicciones son notorias. Conociendo el pensamiento de Spinoza ya sabemos que el entendimiento anunciado en la primera carta no se hará realidad. La ilusión de afinidad entre ambos hombres también tiene un aspecto psicológico interesante. Se abrirá un proceso que tras una promesa de amistad irá formando una totalidad compleja de cumplidos y críticas, de explicaciones y de convencimientos, de comprender y no querer comprender, de decepción y refutación.

Las cartas del mal también dan lugar a un debate actual: ¿existe la libre voluntad? Y en caso de que no existiera, ¿cuán grave es?

La suposición que dios (o lo que hoy en día algunos neurocientíficos sostienen como la “situación en el cerebro”) es la causa de todo lo que los seres humanos quieren y hacen, provoca en Van Blijenbergh, como en muchos pensadores de hoy, la pregunta sobre si existe o no la libre voluntad.

Si el hombre es dependiente en todo de dios, o de su cerebro, entonces todos hacen en cada momento exactamente lo que pueden hacer según la voluntad de dios o su estado cerebral.

Van Blijenbergh se resiste a este pensamiento, que continúa provocando en Holanda un arduo debate. ¿No es que experimentamos nuestra libre voluntad desde adentro? Van Blijenbergh sostuvo esto en una de sus cartas a Spinoza y muchos lo siguen sosteniendo.

La respuesta de Spinoza era y es: los seres humanos experimentan algo que llaman ´libre voluntad´, pero con ello no quieren decir otra cosa que desconocen la totalidad de las causas de sus actos, y este actuar por ende lo atribuyen a su propia persona como causa.

En la naturaleza hay una causa en todo momento. También para lo que sucede en nuestra mente. “No existe en la mente una libre voluntad; en verdad la mente es coaccionada para querer esto o lo otro por una causa, que a su vez es determinado por otra causa, y esta nuevamente por otra, y así hasta el infinito”, piensa Spinoza.

Una consecuencia práctica y concreta de gran alcance de la no aceptación de una libre voluntad, es la justa conclusión que entonces no pueden existir el pecado, ni la responsabilidad moral, no puede haber reproche ni mérito, no hay culpa ni perdón. El ser humano determinado de hecho no tiene responsabilidad moral. La idea que alguien pueda elegir por sí mismo y conscientemente puede hacer o dejar de hacer algo desde la libre voluntad, es la condición necesaria para poder juzgar moralmente a ese ser.

Por eso siempre fue combatido fuertemente el determinismo, sobre todo desde la visión cristiana, y desde luego también por Van Blijenbergh.

Desde la imposibilidad de un juicio moral surge la segunda objeción contra la no existencia de una libre voluntad. Aportar objeciones supone injustamente que a partir de las objeciones (o prejuicios) que están vinculados con algo, se puede deducir la existencia de ese algo. La casi siempre implícita suposición de esta segunda objeción, es que la presuposición de una libre voluntad será necesaria para poder castigar, condenar jurídicamente o intervenir. Se supone que existe la necesidad de una justificación moral para una condena judicial, para un castigo, porque hace falta una voluntad libre para un juicio moral o responsabilidad penal. Lo que no se ve es que muchas veces, si se actúa de buena fe, es posible tomar medidas de prevención y seguridad. Desde un punto de vista spinoziano, donde el hombre es parte de la naturaleza, tal acción es factible.

Conocemos las medidas que se toman, sin emitir juicio moral cuando se trata de la naturaleza que nos rodea. Construimos diques contra las inundaciones y sacrificamos animales ante la posibilidad de la rabia o de la gripe aviaria. También a los hombres y mujeres que corren el riesgo de alguna enfermedad contagiosa los ponemos en cuarentena sin previo juicio moral.

El problema de la conducta indeseable o dañina sigue siendo exactamente como siempre. El “no poder hacer nada en contra”, y el “no ser responsable”, ni lo opuesto: “haber elegido por voluntad propia”, es una excusa para la conducta indeseable y dañina.

Otra formulación del problema de la libre voluntad la trae Van Blijenbergh desde la perspectiva del “infractor”. El supone que la no creencia en la libre voluntad trae consigo que los hombres se motiven para cometer todo tipo de crímenes. Lo interesante es que aquellos que suponen esto, jamás se consideren a sí mismos como protagonistas, ponen siempre a los demás. También Van Blijenbergh se niega a mirarse como protagonista cuando Spinoza le pregunta si en su caso la conducta funciona de dicha manera.

