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CUESTIONARIO: Encuadre y dispositivo psicoanalítico

 

 La cuestión del encuadre y del dispositivo psicoanalítico es un punto importante en el trabajo clínico. Convocamos a tres psicoanalistas con tres preguntas para abordar desde distintas perspectivas estas temáticas.

  1. ¿Qué lugar le da al encuadre en su práctica clínica psicoanalítica? ¿Cómo lo conceptualiza?
  2. ¿Qué dificultades u obstáculos ha encontrado a la hora de implementar el encuadre “clásico” en distintas situaciones y psicopatologías?, ¿De qué modo los ha abordado? Ejemplifique con una viñeta clínica.
  3. A partir de todo esto, ¿qué relación hay para Ud. entre encuadre y dispositivo psicoanalítico?
 
Encuadre Interno y psicoanálisis
 
Mariam Alizade
Psicoanalista
mariamalizade [at] fibertel.com.ar
 
1-Encuadre no es un término del vocabulario de Sigmund Freud. Freud (1912, 1913) enunció consejos como sugerencias para incrementar la eficacia de las operatorias psicoanalíticas. No hizo ninguna mención taxativa o autoritaria sobre un esquema de trabajo formal reglamentario.
Winnicott (1941) fue uno de los primeros autores que citó este término. Lorand (1946) se refiere a reglas a seguir pero no utiliza la palabra encuadre. Los aportes posteriores intentaron apresar las coordenadas estables necesarias en todo tratamiento que aseguraran la objetividad y el carácter científico del psicoanálisis. Al estudiar los testimonios de algunos pacientes de Freud (Blanton, S., Wortis, Reik, Doolittle, Kardiner, entre otros) y en la lectura atenta de sus escritos técnicos, se desprende una invariante: la plasticidad de Freud, su libertad interna y externa, su espíritu exploratorio.
Es muy probable que la institucionalización del psicoanálisis y el temor a la contaminación del mismo por factores provenientes de otras disciplinas o credos haya producido un control excesivo de lo que se denominó “encuadre”.
En líneas generales, el encuadre es el marco propicio al desarrollo del análisis. Entre otras funciones, es el sostén de los aspectos psicóticos (Bleger 1967), de los significantes formales o significantes afectivos (Anzieu 1987) y de los miedos a los propios contenidos psíquicos.
A mi entender, el encuadre formalizó por demás el aspecto externo: horarios, honorarios, frecuencia y tiempo de las sesiones, manejo de las vacaciones, reglas respecto a ausencias y faltas, posición en el diván, duración, etc. Se creó una suerte de encuadre-tipo post-freudiano.
Hace algunos años (1996, 1999, 2002) propuse el término encuadre interno.[1] El encuadre interno está implícito en las reglas fundamentales de asociación libre, de atención flotante y de abstinencia que fueran tempranamente enunciadas por Freud. Bleger (1967) agregó el rol del analista. El encuadre interno añadió a estas reglas las regulaciones y procesos psíquicos que emanan de configuraciones internas del analista que se gestan a medida que el propio analista interioriza la disciplina psicoanalítica. Comprende el desarrollo de la capacidad de empatía, la permeablidad del analista a su propio inconsciente y al del paciente, la transmisión e interacción entre inconscientes, el despliegue de la creatividad en el arte de curar. Un aspecto importante del encuadre interno es la escucha “con el tercer oído” .Este tercer oído comprende la escucha de las "voces interiores (Reik 1926, pág. 26), de lo que no se dice con palabras, de los mensajes subliminales que surgen de las profundidades del inconsciente. El registro de lo inaudible y del territorio más allá de la palabra forman parte de esta escucha. El trabajo con el silencio y el amplio campo no formalizable de los afectos conforman un campo no representacional de enorme potencial clínico.
El desarrollo y buen manejo del encuadre interno construye paulatinamente un basamento teórico-vivencial sobre el cual se instala una suerte de espontaneidad libremente flotante imprescindible para batallar con los múltiples obstáculos de la cura. El campo metaverbal, la semiología del silencio, la atmósfera afectiva de cada sesión, constituyen aspectos del metaencuadre que participan en la constitución del encuadre interno.
Como escribiera (Alizade, 2002): “El encuadre interno participa de una fenomenología de lo invisible, de una percepción puesta en acto no mensurable por manifestaciones externas. Un encuadre externo excesivamente pautado puede oficiar de regla inútil, constituirse incluso en un marco iatrogénico inmovilizador sede de una analidad tanática. El analista debe estar alerta a las consecuencias negativas de los mandatos de un super-yo analítico ignorante de la plasticidad de las constelaciones psíquicas y de la dinámica de los procesos que exigen rapidez mental, inteligencia y creatividad.”
El paciente puede cuestionar el encuadre externo: "pelear" los honorarios, negarse a tomar muchas sesiones semanales, rechazar el uso del diván, exigir cambios de horarios, etc. Lo que no puede, -he aquí el territorio soberano del psicoanálisis- es sustraerse al impacto, a los efectos y a la puesta en juego del encuadre interno que mueve sutiles engranajes metapsicológicos y transferenciales. Privilegio el encuadre interno como "lo que debe estar" o "lo que hace falta en forma imprescindible" para que un tratamiento se juegue bajo el nombre de psicoanálisis. El trabajo con el encuadre tanto interno como externo requiere ajustes periódicos que reorganicen sus interacciones y replanteen su complejidad.
 
