Abstinencia y Neutralidad | Topía

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Abstinencia y Neutralidad

 

Para profundizar esta problemática, convocamos a tres psicoanalistas para considerar la pertinencia de la neutralidad y la abstinencia en la clínica psicoanalítica.

1- ¿Cómo conceptualiza Ud. la abstinencia y la neutralidad en el tratamiento psicoanalítico?
2- ¿Que dificultades encuentra en la aplicación de estos conceptos en la clínica actual? Si lo pensamos de otra manera, ¿qué cuestiones de la práctica clínica es necesario revisar?
3- ¿Puede ejemplificar lo anterior con alguna situación clínica?

 

Abstinencia y neutralidad vs. compromiso e implicación

Abstinencia. Principio según el cual la cura psicoanalítica debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre el mínimo de satisfacciones sustitutivas de sus síntomas. Para el analista, ello implica la norma de no satisfacer las demandas del paciente ni desempeñar los papeles que éste tiende a imponerle.
Neutralidad. El analista debe ser neutral en cuanto a los valores religiosos, morales y sociales, es decir, no dirigir la cura en función de un ideal cualquiera, y abstenerse a todo consejo; neutral con respecto a las manifestaciones transferenciales... neutral en cuanto al discurso del analizado, es decir, no conceder a priori una importancia preferente, en virtud de prejuicios teóricos, a un determinado fragmento o a un determinado tipo de significaciones.
Hasta aquí las definiciones que da el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis. Con estos conceptos fuimos formados, en las décadas de los 60/70 del siglo pasado, con relación al encuadre y el manejo de la transferencia y que junto a la asociación libre del paciente y la atención flotante del terapeuta eran las reglas fundamentales de la sesión analítica. Pero tampoco no nos cabía ninguna duda que para mantener el encuadre dentro de esas reglas, el análisis personal era fundamental para nuestra formación, ya que el proceso de cura en transferencia, la comunicación de paciente-analista es de inconsciente a inconsciente. Aquellos aspectos no analizados de nuestro psiquismo funcionarían como resistencia a la escucha y nuestras interpretaciones podrían ser proyecciones de nuestros conflictos.
Freud trabajó estos conceptos fundamentalmente en los textos sobre Técnica Psicoanalítica entre 1912 y 1918. Son los años en los cuales ya había abandonado el método de la hipnosis y la sugestión y había teorizado el fenómeno de la transferencia. Pero también son los años en que comenzaba a velar por la pureza de la aplicación del psicoanálisis y las desviaciones y/o desidencias que se producían dentro del grupo de sus discípulos. Fue así que en Consejos al Médico (1912) reconoció los merecimientos a la escuela analítica de Zürich por haber establecido que “para poder practicar el psicoanálisis era condición indispensable haberse hecho analizar por una persona perita en nuestra técnica”, y en la ponencia del congreso de Budapest de 1918 develó la discusión que se sostenía con Jung con respecto a la neutralidad “rehusamos decididamente a adueñarnos del paciente que se pone en nuestras manos, a estructurar su destino, a imponerle nuestros ideales y formarle, con orgullo creador, a nuestra imagen y semejanza. Mi opinión continúa siendo muy contraria a semejante conducta, que además de transgredir los límites de nuestra actuación médica, carece de toda utilidad para la obtención de nuestro fin terapéutico” (Los caminos de la terapia psicoanalítica).
Estas controversias lo llevaron a ejercer un fuerte control sobre la difusión de sus ideas, y las expulsiones en la institución psicoanalítica fueron frecuentes. Al final de su ponencia en ese congreso expresó su anhelo de que el estado oficializara la práctica psicoanalítica para dar lugar a que las clases populares accedieran al tratamiento psicoanalítico. Allí dice: “No dudo que el acierto de nuestras hipótesis psicológicas impresionará también a los espíritus populares, pero de todos modos, habremos de buscar la expresión más sencilla y comprensible de nuestras teorías. Seguramente comprobaremos que los pobres están menos dispuestos que los ricos a renunciar a su neurosis, pues la vida dura que les espera no les ofrece atractivo alguno y la enfermedad le confiere un derecho más a la asistencia social... Asimismo en la aplicación popular de nuestros métodos habremos de mezclar quizás al oro puro el cobre de la sugestión directa, y también el influjo hipnótico pudiera volver a encontrar aquí un lugar como en el tratamiento de las neurosis de guerra. Pero, cualesquiera que sea la estructura y composición de esta psicoterapia para el pueblo, sus elementos más importantes y eficaces continuarán siendo, desde luego, los tomados del psicoanálisis propiamente dicho, riguroso y libre de toda tendencia”. (El subrayado es mío). ¡Vaya posición clasista de Freud sobre su método psicoanalítico! Estaba defendiendo las teorías y la práctica que eran su creación. Era su derecho. Pero marcó un punto político dentro de la Institución Psicoanalítica, creó la causa del psicoanálisis con sus discípulos más fieles en defensa de la pureza, el oro.