A nivel filosófico Spinoza habla del conocimiento adecuado de dios, es decir, ser capaces de ver todo desde la perspectiva de la eternidad. Este concepto produce una motivación intrínseca para actuar honradamente. Una persona ya no actuará movido por algo externo, sino por la honradez, la virtud en sí. Esto sucede sin miedo y sin la idea de obediencia, sin esfuerzo para reprimir algo. Esto último ocurre en cambio con la motivación extrínseca. Apelar a la motivación del afuera es una solución practica para aquellos a quienes les falta la motivación interior.

Finalmente hay un efecto positivo de la creencia en una libre voluntad, que también surge esporádicamente en el debate actual. La aceptación de una libre voluntad no es fácilmente agradable. Los seres humanos conocen su propia conducta y sus sentimientos, pero pocas veces la causa de los mismos. Atribuyen esa conducta, por desconocer la causa, a su propia y libre voluntad, y la conducta del otro a la voluntad que le concierne. En caso que sus conductas sean consideras buenas, les traerá una sensación de orgullo. Pero en casos de conductas consideradas malas, imaginarán que pudieron o deberían haber hecho algo diferente. La consecuencia aquí es el sentimiento de culpa frente a uno mismo y la irritación y hasta enojos y celos hacia los demás.

Según Spinoza existe una relación directa entre la suposición de una libre voluntad, tanto en el caso de uno mismo como en los otros, y las emociones y pasiones negativas.

Spinoza afirma que la ilusión de la libre voluntad en caso de un mismo efecto dañino lleva más al odio hacia los seres humanos que hacia la naturaleza que nos rodea.

Si consideramos a los seres humanos también como un fenómeno natural, el odio disminuirá, o mejor aún, se imposibilitará.

Como bien señala Deleuze, el profundo interés de este conjunto de cartas reside en que son los únicos textos extensos en lo que Spinoza considera el problema del mal y arriesga análisis y formulas que no tienen equivalente en sus otros escritos.

 

“Una laucha no es un ser humano”

Un diálogo entre Spinoza y Van Blijenbergh

Imaginado por Martin Schouten

Cada uno lleva un manto ancho, oscuro y se sientan en la mesa sin tomar en cuenta a los otros presentes. Continúan con una conversación que ya estaba en curso.

Spinoza – Usted, Blijenbergh, me ha escrito que es un comerciante en granos de la ciudad de Dordrecht. ¿Habla por Ud. mismo como comerciante, o en representación de la iglesia de Dordrecht?

Blijenbergh - Soy un hombre libre, Spinoza.

Spinoza – ¿Entonces leyó mi libro?

Blijenbergh – Mucho del contenido me ha gustado, pero también hay cosas que me caen pesadas al estómago. Por ejemplo, la teoría de que dios es responsable de todo lo que sucede.

Spinoza – ¿Ud. como cristiano opina diferente?

Blijenbergh – De esa suposición suya resulta que dios también causa el mal.

Spinoza – Tiene razón, nada sucede contra la voluntad de dios y entonces no existe el mal.

Blijenbergh – Pero si miramos alrededor nuestro vemos que sí, el mal existe.

Spinoza – Entonces tiene que mirar con otra mirada.

Blijenbergh - ¿Quiere decir que tengo que cerrar los ojos?

Spinoza – Solamente tiene que tener una definición clara del mal.

Blijenbergh – ¿Y esa definición qué dice?

Spinoza – Permítame un desvío antes de contestar. Dios es perfecto, de allí que todo lo que emerge de dios también es perfecto. ¿Está de acuerdo conmigo?

Blijenbergh – Sí, pero nosotros, las criaturas humanas, lo empeoramos todo. ¿Usted estaría de acuerdo conmigo?

Spinoza – No, no lo estoy. Lo que en los seres humanos detestamos, lo vemos en los animales con asombro y diversión, como la guerra entre las abejas y el celo de las palomas. Son cosas que desaprobamos en los seres humanos, mientras a los animales con la misma conducta los encontramos perfectos.

