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Contratransferencia y trabajo de lo femenino

 

Virtualidad, neutralidad y abstinencia

 

¿Quién no ha soñado con sus pacientes? ¿Quién no los ha odiado sin poder confesárselo a sí mismo? Queremos salvarlos de sus seres queridos, de sí mismos, de su pasado. Queremos tranquilizar a las mamas angustiadas, abofetear a las madres incestuosas, retar a aquéllas que no son cariñosas con sus hijos, sacudir a los padres que no ponen límites suficientes, castigar a los cónyuges exigentes… ¿Qué hacer de ese deseo de reparar, de salvar? ¿Y del de vengar y castigar, aún menos confesable? Trabajarlo en análisis, en supervisión, por supuesto, pero… ¿después? ¿En sesión con el paciente? ¿Qué hacer cuando queremos matarlo, cuando queremos que desaparezca, cuando bajamos los brazos porque ya no sabemos cómo abordarlo? ¿Qué hacer de la desestabilización que me produce la comprensión y la interpretación casi telepáticas de los dichos de un paciente, que parecen calcados de los de mi padre, trabajados y retrabajados en mi análisis?

 

Tenemos que plantearnos la pregunta del sentido que eso puede tener para nosotros, para el paciente, para el trabajo que hacemos juntos. No se trata solo de intentar separar las vivencias personales de las vivencias analíticas[1], se trata de dar un paso más y poder reconocer como nos impactan los dichos de nuestros pacientes. Nuestra manera de recibirlos será fundamental para lo que va a poder expresarse (o no) a continuación, y para lo que seremos capaces de hacer juntos a aquello que nos fue confiado en el inicio del trabajo terapéutico, de aquello que fue depositado en nosotros, casi diría en nuestra carne[2], en nuestro inconsciente.

Quisiera acentuar la importancia de todo lo que toca al cuerpo, al corazón, a la carne en esta época de virtualidad. Es la época que nos toca vivir, pero ¿qué futuro nos espera si no logramos crear y sostener vínculos que hagan contrapeso a la virtualidad? Basta recordar las experiencias de hospitalismo descritas por Spitz para medir la potencia mortífera de la virtualidad en tanto des-encarnación.

 

Pienso en la neutralidad de la que habla Freud en sus escritos técnicos, y me digo que es importante protegerse de las interpretaciones superyoicas que podríamos hacer de este concepto freudiano, ya que neutralidad no quiere decir más que mantener una cierta vigilancia que nos permita conservar nuestra sensibilidad, sin dejarnos invadir por las proyecciones, preservando el estado de disponibilidad que nuestro trabajo requiere. Creo que no es casual que la neutralidad mal interpretada me lleve a pensar en la virtualidad, porque un analista que se piensa a si mismo como una superficie de reflexión «neutra»  puede provocar efectos subjetivos cercanos a los que provoca la virtualidad. Dicho de otro modo: nos preocupamos demasiado de no implicarnos de más, pero mucho menos de los efectos peligrosos de la no implicación. Cuando no estamos realmente presentes, implicados, el trabajo clínico no se produce.[3]

Dejarse habitar por lo que el otro provoca o despierta en nosotros no es fácil. Dejar de lado nuestros prejuicios, nuestros juicios morales, tampoco. Se necesita para ello un trabajo sutil sobre lo que Jacqueline Schaeffer denomina «el trabajo de lo femenino», es decir de la función receptiva de la posición femenina. Ella define lo femenino como «una de las «soluciones pulsionales» (…), modalidad de pensar, por agregado de cantidades libidinales, que fomenta la ligazón de un plus de representaciones a través de un plus de afectos»[4].

Como analista, un trabajo personal en torno de la temática de lo femenino me parece indispensable para poder servirse del modo de pensamiento que J. Schaeffer le asocia, el único capaz de ligar el afecto y la representación liberando al mismo tiempo cierta cantidad de libido. Indispensable asimismo para poder aceptar la posición subjetiva del otro, aceptarla realmente, para que pueda cambiar luego, por supuesto, pero a condición de esta aceptación -yo diría, incondicional.