El momento más trágico de esta defensa ocurrió durante el advenimiento del nazismo.
Cuando se sanciona la ley sobre arianización de la cultura alemana por la cual se exige a las instituciones la expulsión de sus miembros judíos, Freud ordena acatarla en defensa de sus ideas. En 1937 se obliga a la Sociedad Psicoanalítica Alemana (DPG), separarse de la IPA y se crea el Instituto para la Investigación Psicológica y la Psicoterapia (llamado Instituto Göering). Böehm, presidente de DPG, se entrevista con Freud para disuadirlo de seguir con la causa en Alemania. La respuesta fue clara: “Ahora le toca a los colegas católicos defender mis ideas a costa de sacrificios, como antes lo hicieron los judíos en la defensa del templo” (Ver “Freud y el Nazismo - Religiosos y religiones del siglo XX”, Revista Topía, N° XXII). La anhelada oficialización del psicoanálisis por el estado se había concretado, trágicamente. El retrato de Freud lucía enfrente del Führer en el Instituto Göering.
¿Habrán podido ser neutrales y abstinentes los psicoanalistas alemanes con sus pacientes frente al avance arrollador del nazismo que controlaba la vida de los ciudadanos y no toleraba desvíos ideológicos, ejerciendo además una disciplina considerada judía? ¿Cómo habrán hecho para tolerar semejante mandato de defender la pureza de las ideas de Freud en ese contexto? ¿Habrán tenido miedo con sus pacientes, especialmente con los judíos? Sabemos que muchos emigraron, otros fueron víctimas del nazismo y otros fueron fieles al mandato del maestro. La Sociedad Psicoanalítica Holandesa optó por disolverse frente a la imposibilidad de ejercer la práctica en esas condiciones.
Pero sí podemos dar cuenta de los que nos ocurrió a los argentinos en las mismas condiciones durante los años de plomo, sobre todos aquéllos que habíamos tomado una posición política con relación a nuestra práctica imbricada en el campo de lo social. A continuación relataré en una viñeta clínica mis avatares como psicoanalista durante aquellos años.
María era una joven de 18 años, allá por el año 1973. Comenzaba el tratamiento en ese año. Consultaba por qué era muy tímida, le costaba articular su discurso, siempre con su cabeza gacha, hablaba en voz muy baja, casi inaudible. Esto le había traído muchos inconvenientes durante su secundario y como estaba por comenzar sus estudios universitarios en Ciencias de la Educación no quería seguir sufriendo. Pertenecía a una familia de clase media, era la menor de tres hermanas; su padre ejercía un fuerte poder sobre todo el grupo familiar. Era agresivo y explosivo sin llegar a la agresión física. Esto había provocado una fuerte alianza entre las tres hermanas y la madre, formando un grupo compacto que se defendía mutuamente. María era la que menos problemas tenía con el padre, pues era la callada y nunca le discutía. Se sentía un poco la preferida.
Con el correr del tratamiento comenzó a mejorar de sus síntomas, se afianzó en su carrera, se inició como docente, se fue a vivir con una amiga y empezó a militar políticamente en una agrupación de un sindicato docente. En 1976 la encuentro muy comprometida con su militancia, muy enfrentada su agrupación con la burocracia del gremio, fue separada de su cargo porque el director de la escuela no quería problemas y una compañera muy cercana fue detenida y puesta a disposición del Poder Ejecutivo. Nos planteamos que debíamos tomar precauciones, seguir el análisis alternando los horarios o que ella concurriera al finalizar mi jornada laboral, haciendo una contraseña con el timbre. No debía llevar agenda ni datos que nos comprometieran. Este método se sostuvo por un tiempo dado que yo tuve que cambiar de consultorio pues otra paciente había desaparecido, optamos por que concurriera alternadamente siguiendo la contraseña del timbre al final de mi trabajo y sólo cuando estuviera muy angustiada. Casi a fines del 1977 una noche escuché la contraseña, y al atenderla, sin pensarlo, le dije:
- María tengo miedo, no voy a poder seguir atendiéndola.
- Lo entiendo.
- Cuídese.
Creo que fue uno de los momentos más cruciales que pasé como psicoanalista, pensaba que había traicionado mis convicciones y había abandonado a una paciente. Luego entendí que ese miedo que había puesto en palabras abruptamente estaba reprimido y era mi límite. Por suerte al llegar la democracia encontré a María en una marcha política:
- ¿Cómo le va?, dije, pero en realidad pensé: ¡está viva!
- ¡Bien,… gracias a su miedo estoy viva!
- ¡Gracias!, al final –pensé-, lo que fue un acting, funcionó como interpretación. ¡La transferencia hace estos milagros!