Blijenbergh – ¿Pone en pie de igualdad a los seres humanos con los animales?

Spinoza – Claro que no. Aunque una laucha depende tanto de dios como un puercoespín, no por eso la laucha es una especie de puercoespín, ni la tristeza es una especie de alegría. Yo no paso todo por el mismo tamiz, pero trato de hacerle entender algo.

Blijenbergh – ¿Que todo es como es? ¿Y que el mal no existe? Pero Adán tomó la manzana en contra de la voluntad de dios y eso fue un acto del mal.

Spinoza – Pero no, aceptar la manzana era un gesto corporal perfecto, al cual no le faltaba nada. Recién falta algo si comparamos ese acto con el de no aceptar la manzana.

Blijenbergh – ¡Bien, ahora estamos llegando a alguna parte!

Spinoza – Si comparamos dos vigas de desigual largo, no decimos que la más corta, a la que le falta un metro, es una viga mala. ¿Por qué entonces juzgamos así a los seres humanos? Al fin y al cabo Adán después de la caída del paraíso no puede ser diferente del Adán de antes de la caída. No hay un nuevo Adán, a quien le sacaron, por ejemplo, un metro y entonces fue privado de una condición más perfecta. Lo que falta, sin embargo, no existe y eso ahora es su mal: ¡no existe!

Blijenbergh – Hay una noción de lo faltante.

Spinoza – A las piedras les faltan las características de los seres vivos; sin embargo, las piedras no son malas porque no sepan oír ni ver.

Blijenbergh – ¿Usted nos compara con las piedras?

Spinoza – No; justamente yo digo que cada cosa y todo el mundo son diferentes. También los seres humanos son todos diferentes. Hay que respetar eso, cosa que no hacemos y allí se origina nuestra idea del bien y del mal. Tenemos una definición de cómo debería ser un humano y desde allí los juzgamos. Aquel que difiere de la norma, en cuanto a apariencia y conducta, no es perfecto y quien hace algo que pensamos está en contradicción con la naturaleza humana, lo juzgamos como malo, en tanto no le habíamos adjudicado aquella naturaleza.

Blijenbergh – Pero si yo tomo otra mujer que no es la mía, eso es malo.

Spinoza – Dios provoca el deseo de adulterio y ese acto pertenece a su propia naturaleza, dada por dios.

Blijenbergh – ¡Entonces podemos cometer todas las barbaridades que queremos!

Spinoza – Si alguien ve que pueda vivir mejor en la horca que en su mesa, estaría loco si no se ahorcara, y si alguien haciendo travesuras viviera mejor y más perfecto que viviendo decentemente, estaría loco si no las cometiera.

Blijenbergh – ¿Qué le impide entonces hacer el mal?

Spinoza – Yo dejo de hacer cosas o intento dejarlas porque están explícitamente en contra de mi naturaleza particular.

Blijenbergh  - ¿Por ejemplo no comemos algo porque nos da asco?

Spinoza – Esa es una buena comparación.

Blijenbergh – ¿Y para qué nos sirve entonces la razón? ¿Y para qué sirve nuestra capacidad de mantener nuestra voluntad dentro de los límites de la razón?

Spinoza – ¡Seríamos criaturas miserables si no pudiéramos extender nuestra voluntad fuera de los límites de nuestra razón! No seríamos capaces de comer un pedazo de pan y dar un paso, o hasta quedarnos parados, quietos. Todo en la vida al fin y al cabo es inseguro y lleno de peligros, por lo cual la razón nos advierte.

Blijenbergh – Pero si todo sucede espontáneamente, porque está dentro de nuestra naturaleza y nosotros no podemos cambiar nada de ello, tampoco hace falta que recemos a dios para que nos guíe, y toda religión se hace innecesaria.

Spinoza – No he dicho eso, porque mi mente es demasiado pequeña para determinar todos los medios que tiene dios para llevar a los seres humanos hacia el amor por él, es decir, al bienestar.

Blijenbergh – Por lo que escucho somos nada más que un péndulo mecánico.

Spinoza – Y el relojero es dios. Lo que él hace, dicen los teólogos, es bueno.

Blijenbergh -  Pero también dicen que somos responsables por nuestros pecados.

Spinoza – Usted no debe creer a todo el mundo tan simplemente. Usted mismo debe usar su razón.

