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Mientras esperamos el día después: psicoanálisis con niños y niñas en tiempos de pandemia

 

Vengo de cerrar “mi sala” de Zoom, ese lugar virtual que habito parcialmente de lunes a viernes y, a veces, más porque también el tiempo ha recibido el impacto deformante de la pandemia. Acaba de terminar la sesión de Gabi, que con sus 12 años es el último niño al que atenderé esta semana. Antes de despedirnos, conversamos largamente -él medio dormido en su cucheta y yo rodeada por algunos de los objetos que hasta el 2020 constituían el mundo de lo privado- sobre este “nuevo colegio de mierda”, uno con horarios, clases y deberes, pero sin recreos ni la proximidad excitante de otros cuerpos.

En marzo de 2020, en los albores del confinamiento, muchos analistas salimos colectivamente a revisar las prácticas en función de poder sostener el trabajo analítico con nuestros y nuestras pacientes

Mientras hablamos, el teléfono con el cual se comunica no deja de caerse y cada vez que lo levanta, la imagen en movimiento me traslada del mareo psicodélico a la recomposición parcial del espacio; por otro lado, él monitorea cada tanto la puerta midiendo la cercanía de su familia en función de los ruidos que la atraviesan.

Ambos llevamos auriculares; yo, además, anteojos. Los primeros nos sirven para generar la ilusión de un espacio solo nuestro en el que el trabajo analítico pueda seguir sosteniéndose. Los anteojos se me imponen, sin ellos la pantalla se me vuelve una mancha… eso sí, para los pacientes que me conocen de la “vieja normalidad”, soy un poco otra.

Ayer, me vi con Caro, Manu y Samuel. A los tres los conocí virtualmente en los momentos más restrictivos del Aislamiento Obligatorio y recién pudieron venir al consultorio en cuanto se autorizó el trabajo presencial. Gran parte de lo que hoy resulta más fácil, me lo enseñaron ellos.

En marzo de 2020, en los albores del confinamiento, muchos analistas salimos colectivamente a revisar las prácticas en función de poder sostener el trabajo analítico con nuestros y nuestras pacientes. El diálogo llevó a relevar las diferencias entre método y setting en función de una clínica que no solamente se abocara a paliar el traumatismo en vías de constitución, sino también las determinaciones sufrientes anteriores a la irrupción del virus.

La máxima “el medio es el mensaje” de McLuhan, que afirma que cada medio produce una modelización en la comunicación en función de sus características, genera entonces la pregunta: ¿cómo definir y sostener el método analítico a partir de la inclusión de nuevos soportes o recursos técnicos?

En ese momento sostuve que, por una formación previa en Ciencias de la Comunicación dos cuestiones orientaban mi posición. La primera ligada a los desarrollos de Watzlawick que sostiene que los “fenómenos de masas” se despliegan en un tiempo acotado más allá de la fuerza arrasadora que demuestren al inicio; esto era reasegurante y me permitía no perder del todo la cabeza en tanto sujeto implicado. La segunda, la máxima “el medio es el mensaje” de McLuhan, que afirma que cada medio produce una modelización en la comunicación en función de sus características, generando entonces la pregunta: ¿cómo definir y sostener el método analítico a partir de la inclusión de nuevos soportes o recursos técnicos?

Esta idea me llevó a proponer un nuevo contrato y a una reenunciación de la regla fundamental; reconvertir el “medio de comunicación”, clásicamente configurado por un emisor, un mensaje, un canal y un receptor, en un espacio virtual, un fenómeno transicional, en el cual apuntalar la asociación libre y la atención flotante. Se imponía un nuevo aprendizaje respecto a las tecnologías disponibles a fin de generar un lugar de pensamiento compartido y de diálogo acompañado. Planteado así, parecía más fácil con los adultos y se mantuvo en el tiempo a pesar de los déficits en la ortopedia comunicacional que implicaba cortes, delays e imágenes congeladas que no debían ser confundidos con silencios atribuibles a ninguna causa -menos aun psíquica- a partir de homologar de manera forzada los “ruidos” en el canal con situaciones que en el espacio analítico presencial pueden ser resignificadas bajo otra clave. A la par, salvo por aquellos que prefirieron optar de inicio por medios que prescindieran de la imagen (cuestión que también fue variando con el correr de los meses), para mis pacientes también cambié yo. Pasé a ser una analista sostenida en dispositivos varios, se desvanecieron nuestros cuerpos y aquella sensorialidad que acompañaba la experiencia de encuentro en el consultorio. Las sesiones debieron además desplegarse en una intimidad siempre en riesgo por la irrupción de lo cotidiano que ingresaba de uno y otro lado.