2-El encuadre sólo es obstáculo cuando se petrifica en la mente del analista .El encuadre ‘clásico’ es una forma pautada de análisis. Esto suele suceder en algunos analistas principiantes en el anhelo por permanecer fieles a una supuesta ortodoxia psicoanalítica. El contrato analítico evolucionó en nuestro medio hacia un ideal de inmovilidad corporal, asepsia en los contactos, y hegemonía de la palabra como instrumentos princeps de transformación mental.
A un S. Freud que se movía con soltura por su consultorio, dueño de su espacio psicocorporal[2], se contrapuso la regla de analistas cuidadosos del rigor de sus movimientos. Se desarrolló un super-yo analítico (si tal expresión cabe) en dirección a convenciones normativas consensuadas donde el quietismo y una cierta silenciosa autoridad eran predominantes.
Actuar (y moverse) por parte de analista y paciente quedaron asociados con la resistencia a recordar. Esta idea, inspirada en el famoso texto freudiano de 1914 fue llevada al extremo en el espacio de la sesión.
En 1905, Freud utilizó la palabra actuar (agieren) para designar el abrupto abandono de su paciente Dora. Media una enorme diferencia entre el acting en la transferencia, en sus diversas formas, y el movimiento del paciente y del analista. En el primer caso, la actuación oficia de mostración. Cobra el valor de material (asociación libre fuera del registro de la palabra) y debe ser analizada. El movimiento, en cambio, parte de la espontaneidad corporal y no es forzosamente interpretable. El peculiar arte analítico permitirá distinguir el límite entre acting y movimiento para evitar, en aras de la salud, un exceso de interpretaciones tranferenciales que pueden resultar nocivas. 
En mi experiencia clínica me he desplazado desde el ordenamiento a un encuadre tradicional clásico en los inicios de mi praxis hacia la espontaneidad y regulación del encuadre sujeto a cada caso, a medida que interiorizaba encuadre interno.
Puedo citar, en los principios de mi praxis, la ofuscación que me produjo recibir una bolsa de limones de regalo de una paciente y mi apresurada visita al supervisor en busca de herramientas para sortear el ‘obstáculo’ y un caso de análisis, pocos años después, en que acudí al domicilio de una paciente con antecedentes de intentos de suicidio, luego de recibir un angustioso llamado telefónico nocturno en el contestador. También recuerdo que mantuve secreto este movimiento analítico ante mis colegas porque pensé que podría ser catalogado como no analítico.
 
3-El dispositivo analítico añade a la pericia clínica la instrumentación de los referentes teóricos, la filiación analítica, la escuela o los autores preferidos, las transferencias salvajes, los puntos ciegos, la interacción con el espacio institucional, etc. Dispositivo analítico y encuadre son dos términos en relación de intersección, con áreas comunes y áreas independientes el uno del otro. (Khan 1991, pág. 102) distingue diferentes espacios en el trabajo de análisis: el proceso analítico, la relación analítica transferencial y el encuadre. Estos espacios forman parte del dispositivo, con lo cual el encuadre es sólo una parte del conjunto de los elementos integrantes de un análisis.
Las consignas de trabajo en el inicio de un análisis son mero organigrama inicial, lo cual no impide ni evita que se plantee un reencuadre constante (Goldberg 2001) así como modificaciones en los diversos componentes del dispositivo.
 