Blijenbergh – En caso de filosofar tengo dos reglas a las cuales me atengo. Una es la idea clara de mi razón, la otra es la palabra revelada. Como filósofo cristiano prefiero rechazar lo que mi cabeza me dicta antes de poner eso por encima y contra la verdad que pienso encontrar revelada en la Biblia.

Spinoza – Y yo me resigno totalmente con lo que la razón, que dios me dio, me muestra, sin ningún tipo de sospecha de poder haber sido engañado, o que la Biblia me podría llegar a contradecir.

Blijenbergh – ¿Pero si actúa en contradicción con la Biblia?

Spinoza – La Biblia fue escrita para el común del pueblo, que no es capaz de entender las ideas elevadas. Las causas de nuestra conducta las llaman leyes y las consecuencias recompensa y castigo, así se han expresado los profetas. Han interpretado a dios como un ser humano, a veces furioso, a veces misericordioso, a veces con deseos de lo justo, a veces atravesado por celos y recelos, hasta engañado por el diablo. Pero nosotros, los filósofos, vemos lo que hay detrás.

Blijenbergh – Yo me mantengo fiel a la Biblia.

Spinoza – A la explicación corriente de la Biblia, querrá decir.

Blijenbergh – Usted lo complica todo.

Spinoza – A decir la verdad, yo nunca entendí demasiado la Biblia.

Blijenbergh – Y según Usted, ¿cómo es la idea de libertad del ser humano? Porque de eso se trata, no es cierto, cuando hablamos del bien y del mal.

Spinoza – Somos libres en afirmar y negar lo que hacemos y lo que observamos. Haciendo eso con menos indiferencia, somos más libres, y entonces seríamos libres al máximo en nuestro reconocimiento obligado de la existencia de dios, ya que está en nuestra naturaleza.

Blijenbergh – Obligación es lo contrario de libre.

Spinoza – Usted piensa desde la palabra libertad en la libre voluntad. Pero la libertad, como yo la veo, no existe en una decisión libre de voluntad, pero sí en una libre obligatoriedad.

Blijenbergh – ¿Entonces niega la libre voluntad?

Spinoza – Efectivamente, no existe.

Blijenbergh – Una concepción tan herética me molesta, pero no me quiero dejar llevar por mis emociones. ¿Para ello sirve mi libre voluntad, no es cierto?

Spinoza – ¿Usted cree que tiene poder sobre su vida afectiva?

Blijenbergh – Si, por supuesto lo creo.

Spinoza – La experiencia contradice eso y le será evidente, una vez que profundice en el asunto, que de muchas maneras nos movemos por causas externas y que, por ende, como las olas del mar somos excitados por vientos contrarios, boyando de un lado a otro, ignorantes del desenlace de nuestro destino.

Blijenbergh – Usted dice destino y yo digo la disposición de dios.

Spinoza – Todo es su obra. Dios es la naturaleza y la naturaleza es todo lo que existe. Nosotros somos parte de la naturaleza que Usted llama dios.

Blijenbergh – Eso es una herejía que ya le trajo muchos problemas, ¿no es cierto?

Spinoza – Disfruto de mi razón, intento hacer lo mejor para no pasar mi vida entre tristezas y suspiros, pero sí en serenidad, con felicidad y alegría.

Blijenbergh – Yo prefiero mantenerme fiel a la Biblia. Jamás arriesgaría mis intereses en Dordrecht, donde vivo, por simplemente una idea.

Spinoza – Pero con ello, estimado amigo, usted plantea un concepto de libertad totalmente diferente al mío. Es decir, la libertad de filosofar y decir lo que cada uno piensa. Eso que aquí, en Holanda, por exceso de autoridad y brutalidad de los predicadores está reprimido de todas las formas posibles…

 

 

Las cartas... (Fragmentos)

Traducción: Florencio Noceti y Natascha Dockens

 