Ya no era yo la garante de la privacidad de nuestros diálogos; cuando no eran sus madres y padres quienes irrumpían en las sesiones, mis pacientes circulaban por las casas con teléfonos y tablets 

Respecto a niños y niñas, se agregaron otras dificultades. Ya no era yo la garante de la privacidad de nuestros diálogos; cuando no eran sus madres y padres quienes irrumpían en las sesiones, mis pacientes circulaban por las casas con teléfonos y tablets invirtiendo la exclusión habitualmente padecida y a la que ahora sometían a quienes, al ser descubiertos, buscaban esconderse transformándose en estatuas de sal y pagando así por la transgresión, no intencional pero tal vez anhelada, de ingresar en ese espacio antes vedado. A esto se sumaba que ante la emergencia de resistencias que en el consultorio debían ser soportadas hasta el final de la sesión, la inestabilidad de las redes -ahora sí con carácter de coartada- los llevaba a mutearme con placer, siempre y cuando no hubieran lisa y llanamente cortado la comunicación. La práctica osciló entre diálogos, ingresos, salidas, cortes, madres, padres, mascotas y una nueva manera de jugar que conmocionó estructuralmente nuestras sesiones. Con el correr de las semanas descubrimos que al igual que nuestros pacientes podíamos movernos con mayor libertad, pero no sin el esfuerzo que implicaba desprenderse de recursos que habían mostrado su eficacia en el pasado quedando adheridos a un modo particular de trabajar.

Hoy las sesiones virtuales o presenciales van ajustándose a vicisitudes siempre cambiantes y ya no resulta un obstáculo gracias a niñas y niños que empezaron sus análisis en estos tiempos orientándonos en el rearmado del dispositivo por fuera de la ortodoxia ritualizada

En aquellos análisis comenzados con anterioridad al cambio de paradigma, sostener los tratamientos se hizo mucho más difícil. Niños y niñas llevaban un completo y triste registro de todo lo que habíamos perdido en la transición: se quejaban, se enojaban, rechazaban el nuevo formato que vivían como empobrecido. Con algunas familias nos planteamos, inclusive, organizar encuentros “a demanda”: que mis pacientes se conectaran solamente cuando quisieran y fuera posible organizarlo.

Hoy las sesiones virtuales o presenciales van ajustándose a vicisitudes siempre cambiantes y ya no resulta un obstáculo gracias a niñas y niños que empezaron sus análisis en estos tiempos orientándonos en el rearmado del dispositivo por fuera de la ortodoxia ritualizada; cuestión que, aunque debería ser siempre un riesgo a evitar, no deja de colarse en nuestras prácticas por la fuerza del hábito.

Pero la historia del psicoanálisis se compone también de aquellos momentos en los que el obstáculo, tanto práctico como epistemológico, impacta creativamente en los modos de sostener la pesquisa de lo inconsciente, verdadero motor del método y la teoría. Si seguimos la descripción ordinal propuesta por Freud en 1923 donde “Psicoanálisis” es en primer lugar, “un procedimiento que sirve para indagar procesos anímicos difícilmente accesibles por otras vías” del cual se desprenden, secundariamente, “un método de tratamiento de perturbaciones neuróticas fundado en esa indagación” y, por último, una teoría en tanto “serie de intelecciones psicológicas, ganadas por ese camino, que poco a poco se han ido coligando en una nueva disciplina científica”1, acordaríamos en que el objeto del psicoanálisis, más allá del setting en el cual se desplieguen las vías de acceso a un inconsciente reprimido -siempre que nos encontremos en el campo de la neurosis donde las producciones sintomáticas son efecto del conflicto intrapsíquico-, empujó en la dirección de transformaciones de la técnica que implicaron, por ejemplo, el pasaje de la sugestión a la asociación libre y el deslizamiento de la hipnosis al diván.

