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Del encuadre de Procusto a los dispositivos psicoanalíticos

 

El encuadre percibido como un conjunto de leyes cuyo cumplimiento es suministro superyoico de respetabilidad y prestigio profesional, y cuyo abandono -aun no arbitrario- adquiere un sentido contrario, favorece que el analista lo utilice espuriamente, proyectando en el mismo sus propias limitaciones.

 “Extrapolación del encuadre analítico en el nivel institucional: su utilización ideológica y su ideologización”

Fernando Ulloa, 1971

 
 
  El encuadre o setting genera controversias en los psicoanalistas. No figura en ningún diccionario de psicoanálisis, pero hay mucho escrito sobre el tema.[1] Suele definirse como el marco en el cual se produce el análisis. Sus constantes, muchas veces asimiladas a las “reglas de juego”, incluyen el espacio de trabajo, el uso del diván, los horarios, frecuencia y duración de sesiones, interrupciones, la cuestión del pago y el rol del analista. Algunas de estas reglas se formulan explícitamente mientras que otras nunca se comunican y forman parte de los ritos propios de cada análisis.

Los desarrollos actuales suelen resaltar el aspecto interno del encuadre, teorizando sobre “encuadre interno” y la “actitud analítica”. Para ello acentúan el rol del analista como sostén de las reglas de juego externas para no quedar preso de rituales vacíos de sentido.

Algunos de quienes siguen a Lacan desestiman al encuadre al homologarlo a su derivado externo, conductual y contractual, acusándolo de una rigidez obsesiva. Desde esta perspectiva lo central es el discurso, y por lo tanto, la única regla es la regla fundamental (la asociación libre y atención flotante), el resto no tiene importancia. Sin embargo, muchos continuadores de Lacan establecen algunas reglas básicas para el trabajo analítico.[2]
En la mayoría de “los psicoanálisis” de hoy sigue habiendo un acuerdo básico implícito: existe un solo modelo de trabajo psicoanalítico. Puede haber variaciones en el “caso por caso”, pero que no deben distanciarse demasiado de la foto -bien “encuadrada”- del analista en el sillón, paciente en el diván, sosteniendo una cura por la palabra.
Esta perspectiva hegemónica soslaya dos cuestiones fundamentales:
1- Se propone al análisis como una esencia y no en una praxis social, histórica, económica y política. Convertir al análisis en una esencia ahistórica con la coartada de que trabajamos con un inconsciente ahistórico y atemporal es como mínimo una generalización abusiva. De ese modo, el dispositivo analítico “clásico” tendría que perpetuarse en el tiempo porque son las mejores condiciones de emergencia y de trabajo con lo inconsciente. Esta perspectiva es reduccionista. No toma en cuenta la complejidad de la subjetividad, y ni siquiera la complejidad del aparato psíquico[3].
Por lo contrario, si el análisis es una praxis social e histórica, esto implica modificaciones, ya que no encontramos la misma subjetividad en distintos momentos históricos, en distintas sociedades y clases sociales.
Vayamos a la historia. Freud empezó con seis sesiones semanales y sus análisis duraban casi dos años. Pero nos alertaba acerca de su trabajo: “he decantado las reglas técnicas que propongo aquí de mi experiencia de años, tras desistir, por propio escarmiento, de otros caminos... Pero estoy obligado a decir expresamente que esta técnica ha resultado la única adecuada para mi individualidad; no me atrevo a poner en entredicho que una personalidad médica de muy diversa constitución pueda ser esforzada a preferir otra actitud frente a los enfermos y a las tareas por solucionar.”[4]
Si Freud mismo intentó diversos caminos para constituir una técnica y nunca utilizó una técnica “clásica”[5], ¿qué fue lo que la produjo y sostiene? Una institucionalización del psicoanálisis llevó a formular un encuadre rigidizante no sólo para los pacientes, sino para la formación de analistas a lo largo del siglo XX.
Un ejemplo de esto lo podemos ver en José Bleger y una polémica posterior.
Bleger, en “Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico”, no define el encuadre psicoanalítico.[6] Lo da como un hecho y en el texto lo analiza como una institución. Hay un solo encuadre porque hay una sola técnica psicoanalítica. Un encuadre que sostiene una técnica y una sola forma de hacer psicoanálisis. Un modelo cientificista y aséptico: un análisis de varias veces por semana en diván con el mandato a un paciente individual que asociaba libremente en el diván y un analista espejo en atención flotante. Todo lo que saliera de dicho esquema era una “ruptura del encuadre”. Si desde el vamos no cumplía las constantes del encuadre ya era nominada como la hija natural despreciada de la praxis psicoanalítica: la “psicoterapia psicoanalítica”. Y si el analista insistía en llamarlo psicoanálisis era un “psicoanalista silvestre”.
La polémica que mantuvo Ricardo Malfé con León Ostrov por 1970 en las páginas de la Revista Argentina de Psicología nos muestra cómo se respondió a la crítica del modelo “oficial”. Malfé cuestionaba un texto de Ostrov sobre los aspectos ideológicos y técnicos de dicho tipo de psicoanálisis con un único encuadre. Para ello Malfé utilizaba la lectura institucional del encuadre propuesta por Bleger, al afirmar que “la concepción del mundo, del hombre y la vida social y el sistema de valores del analista concurren a determinar la configuración instituida de regularidades in-formativas del proceso analítico a la que se suele dar el nombre de encuadre.”[7] Entonces, avanzaba: dichas “reglas de juego” podían jugar resistencialmente en el análisis y era necesaria la flexibilidad del mismo en función del propio proceso analítico. Ostrov, en su respuesta, era contundente: “los excesos que tientan a Malfé: apoyar sus argumentaciones en situaciones presuntamente analíticas, pero que evidencian precisamente el desvío, o desconocimiento de lo que en principio, todo analista ‘oficial’ sabe. Son ejemplos, en el mejor de los casos, de psicoanálisis silvestre.”[8]
Estos fueron y son los mecanismos de poder para intentar preservar un solo encuadre psicoanalítico a lo largo del tiempo: desvalorizar y acusar a todo cambio. Hasta Jean Laplanche años después sentenciaba: “toda acción sobre el encuadre constituye un acting out del analista.”[9]
Pero si cambiaron los tiempos históricos, cambió la subjetividad... ¿cómo no cambiar una praxis como la psicoanalítica y su encuadre cuando es parte de esta sociedad y no está por fuera de la historia y la cultura? Sostener la permanencia sólo se fundamenta en preservar la institución psicoanalítica y sus rituales y no al psicoanálisis como un método terapéutico vivo.
 
