Los desafíos de la izquierda en un mundo convulso | Topía

Top Menu

Titulo

Los desafíos de la izquierda en un mundo convulso

 

Se encontraron en la arena  /  los dos gallos frente a frente.
El gallo negro era grande,  / pero el rojo era valiente.

(Canción de la Guerra civil española)

En un escenario global cada vez más convulsionado, se agradece la propuesta de Topía para pensar colectivamente los desafíos que tenemos en la izquierda hoy. Tomo la posta que deja el texto de Eduardo Grüner, que invito desde aquí a leer, si no lo han hecho ya. Y retomo la sugerencia del autor acerca de que el uso (y abuso) del término comunismo por parte de las nuevas derechas, puede ser un síntoma. ¿De qué cosa? ¿A qué le temen?

El desafío, en todo caso, sigue siendo cómo esas movilizaciones pueden generalizarse y pasar a la ofensiva, articulando una fuerza capaz de derrotar a los capitalistas.

Lo que parece claro es que están quedando atrás los tiempos del triunfalismo capitalista, cuando las ideas socialistas parecían relegadas al rincón de los trastos viejos. Hoy, quienes agitan el espectro del comunismo son personajes aberrantes como Javier Milei o Elon Musk. Predicadores de la crueldad, adoradores del egoísmo extremo en nombre de la “libertad”. El vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, calificó al feminismo, a los movimientos LGTB y antirracistas y a los sindicatos de las maestras como una “amenaza existencial para la civilización occidental” que habría que “erradicar” del planeta. Siniestras ambiciones que comparten con otros promotores de la Internacional reaccionaria y patéticos matones libertarianos.

La crisis capitalista de 2008 precipitó crisis políticas que en muchos casos arrasaron con todo el viejo sistema de partidos y dieron lugar a nuevos fenómenos políticos, crisis orgánicas, en términos de Gramsci. Con Trump en la Casa Blanca, Meloni en Italia, Milei en Argentina y el ascenso de la extrema derecha en muchos países, tomó forma una intensa polarización asimétrica. Algunos se preguntan si arrasarán con todo. Sin embargo, es importante no confundir su fulgurante ascenso al centro del poder con una renovada fortaleza del sistema. Se trata más bien de esperpénticos emergentes de una crisis profunda, en la cual las clases dominantes ya no pueden mantener las apariencias consensuales del “extremo centro”.

Jeff Bezos, propietario de Amazon, “alquiló” la ciudad de Venecia para celebrar su lujosa boda. Algunos calculan que se quemaron entre 10 y 30 millones de euros para la fiesta. Estos super millonarios tecnológicos se creen nuevos dioses encarnados en la tierra, mientras se niegan a pagar impuestos para financiar la salud o la educación pública, que desprecian. Y mientras Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg hacen ostentación de su riqueza, más de 1.100 millones de personas sobreviven en situación de “pobreza multidimensional”, de las cuales casi 500 millones se encuentran en contextos de conflictos o guerras. Las condiciones de vida de grandes sectores de la clase trabajadora, nativa y extranjera, se degradan con precarización, picos inflacionarios y aumento del desempleo. Los Estados imperialistas y las multinacionales expolian vastas regiones del planeta, provocando hambrunas y guerras. Y quienes huyen de esos infiernos mueren por miles en el mar Mediterráneo, en peligrosos viajes por el mar o el desierto. Si logran cruzar las fronteras, se encuentran con el racismo institucionalizado y la violencia policial.

Super millonarios despreciables, políticos derechistas, nuevos profetas del capital. Todo lo que ellos odian, para nosotras son valores, derechos y aspiraciones por los que vale la pena luchar. Y si ellos han declarado una nueva guerra de clases, nosotras sabemos de qué lado queremos estar.

II

Hace unos días, el diario Haaretz publicó testimonios de soldados del ejército de Israel contando que sus superiores les ordenan disparar con ametralladoras a personas que hacen fila para pedir comida. Que disparan sin motivo alguno, solo para mostrar quién tiene el control, para que Gaza sea un campo de exterminio. Las imágenes se suceden en las redes sociales. Mujeres, hombres y niños escapando de las bombas, en medio de un paisaje apocalíptico, rodeados de escombros que alguna vez fueron una ciudad. Mientras todas las miradas estaban puestas en la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán, Netanyahu prosiguió su genocidio en Gaza. Solo en las últimas dos semanas, fueron asesinados más de 900 palestinos, que se suman a más de 55.000 desde el comienzo de esta nueva ofensiva.

La política del “mal menor” busca anestesiarnos la sensibilidad. Quieren que nos conformemos con más de lo mismo, con pequeñas variaciones del libreto sin cambiar la obra. Un tiempo cerrado sin alternativas, donde solo queda la resignación.