CARTA 1: De Willem Van Blijenbergh a Baruch Spinoza

“…Y así se sigue que dios concursa con, esto es, determina, la voluntad mala en tanto es mala, tanto como con la voluntad buena. Porque su voluntad, que es la causa absoluta de todo lo que es tanto en la sustancia como en los impulsos, parece ser causa primera de la voluntad mala, en tanto que es mala. En otros términos: o no se da en nosotros determinación de la voluntad alguna de la que dios no sepa eternamente, o estamos poniendo en dios una imperfección. ¿Pero cómo sabe dios, sino por sus decisiones? Ergo, sus decisiones son causas de nuestras determinaciones, y así parece seguirse otra vez que la voluntad mala o no es un mal o que dios causa un mal expresamente. Y acá no vale la distinción de los teólogos sobre la diferencia entre el acto y el mal que se añade. Eso es, que dios no sólo decidió que Adán comiera, sino necesariamente también que lo hiciera contra su orden. Así, nuevamente parece seguirse que, o bien el comer de Adán en contra de lo que le fuera ordenado no es un mal, o bien que es dios mismo el que causa un mal.

Estimado Señor, por ahora sólo allí es donde no alcanzo a ver el juego del Tratado de V.S. Me cuesta aceptar cualquiera de los dos extremos, pero quiero esperar un veredicto entendible de V.S. que me satisfaga, y la alegría que eso me deparará espero demostrársela a V.S. en lo futuro.”

 

CARTA 2: De Baruch Spinoza a Willem Van Blijenbergh

“… Yo no podría conceder que los pecados y el mal sean algo efectivo, y mucho menos que algo fuera o ocurriera contra la voluntad de dios. Al contrario, digo no sólo que el pecado no es algo efectivo, sino también que no se puede decir que se peca en contra de la voluntad de dios o, como se dice, que la gente provoca la ira de dios, sino hablando muy humanamente.

Porque, si tenemos en cuenta lo primero, se sabe que todo lo que es considerado en sí, sin referencia a ninguna otra cosa, contiene cierta perfección que se extiende siempre en cada cosa tanto como su esencia misma; porque no son, sino una y la misma cosa.”

 

CARTA 3De Willem Van Blijenbergh a Baruch Spinoza

“…Porque si no creemos que dios tenga conocimiento de lo malo, mucho menos podemos creer que él vaya a castigarlo. ¿Qué motivos hay entonces para que no cometa yo todos los crímenes (allí donde pueda evadir a los magistrados)? Pero aún, ¿por qué no enriquecerme por los medios más aberrantes?, ¿por qué no hacer sin distinción todo lo que la carne y el deseo me dictan? V.S. dirá, empero, que debemos amar la virtud por el deseo de la virtud misma. Pero ¿cómo puedo amar la virtud si no me es dada tal perfección y tal esencia? Y si puedo inspirar la misma satisfacción actuando de una y otra manera, ¿por qué esforzarme para mantener mi voluntad dentro de los límites de mi entendimiento?, ¿por qué no ir adonde me arrastren mis desvaríos?, ¿por qué no matar en secreto a ese hombre que me bloquea el camino?, etc. Considere qué fundamento le estaríamos dando a los ateos y al ateísmo. Nosotros nos veríamos reducidos a meros bloques y todo nuestro accionar a un mecanismo de relojería.”

 

CARTA 4: De Baruch Spinoza a Willem Van Blijenbergh

“…Paso ahora a tratar mi propio punto de vista y, para empezar, quiero indicar la utilidad que de él se sigue y que básicamente consiste en que nuestro entendimiento, libre de toda superstición, nos entra a dios en cuerpo y espíritu. No niego que las plegarias sean muy útiles para nosotros – porque mi entendimiento es demasiado limitado como para determinar todos los medios que dios tiene a su disposición para llevar a la gente a sentir amor por él, lo que es lo mismo que decir hacia la salvación – de modo que no puede decirse que mi punto de vista sea dañino. Al contrario, para aquellos que no son dominados por los prejuicios o las supersticiones infantiles es la única manera de llegar al grado más alto de beatitud.”