Bibliografía
 
Alizade, A. M.(1996): Mesa redonda "Pensando la clínica y la psicopatología actuales", Rev. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Nº 22, pág. 43 y descriptor de este concepto en la Comisión de Informática de dicha Escuela, julio 1997.
____________(1999): “El encuadre interno" revista Zona erógena, Nº 41. Las Neurosis en la actualidad. Buenos Aires, 1999.
--------------------- (2002): “El encuadre interno: nuevas aportaciones”. Trabajo presentado en la Sociedad Psicoanalítica de París, febrero 2002, en el marco del encuentro científico entre esta sociedad y la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Anzieu, D. (1987): “Los significantes formales y el yo-piel”, en Las envolturas psíquicas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1990.
Bleger, J. (1967): "Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico", cap. VI de Simbiosis y Ambiguedad, Buenos Aires, editorial Paidós.
Freud, S.(1905): El caso Dora... Epílogo. Buenos Aires, AE TVII.
_______(1912): Consejos al médico, Buenos Aires, AE  TXII.
_______(1913): La iniciación del tratamiento. Buenos Aires, AE TXII.
_______(1914): Recuerdo, repetición, elaboración. Buenos Aires, AE TXIV.
Goldberg, A. (2001) :“Psicoanálisis postmoderno” Rev. de Psicoan., TLVII, T 3-4. Trabajo prepublicado previa al XLII congreso de la API. Niza, 2001.
Khan, M. ( 1991): Locura y Soledad: entre la teoría y la práctica psicoanalítica, Buenos Aires, Editorial Lugar, Cap. 6.
Lorand, S. (1946): Técnica del tratamiento analítico, Cap. 1, Buenos Aires, Ed. Asoc. Psicoan. Argentina,1948.
Reik, T (1926): "En el principio es el silencio" en El silencio en psicoanálisis, dirección J. D. Nasio, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1987.
Winnicott, D. (1941): “The observation of infants in a set situation” Int. Jo. Vol. 22, part. 2-3-4., p. 229-249.
Notas
 
[1] Posteriormente encontré este término mencionado en diversos trabajos nacionales y extranjeros. Grinberg, L. (1981): Psicoanálisis: Aspectos Teóricos y Clínicos. Barcelona-Buenos Aires, Paidós; Parsons, M. (2007): Reading the Inarticulate.
[2] Es muy ilustratrivo familiarizarse con los testimonios de los analizandos de S. Freud tales como Reik, Wortis, Blanton, Bonaparte, Doolitle, Kardiner, para observar la soltura, comodidad y libertad con que el descubridor del psicoanálisis ejercía la disciplina.

 

 

 

 

Rosa López
Psicoanalista
Directora del Centro de Atención Psicosocial Casandra. Córdoba.
rosalopez [at] arnet.com.ar
 
1-La palabra encuadre no ha ocupado ningún lugar en mi práctica. Creo que si uno piensa en constantes que deben respetarse se está encorsetando en el trabajo que se va abriendo con cada persona que viene a solicitar un psicoanálisis, que es único, o que simplemente viene para ver si puede encontrar un acompañante que le permita desplegar sus cosas, que permita que una subjetivación se realice y que ese sujeto pueda pasar a otra cosa. No creo que uno deba aferrarse a constantes. De hecho a veces por razones de tiempo conservamos siempre el mismo horario para una sesión con una persona. Pero no siempre. El encuadre es una normativa que no ocupó ningún lugar en el comienzo mismo del psicoanálisis. Hay muchas situaciones que si bien no se las conoce como encuadres, como reglas en un psicoanálisis, terminan siéndolo para el psicoanalista que se limita a través de ellas. El desafío del psicoanálisis es dejar que la trama se teja sin moldes prefijados: el pago de las sesiones, el tiempo de las sesiones, el tema de las ausencias, etc.
 