2- Una segunda cuestión es primordialmente clínica y terapéutica. Desde los tiempos de Freud los primeros analistas debatían cómo construir encuadres. Algunos, como Ernest Jones y Max Eitingon intentaron organizar una “iglesia” internacional con sus rituales, entre ellos un encuadre “procustiano” a repetir estirando a algunos pacientes, cortándole los pies a otros, o bien, declarándolos inanalizables. Otros, a partir de Sándor Ferenczi, intentaron tomar el desafío de avanzar en las dificultades clínicas y proponer lo que hoy llamamos diferentes “dispositivos” para distintas situaciones clínicas.
El propio Freud, según el momento, brindaba sus apoyos a un lado y al otro.
El ejemplo de mayor apoyo de Freud a pensar distintos dispositivos fue considerar la posibilidad de la actividad del analista, tomando las ideas de Ferenczi, en casos graves de fobias y neurosis obsesivas en Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica (1918).Aunque Freud y el propio Ferenczi criticaron luego la cuestión de la “técnica activa”, es necesario resaltar la búsqueda clínica de los caminos terapéuticos más adecuados para la situación y la patología de quien consulta. El propio Ferenczi, en 1928, propuso en este sentido el principio de la “elasticidad de la técnica psicoanalítica” según el caso y la situación.[10]
A partir de entonces, toda variación del encuadre institucionalizado, llamada a gritos por la psicopatología y las situaciones clínicas tuvo dos caminos. Desautorizar al analista, si continuaba llamando a eso psicoanálisis, o bien denominarlo “psicoterapia psicoanalítica” (así se preservaba tanto a la institución psicoanalítica, sus ideas, y a sí mismo).
El ejemplo más conocido de lo primero fue lo sucedido con Lacan y la IPA con sus sesiones de tiempo variable, aunque finalmente con la creación de su propia escuela, se terminó aceptando que también era psicoanálisis.
Pero hay múltiples ejemplos de lo segundo. Frieda Fromm Reichmann decidió denominar “psicoterapia intensiva” al psicoanálisis con pacientes internados. Toda intervención de psicoanalista con grupos se denominó “psicoterapia (psicoanalítica) de/en grupo”, “grupoanálisis”, etc. Toda intervención psicoanalítica que tuviera limitados los tiempos se denominó “psicoterapia”, “psicoterapia focal”, etc. Y así se podría continuar con los ejemplos.
Si las situaciones clínicas y los diagnósticos varían, es necesario considerar qué dispositivo psicoanalítico es el más pertinente para dicha persona en dicho momento.
 