 

CARTA 5: De Willem Van Blijenbergh a Baruch Spinoza

“…V.S. dice renunciar a los vicios o a los crímenes porque ellos van contra la particular naturaleza de V.S., y le desviarían del conocimiento y amor de dios. Pero en todos los escritos de V.S. no veo ni una sola regla o prueba de eso. Perdóneme que deba decir que parece seguirse de los escritos de V.S. todo lo contrario. Abandona usted esas cosas que yo llamo vicios porque van en contra de su naturaleza particular, pero no porque contengan vicio en sí. Deja usted de hacer esas cosas tal como se deja de comer el alimento que repugna a nuestra naturaleza. Seguramente, el que deje de hacer cosas malas sólo porque le repugnen a su naturaleza tendrá poca virtud de la que vanagloriarse. Cabe aquí otra vez la pregunta: si hubiera un alma cuya naturaleza particular no estuviera en contra, sino en coincidencia con cometer crímenes o disfrutar placeres, ¿hay algún motivo de virtud que habría de moverle a hacer el bien y a abandonar el mal? Pero ¿cómo es posible que un hombre pueda abandonar el deseo de placer si ese deseo pertenece en ese instante a su esencia, que ha recibido a su tiempo de dios y que no puede abandonar?”

 

CARTA 6De Baruch Spinoza a Willem Van Blijenbergh

“…En primer lugar digo, entonces, que dios es absoluta y efectivamente causa de todo lo que tiene esencia, sea lo que sea. Ahora, si V.S. pudiera mostrar que el mal, el error y los crímenes, etc. son algo que expresa esencia, entonces le concedería completamente que dios es causa de crímenes, mal, error, etc. Me parece a mí que he mostrado suficientemente que aquello que tiene el aspecto del mal, del error, de los crímenes, no consiste en algo que exprese esencia. Y por eso no se puede decir que dios sea causa de ello. El matricidio de Nerón, por ejemplo, no fue un crimen si nos atenemos a lo efectivo de su consumación. Porque la misma acción exterior y con la misma intención de matar a la madre la tuvo también Orestes, y sin embargo, no se le culpa, al menos no como a Nerón. Y ahora me pregunto: ¿cuál fue entonces el crimen de Nerón? Ninguno, sino haber demostrado, al actuar así, ser desagradecido, despiadado, desobediente. Y es seguro que ninguna de esas cosas expresa esencia alguna, y por consiguiente, dios no ha sido causa de ellas, como sí lo ha sido empero de la acción y de la intención de Nerón.”

 

CARTA 7: De Willem Van Blijenbergh a Baruch Spinoza

“…Tanto en nuestra conversación como en la última carta del 13 de marzo, V.S. sostuvo que del claro conocimiento que tenemos de dios y de nosotros mismos surge el firme deseo de que cada uno posea lo suyo. Pero falta allí aclarar de qué manera el conocimiento de dios y de nosotros mismos nos provoca un deseo firme de que todos puedan poseer lo suyo. Esto es: de qué manera surge del conocimiento de dios la obligación de amar la virtud y de abandonar esas acciones que nosotros llamamos vicios. Y de dónde proviene (ya que según lo que V.S. sostiene, matar a golpes, al igual que dar limosnas, contiene algo de positivo) que matar a golpes no implique tanta perfección, felicidad y satisfacción como dar limosnas. Quizás dirá V.S., tal como dice en la última carta del 13 de marzo, que esta cuestión concierne a la Ética y que en ella será tratada por V.S., pero como sin la resolución de esta cuestión y de las preguntas precedentes no puedo entender claramente la opinión de V.S. sin que surjan para mí contradicciones irreconciliables, le pido amablemente que me amplíe un poco más su respuesta, y que me exponga y aclare especialmente algunos de los principales definitiones, postulata, et axiomata en los que se basa su Ética, y en particular esta cuestión.”

 

CARTA 8De Baruch Spinoza a Willem Van Blijenbergh

“…Recibí la carta de V. S. del 27 de marzo cuando estaba al partir hacia Amsterdam, y por consiguiente, la dejé en casa a medio leer para contestarla a mi regreso, pensando que no contenía otras cosas que las concernientes a la primera cuestión. Pero después, al leerla, encontré un contenido muy diferente, que pedía la demostración de las cosas que permití que se dijeran en el prólogo sólo para avisar a todos de mis sentimientos y opiniones pero no para probarlos ni explicarlos, y también de una gran parte de la Ética, que como todos saben debe estar fundada en la metafísica y en la física. Y, en consecuencia, no me he decidido a responder a esto. Deseaba, sin embargo, encontrar la oportunidad de pedirle verbalmente y de la manera más amable posible que tuviera a bien desistir de su pedido, y entonces darle al mismo tiempo los motivos de mi renuencia y mostrarle en definitiva que esas cosas no hacen a la solución de la primera cuestión planteada por V.S., sino que al contrario la mayoría de ellas dependen de esa cuestión. Por tanto, dista de ser cierto que lo que concierne a mi opinión acerca de la necesidad de las cosas no pueda entenderse sin la solución de estas nuevas preguntas, ya que es su solución y lo que la integra lo que no puede ser captado sin que se entienda la necesidad de las cosas. Porque como V.S. sabe, la necesidad de las cosas atañe a la metafísica, y su conocimiento siempre tiene que ir primero.”