En el trabajo con niños y niñas, los obstáculos para la implementación del método han implicado tanto una remodelización del objeto en función del adecuar prescriptivo y descriptivo a las vicisitudes del aparato psíquico en tiempos de constitución, así como la incorporación de técnicas como el dibujo y el juego, donde los juguetes asumieron un carácter no pedagógico en la reformulación kleiniana de la intuitiva -pero moral- propuesta de Hug-Hellmuth y el dibujo se resignificó en el juego del garabato de Winnicott… O tantos otros esfuerzos, más o menos conocidos, de quienes trabajando en contextos adversos debieron apelar a la creatividad rigurosa que se distingue de la mera ocurrencia.

Pero volvamos a mi consultorio. En marzo de 2020 Nadia estaba cursando la primaria. Nos conocíamos hacía ya un tiempo y el trabajo venía desplegándose de una manera bastante previsible. El motivo de consulta original había cedido dando paso a una serie de cuestiones más estructurales que también estaban en vías de resolución y no nos encontrábamos tan lejos de un cierre cuando se decretó el Aislamiento Obligatorio.

Ninguna de las dos tenía experiencia en videollamadas y la exigencia práctica para seguir encontrándonos recayó fundamentalmente en su madre quien realizaba la conexión inicial. La primera vez que nos vimos me mostró su casa, sus juguetes, a su hermanita… esa parte de su vida a la que solamente había podido acceder a través de su relato. La novedad implicaba para ella un placer agregado: se instalaba en la cama matrimonial de la que usualmente era expulsada y armaba conmigo una escena que excluía a todos los demás. Por momentos, salía a deambular generando en quienes compartían el hogar la sensación de estar colándose en un lugar donde no tenían derecho a estar.

Durante unas pocas semanas nos conectamos con su dispositivo móvil, pero para ambas fue bastante evidente que algo se había perdido en el paso a la virtualidad. Traté de trabajar con ella qué implicaba este momento tan particular de su propia historia, pero ante el evidente fastidio angustioso que el encierro le producía, volcaba sobre mí todo el peso de la pandemia acusándome de ser quien la introducía en su hogar. Dado que esto no conformaba parte de su síntoma de base y siendo que el análisis tampoco estaba resultando un espacio para la elaboración de las condiciones traumáticas de la catástrofe, me pregunté qué derecho tenía yo, en nombre de qué “verdad” -no estando además en riesgo ningún tipo de funcionamiento psíquico- a desmantelar los aspectos ilusorios o renegatorios que la llevaban a atravesar esos meses como si se tratara de un largo fin de semana en pantuflas. Un día, cuando traté de señalarle algo de su sufrimiento (por tantas pérdidas y por el esfuerzo que implicaba el incremento de las tensiones intrafamiliares amplificadas por la convivencia), me dijo de manera tajante: “Ay Marina, vos siempre con esto de la cuarentena… la cuarentena esto, la cuarentena lo otro… ¡Mirá que te corto… eh… te corto!” Y me cortó.

En ese momento, me pregunté si, al no tratarse de un padecimiento que pudiera ser resuelto por el análisis y no aparecer tampoco de su parte una razón subjetiva para sostener las sesiones, era necesario obligarla a un encuentro que lejos de apuntalar el trabajo anterior lo echara por tierra obturando las condiciones de analizabilidad a futuro. Era claro que no habíamos podido sortear el paso a la virtualidad; el medio se había sostenido únicamente en su dimensión comunicacional. Nos despedimos y, ocasionalmente, volvimos a llamarnos. Hace poco vino al consultorio por única vez y con esa mirada inteligente que la caracteriza chequeó que todo estuviera donde lo había dejado para despedirse de nuevo sin fecha de reencuentro.

