Estallido del yo, desmantelamiento de la subjetividad | Topía

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Estallido del yo, desmantelamiento de la subjetividad

 

La cuestión acerca de si enfrentamos nuevas formas de subjetividad y las respuestas posibles al respecto se manifiestan, de forma abierta o larvada en nuestros intercambios, cuando nos preguntamos si las herramientas que hemos adquirido en nuestros años de formación y el legado que recibimos de más de un siglo de psicoanálisis, son fecundos para encarar nuestra práctica actual. Qué se sostiene, en general, del corpus teórico central tal como fue establecido a lo largo de una época que tuvo sus fracturas y permanencias en los modos del ser humano de concebir la vida, y en el cual estallaron, en muchos momentos, las formas de subjetividad vigentes, quedando subordinada su permanencia a los factores históricos que atravesaron a sus protagonistas.
Definir entonces los modos dominantes de la subjetividad actual y el padecimiento al cual estos modos someten a nuestro entorno y a nosotros mismos no es sólo una cuestión teórica, una diletancia quejosa en la cual instalarse como coartada de las propias imposibilidades, sino una cuestión práctica.
Las opciones para abordarla pueden ser ubicadas sobre algunos ejes que hemos definido desde estas mismas páginas. Por una parte, aquéllos que hacen a los modos que consideramos abarcan aspectos que podemos llamar “universales” del sujeto psíquico desde los enigmas de los orígenes a la angustia de muerte, la supervivencia biológica e identitaria, el temor a la pérdida de amor y reconocimiento y la angustia frente al desauxilio del semejante. Tomo centralmente aquellas cuestiones que hacen a la subjetividad en sentido estricto: posicionamiento del sujeto de cogitación ante sí mismo y los otros, sujeto “de inconciente”, atravesado por el inconciente, pero articulado por la lógica que permite la conciencia de la propia existencia.
Estos aspectos “universales” toman, sin embargo, formas específicas en cada período histórico, y comprometen las relaciones entre el inconciente y el yo, emplazado éste último como masa ideológico-ideativa (incluyo acá la categoría “ideológico-ideativa” porque intento subrayar el carácter instituido del yo, no sólo como matriz imaginaria sino como articulado de enunciados socialmente producidos).
He señalado en otros textos la necesidad de diferenciar entre subjetividad y psiquismo para dar cuenta de esta distinción necesaria entre el inconciente para-subjetivo, no reflexivo, materialidad psíquica en sentido estricto, con la intención de dar cuenta que la subjetividad no abarca la totalidad del aparato psíquico. La subjetividad se inscribe en los modos históricos de producción de sujetos, producción que en términos de Castoriadis podemos considerar del orden del instituyente-instituido.
La subjetividad no puede concebirse, por otra parte, sin dar cuenta de un sujeto opuesto al objeto, sea éste otros sujetos o un objeto pensable. En este sentido es que la subjetividad, en términos kantianos, implica categorías ordenadoras a priori del pensamiento, fundamentalmente espacio y tiempo -categorías de las cuales sabemos, está exento el inconciente.
Sujeto del predicado, sujeto de satisfacción o de descontento, de amor o de odio, puede percibirse aquí el sujetamiento al Inconciente sin que implique, ni mucho menos, emplazamiento en el mismo. El debate al respecto que Freud realiza en la Metapsicología con relación a los “sentimientos inconcientes” da cuenta de esta necesidad de reposicionar al sujeto que “siente” del lado de la conciencia: “Es el hecho de que un sentimiento sea sentido, y por lo tanto que la conciencia tenga noticia de él, inherente a su esencia”1.
No se trata del Yo, como vemos, sino de la conciencia, del sujeto reflexivo, en sentido tradicional: capaz de registrar y no sólo de percibir. El Yo, como instancia, puede muy bien abstenerse de este registro, puede ser afectado sin por ello darse cuenta de lo que lo afecta, o de lo afectado que está -en esto reside gran parte del trabajo analítico: no sólo en buscar las causas que afectan al yo sino, en muchos casos, que el sujeto cobre conciencia de ello. Y como vemos, si bien fui llevada -por el propio movimiento de la teoría- hace algunos años a diferenciar entre subjetividad y psiquismo, hoy se hace necesaria una nueva diferenciación, la cual por supuesto no es nueva, pero plantea nuevos matices. Es indudable que la idea clásica de sujeto tal como la expusimos anteriormente sólo puede sostenerse en psicoanálisis a costa de una revisión, y si Lacan ofreció una nueva vía al definir el lugar del sujeto como lo que representa un significante para otro significante, en un intento de deconstruir la noción clásica de sujeto para posicionarla como un simple efecto de enunciado, hoy se hace necesario retomar la idea del enunciado, pero en este caso no como efecto de lenguaje, sino como apropiación ideológico-ideativa de los modos con los cuales el instituyente produce subjetividad.
