(...) ¿cuándo somos de veras lo que somos?, bien mirado no somos, nunca somos a solas sino vértigo y vacío, muecas en el espejo, horror y vómito, nunca la vida es nuestra, es de los otros, la vida no es de nadie, todos somos la vida -pan de sol para los otros, los otros todos que nosotros somos-, soy otro cuando soy, los actos míos son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia, no soy, no hay yo, siempre nosotros, (...)
Octavio Paz, “Piedra de sol”
Una noticia se hizo viral en tiempos del otro virus, cuando la pandemia acechaba en todos los rincones del planeta, cuando cuidar y cuidarnos era la consigna, cuando salíamos por las noches a los balcones a aplaudir a los médicos que nos cuidaban y a los que ahora, nosotros tenemos que cuidar en medio del desastre de nuestra salud pública. La noticia -seguramente muchos de ustedes la han recibido y quizás hasta la hayan compartido- decía que cuando un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál creía que había sido el primer signo de civilización en la historia de la humanidad ella respondió que fue el hallazgo de un fémur roto y curado. Alguien se había quedado cuidándolo. La historia culmina con una supuesta frase de M. Mead: “Ayudar a alguien a superar una dificultad, es allí donde comienza la civilización.”
La cría humana nace en un estado de absoluto desvalimiento y requiere obligatoriamente de un adulto para sobrevivir.
Hermosa historia, sin duda. Ahora bien, el antropólogo Gideon Lasco se propuso investigar la veracidad de la frase devenida meme, eslogan, viralizado millones de veces en el mundo entero y resulta que no encontró ningún lugar donde ella hubiera dicho nada de eso. La revista Forbes ubicó el hallazgo del fémur roto y curado en un sitio arqueológico de 15.000 años de antigüedad. Allí estaba ese “alguien” que cuidó a un herido. Hermoso, pero falso. Las investigaciones daban cuenta de todo lo contrario. Los huesos rotos hallados en todas las especies daban cuenta de violencia y maltrato entre los seres vivientes allí donde se la haya estudiado. La popularidad de la historia se debe -nos dice Lasco “…a lo que muchos de nosotros creemos que debería definir a la humanidad: nuestro deseo de proteger a los vulnerables”1.
Indagar en la violencia y la crueldad fue y sigue siendo imprescindible para pensar y pensarnos. Desde hace muchos años, Ana Berezin conceptualiza la crueldad como “una violencia organizada para hacer padecer a otros sin conmoverse. Frente al padecimiento del otro nada hace temblar, nada sacude ni emociona. (…) La potencialidad cruel está presente en todos nosotros.” 2 Serán las narrativas civilizatorias, históricamente constituidas, las que permitirán o no su despliegue, lo que deja en primer plano la construcción de una ética que atenúe la posibilidad de ese despliegue cruel.
Todos hemos leído más de una vez este fragmento de Psicología de las masas. “La oposición entre psicología individual y psicología social pierde su nitidez si se la considera a fondo. La psicología individual se ciñe al ser humano singular y estudia los caminos por los cuales busca alcanzar la satisfacción de sus mociones pulsionales. Pero solo rara vez, puede prescindir de los vínculos de este individuo con otros. En la vida anímica del individuo, el otro cuenta con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social.”3
Quisiera detenerme en dos de estas cuatro “otredades” que son “auxiliar” y “enemigo”.
Partimos de entender la fundación del sujeto a partir del encuentro con un otro. “Asistente ajeno”, decía Freud en las primeras épocas del “Proyecto” y es lo que encontramos llamado aquí “auxiliar”. Un otro proveedor de sentidos, un encuentro originario que, si las cosas van bien, si ese otro ama y cuida, posibilitará la “experiencia de satisfacción”, dentro del conjunto de las primeras inscripciones. Lo que permite esa experiencia, nos dice un Freud literario, es “el cálido fluir de la leche materna”, donde lo esencial no es, solamente “de la leche materna”, indudablemente necesaria, sino su “cálido fluir”.
“La insuficiencia de las normas éticas” constituyen una de las fuentes de sufrimiento observables en la vida y que se evidencian, sobre todo, en las situaciones de catástrofe social.
Ese es el punto de partida: la cría humana nace en un estado de absoluto desvalimiento y requiere obligatoriamente de un adulto para sobrevivir. Consideremos aquí un punto esencial que Silvia Bleichmar nos legó: la posibilidad de comprender que ese lazo originario con el “otro auxiliador” es el que sienta las bases para que, en el futuro, ese niño se transforme en un sujeto ético.
“Un ser humano no puede constituirse sin los componentes mortíferos que acompañan el surgimiento de la pulsión, pero tampoco instalarse socialmente sin morigerarlos”. “Yo insisto en que la acción exterior primera, que constituye al sujeto ético es el amor ligador del otro en tanto es capaz de trasvasar y de ligar aquello que se inscribe como pulsional.”4
Haber recibido ese auxilio, el reconocimiento, los cuidados del cuerpo, el caudal simbólico trasvasado al niño, le permitirá acceder a la capacidad de identificarse con el semejante, conmoverse ante su dolor y reconocer la responsabilidad sobre el sufrimiento ajeno.