2-Desde que comencé a trabajar no fue el encuadre una cuestión de preocupación en mi trabajo clínico. Creo que el hecho de haber comenzado mi formación en el trabajo hospitalario a comienzos de los años 70, en el Hospital Nacional de Clínicas en la ciudad de Córdoba, en el Equipo de Psicopatología, en el que el psicoanálisis tenía lugar junto a una posición política, trabajar en la sala, desandando los caminos rígidos por los que había transitado teóricamente en la facultad. El hecho de enfrentarse con el dolor humano, aprendiendo que además de la escucha, de la intervención oportuna cuando aparece una formación del inconsciente, había una función acompañante muy necesaria para alguien que quizá está solo, es de otra provincia, está perdiendo el trabajo y quizá la vida en esa cama, y que era desde esa función donde era posible esa escucha y esa intervención. Cuando empecé entonces el consultorio privado ya ocupaba poco espacio lo que como formación había recibido en la facultad donde sí el encuadre -enseñado teóricamente- tenía un lugar fundamental: recibir al paciente siempre de la misma manera, sin intercambiar conversación. La disposición del mobiliario, el carácter del mismo, etc. Las entrevistas preliminares, su número, el psicodiagnóstico, etc. Luego vino el trabajo con la locura en una Colonia de las Sierras de Córdoba. Esas personas internadas allí me enseñaron, fueron mis maestros, me llevaron a investigar con ellos, a sacarme algunos corsés que me había puesto en mi paso por alguna institución formadora lacaniana. Luego continúe mi formación lacaniana en otra institución que durante un tiempo me acompañó en mis investigaciones sobre el campo de la locura y la transmisión del psicoanálisis y que no se planteaba ese tipo de encuadre. Es cierto que las instituciones psicoanalíticas se encargan muchas veces de crear por así decirlo nuevos encuadres que rigidifican el trabajo. Las lacanianas no escapan a ello. Y si uno se deja llevar a ese campo de locura no puede ir con ellas. El tema del encuadre es uno de los que recibimos en nuestra formación, es parte de la transmisión de un psicoanálisis que hace obstáculo al método psicoanalítico en el que la transferencia es su único motor. La transferencia y el acto analítico le dan la posibilidad al analista de desprenderse de la rigidificación en la que a menudo cae, normatividades técnicas, clichés, eslóganes que los analistas utilizan para ponerse lo más lejos posible de lo que la experiencia psicoanalítica en definitiva les presenta.
Estos cuestionamientos hacen que desde hace más de 15 años venga trabajando en torno a la transmisión y dentro de ello lo que recibimos y lo que muy bien podemos no aceptar recibir como formación. En ese sentido investigué la relación de Pichon Rivière con la transmisión y con la locura. Actualmente con un grupo de amigos y desde la Asociación Civil Casandra a la que pertenezco lo estamos haciendo en torno a Emilio Rodrigué. 
La viñeta clínica al ser un retazo de un caso puede o bien venir a ocupar el lugar que el autor quiere o dar lugar para que aparezca el analista con ese analizante como caso, con sus interrogantes, sus transferencias, sus metidas de pata. Quizá el comentario de mis andares psicoanalíticos sea la viñeta entonces. Sería una viñeta un poco larga de contarla en este espacio. Valga esta pequeñísima reseña
 
3-No tiene fundamentalmente ninguna relación con el psicoanálisis pensado como dispositivo a la manera en que Deleuze lo presenta como multilineal, que no forma sistema, con direcciones diferentes, siempre en desequilibrio, en el que lo que cuenta es siempre en crisis. Un dispositivo en el que lo que cuenta es el acontecimiento, en el que de sismo en sismo va a producirse un sujeto y no una determinada direccionalidad marcada de antemano.    
 
 
Lucila Edelman
Psiquiatra y Psicoanalista
Miembro del EATIP
lucyedelman [at] fibertel.com.ar
 