Aquí la palabra clave es dispositivo psicoanalítico. Si el encuadre son las reglas necesarias para un trabajo analítico, el dispositivo lo incluye, ya que es un artificio que propicia “poner en evidencia modos de funcionamiento de la psique que difícilmente se movilizarían en un análisis clásico.”[11] Para ello, como psicoanalista, es necesario afinar los diagnósticos clínicos y de situación para evaluar la pertinencia del dispositivo psicoanalítico a implementar en cada caso a través de una serie de entrevistas. La instalación del dispositivo implica siempre el establecimiento de ese marco que es el encuadre, que a la vez da las condiciones de posibilidad de funcionamiento del espacio analítico.
Cualquier psicoanalista sabe que no es lo mismo trabajar con pacientes de distintas edades; situaciones de crisis; pacientes límite; pacientes psicóticos; caracteropatías; y hasta distintas clases de neurosis. Tampoco es lo mismo si se trabaja en distintos lugares o situaciones (grandes o pequeñas ciudades, en consultorios o instituciones privadas, hospitales públicos u obras sociales). En muchas situaciones es necesario incluir el trabajo no sólo con familiares o amigos, sino también en equipo de trabajo cuando hay tratamientos mixtos o se trabaja en instituciones, lo que sigue siendo renegado por muchos psicoanalistas hasta hoy. En cada caso es necesario ver la posibilidad (o no) de organizar dispositivos psicoanalíticos pertinentes a cada caso y situación. Muchas veces esto se hace silenciosamente sin interrogar las propias teorías. Porque estas cuestiones parecieran complicar el panorama para los psicoanalistas. La tentación de encontrar un único encuadre o una única regla es muy fuerte. Esto lleva a reducir el análisis a la repetición de un rito o bien a sacralizar una única regla fundamental. El resto serían desviaciones necesarias en algunos casos que no ponen en cuestión el dogma.
El desafío complejo es trabajar psicoanalíticamente con la subjetividad hoy. Los sufrimientos de la subjetividad actual no se acomodan en el diván de Procusto. Parafraseando a Fernando Ulloa, nuestro desafío consiste en dejar de practicar teorías y repetir encuadres para teorizar las nuevas prácticas que dan respuestas pertinentes a los padecimientos específicos de los tiempos que corren.
Freud no hizo otra cosa hace un siglo.

 

Alejandro Vainer
Psicoanalista
alejandro.vainer [at] topia.com.ar

  

Notas
 
[1] Encontramos la historia y actualidad del concepto en algunos “manuales” sobre técnica psicoanalítica: Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (1986) de Horacio Etchegoyen y Teoría y práctica del psicoanálisis (1989) de Helmut Thoma y Horst Kachele.
[2] Bruce Fink, lacaniano de orientación milleriana, no lo menciona explícitamente, pero señala la necesidad de una “pedagogía psicoanalítica” en las primeras entrevistas para que el paciente aprenda el juego del análisis. Además incluye reglas precisas sobre los horarios, los cambios de sesiones y el tiempo variable. O sea, configura un encuadre aunque no lo llame de dicha manera. Fink, Bruce, Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano. Teoría y Técnica, Ed. Gedisa, Barcelona, 2007. Desde otra perspectiva, también lacaniana, Sergio Rodríguez, afirma, “no propongo automáticamente entrar a un análisis personal, tampoco de un grupo, familia o pareja. Mucho menos un encuadre que vaya mucho más allá de acordar honorarios y asociación libre. Incluso en medio de un análisis, puede ocurrir que decida hacer ingresar con autorización previa del consultante, al consultorio a otra persona o personas por alguna razón en particular.”, Rodríguez, Sergio, “¿Etiquetas, encuadres rígidos? ¿O, lógica psicoanalítica?”, en Psyche Navegante Nº 86, www.psyche-navegante.com
[3] Para una crítica de los modelos reduccionistas y la cuestión de la complejidad del aparato psíquico, Bleichmar, Hugo, Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una teoría de intervenciones específicas, Ed. Paidós, Bs. As., 2005. Para la cuestión de la diferencia entre aparato psíquico y subjetividad, Vainer, Alejandro, “Introducción”, en A la izquierda de Freud,Ed. Topía, Bs. As., 2009.
[4] Freud, Sigmund, “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (1912), en Obras Completas, Amorrortu Editores, Vol. XII, Bs. As., 1979.
[5] Roazen, Paul, Cómo trabajaba Freud,Paidós, Bs. As., 1998.
[6] Bleger, José, “Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico”, en Simbiosis y ambigüedad, Paidós, Bs. As., 1967.
[7] Malfé, Ricardo, “Consideraciones críticas sobre aspectos ideológicos y técnicos de la práctica psicoanalítica habitual”, en Revista Argentina de Psicología, Nº4, Bs. As., junio de 1970, págs. 40-41.
[8] Ostrov, León, “Apuntes sobre el artículo de Ricardo Malfé con motivo del mío”, en Revista Argentina de Psicología, Nº5, Bs. As., setiembre de 1970.
[9] Laplanche, Jean, “El psicoanalista y su cubeta”, en Trabajo del Psicoanálisis, Vol. 1, México, 1982, pág. 143.
[10] Ferenczi, Sándor, “La elasticidad de la técnica psicoanalítica”, en Problemas y métodos del psicoanálisis, Ed. Hormé, Bs. As., 1966.
[11] Carpintero, Enrique, Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos, Ed. Topía, Bs. As., 1999, pág. 205.
 
Articulo publicado en
Agosto / 2009

Boletín Topía