En nuestros días, ha circulado mucho entre nosotros un reel de una conferencia de Silvia Bleichmar en la que ella nos decía: “Una niña de tres años hizo algo que me conmovió mucho: su mejor amiga se había olvidado la muñeca más querida en la casa y ella no pudo dormir en toda la noche pensando que la otra iba a extrañar la muñeca. Yo dije: acá tengo un sujeto ético, alguien capaz de sentir que el otro está sufriendo, empatizar con ese sufrimiento y sentirlo como una responsabilidad propia.” 5
Entonces, tanto en la idea de A. Berezin respecto a que la instalación de una ética es lo que permitiría atenuar el despliegue de la crueldad, como en el planteo de S. Bleichmar con relación a la instalación del sujeto ético desde el cuidado y el amor de los otros primordiales, quedan planteadas las formas en que surge en la vida humana individual y colectiva, la ética ante el semejante, la morigeración de lo cruel y lo violento.
Cuando leí por primera vez Psicología de las masas, la traducción de López Ballesteros que estaba disponible en aquellos años, interpretaba de forma diferente algunos términos que, como lo haría años más tarde J. L. Etcheverry, en la versión más moderna e instalada entre nosotros. La nueva versión traduce “enemigo” allí donde la vieja decía “adversario”. Y no es menor la diferencia si queremos pensar en las diversas categorías del otro para Freud: modelo, objeto, ¿auxiliador y… adversario o enemigo?
El ser humano no es una criatura tierna, sino que incluye una fuerte cuota de agresividad hacia el prójimo. El otro puede ser, al mismo tiempo, condición de subjetivación y amenaza desubjetivante.
La voz alemana es gegner y corresponde a “adversario”. Designa a quien está “del otro lado”. En cambio, la palabra alemana que se traduce como “enemigo” es “feind”, una voz que implica hostilidad y amenaza. Desde ya que no pretendo una exégesis filológica sino indagar un poco más qué pensaba Freud en ese momento y por qué el traductor moderno elige “enemigo” con su carga amenazante, cuando el traductor más antiguo, eligió “adversario”, siendo esta última más fiel al original alemán.
Años después, en 1930, Freud escribe El malestar en la cultura6 en medio del ascenso del fascismo al poder en Italia, el crecimiento de Hitler, que será nombrado canciller tres años más tarde, los problemas del comunismo en la URSS y una creciente sensación de que el progreso no había eliminado la violencia, la insatisfacción ni la infelicidad. En este marco, Freud decide encarar la tarea de pensar entre lo individual y lo colectivo, para entender y explicarse la persistencia del profundo malestar subjetivo. Un año después de haberlo publicado, cuando la amenaza nazi asomaba principalmente en Alemania, pero también en Austria, Freud añadió este nuevo final al texto7:
“He aquí a mi entender, la cuestión decisiva para el destino de la especie humana: si su desarrollo cultural logrará, y en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento. Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado.”
Si nos guiáramos por este final, no cabe duda de que la categoría en la que pensaba al otro era como “enemigo”.
Este texto, es a mi modo de entender, un hito fundamental en tanto produce un nuevo modo de acercarse a la problemática humana. Ya no se trata solo de diagnósticos psicopatológicos sino pensar en las fuentes del sufrimiento que nos habitan a todos. El psicoanálisis deja de preocuparse por lo sano o enfermo para indagar el malestar inherente a la condición humana.
El corazón del malestar es el sufrimiento. Ya no es el dolor lo esencial, que quedará ligado más a la dimensión corporal y a la pérdida. De aquí en más, será el sufrimiento como experiencia subjetiva, como una condición ligada al vivir, a la necesidad de la renuncia pulsional como un precio por civilizarse y para que lo común pueda desplegarse. No hay manera de formar parte de un vínculo si no se es capaz de renunciar a ciertos aspectos de la mismidad. En ese sentido, la tensión entre la realización del deseo y la renuncia pulsional habitará la vida de todos y todas.
Afianzar una ética de la alteridad supone el reconocimiento del otro en su diferencia, en su opacidad y en la diversidad de las infinitas alternativas de subjetivación. Es reconocer a ese otro que rara vez está donde yo lo espero.
En el texto, Freud nos dice que existen tres fuentes del sufrimiento. Sin embargo, desde hace un tiempo, vengo planteando en diversos escritos8 que una lectura pormenorizada nos permite descubrir que el mismo Freud plantea cuatro y no tres fuentes del sufrimiento:
Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras. Por fin, desde los vínculos con otros seres humanos.9
Cuerpo, mundo exterior, vínculos. Sin embargo, apenas algunas páginas después, en el mismo texto, retoma esta cuestión y señala: “...señalamos las tres fuentes de que proviene nuestro penar: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres, en la familia, el Estado y la sociedad.”10 Finalmente culmina: “los vínculos recíprocos entre los seres humanos se resumen bajo el nombre de ética.”11
Entonces, donde había dicho cuerpo, insiste al decir “la fragilidad de nuestro cuerpo”. Donde había dicho “mundo exterior” ahora lo llama “la hiperpotencia de la naturaleza”. Sigue estando en la misma dirección. Pero resulta que donde había dicho “vínculos”, pasó a decir “la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres, en la familia, el Estado y la sociedad”, y lo denominó ética. Aquí ya no es lo mismo.