 

¿Podría un psicoanalista, en nombre de la neutralidad y de la abstinencia mantenerse al margen de los acontecimientos socio-políticos? Sabemos que sí y que además afirman que ese es el oro, la pureza, el verdadero psicoanálisis. Pienso por el contrario que el mandato freudiano ha sido un obstáculo institucional que hemos debido superar para salir del dogmatismo en el cual hemos sido formados en nuestros comienzos y que quizás no haya que hacer modificaciones a los conceptos teóricos sino revisar cómo adherimos y trabajamos con ellos.

 

Alfredo Caeiro
Psicoanalista - Analista Institucional
alfredo.caeiro [at] topia.com.ar

 

 

 

1.- Por «neutralidad» usualmente se entiende la exigencia al analista de abstenerse de inculcar a los pacientes sus valores políticos, religiosos o morales, con la aclaración de que tal exigencia «no alude a la persona real del analista, sino a su función»1. Planteada así, esta exigencia es doblemente inconveniente: primero porque es imposible de cumplir y, segundo, porque la separación entre la persona real del analista y su función no es algo tan sencillo y evidente como parece serlo en, por ejemplo, un dentista.
Digo que es imposible de cumplir porque dicha exigencia tal vez pueda observarse con las sugerencias más groseras y explícitas, pero ¿acaso no transmitimos cantidad de valores de manera implícita, en cómo nos vestimos, el lugar dónde atendemos, cuánto cobramos, etc.? Para colmo, estas otras maneras, mudas e invisibles, son mucho más eficaces y dañinas, pues pasan inadvertidas y sin mayor obstáculo las prevenciones del más atento2. Reducir la exigencia de neutralidad a lo expresado de manera directa y manifiesta es, entonces, algo ajeno y hasta opuesto al espíritu del psicoanálisis. Esto conduce a la segunda objeción: la separación de la persona real del analista con su función.
Es sabido que los aparejos simbólicos que hacen posible el despliegue de la transferencia y aseguran la marcha de la cura se sostienen de la función y no de las características personales del analista. De ahí el empeño que la mayoría de los psicoanalistas pone en cuidar y sostener el “encuadre”, una de cuyas funciones es mantener fuera del alcance de los pacientes todo contacto con la vida personal del analista. Es cierto que tanto el acceso a la información personal, como el contacto frecuente por fuera de sesión, en algunos pacientes puede disparar la oportunidad de entorpecer y hasta de hacer naufragar el desarrollo de un tratamiento; pero también puede ocurrir que este cuidado puede servir de coartada perfecta para cubrir aspectos de la vida personal de los psicoanalistas que decididamente entran en conflicto con el desempeño de la función. No sería extraño constatar que para algunos psicoanalistas resultaría bastante dificultoso seguir sosteniendo su función si los pacientes conocieran un poco más de su vida personal.
¿Hay una separación absoluta entre la vida personal de un analista y el desempeño de su función? Yo creo que no. Para empezar recordemos que Freud estableció que la principal condición para ser analista es haber realizado un extenso análisis. Y todo análisis siempre es personal. Esto posibilita liquidar represiones y acceder a una nueva disposición deseante. Esto, que dicho así suena teórico, tiene sin embargo traducción directa en la vida cotidiana. Por ejemplo: ¿puede ser buen psicoanalista quien sueña con llegar a tener una casa en Cariló y una lujosa camioneta 4x4? ¿Da lo mismo ver el mundo y vivir la vida desde el cinismo posmoderno que desde las 20 verdades de la doctrina peronista? ¿Da lo mismo considerar a la praxis psicoanalítica como un medio de ganarse la vida, como una profesión liberal, o bien considerarla una praxis revolucionaria o un apostolado por la verdad?
No podemos ser neutrales. La misma idea y exigencia de neutralidad ya no es neutral. La pretensión de estar más allá de las ideologías en verdad es una ilusión pues, por más que nos obstinemos en negarlo, no podemos dejar de encarnar y transmitir una ideología, si por ideología entendemos no meramente una sistema consciente de representaciones (cosmovisión) sino una forma concreta de vivir. La tarea, entonces, no consiste en alcanzar un grado de supuesta objetividad y neutralidad que esté más allá de toda duda y parcialidad, sino en que, aceptando que encarnamos posiciones diferentes a otros, podamos mantenernos abiertos en constante revisión, elaboración y decisión de nuestro propio lugar.