1-En una época en que el psicoanálisis es cuestionado fuertemente, me parece interesante una reflexión clínica sobre uno de los aspectos fuertemente cuestionados: el encuadre.
Ante la propuesta me di cuenta que el tema, permanecía relativamente mudo en mis preocupaciones clínicas desde hace tiempo y que valía la pena problematizarlo.
Parto de ubicar el encuadre como es clásico, dentro de la situación analítica, es decir, como aquello que se mantiene relativamente fijo, y que se diferencia y da marco, al proceso analítico, que por definición implica cambio, transformación.
Estas constantes implican un conjunto de acuerdos entre el analista y él o los analizandos, que garantiza un mínimo de interferencias en el trabajo analítico. Implican desde lo espacio-temporal, las interrupciones regladas, los honorarios cuando correspondan, hasta la persona real del terapeuta o coordinador, incluyendo las teorías con las cuales se maneje.
De esta manera se establecen prescripciones y prohibiciones que pueden proteger de arbitrariedades dependientes del deseo de unos u otros. El encuadre sostiene un aspecto regresivo: una cara interna en la que circula la fantasmática y un aspecto simbólico vinculado al principio de realidad.
Cualquiera que sea el dispositivo, individual, grupal, familiar, institucional, de pareja, etc., siempre hay un encuadre.
Etchegoyen señala que este marco incluye aspectos necesarios para la realización de cualquier tipo de tarea, pero que hay otras, específicas del psicoanálisis, que son las que permiten el desarrollo del proceso transferencial. Es acá donde aparece la prescripción de una alta frecuencia de sesiones como parte de la esencia del psicoanálisis, y donde podría decirse que una técnica se convirtió en teoría, y teoría rigurosamente fija.
Así, se practicó sostener un encuadre rígido, hasta el punto de una verdadera fetichización de éste. Se pretendía además la imposible supresión de todo aquello que tuviera que ver con las características del analista, que debía ser sólo una pantalla de proyección del analizando. Esta concepción iba atada a la de la neutralidad del analista.
En cuanto a esto, tengo una anécdota personal: en la AAPPG, cuando cursaba hace ya demasiados años la especialización en grupos, el horario del grupo de reflexión era inmediatamente después de un intervalo. Si no se volvía exactamente a la hora, no sólo no se podía entrar, sino que si el “indisciplinado” reiteraba esta conducta, quedaba fuera del curso. Si bien el grupo de reflexión no era una materia evaluable, como las otras, no llegar a la hora exacta, “probaba” la incapacidad para ser terapeuta de grupo, por no poder sostener el encuadre. Como esto ocurría en tiempos de la dictadura militar, es fácil ver cómo la teoría, o su aplicación práctica, nunca es independiente de los despliegues del imaginario institucional ni de las condiciones sociales.
La inmensa mayoría de los terapeutas han dejado ya hace mucho tiempo de implementar esta concepción del encuadre, si es que alguna vez la sostuvieron.
Creo que las conceptualizaciones de Bleger, constituyen un salto cualitativo que permiten otra visión: el encuadre, en tanto un conjunto de normas que se sostienen a lo largo de cierto tiempo, es equivalente a una institución, y éstas, a su vez, forman parte de la personalidad de cada sujeto. Se transfieren al encuadre los aspectos indiscriminados, que Bleger denomina psicóticos o correspondientes al no yo de la personalidad. Vincula esta concepción con su idea de los dos tipos de sociabilidad, sincrética o por interacción.
Es especialmente importante así la ubicación del encuadre psicoanalítico, como una particularidad de un fenómeno más general. La misma perspectiva con que puede ser considerada la transferencia. 
El encuadre, entonces, como ocurre con la simbiosis, es mudo, hasta que se produzcan variaciones o rupturas que actúan como desmentidas de la fusión y llevan a la producción de una crisis.
Esto es particularmente rico para la comprensión de aspectos de la relación del sujeto con los grupos e instituciones. René Käes recupera las ideas de Bleger y propone concebir al medio social como meta encuadre o metacontinente. Si la adecuada disposición del medio maternal y material es la base del sentimiento de permanencia, seguridad y continuidad del ser, este medio forma el encuadre en un sentido amplio. Desde esta perspectiva, el encuadre ofrece una equivalencia con la simbiosis original, con el objetivo en este caso de modificarla.
2-Es en el tratamiento individual donde no he encontrado en general mayores dificultades para implementar un encuadre relativamente clásico. Cuando digo relativamente me refiero a incluir en el contrato atender a situaciones de los pacientes tales como fechas de vacaciones diferentes de las mías, viajes por trabajo, etc., y no interpretarlas sistemáticamente como resistencias.
Esto implica una complejidad, ya que intenta prestar atención a la cuestión del poder del analista, y simultáneamente tener en cuenta que atrás de la más “objetiva” de las situaciones se puede jugar una resistencia.
Por otra parte los problemas sociales y económicos, han hecho que estas cuestiones sean tenidas en cuenta más acá de toda teoría. Del mismo modo, en que se disminuyó significativamente el número de sesiones consideradas necesarias, o la existencia de un tiempo fijo de duración para grupos institucionales, entre otros cambios de aquellos elementos del encuadre que anteriormente aparecían como teóricamente fundados.