Ser de izquierda hoy es negarse a normalizar una masacre colonial que se está llevando a cabo con tecnología de punta y drones asistidos con inteligencia artificial. Es alzar la voz y poner el cuerpo para denunciar esta barbarie planificada. Y también es apuntar a la complicidad de EEUU y la Unión Europea, potencias occidentales que siguen respaldando al Estado de Israel con venta de armas y contratos comerciales, por más discursos hipócritas que hagan sobre la “paz”. Por eso somos parte de un movimiento que está desplegando cada vez más acciones en solidaridad con Palestina en todo el mundo. Iniciativas como la marcha global por Gaza, con activistas de más de 50 países que se dirigieron a El Cairo para marchar hacia la frontera con Rafah y fueron reprimidos por el Gobierno de Egipto. O la “Flotilla de la libertad”, barco en el que viajaron Greta Thunberg y otros activistas para intentar romper el cerco a la ayuda humanitaria, hasta que fueron detenidos.

Se trata de un movimiento extendido y muy profundo, que algunos han comparado con el movimiento juvenil contra la guerra de Vietnam y que se viene expresando con masivas movilizaciones en las calles de Londres, Madrid, Santiago, Nueva York o Berlín, en los campus universitarios o en el ámbito de la cultura. A fines de junio, en la capital alemana marcharon más de 50.000 personas por esta causa. Un hecho histórico en ese país, donde hasta hace poco toda muestra de solidaridad con Palestina era criminalizada, confundiendo adrede antisionismo con antisemitismo. Otros destellos de algo nuevo también están surgiendo. El 28 de junio, en varios países se realizaron movilizaciones del orgullo LGTBI donde pudo verse un mismo lema: “No hay orgullo con un genocidio”, “No pride with genocide”. Miles de activistas han denunciado el “pinkwashing” del Estado de Israel, que pretende mostrarse como un “oasis” LGTBI en Medio Oriente, mientras bombardea y asesina a mujeres, niños y diversidades sexuales. Hay más acciones que inspiran: un sindicato portuario de Iquique llamó a no cargar productos destinados a Israel. Unos días antes, hubo varias protestas en las puertas de fábricas de armas en Reino Unido, donde se fabrican piezas destinadas a aviones F35 que se venden al ejército de Israel. Los activistas señalaban que esas fábricas se podrían reconvertir para producir piezas para autobuses o trenes.

En todos lados, el movimiento de solidaridad con Palestina viene siendo perseguido, como en el caso de Anasse Kazib en Francia, dirigente ferroviario y referente de Révolution Permanente, acusado de “apología de terrorismo” por apoyar al pueblo palestino. Las detenciones y deportaciones a activistas en Estados Unidos, las amenazas y criminalización a referentes del Frente de Izquierda en Argentina, la ilegalización de organizaciones en Reino Unido, entre muchas otras. Los diferentes gobiernos temen la potencialidad que este movimiento puede tener si se generaliza, porque cuestiona no solo la violencia colonial en Gaza sino toda la maquinaria imperialista.

III

En el año 2000, Michael Hardt y Antonio Negri publicaron Imperio, un libro que generó un intenso debate. ¿Se había terminado el imperialismo? ¿La “globalización” daba paso a una nueva fase capitalista, sin guerras entre grandes potencias? Negri y Hardt sostenían que “en contraste con el imperialismo, el Imperio no establece centro territorial de poder, y no se basa en fronteras fijas o barreras. Es un aparato de mando descentrado y deterritorializado que incorpora progresivamente a todo el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas.” Los autores tomaban nota del salto en la internacionalización del capital en esos años, pero consideraban esa tendencia de forma completamente unilateral. La realidad es que la contradicción entre internacionalización del capital y los límites de los Estados nacionales, no se había superado y está en la base de enormes crisis.

La crítica de Rosa Luxemburgo apuntaba a desplegar la movilización internacionalista y de clase desde abajo, para detener una carrera destructiva hacia la guerra.

Los debates sobre la guerra y el imperialismo habían sido abandonados por gran parte de las teorías críticas durante el auge del neoliberalismo. Sin embargo, hoy presenciamos el retorno de lo que había sido negado, y ahora el imperialismo con Trump y Netanyahu regresa recargado. Las tendencias al enfrentamiento entre potencias, el militarismo y la guerra se han acelerado. La última cumbre de la OTAN reafirmó el salto histórico del rearme, con el compromiso de todos sus miembros de aumentar el gasto militar hasta el 5% del PBI en la próxima década. Presupuestos militares que van a implicar nuevos ataques a los servicios públicos, sanidad o educación. Conociendo la historia de la Europa del capital, tampoco auguran nada bueno para los pueblos del resto del mundo.

Por eso, para enfrentar a la “Internacional reaccionaria”, pero también a la “Internacional de la guerra” de la que forman parte también gobiernos progresistas como el español, es clave retomar el hilo rojo de las luchas anticoloniales y antiimperialistas. En unos textos publicados en 1911 (Utopías pacifistas), Rosa Luxemburgo aseguraba que el militarismo en todas sus formas, ya sea como guerra abierta o paz armada, era hijo legítimo del capitalismo. Por eso no se podía terminar con el militarismo sin luchar por el socialismo. La idea de disminuir las tensiones y enfrentamientos entre los Estados por la vía de la diplomacia internacional era una ilusión que llevaba a la inacción. La crítica de Luxemburgo apuntaba a desplegar la movilización internacionalista y de clase desde abajo, para detener una carrera destructiva hacia la guerra. El pronóstico de Luxemburgo se probó trágicamente certero unos años después, cuando estalló la gran guerra en Europa. Hoy todavía podemos activar el “freno de emergencia”. No hay tiempo que perder.