 

2.- Es necesario revisar el concepto «abstinencia» del analista, especialmente la idea tan extendida y arraigada de la supuesta necesidad de mantener la ya mencionada separación tan tajante entre la función y la vida personal del analista, separación que la mayoría de las veces se confunde con mantener una «distancia operativa». Esta separación tajante puede ser necesaria y operativa en muchos casos y momentos en los tratamientos con neuróticos, pero es totalmente inoperante en el tratamiento con psicóticos y borderlines, y en el tratamiento con neuróticos, en muchos casos y momentos, también se vuelve un obstáculo.
Este no es un asunto que teóricamente se piense mucho (en realidad casi no se lo piensa), y cuando se impone decir algo al respecto, es rápidamente despachado con la repetición de un dogmatismo ramplón y osificado. Por el lado práctico la cosa no mejora nada, pues la separación de la función y de la vida personal del analista se sostiene más como un ritual obvio y sin alma, como ya establecido para siempre (como tantos otros: el uso del diván, el tiempo de sesión, etc.), que de una manera espontánea y creativa. Se ha llegado a tal punto de vaciamiento conceptual que la propia seriedad del psicoanalista se identifica con la exactitud en la repetición meticulosa de estos mecanismos burocratizados, cuando en realidad funcionan exactamente a la inversa, como armadura protectora contra la angustia que emerge cuando el analista debe sostener su función no desde ceremoniales estereotipados sino desde su propia praxis deseante.
Como decía, el psicoanálisis con psicóticos y borderlines se hace imposible si se mantiene esta separación de manera tajante, al punto de volverse artificiosa y forzada no sólo a los ojos del paciente sino a los de cualquiera que mire de manera espontánea y natural. En estos tratamientos, los avatares del devenir deseante de los pacientes no circulan por los carriles simbólicos como en los neuróticos, sino que se juegan en el entresijo de las relaciones actuales de todo tipo: personales, familiares, sociales, terapéuticas, etc. Por esta razón, o se supera la oposición entre vida personal y función analítica, o no es posible sostener la función de analista desde la misma praxis psicoanalítica, es decir, desde un lugar que no delegue la responsabilidad terapéutica en ningún otro lado, ya sea en una maquinaria institucional manicomial (pública o privada) como en el escudo burocratizado del “encuadre”. Y en esto no se debe andar con vueltas: si los psicoanalistas no damos un paso adelante y nos hacemos cargo de alojar actualmente al psicótico o borderline en nuestro dispositivo, lo que hacemos en verdad es entregarlos atados de pies y manos a la psiquiatría más retrógrada, por mucho que nos pese y por más que despotriquemos contra ella.

 