 

El lenguaje del mal

Vicente Zito Lema

Pensando en Benedictus Spinoza

Partimos de que el alma es la idea
desafiante de un cuerpo
y tal vez por ello
su imaginación final…

Llegada: nadie sabe lo que puede un cuerpo.

El mal existe si acaso lo pensamos. 
Desolados ante el abismo
con la cruz del lenguaje
urdimos la salvación...

Para conocer el lenguaje del mal
el cuerpo nos presta su silencio...

 

I

El lenguaje del mal habla de Dios;
Precisa una divina gracia
Que borre del espejo la mirada
Ante el tamaño de la desolación...

II

Recogerás como viento alucinado
Cada suspiro del cuerpo que tiembla
En la invocación sagrada,
¿O es un sollozo enmudecido tras la blasfemia
cuando el lenguaje del mal sacude
niña al fin
el telón manchado de la noche...?

III

El lenguaje del mal humilla a Dios;
Como el silencio de Dios humilla al hombre
Desnudo más que pobre,
acurrucado,
Bajo la mortaja de su nacimiento...

IV

Detrás de la línea perlada de horizonte,
en la espesura,
Está y no está la mano del ángel de la misericordia,
Que oprime la garganta donde el lenguaje del mal se apaga
Igual que una vela
O que una mar de andrajos...

V

En el lenguaje del mal la escatología
Como un desierto sin ojos ni certezas
Une la esperanza a la demencia;
Mientras la obscenidad desmonta del cielo
Para quitarle el último ropaje a la pobreza...

VI

El lenguaje del mal despierta el sentido
Del pecado en el mundo;
Hay una finitud que ríe
muda y ciega
Vacía de pensamientos igual que un niño
jugando a las cartas con la muerte

VII

El lenguaje del mal tañe y tañe
Las campanas en la ilusión del placer;
Hasta que el sueño del alma se hiela
Junto al sudor de los cadáveres...

VIII

Allí donde la poesía se detiene
Presa del pavor
Inicia su camino el lenguaje del mal
Lo mueve una idea fija: hundir su cuchilla
en la boca de Dios...

IX

No le reclamen caridad ni amor...
Apenas la fatiga y a veces el hastío detienen
Al lenguaje del mal
Tampoco Dios nos consuela
Aunque haya creado sin deseo
Una madre para su hijo

X

En la seguridad de la vida el lenguaje del mal
Es la gota de agua que horada la piedra...
Pasión y celo:
Quién tiene sed se arrojará al infierno
En busca del fuego prometido...

XI

El lenguaje del mal es anterior al crimen
La culpa y la conciencia jamás serán la
sombra de sus pasos
El invierno de los días no comienza con promesas livianas
Solo la inocencia mordisquea la manzana de la corrupción
Un cuerpo sin alma es más triste que un alma sin cuerpo
Las trompetas del juicio final nunca conocerán las músicas...

XII

Siento venir el oro del alba
Preparo mi corazón en el lecho del río
y aguardo
Que el lenguaje del mal se pose
en mis labios
Para iniciar los himnos de la despedida...

XIII

La contemplación del mundo
engendra el estupor
y mañana la nausea
Tanto dolor cierra los ojos del moribundo...
El lenguaje del mal se planta frente a Dios
Faz a faz hasta colmar su vacío
Y sin reverencia y lejos de la piedad
Lo despoja del poder de su silencio
Para que chille
Como un cerdo en el matadero

XIV

Iluminar la luz en el final del día
Vaciar de pena la necesidad de lo oscuro y
sus presagios
Volver deseable el deseo mientras el cuerpo
Se corporiza en el espanto...
Todo ello lo puede el lenguaje del mal
Si una melodía sin memorias
Le abre sus labios

XV

Todo hombre que le birla el fuego a Dios
Termina en la piedra del sacrificio
Día y noche opacado ante el brillo de la eternidad
Ya no sentirá temor;
La soledad será su río
Y el lenguaje del mal anidará en su pecho:
Igual que un pájaro
Inventa los cielos...