Por otro lado, Samuel. Había conocido a sus padres meses antes del aislamiento y mi consultorio implicaba un esfuerzo de movilidad que como familia no podían resolver; con la virtualidad eso dejó de ser un obstáculo y pudimos encontrarnos online. Lo único que solicité fue que contara con tecnología que pudiera manejar sin ayuda, que estuviera en un espacio en el que pudiera moverse libremente, con los objetos que él quisiera y que se garantizara la privacidad de la sesión.

Sin embargo (y porque “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”) salí desesperadamente a buscar aquellas aplicaciones que creí permitirían sostener el “jugar” y el “dibujar” tal como los conocía… encontré -y deseché- recursos que de tan estandarizados generaban la sensación de aplastar cualquier brizna lúdica apenas brotara.

Este niño de apenas 6 años, extraordinariamente lúcido y divertido, me enseñó nuevas formas de jugar. La pantalla se puso al servicio de armar un espacio común anulando la distancia del mismo modo en que se organiza la creencia que sostiene al juego: sé que estamos separados, pero aun así, estamos juntos. Un día propuso que nos prestáramos un objeto; cada uno de nosotros debía buscar un dado y cuando uno lo acercara al visor, el otro debía “tomarlo” mostrándolo de su lado. En ocasiones apagaba la cámara y cuando la volvía a encender se mostraba en una situación totalmente diferente, eventualmente exhibicionista, lo cual por supuesto requería ser interpretado. En otros momentos el escándalo silenciaba cualquier emergencia angustiosa transformando las sesiones en un constante ruido donde no era posible trabajar ninguna de las cuestiones que habían determinado la consulta. Nada de esto implicó un obstáculo mayor, y aunque acordamos con los padres que en cuanto fuera posible iríamos al consultorio “real”, hoy la virtualidad permanece y circulamos entre ambas modalidades sin dificultades.

Como analistas, también descubrimos en estos meses que los cambios respecto de la forma de ubicarse en la virtualidad (fenómeno altamente exigente en términos de constitución psíquica) permitían reconocer indicadores de mejoría en relación con la organización tópica en los pacientes más graves. Y también que la enriquecida y permanente circulación de objetos entre el consultorio y las casas colaboraba en el armado de otro tipo de espacio más acorde a los nuevos modos del análisis en detrimento de la ritualización de prácticas que se mostraban anacrónicas.

En 1986, Marcelle Marini (tomando la figura del “soldado desconocido”) dedica su libro Lacan, al “analista desconocido”:

“Esta confusión creciente entre un nombre, una teoría y el vasto campo abierto que es el psicoanálisis como disciplina, me empujó a dedicar este libro a mi analista, hoy desaparecido sin haber dejado ni el más mínimo escrito: tómenlo como un homenaje al analista desconocido.

A todos aquellos y todas aquellas, por lejos los más numerosos, que pasan su vida (dedican su vida) aliviando el sufrimiento intolerable e innombrable gracias a su escucha y su palabra; que ayudan a cada uno (una) en particular a recorrer un camino hacia otra manera de estar en sí mismos, con los otros y en el mundo -sin esperar (ni imponer) el milagro y sin creer del todo en él; componiéndolo ellos mismos con los éxitos y fracasos de un duro trabajo cotidiano. Los grandes olvidados de la historia del psicoanálisis.”2

Y aunque no valga la metáfora bélica para pensar la pandemia, en tanto colectivo de analistas “desconocidos”, hemos podido sostener la práctica realizando aquellas modificaciones necesarias para ponerla al servicio del método sin conformarnos solamente con un dispositivo para paliar la angustia. No siempre lo logramos, pero ojalá que cuando salgamos de la trinchera, sea posible no solo abrazarnos, sino compartir ese trabajo de elaboración tan necesario que, con más dudas que certezas, nos permita descubrir que hemos aprendido algo nuevo.

Notas

1. Freud, S. (1922), “Psicoanálisis” en Obras completas, Volumen XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, p. 231.

2. Marini, M., Lacan, Paris, Pierre Belfond, 1986. Realizo aquí una traducción propia del original en francés.

 

 

Marina Calvo
Psicóloga, psicoanalista
marinaicalvo [at] gmail.com

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Articulo publicado en
Agosto / 2021

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