La cuestión del discurso, si es efecto de la inscripción que el otro humano produce de coagulaciones discursivas: lo que “soy”, lo que “no soy”, lo que “debo ser” y lo que “no debo ser”, no lo hace a partir de su propio sistema deseante sino del modo con el cual la cultura de pertenencia define y regula las intersecciones entre deseos, sean pulsionales o narcisísticos, y sus modos de producción de subjetividad. De tal modo se puede ser “un buen argentino” porque se detesta al extranjero, o se puede ser “un buen hijo” porque se defienden los intereses familiares de manera corporativa y más allá de todo ideal de justicia en sentido universal del término. De modo diferente, se puede ser una “buena hija” por lograr un buen casamiento acorde a las necesidades parentales o serlo porque se sostienen principios solidarios que implican transmisiones de valores generacionales que aluden a formas de cultura más amplias: respeto por las consignas recibidas, cuidado de la memoria, compromiso con ciertos ideales…
De modo tal que el yo es una masa identitaria en sentido estricto, provista de enunciados que transmiten valores y deseos de manera compleja -lo cual lleva a sus desarmonías internas, a sus conflictos inconcientes, a sus situaciones dilemáticas-, y tiene por función representar los modos coagulados con los cuales la subjetividad se instaura, el sujeto puede descubrirse, en cierto momento, en contradicción con su propia identidad asumida, vale decir con los enunciados tanto autoconservativos -capaces de tomar la vicariancia de la vida por su cuenta- como los autopreservativos -permanencia de las nociones instauradas acerca de quién y qué se es.
A partir de lo cual podemos afirmar que si el yo está en riesgo de estallar ante lo inesperado atacante, o lo impensable repetido -situaciones extremas en las cuales alguno de los aspectos autoconservativo o autorrepresentativo entra en crisis2- es en razón de que su posición tópica es definida, sus bordes están claramente instaurados, las convicciones que lo sostienen férreamente arraigadas, y el des-ser apunta allí, como desmantelamiento de toda defensa posible y sometimiento a la angustia al aniquilamiento representacional.
Del lado del sujeto la cuestión es más borrosa. Se pueden producir procesos de desconstrucción3 subjetiva sin que quien los padece tenga mucha noción de que esto está ocurriendo. Esto puede producirse de forma larvada o brusca, acompañando procesos de estallido yoico o, simplemente, como forma de evitarlos. El terror puede acompañar la implantación de nuevas subjetividades, se sostiene para ello en el pánico del yo a la pérdida del sustrato biológico que posibilita la vida -angustia de muerte- pero imponiendo, a su vez, una nueva forma de referenciarse. Esto es lo que produjeron los sistemas fuertemente cohesionantes -no sólo coercitivos- como el nazismo o el fascismo. No se trata sólo de imponer el terror -que por supuesto deja inerme al yo- sino de proporcionar un nuevo corpus representacional, de valores. Si para el nazismo el concepto de “semejante” quedó restringido a la raza aria, es “lógico” que se pudiera matar sin culpa a todos aquéllos que quedaban exceptuados de la condición humana. Pero esto fue acompañado de un ideal de grandeza y dominio del mundo que ensalzaba ciertos valores -por perversos que nos parezcan- y proponía entonces un nuevo modelo de subjetividad. Estamos acá ante un estallido del yo, que propicia un estallido de la subjetividad y a una propuesta de relevo por otra alienada, engañosa, como se la quiera llamar, pero no exenta de cohesión: himnos, uniformes para la población civil, discursos propiciatorios de una nueva “identidad” fueron los modos con los cuales se propuso la constitución de una subjetividad no sólo aquiescente con el régimen sino profundamente comprometida con el proyecto que se proponía.