3.- Hace dos meses comencé a atender un muchacho de 23 años, último de 9 hijos de una familia campesina pobre del interior. Cuando nació, en un crudo invierno, fue dejado desnudo durante horas sobre una piedra para que muriera. Pero sobrevivió. Desde que tiene dos años vive en Buenos Aires con la mayor de sus hermanas, a quien llama “mi vieja”. A duras penas terminó el colegio primario y después pasó su corta vida atrincherado en su casa. Desde los 12 años realiza rituales que le insumen varias horas por día. No tuvo ni tiene amigos, y la relación con su familia (la “vieja”, su esposo y un hijo de 16 años) es pobre y superficial. Nunca hizo una consulta. Pocos meses atrás comenzó a trabajar en un delivery de pizzería; conoció una chica, se enamoró y no fue correspondido. Esto lo devastó. A raíz de ello hizo un intento de suicidio, colgándose de una viga del techo; pero la poca altura y el perro de la casa, quien dio aviso, frustraron el intento. A pesar del fracaso, siguió sosteniendo la idea de matarse. En ese momento recién había transcurrido un mes de tratamiento y, ante el evidente riesgo, con la psiquiatra del equipo3 consideramos la alternativa de internarlo. Así se hubiera procedido de acuerdo a las exigencias médico-legales vigentes y resguardado jurídicamente el accionar profesional, pero ¿qué ganaba el paciente con ello? En verdad casi nada, pues habría salido a los pocos días en peor situación de la que ya estaba. La internación garantizaba que no se matara por medio de una maniobra puramente mecánica y, además, momentánea. ¿Y después?
En estos casos se hace imprescindible establecer con el paciente un vínculo lo más rápido, fuerte y estrecho posible, un vínculo terapéutico que le ofrezca hospitalidad y un alojamiento efectivo en el mundo, para recién después ver cómo seguir construyendo y desplegar su forma de estar en el mundo. Hay que ponerse a disposición del paciente. El intento de ahorcamiento lo hizo un viernes por la tarde. De inmediato me llama la “vieja”. Suspendo consultas programadas y voy a su casa para acompañarlo y evaluar la situación. Percibo que el intento en verdad es una puesta a prueba de cuál es mi relación con él. Le planteo que debo seguir atendiendo, pero que me llame cuando lo necesite y que nos podemos ver en cualquier momento. Durante ese fin de semana hablamos varias veces y el sábado a la noche, en medio de una leve crisis, fuimos a comer un choripán a la Costanera sur y a hablar de lo que le estaba pasando: veintitrés años encerrado y, cuando comienza a salir, pasan cosas, buenas y malas, dolorosas y lindas, etc.; que en realidad no viene viviendo, que no le queda otra que enfrentar la vida o matarse; que matarse sin haber intentado nunca vivir en serio más que una cobardía es una zonzera. Durante la semana siguiente nos vimos varias veces y hablamos mucho más; comenzó a frecuentar todas las tardes LA PUERTA, se acercó a otros pacientes que frecuentan el lugar y se hizo habitué del Club de Salud. A los quince días podía verse que el vínculo buscado se había establecido, la “vieja” lo apoyaba de manera firme y cariñosa y yo quedaba como figura paterna sustituta. De ahí en más comenzaba otra etapa del tratamiento, de análisis de las posibilidades, límites y conflictos que se despliegan a partir de esta situación. Pero eso ya es otro capítulo.

 

Héctor Fenoglio
Psicoanalista. Director del Centro de Pensamiento, Arte y Salud, “La Puerta”
hector.fenoglio [at] centrolapuerta.com.ar

 

Notas

1  J.LAPLANCHE, J-B PONTALIS, Diccionario de psicoanálisis, Ed. Labor.
2  ¿Estos gestos y formas de ser, forman parte de la comunicación inconsciente? De ser así, estaríamos concibiendo lo inconsciente de una manera que no se reduciría a lo intrapsíquico individual sino de otra que contempla lo reprimido y renegado socialmente.
3  El dispositivo analítico para el trabajo con crisis, psicosis y otras perturbaciones severas no es posible si no se realiza desde un equipo interdisciplinario. Desde hace muchos años coordino un equipo que incluye psicoanalistas, psiquiatras, psicólogos sociales y acompañantes terapéuticos, y desde el 2007 dirijo el Centro de pensamiento, arte y salud LA PUERTA, donde también funciona un Hospital de Día y un Club de Salud, además de diversos talleres, cursos y espacios de pensamiento y arte a los pueden asistir los pacientes.

 

La teoría y la clínica

Neutralidad y abstinencia son conceptos que en las prácticas disciplinarias se asocian a la objetividad de las ciencias. La neutralidad indica la suposición de un conflicto ajeno al investigador en el que no se toma partido. La abstinencia no deja emerger un impulso de intervención que en él pugna por salir. En la actualidad, se ha instalado un debate sobre estos conceptos en todas las disciplinas. Veamos algunas razones.