Tampoco me ha resultado difícil abordar cambios de encuadre, o interpretar sus eventuales efectos, salvo mis propios cuestionamientos y temores de quedar “afuera” de la teoría. En los últimos años, en los que aparecen problemáticas narcisistas importantes, o en algunas patologías intensamente simbióticas, la dificultad me aparece en cómo terminar la sesión en el horario preestablecido. La función de corte, de discriminación, resulta difícil de ejercer. La he vivido subjetivamente como una violencia sobre mí si no la ejerzo y sobre el paciente si la ejerzo.
Cuando se trata de grupos terapéuticos, de reflexión, o con otros objetivos, la situación cambia. No es fácil modificar las variables temporo-espaciales sin producir una perturbación severa en el funcionamiento del grupo, por lo que hay que establecer estas condiciones cuidadosamente. Esto tiene relación tanto con la situación de regresión que se produce en los grupos, como con la existencia de una piel común, que nos incluye a todos.
En mi experiencia, y en general en la de todos, cualquier mínima modificación del encuadre grupal debidas a factores comunes en la vida cotidiana producen efectos mucho mayores que en los tratamientos individuales, pudiendo llegar a amenazar la continuidad del grupo.
Los integrantes de un grupo pueden utilizar la variable temporal de las sesiones como punto de referencia de ubicación en el tiempo por lo que la suspensión de una sesión puede producir una cierta confusión. También la entrada y salida de integrantes puede producir alteraciones en el grupo.
Si estas situaciones son inevitables en el trabajo en consultorio, cuánto más en las condiciones de trabajo en las instituciones, donde se puede encontrar que el lugar está ocupado, que alguien abre la puerta para hacer una consulta al terapeuta, o que directamente se han cambiado algunos de los integrantes del equipo coordinador.
Se trata entonces, por lo menos, de prestar una atención especial para poder interpretar sus efectos.
En los momentos de mayor inestabilidad macro contextuales se hace necesario sostener la estabilidad del encuadre grupal. Sin embargo, aparecen propuestas de cambiar el encuadre. Con la fantasía de acompañar el movimiento del mundo externo aparecen racionalizaciones basadas en una seudo adaptación a la realidad: disminuir la frecuencia de las sesiones, autorización para participar en algunas sesiones sí y en otras no, cuestionamientos al pago, etc. Las fallas en el continente macro social facilitan la emergencia de aspectos más narcisistas y regresivos. Esto ocurrió en el período de la hiperinflación y también durante la crisis del 2001.
Durante la hiperinflación los efectos de pérdida del meta encuadre social (vivencias de intensa angustia, desidentificación, regresiones, afectación de la autoestima, agresiones, actuaciones en las que el sujeto no se reconoce a sí mismo), me resultó preferible mantener los grupos terapéuticos sin demasiadas modificaciones de los honorarios aunque éstos llegaran a convertirse en casi simbólicos, porque de esa manera el grupo se convertía en un lugar “seguro”, a veces el único, capaz de albergar las ansiedades y vivencias de sus integrantes. Desde ya que se puede objetar esta decisión a partir de considerar que me ubicaba como alguien omnipotentemente no afectada por la realidad social, o necesitada yo misma de mantener un lugar de seguridad ilusoria. Sin embargo creo que la opción fue funcional a la continuidad de los grupos, y no resultó difícil posteriormente, ajustar los honorarios.
La cuestión en este y otros casos está a mí entender en poder tomar ciertas decisiones operativas sin desconocer los efectos que estas pueden producir.
3-Si bien los términos encuadre y dispositivo se han manejado como equivalentes, los desarrollos de Bleger, continuados por R. Kaes, hacen necesaria una diferenciación. Por lo tanto creo que un dispositivo, tal cual lo define el diccionario es un mecanismo o artificio dispuesto para producir una acción. En este caso la emergencia o acceso a determinados fenómenos, vinculados a los contenidos sobre los que se trabaja y el tipo de intervenciones de analista. Cada dispositivo permite ver con mayor o menor intensidad ciertos fenómenos. Por ejemplo los vínculos interpersonales y los aspectos transubjetivos en un grupo de reflexión, o las carcterísticas de los pactos y acuerdos que fundan y sostienen la relación de alianza en un tratamiento de pareja. Esto incluye siempre un determinado encuadre.
Me han producido un gran impacto los resultados de la implementación de dispositivos muy poco clásicos.
En Chiapas, Méjico, me encontré en una iglesia, delante de unos 20 campesinos zapatistas, para realizar un curso sobre trauma para agentes de salud. Decidí tratar de proponer algo así como un grupo de reflexión. Una catequista traducía del castellano al totzil. Empecé hablando sobre lo que le podía pasar a la gente que sufría una agresión del ejército y proponiéndoles que me contaran sus experiencias. Al rato todos participaban, y varios contaban sus sueños. ¿No era éste un dispositivo grupal psicoanalítico que permitía elaborar?
 

 

 

 
Articulo publicado en
Agosto / 2009

Boletín Topía