Por el contrario, en nuestro país, a lo que asistimos durante la Dictadura fue al intento de demolición de una subjetividad altruista y destinada a favorecer el bien común, sin que se ofrecieran propuestas alternativas. Esto lo podemos considerar menos grave que si hubieran coagulado bajo modos unificados las representaciones fascistas -cuyo último intento fallido fue el de embanderamiento detrás de la guerra de Malvinas-, sin embargo, hubo procesos de desconstrucción de los modos anteriores de subjetividad, que no necesariamente estallaron pero fueron dejando restos de la erosión permanente que sufrió este proceso.
El debate acerca de si en estos treinta años estallaron modos anteriores de la subjetividad y surgió una nueva, debe ser ubicado con cuidado para que sepamos a qué nos enfrentamos. En general, podemos considerar que aquello que ponen en evidencia los procesos de profundo individualismo, la fractura de toda noción de proyecto histórico compartido, el trasfondo de miedo que somete permanentemente a “las posibilidades políticas reales”, la subordinación de la moral a la pragmática son claros indicios del desmantelamiento de una subjetividad que durante muchos años compartió ideales de justicia social y de igualdad de oportunidades. La dictadura militar de los ‘70 no propició un nuevo modelo de subjetividad: no constituyó propuestas educativas, no acuñó himnos ni produjo una cultura propia. No tuvo por supuesto un Heidegger sino, a lo sumo, un Neustadt o un Grondona, se limitó a tratar de barrer lo existente y propició, en última instancia por razones políticas pero no por agudeza ideológica, una subjetividad que llevó al consumo hasta consecuencias previamente impensadas, pero que tuvo su coronación en los ‘90, donde sí se manifestó desnudo el discurso de relevo del Contrato Social por la letra chica de la inmoralidad vigente.
Sus consecuencias mayores han sido, por una parte, la desconstrucción de la noción de infancia, y por otra, la naturalización de la pobreza, que constituye hoy el riesgo mayor, así como lo fue durante años la naturalización de la represión y la tortura -cuestiones que gracias a los organismos de Derechos Humanos han pasado a instalarse paulatinamente como contrarias al bien común-, más allá de los bolsones fascistas que se ocultan en muchísimos casos bajo el reclamo de “seguridad”, vale decir de regulación del resentimiento producto de la desigualdad bajo modos represivos.
Pero el legado más grave de treinta años de represión primero y neoliberalismo después no es el surgimiento de una nueva subjetividad, sino en el carácter de desecho, de restos amorfos de la subjetividad anterior bajo nuevas formas que se caracterizan, fundamentalmente, por el reemplazo de la solidaridad por la caridad, la reducción de la noción de semejante y la condena bio-política4 de grandes sectores de nuestro país. El reemplazo de la felicidad como proyecto de vida por el goce inmediato como forma de supervivencia y su reflejo en grandes sectores de los más carenciados del país, que recogen los modos degradados de la ideología de los poderosos para implementarla bajo modos patéticos de supervivencia. Cuestión que se refleja también en el campo de la salud mental, expresada por la degradación terapéutica que ahora pretende naturalizar el sufrimiento psíquico, renegando su causalidad -en sentido analítico: empleando el mecanismo perverso de la Verleugnung- lo cual no implica sólo la des-subjetivación del paciente sino la del mismo terapeuta, que pierde toda posibilidad de pensamiento, subordinado por la autoconservación a desconstruir convicciones acerca de sí mismo y su práctica, para engranar como un mecanismo más en la maquinaria que desarticula de modo cotidiano y silencioso nuevas posibilidades de afirmación identitaria y de sostenimiento de una ética que no nos deje inerme ante la condena de nuestras instancias morales.

 

Silvia Bleichmar
Psicoanalista
silviableichmar [at] fibertel.com.ar

Notas
1 Ver Freud, S., Metapsicología, “Lo inconciente”, O.C, Vol. IV, p. 173 y sig.
2 Ver Bleichmar, S., La subjetividad en riesgo, Topía Editorial, Bs. As., 2005
3 Empleamos acá “desconstrucción” para diferenciar estos procesos del concepto derrideano de “deconstrucción”, que implica una propuesta epistemológica de trabajo sobre el concepto y sus determinaciones.
4 El concepto de bio-política puede ser explorado tanto en Foucault como en Agamben, y remite a la reducción del sujeto a su cuerpo real, al despojo de la subjetividad como razón última de lo humano, operado sobre aquéllos que quedan exentos de todo estatuto de inclusión social.
 

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Articulo publicado en
Abril / 2006

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