 

1- La objetividad de las ciencias

La neutralidad y la abstinencia parecen ser dos rasgos generales extendidos entre las disciplinas con pretensión de cientificidad. Sin embargo, el siglo XX dio por tierra con la objetividad absoluta no sólo de las nuevas disciplinas sino que también con la de aquéllas que ya habían sido construidas1. Este hecho se verificó en las ciencias “blandas” y también en la física y en las matemáticas.
También es cierto que cada doctrina plantea y configura los problemas de un modo específico. Al respecto dice Mandelbrot: “no hay una base universal independiente de la naturaleza del problema y de la manera de abordarlo”2.
Mediante hipótesis generales, las teorías definen problemas sobre los que operan. Configuran fenómenos, los hacen representables y controlables nombrándolos, y describen sus movimientos particulares y relevantes. Una vez representados y definidos, se los produce y se los trata como objetos de la realidad. De este modo poseen inserción social. En consecuencia, la práctica se atiene al cuerpo teórico pero el operador necesita un dispositivo que lo sostenga y posibilite sus intervenciones. Es allí donde –se cree¬– tienen lugar la neutralidad y la abstinencia. Veamos el caso del Psicoanálisis.
En los tiempos de su invención, nuestra doctrina fue considerada revolucionaria en virtud de su poder de intervención. La eficacia de los métodos utilizados por los poderes políticos y religiosos para ejercer el dominio de “las almas” y sostenerse en el tiempo, requirió la internalización de las concepciones dominantes sobre la naturaleza del alma como una entidad casta y pura. Una vez introyectada esta representación, resultó difícil para el sujeto sufriente percatarse del origen, de la fuente y de los efectos de este sufrimiento. Así, internalizando las concepciones dominantes se lograba que los sujetos necesitaran defenderse de los propios deseos adversos a las concepciones impuestas por los poderes (sean éstos familiares o sociales). En este sentido, las representaciones y las defensas -represiones- frente a ellas fueron solidarias.
Las nociones acerca del ser humano que el Psicoanálisis propuso cuestionaron las concepciones que los poderes hegemónicos sostenían. Su tópico esencial aludía a la impureza inherente al ser humano que incluía la sexualidad infantil y la agresividad. Asimismo, señalaba la imposición social de coartar sus manifestaciones.
El lema de volver consciente lo inconsciente resultó ser un motivo de liberación de la enfermedad mental. Así, el Psicoanálisis promovió el ejercicio de la observación y el pensamiento sobre las defensas singulares frente a las finalidades ocultas de lo instituido como poder represor. Diríamos entonces, que la razón sustancial del escándalo que produjo la irrupción de la disciplina psicoanalítica fue que su práctica disputó el terreno que usufructuaban los poderes instituidos por la cultura de su tiempo con el sentido de percatarse de los efectos que estos poderes producían. Tanto el cuerpo teórico como el despliegue en acto de la enfermedad psíquica considerada como un padecimiento tratable –precisamente en virtud de las razones que la producían–, atacaron el corazón del sostén ideológico y práctico en el que se asociaban la religión, la política y la medicina3. Oponiéndose a las realidades representadas por el Psicoanálisis, el conjunto de estas instituciones trató de impedir su adopción social.

 