XVI

La sospecha del crimen
Es una mácula de sangre
sobre el cristal del terciopelo;
Entonces el lenguaje del mal pulirá una
a una las estrellas
Nada es casual en la bóveda celeste
Y ninguna agonía amanece eterna...

XVII

Ya conoces los bordes en sombras
del mísero cuerpo;
Semejante liviandad te hechiza,
Tamaño saber te abruma
Por eso te refugias en el lenguaje del mal
Como un viejo que ríe
Sin dientes
Ni pecados...

XVIII

Ya no hay límites en el lenguaje del mal
Todas las puertas conducen al paraíso;
Tampoco hay esperanzas en el lenguaje del mal
Lo bello y lo tremendo se llevan a las patadas
Dios goza con la infamia humana y el niño de sus
blandos confites...

XIX

Puedes gritarlo a boca de jarro:
Estás curado de espanto
Anoche en el sueño de la gran tormenta
Dios se lamía su verga bien desenvainada
Como quien toca el piano a cuatro manos...
Hoy puedes transitar por el lenguaje del mal
Ve con tu pena...

XX

De niño te prometieron
La santidad,
Ahora conoces la maldición
De estar vivo entre los murmullos
De la marcha de la muerte;
Por eso en tu boca el lenguaje del mal
Huele como el perfume de la redención...
Todo el pasado tiembla...

XXI

El beato con aires de beato
Es un escándalo para el lenguaje del mal;
Que poco soporta los delirios de los mártires
Menos todavía las mejillas rosadas de las vírgenes
Abiertas de piernas sobre el mármol del altar

XXII

Cada mañana a la hora del lucero
El lenguaje del mal besa a los ángeles
Del canto marchito
Después igual que la hiena
Los devora vivos...
Sin mayor pasión...
Casi con aburrimiento...

XXIII

Nada puede calmar la sed
Que marca los ritmos del lenguaje del mal;
Andar por el desierto seca los testículos
Y el alma es bofe rojo
Para el hambre gigante de los gatos...

XXIV

Pagarías con monedas de oro
Para que los cuervos limpiaron los huesos
de tu cadáver
Sin embargo te aferras al lenguaje del mal
Como un naufrago que descubre
Dentro de sus ojos
La locura del sol...

XXV

La pasión aviva el lenguaje del mal
Que es simple y obstinado como el viento
Cuando desnuda el origen del fuego;
Ese viento atrapado en las pupilas del miedo...
Ese fuego que brota de la nada...
Igual que los silencios...

XXVI

Las sombras conocen el lenguaje del mal
También la luz descifra los estertores
del herido que agoniza;
Así los días suben sobre sus alas
hasta llegar al día
Aturdido el cielo como el padre
que en el medio de la vida
entierra a su hijo...

XXVII

El paisaje contiene todas las cenizas
de la antigua armonía
Sobre las fronteras de la inocencia
El lenguaje del mal ya no tiene palabras;
Es una lengua mutilada que yace
en un vaso de agua...

XXVIII

Mientras la muerte nos acerca
La pregunta de Dios: ¿qué has hecho
con el amor...?

El lenguaje del mal permite a boca de jarro
La conciencia del salto al vacío
Es la postrer belleza
De la postrer soledad...

XXIX

Sálvanos poesía (oh madre de las alucinaciones)
Cuando ateridos por los fríos del misterio
El lenguaje del mal nos abra
Las puertas del infierno...

XXX

El alma escucha el lenguaje del mal y se estremece
Furtivo el cuerpo sube a caballo
Del lenguaje del mal
Es un arenal perfecto y sin estrellas
No hay redención...
Apenas silencio...
Ya nada se mueve...
Sea.

 

(Develado por las calles de Amsterdam, tal vez cerca de la estatua de Spinoza…)

 

 

 

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Articulo publicado en
Julio / 2014

Boletín Topía

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