IV

Durante el neoliberalismo, las teorías críticas naturalizaron la derrota, al punto de pronosticar la desaparición de todo sujeto capaz de proponerse una transformación radical de la sociedad. Anunciaron el fin de la clase trabajadora y de la lucha de clases, se recluyeron en la crítica meramente discursiva o textual. Eppur si muove. En los últimos años hemos presenciado sucesivos ciclos de lucha de clases, desde las primaveras árabes a los indignados españoles, las protestas de los chalecos amarillos en Francia a las revueltas en América Latina, las manifestaciones y huelgas contra Milei en Argentina, o levantamientos sociales en varios países de África y el sudeste asiático. También hoy resurgen masivas protestas en Estados Unidos, como las protestas migrantes en Los Ángeles, las movilizaciones “No Kings” contra Trump o luchas laborales. Ese espectro que muchos creían desterrado se obstina en tomar cuerpo en masivas huelgas, estallidos y revueltas en diferentes continentes.

El desafío, en todo caso, sigue siendo cómo esas movilizaciones pueden generalizarse y pasar a la ofensiva, articulando una fuerza capaz de derrotar a los capitalistas. Y en este punto es fundamental el debate de estrategias en la izquierda. Si apostamos por desarrollar las tendencias que surgen desde abajo, o aceptamos en cambio que hay que dar apoyo a diferentes alternativas electorales de centroizquierda, o “progresismos” o “populismos de izquierda”, que, a lo sumo, intentarán una gestión “amable” o “decente” de la miseria capitalista. La política del “mal menor” busca anestesiarnos la sensibilidad. Quieren que nos conformemos con más de lo mismo, con pequeñas variaciones del libreto sin cambiar la obra. Un tiempo cerrado sin alternativas, donde solo queda la resignación.

Ahora bien, cuando las lógicas de la guerra y el capital rompen la evolución lineal del tiempo histórico, en las grietas abiertas puede emerger una nueva resistencia, y esta transformarse en revolución. La palabra prohibida. El gran temblor. Eso es lo que temen. Que seamos capaces de abrir paso a una nueva dimensión donde se rompa el espacio-tiempo homogéneo del capital y podamos poner en común nuestras fuerzas vitales para potenciar las capacidades de todos.

V

El nefasto legado de los crímenes del estalinismo manchó las banderas del socialismo por varias generaciones. Eduardo Grüner señala que los significados del comunismo habían quedado “negativamente congelados como descriptivos de opresoras dictaduras, sentido que le había impreso el estalinismo en sus variadas formas”. Coincidimos cuando agrega que “el empeño de esos despotismos por asociarse al significante “comunismo” facilitó la tarea de la derecha, que se aprovechó abundantemente de tal asociación. Sin embargo, desde hace una quincena de años, algo empezó a cambiar.”

Frente al trauma de un presente de miserias, o la impotencia de un futuro distópico, está planteado revitalizar la lucha por una perspectiva socialista.

En el mismo sentido, tal como planteó en su momento Daniel Bensaïd, para avanzar es necesario “deshacer la amalgama entre estalinismo y comunismo, liberar a los vivos del peso de los muertos y pasar la página de las desilusiones”.

Frente al trauma de un presente de miserias, o la impotencia de un futuro distópico, está planteado revitalizar la lucha por una perspectiva socialista. Abrir la imaginación sobre la posibilidad de reapropiarnos de nuestros saberes comunes, nuestros trabajos y nuestras vidas para transformarlos de raíz. Para que lo más avanzado de la ciencia y la creatividad humana no sean fuerzas destructivas que se vuelven contra la mayoría de la humanidad y el ambiente. Reorganizar la producción y la reproducción, poniendo todos los recursos a disposición de desarrollar una vida colectiva que merezca ser vivida, en una relación más armónica con la naturaleza. Una vida donde los deseos, las amistades y los goces se multipliquen y florezcan para todos. Eso que llamamos socialismo, eso es lo que temen. ◼

Josefina L. Martínez
Historiadora y periodista. 
Editora en Izquierda diario, reside en Madrid.
josefinamarluz [at] gmail.com
IG: @josefinamarluz

Temas: 
 
Articulo publicado en
Agosto / 2025

Ediciones recientes

Nadina Goldwaser (comp), Joana Rowinski (comp), Lila María Feldman, Agustina Germade, Susana B Cuadro, Pablo Tajman, Gabriela Insua, Laura Sobredo

Artículos recientes

Por
Laura Huberman, Juan Terraes
Por
María Nieves Gorosito
Por
Pablo Cordes
Por
Estefania Szenejko