2- La abstinencia

Como consecuencia de la relativización de la objetividad, la subjetividad de los científicos tomó relevancia. Este hecho tiene una fuerte expresión en el movimiento psicoanalítico encarnado en la corriente intersubjetivista4. Si bien parte de la corriente kohutiana, el intersubjetivismo se ha apartado de ella en forma sustancial. Esta tendencia del movimiento psicoanalítico se asienta en la noción de interacción paciente-analista. Afirma que no hay consistencia epistemológica en los conceptos que se basan en relaciones sin interacciones. En el tratamiento, la interacción se da entre dos personas cada uno con su patrón subjetivo de organización e interpretación de la experiencia. Sostiene que las interacciones son las que fundan el proceso psicoanalítico. Lo esencial para construir una subjetividad consistente es la respuesta empática de los padres, o del analista en el proceso psicoanalítico. Así, los conflictos con las pulsiones sexuales y destructivas son secundarios en la construcción de la subjetividad pues ésta se monta primordialmente en la empatía de los padres. Asimismo sostiene que la neutralidad y la búsqueda de la verdad son ilusorias.
Contrarios a esta corriente, existen analistas que previenen que desde la posición intersubjetivista el terapeuta puede deslizarse hacia las confesiones/actuaciones contratransferenciales y romper con la abstinencia.
Killingmo sostiene una posición que compartimos aquí. Según este autor, la regla de abstinencia funciona como advertencia en el marco de la transferencia. La coloca sobre tres pilares: las pulsiones (consideración económica); la causalidad (noción de conflicto y sus raíces infantiles) y la meta del tratamiento: diferenciar la satisfacción real de la sustitutiva (principio de realidad regulando el principio de placer). Señala que los desarrollos del Psicoanálisis identifican dos tipos de motivaciones: las necesidades pulsionales y las relacionales. Siguiendo con la atención puesta en los impulsos y fantasías como motivadoras de la vida, sostiene la idea de liberación. Sin embargo, bajo la configuración conceptual de déficit incorpora la idea de reparación, y de este modo incluye la regla de abstinencia en un contexto más amplio. Killingmo agrega que la denominación de “abstinencia” puede resultar confusa pues se trata de un principio general básico usado como posición estratégica y no de conductas reales ni de normas que regulan el comportamiento emocional con el paciente. Sostiene que si un patrón patológico no deriva de una forma primaria del conflicto sino de un daño estructural producido por el entorno, lo que el analista señala es la interpretación que el sujeto hace del daño: la intervención analítica examina fantasías y devela resistencias pues su objetivo trata de la transformación estructural de los traumas originales en la transferencia. Satisfacer necesidades da lugar al miedo del paciente a la propia omnipotencia.
El principio de abstinencia ampara al analista de la actuación: la sesión es una metasituación social que produce una realidad en un marco distinto del de la vida cotidiana del paciente y con otros objetivos para las mismas necesidades. Entre un observador clásico y la posición de la corriente intersubjetivista extrema, para Killingmo son más necesarias que nunca las ideas comprendidas en el principio de abstinencia, porque transmiten la complejidad de la cura. En este marco, propone la interpretación afirmativa como técnica de intervención. Se trata de una intervención que legitima las necesidades del paciente a través de la comprensión de su sufrimiento y rompe su aislamiento afectivo [Levinton; 2002]5.

 

3- El cambio histórico postfordista. La neutralidad, la abstinencia y el psicoanalista