 

Una mujer “dependiente y masoquista”

 

Una paciente me contaba que consultó varios analistas, que terminaron todos por decirle que era masoquista, que le gustaba quejarse, y decía deducir que ellos pensaban que debía separarse de su marido (¡cosa que yo también pensaba pero que me cuide muy bien de dejar translucir, abstinencia obliga!). El desafío fue, para mí, el de no quedar atrapada en la posición que ella me proponía: confirmar su masoquismo, o estar de acuerdo con ella, reconocerla como víctima y cerrar la posibilidad de un cambio de posición. En este caso, la abstinencia me guió para no inducirla a adoptar mi ideal (independencia), pero el trabajo contratransferencial sobre una neutralidad no desimplicada fue el que guió mi posición, y mi disponibilidad para el trabajo. Tenemos que intentar ser capaces de trabajar nuestros límites como analistas, dejar de lado nuestros ideales, y para ello, poder pensar lo femenino me parece una herramienta conceptual interesante. Paradojalmente, es este trabajo sobre nuestros propios límites que abre la puerta del cambio a nuestros pacientes. El trabajo en mi fue el de aceptar que esa mujer no podía separarse de su marido, y que ella, era ella con su imposibilidad. Poder ayudarla a pensar porqué se queda, en lugar de preguntarse mortificada porqué no puede dejarlo. Ayudarla allí donde está hoy, a pensar cómo separarse (en su cabeza y en su cuerpo, para tal vez un día poder hacerlo en la realidad concreta) de ese marido que no acepta (¡y con razón!) satisfacer sus demandas desmesuradas, jugar el rol de mamá reparadora de las experiencias traumáticas del vínculo con su propia madre. Se trata de transformar la cuestión de la separación real y concreta de su marido en pregunta sobre su propia responsabilidad en su malestar[5].

 

Volviendo entonces a la neutralidad, propongo definirla como la posibilidad de servirse de nuestra sensibilidad sin caer en la proyección. Y sobre todo, me parece que no significa comportarse como una superficie de reflexión muda, y rápidamente persecutoria, sobre todo para los pacientes más frágiles. Me parece importante diferenciar neutralidad y abstinencia, dos nociones sumamente cercanas que pueden confundirse. Mientras que la abstinencia es una regla psicoanalítica sobre la cual existe un consenso, la neutralidad es una posición a trabajar a cada instante, por eso hay mucho más que decir, creo, sobre la neutralidad que sobre la abstinencia. 

 

 

Una nena “mala”

 

¿Cómo mirar con neutralidad y a la vez con ternura a una niña « mala que se hace caca encima », según la definición de sus padres? ¿Cómo permitir a sus padres identificarse a mí, a la ternura que me despierta, para poder apropiársela?

En sesión, los padres de esta niña autista de diez años comprendieron que su hija estaba lejos de poder acceder a un control esfinteriano, pero una cierta ternura se dejó entrever en sus miradas. Cuando la miran, ahora, ya no ven solo una niña que se hace caca encima. A esta imagen se puede superponer la de una niña que los ayudo a preguntarse porque se privan de salir y de ver amigos bajo pretexto de tener una hija « discapacitada », como si eso fuera una explicación al encierro al que se habían sometido. Ella logro sacudirles la manía de limpieza y el miedo al cambio y al intercambio. Este verano, un doble despegue será posible: se van a Canadá… sin Lucila. Entretanto, las sesiones con los tres se transformaron en sesiones.

En esta época amante de garantías, ¿qué responder a los padres que como ellos, plantean mil preguntas? ¿Cuánto tiempo vamos a venir? ¿Para obtener qué resultado? ¿Qué método cuenta aplicar para lograr que Lucila se vuelva continente?