En ese sentido entiendo que son cuatro y no tres las fuentes de sufrimiento a las que Freud hace referencia: la naturaleza, el cuerpo propio, los vínculos con los otros y la insuficiencia de las normas éticas.
Y la diferencia no es menor, porque “la insuficiencia de las normas éticas” constituyen una de las fuentes de sufrimiento observables en la vida y que se evidencian, sobre todo, en las situaciones de catástrofe social. Estas fuentes de sufrimiento son muchísimas veces las que disparan las demandas de análisis.
No hay manera de formar parte de un vínculo si no se es capaz de renunciar a ciertos aspectos de la mismidad.
Entonces, encontramos aquí un nexo entre “el otro” como auxiliador o enemigo. Freud nos muestra la permanente oscilación entre estas dos posiciones. Si logramos morigerar los efectos de la pulsión de muerte y sus contenidos de agresión y crueldad, mediante el cuidado al semejante, haciendo un lugar a la diferencia que nos habita y tolerando la inevitable ajenidad del otro, aquello que nos resulta irrepresentable, habremos construido un posicionamiento ético que hará más agradable y vivible la vida en común. En cambio, en los agrietamientos de esa ética, en la “insuficiencia de las normas que regulan nuestros vínculos”, el sufrimiento crecerá inevitablemente.
Años más tarde, retrabajando el “malestar”, René Kaës nos va a hablar del maletre12. Ya no el mal-estar freudiano sino el mal-ser, la desazón, la caída de todo referente que sostenga. La hipótesis con la cual trabaja, es que los debilitamientos de los garantes de la vida social afectan a los garantes de la vida psíquica. Para él, la subjetividad se apuntala en formaciones y procesos de la vida social, esencialmente, en las prohibiciones fundamentales y en los contratos intersubjetivos que contienen los principios organizadores del psiquismo. “Forman, de este modo, el marco y el trasfondo de éste.”13 El problema surge cuando alguno de estos lugares de la vida social se resquebraja, o cuando muchos a la vez replican esas ausencias, que el malestar se agiganta en malser.
Así, el psicoanálisis se aleja de cualquier pretensión idealizante del lazo social. Admite y despliega su complejidad. El semejante no es solamente compañero o amado; también puede ser agresor, rival o fuente de crueldad. El ser humano no es una criatura tierna, sino que incluye una fuerte cuota de agresividad hacia el prójimo. El otro puede ser, al mismo tiempo, condición de subjetivación y amenaza desubjetivante.
Afianzar una ética de la alteridad supone el reconocimiento del otro en su diferencia, en su opacidad y en la diversidad de las infinitas alternativas de subjetivación. Es reconocer a ese otro que rara vez está donde yo lo espero. Este compromiso ético no se puede sostener en regímenes neofascistas donde la crueldad social, el individualismo extremo, el odio, el ataque a los derechos de las diversas formas de existencia humana se naturalizan y se justifican. En ese sentido, el analista está implicado no solo en su función clínica, sino en su posición como sujeto histórico político. La tarea es casi una apuesta civilizatoria: sostener el respeto a las diversas formas de la experiencia humana en contextos donde predominan mecanismos desubjetivantes. Porque como dijera Octavio Paz en el poema del comienzo, “para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia, no soy, no hay yo, siempre somos nosotros.” ◼
Notas
1, Gideon Lasco, “¿Pensó Margaret Mead que un fémur curado era el signo más temprano de civilización?” en www.antropourbana.com
2. Berezin, Ana, Sobre la crueldad, Psicolibro Editores, 2010.
3. Freud, Sigmund (1921), Psicología de las masas y análisis del yo, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1980, p. 67.
4. Bleichmar, S., La construcción del sujeto ético, Paidós, Buenos Aires. 2011.
5. Bleichmar, S., Conferencia: “La construcción de las legalidades como principio educativo”, Rosario, Santa Fe, 2007.
6. Freud, S. (1930), El malestar en la cultura, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1980.
7. Debo a Daniel Slucki la observación tan pertinente de esta frase.
8. Waisbrot, D., Más de un otro. Variaciones y vacilaciones del dispositivo analítico, Psicolibro, 2011.
Waisbrot, D., La alienación del analista, Paidós, 2002.
9. Freud, S. (1930), pp. 76-77.
10. Ibid., p. 85.
11. Ibid., p. 137.
12. Kaës, R., “¿Qué puede y qué no puede hacer el psicoanálisis frente a la desazón (malêtre) contemporánea?”, Revista de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares Vol. 37, Nº 1-2, 2014.
13. Kaës, R., Idem.
Daniel Waisbrot
Psicoanalista
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IG: @danielwaisbrot