No enumeraremos aquí los múltiples atravesamientos que se producen contemporáneamente en un sujeto. Existe abundante bibliografía que se ocupa de caracterizar estos fenómenos. Nos restringimos a plantear el interrogante clínico a través de un breve ejemplo:
Aunque sobresale en la empresa, G está aterrorizado. A fin de año le exigen evaluarse por lo que ha rendido y establecer objetivos nuevos para el año siguiente, para entonces volver a calificarse (hablar inglés con mayor fluidez; aprender las tareas de otros sectores; estudiar idiomas; competir deportivamente con otras empresas, etc.). La lista de objetivos crece y la misión tiende a volverse imposible. Pero G no lo advierte, como tampoco advierte la trampa en la que quedó encerrado: si en su autoevaluación se muestra satisfecho con su rendimiento, se entenderá que ya no tiene ambiciones y su presencia puede resultar indiferente para la empresa. Si en cambio incluye cada vez más objetivos para el año siguiente, los deberá cumplir. Sólo teme ser “el despedido”, la persona de la que la empresa prescinde todos los fines de año. Su madre fue mucama, aunque el padre tenía una posición económica ventajosa. Pero a ella y a sus hijos (G y su hermana) los dejó en la indigencia.
¿Cómo interviene un analista? ¿Desde la culpa edípica (señalándole a G que supone un deber el hecho de entregarse al discurso hegemónico de la empresa como al del padre)? Si se ha detectado que el contexto produce pánico [Zelcer; 2002], ¿cabe señalar esta condición en el marco de un proceso psicoanalítico?
La “situación analítica” [Bleger; 1967] comprende todos los fenómenos de la sesión. Ahora bien, la mayor peculiaridad del método reside en que para el proceso de la cura el analista es a la vez el instrumento evaluador de los dinamismos en juego y el implementador de la intervención. Como instrumento, cada analista se construye en función de lo que quiere medir o ejecutar y opera responsablemente. Vibra y registra según su construcción, y este hecho implica ya un procedimiento
Nuestra construcción instrumental tiene por objeto afrontar el exceso de sufrimiento. Para el trabajo terapéutico el psicoanalista se instrumentaliza para identificar lo nocivo, sus efectos y los psicodinamismos que se ponen en juego. Así, no sólo en su análisis y en sus supervisiones se concibe un analista: si el contexto sociocultural ha cambiado, debemos entonces observar los efectos psíquicos que los poderes actuales buscan producir sobre los sujetos singulares; reconocer los dispositivos que utilizan y explorar las reacciones psíquicas de la subjetividad contemporánea hacia todo ello
Si hoy la neutralidad está en problemas es porque el suelo social sacudió al ciudadano de antaño y este cambio histórico obliga a una observación de las subjetividades contemporáneas para habitar creativamente la precariedad del contexto cultural. A partir de esta observación se decidirá si pueden ser tratadas de igual manera que las del ciudadano moderno. Sin identificar los nuevos fenómenos será imposible advenir a la posición analítica frente a las configuraciones psíquicas que las nuevas condiciones producen.
Los actuales fenómenos culturales son evanescentes e impactan por su novedad. ¿Cómo se logra que una intervención esté referida a la teoría y que no sea formulada desde un impulso personal y reivindicativo? Si las representaciones sobre la contemporaneidad son consensuadas y teorizadas por el conjunto de grupos psicoanalíticos armando “máquinas de pensar”6 y agenciamientos colectivos; si estas asociaciones continúan con el vigor psicoanalítico de configurar lo invisible advirtiendo no sólo los psicodinamismos singulares sino también los efectos que produce el conjunto de ideas y prácticas sociales relacionadas con la administración y el gobierno de “las almas”, recién entonces la intervención singular se sostendrá ideológica y comunitariamente. Sólo de este modo, el momento de la intervención particular podrá continuar siendo considerado abstinente.
De esta manera, el analista deberá seguir en constante construcción, deconstrucción y nueva construcción: se trabaja, se dosifica y se regula para la expansión de la teoría y el cuidado del analizando. Así como éste va decidiendo su orientación frente a sus descubrimientos, del mismo modo cada analista decide cómo intervenir con lo que, pensado psicoanalíticamente, descubre del campo contextual. También él debe operar interviniendo sobre sí mismo frente a la repetición habitando las condiciones de su tiempo.

 

Mirta Zelcer
Psicoanalista
zelcer [at] einstein.com.ar

 

Bibliografía

Levinton, Nora, autora de la reseña en Aperturas Psicoanalíticas - Revista de Psicoanálisis, “La regla de abstinencia revisada”, Artículo: Bjorn Killingm, Julio 2002, No.11. Disponible en Internet: http://www.aperturas.org - [consulta: 20/12/2007].
Bleger, José, Simbiosis y ambigüedad, cap. 6, Paidós, Buenos Aires, 1967.
Freud, Sigmund, Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, T. XII, Amorrortu editores, Bs. As., 1986.
Zelcer, Mirta, “Subjetividades y Actualidad”, Revista Topía Nº 35, Agosto, 2002. Versión ampliada disponible en Internet: http://www.topia.com.ar/articulos/35-zelcer.htm

 

Notas

1  Respecto de la objetividad de las ciencias duras, el matemático Mandelbrot afirma: “el concepto aparentemente inofensivo de la extensión longitudinal geográfica no es del todo ‘objetivo’, ni lo ha sido jamás. El observador interviene en su definición de manera inevitable.” Los objetos fractales, Tusquets editores, Barcelona, 1988, Pág. 29.
2  Mandelbrot, B., Ibid.
3  Si entendemos por política el conjunto de ideas y prácticas sociales relacionadas con la administración del poder en las organizaciones, podríamos decir que, sin advertirlo, la creación del Psicoanálisis tomó una posición política en la sociedad de su tiempo.
4  El intersubjetivismo o “escuela intersubjetiva” se usa exclusivamente para referirse al grupo de Stolorow, Atwood y Orange.
5  La autora reseña el artículo “La regla de abstinencia revisada” de Killingmo.
6  El concepto de “máquinas de pensar” fue desarrollado por Deleuze y Guattari. En él incluyen, junto la noción de deseo descrito por Freud, el análisis de la máquina social. El deseo no puede tener lugar sin la máquina social, y viceversa. Más que como carencia, estos autores afirman el concepto de deseo como afecto activo y productor de objetos. Desear es –y sirve para– producir realidad.
 

 
Articulo publicado en
Abril / 2008

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