 

La única garantía que podemos dar es la de embarcarnos con nuestros pacientes en la aventura. Es decir, la de estar dispuestos a poner a su disposición, femeninamente, nuestra carne y nuestro inconsciente para que « Ello » trabaje en nosotros, y por supuesto, este trabajo puede ser hecho tanto por un hombre como por una mujer. Cuando digo que este trabajo atraviesa la carne quiero decir que se trata de lo que mi mirada transmite de lo que sucede en mi corazón. Por « carne », entiendo exactamente lo que Françoise Dolto explica:

 

«A defecto de satisfacer al mismo tiempo nuestras necesidades y nuestros deseos, nuestra madre y nosotros, los otros y nosotros, hemos aprendido a hablarnos. Esos gritos, esos llantos, traducción de nuestro verbo, espesaron nuestra carne (…) (y nos hacen) existir como imagen del cuerpo para nosotros mismos, nos hacen tomar presencia sensible a nuestra carne. A través de la percepción que tenemos en lugares precisos de nuestro cuerpo-cosa, lugares tensos de necesidad o de deseo que podían ser satisfechos o no. Estos lugares de necesidad, primero los gritamos y luego los hablamos. Así, nuestro cuerpo se vuelve simbólico, lenguaje expresado. Pienso que nuestra carne es el  espesamiento del verbo que no pudo expresarse en el nivel en el que debía hacerlo, donde debía y en el momento en que debía hacerlo»[6].

 

Recibir a alguien verdaderamente, es poder recibirlo en mí en esta zona más allá del verbo. Recibiéndolo en su calidad de sujeto (lo pienso sobre todo respecto de los niños que recibimos con sus padres) en el respeto total de su persona, dirigiéndose a ellos como seres de deseo y de palabra, permitiremos a los padres cambiar su manera de dirigirse a ellos, dejar venir la ternura, mirarlos a través de nuestra mirada.

Cuando la transferencia funciona (con el niño, pero también con los padres) un fenómeno clínico nos permite constatarlo: las interpretaciones hechas al niño en presencia de los padres son retomadas por ellos como provenientes de ellos mismos, sin darse cuenta de la apropiación. Las primeras veces, este fenómeno me dejó perpleja, con una sensación de ser borrada, de apropiación de mis dichos. Terminé comprendiendo que efectivamente los padres se apropiaban de un modo de funcionamiento psíquico por identificación conmigo, y que no se trataba de un borramiento de mi intervención sino de una identificación. A partir de ese momento comencé a considerar este fenómeno transferencial como de buen augurio. Si pensamos que para Freud la identificación es la expresión primera de un vinculo afectivo[7] y que como lo explica J. Schaeffer esta identificación es ejemplar, estructural, y se sitúa del lado del ser, del « ser como », en oposición a la investidura libidinal del cuerpo a cuerpo con la madre, podremos comprender la importancia de permitir al otro operar esta identificación  y de lo que puede obtener de esta experiencia, a saber, incorporar un  nuevo modo de pensamiento y de relación, más « libidinal », facilitador de integración, creador de un vinculo más estrecho entre afecto y representación, y la posibilidad de establecer una separación, una brecha en el cuerpo a cuerpo con la madre. Poder situar esta identificación « clínica » nos permite pensar en fenómenos que han sido poco elaborados en psicoanálisis: la producción de libido y la vitalidad que se desprenden de estas nuevas operaciones  de pensamiento posibles gracias al trabajo analítico.

 

Pensar la alegría

 

Por supuesto que se trata de abrir la posibilidad de incorporar un nuevo modo de funcionamiento, al cual nosotros tenemos acceso porque es nuestro trabajo, y no de erigirse en modelo de sensibilidad y de pensamiento. Me parece  que estos temas han sido poco elaborados en psicoanálisis porque puede resultarnos dolorosa una elaboración teórica que nos obliga a pensar en el lugar que le damos en nuestras propias vidas a la vitalidad, al amor, a la alegría.

Permitir esta operación de identificación es extremadamente importante, y portador de cambios, sobre todo para los padres de niños pequeños y de niños muy enfermos, así como para las familias de pacientes psicóticos, que pueden así apropiarse del « dar sentido » a lo que el paciente expresa. Esta tarea de dar sentido es la tarea fundamental de la madre de las primeras épocas de vida y la base de la humanización, y cuando ha fallado, puede restablecerse a través del vinculo transferencial. La humanidad del vínculo, tanto primario como transferencial, pasa por la carne, porque somos seres encarnados. Los vínculos desencarnados, contrariamente a lo que podríamos pensar en un primer abordaje, no son vínculos más “espirituales”, elevados o sublimados, sino al contrario, vínculos de consumo o de objetalización del otro.

 

A veces, la mirada tierna que permite esta operación de humanización no nos aparece espontáneamente. En esos casos, podemos tomarnos el trabajo de ir a buscar lejos en nuestro inconsciente, en nuestra experiencia de vida para hacer surgir en nosotros la ternura por ese niño insoportable, por esa mamá rígida que dejo entrever la niña asustada que fue ella misma. ¿Dónde y cómo encontramos la ternura en nosotros  mismos? Tenemos que aceptar que muchas veces no lo sabremos o no lo lograremos, pero lo que es seguro es que si en nombre de la neutralidad interpretamos ese movimiento como una contaminación contratransferencial, arruinaremos todo trabajo posible. No haremos, en ese caso, el trabajo de ligazón entre afecto y representación que venimos de evocar.

 

Todo analista sabe que debemos tener una gran capacidad de soportar para hacer este trabajo. Y el masoquismo necesario para la tarea analítica (porque de eso se trata) me parece muy cercano del masoquismo femenino del que habla J. Schaeffer: un masoquismo elaborado, ligado, útil, no un masoquismo primario. Es trabajando sobre el masoquismo que podemos utilizarlo. Como lo explica en su libro El rechazo de lo femenino: «el psicoanálisis ofrece las condiciones (…) de reinvestir positivamente el masoquismo, como única fuerza capaz de homologar el principio de placer del ello en el yo»[8]. Esta cita aclara la utilidad del psicoanálisis y su manera de operar: se trata de una reestructuración libidinal y no de una investigación puramente intelectual. Los cambios deben operarse a nivel de la libido para que un psicoanálisis funcione.

 

Todo esto para decir que pienso que nuestro trabajo puede ser tan escandaloso como lo fue el trabajo de Freud, a condición de que osemos pensar el lugar de lo femenino y del masoquismo en la transferencia, en la naturaleza carnal de todo vínculo, incluido el transferencial, en el lugar del amor en nuestro trabajo, un amor casto pero no abstinente de humanidad, no neutro frente a nuestros propios sentimientos. Es justamente debido a la naturaleza carnal del vínculo transferencial que necesitamos términos tales que neutralidad y abstinencia, para ayudarnos a pensar y a construir un vinculo comprometido pero no incestuoso.

Podríamos terminar recordando el poder del psicoanálisis cuando no es banalizado ni intelectualizado, y la dificultad de escuchar su proposición que no ha perdido nada de su fuerza transformadora, a condición de ser tomado al pie de la letra.

 

Luciana Volco

Psicoanalista argentina residente en Francia

lucianavolco [at] wanadoo.fr

 

Notas

 

[1]  Suponiendo que ello sea posible...

[2]  « Carne » traduce dos términos franceses diferentes : la carne humana y « humanizada », la « chair », distinta de la « viande », carne comestible. « Carne » traduce entonces en este artículo el francés « chair », tal como Françoise Dolto lo define, y que cito más adelante.

[3] Alejandro Vainer, cuando intercambiamos sobre mi artículo en construcción, me propuso una idea interesante: se trata de no “neutralizarse” con la coartada de tener que ser neutral y desimplicarse del trabajo clínico.

[4] Jacqueline Schaeffer, Le refus du féminin, Paris, Epîtres, PUF, 2003, p.119. 

[5] Mientras yo terminaba este artículo, la paciente me anunció su separación... y el fin de su tratamiento.

[6]  Françoise Dolto, « l'Evangile au risque de la psychanalyse », tome II, Points, Paris, 1982, p. 174. La traducción me pertenece.

[7] Cf. « Psicologia de las masas y analisis del yo ».

[8] Jacqueline Schaeffer, op. cit. , p. 89.

 

 
Articulo publicado en
Abril / 2012

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