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Nota de los editores: La era de la depresión

El cierre de esta edición coincide con la declaración de pandemia ante el coronavirus. Esta situación llevó a tomar medidas de gran dramatismo: gente aislada en sus casas, ciudades vacías, cierres de fronteras, cancelación de vuelos. El coronavirus aparece interrumpiendo la vida cotidiana. Leer nota de editores completa...

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El Consejo de Redacción de la Revista Topía había resuelto dedicar una sección a este número de abril a la cuestión de los abordajes terapéuticos a distancia. Trabajamos y discutimos desde el año pasado sobre estas cuestiones para tener textos exclusivos de tres psicoanalistas sobre la cuestión.

El escenario cambió antes de la publicación de la revista. Los acontecimientos disruptivos que estamos atravesando a partir de la pandemia por el coronavirus están llevando a que pacientes y analistas estemos pensando el modo de sostener los espacios terapéuticos a distancia. El cuerpo, sede de la subjetividad, está asediado por peligros. Analistas y pacientes padecemos las mismas ansiedades y temores. El aislamiento preventivo hoy alcanza a toda la población en la Argentina, tal como en muchos países del mundo. Esta medida provoca una alteración en los espacios que funcionan como soporte de cada uno de nosotros y nosotras. ¿Cómo recrearlos?

Si estamos en riesgo, los espacios terapéuticos “a distancia” pasan a ser una opción muy valiosa si entendemos que además es la única posible en una situación de crisis como la actual.

Por todo esto, adelantamos la publicación de los artículos para nuestros lectores en la que los tres autores conceptualizan el trabajo -desde distintos lugares del mundo- sobre la cuestión de lo abordajes terapéuticos a distancia.


Sin duda, la subjetividad es atravesada por los cambios tecnológicos.

Hubo un tiempo en que los mensajes de amor, podían no llegar a destino: debido a la cuarentena en Verona, Romeo nunca recibirá la carta de Fray Lorenzo y Anne Hamilton oculta las 365 cartas que Noah envió a Allie...

Ahora no hay lugar para la duda: “me clavó el visto”.

Una paciente veinteañera conoció hace poco a un joven en el canil de la plaza donde ambos pasean a sus perros. En una sesión, con decepción dice “Anoche estuve hablando más de tres horas con X, quedamos en encontrarnos a tomar unas birras.” Hace una pausa y agrega “Pero cuando nos despedimos, en lugar de mandarme una carita con ojitos de corazón o por lo menos  besitos, me mandó la de chops brindando.”

De lo que deduzco, que en esas tres horas no “hablaron” por teléfono fijo ni celular, sino que intercambiaron mensajes de whatsapp ... viviendo plaza de por medio.

La forma en la que estamos “en línea” no es con nuestro cuerpo, capaz de proveer un sinfín de gestos comunicativos no-verbales, sino a través de las marcas visuales diseñadas para la aplicación, que simplemente indica que estamos presentes.

¿Por qué la decepción entonces?

Una ilusión de sincronía afectiva, de estar alineados. Porque la ilusión de sincronía se produce cuando dos usuarios están “en línea” a la vez. Pero la forma en la que estamos “en línea” no es con nuestro cuerpo, capaz de proveer un sinfín de gestos comunicativos no-verbales, sino a través de las marcas visuales diseñadas para la aplicación, que simplemente indica que estamos presentes. La conjunción entre dispositivos móviles y mejores niveles de conectividad, produce una ilusión de conexión permanente y contacto perpetuo. Entonces, el otro es percibido como una terminal ubicua, alcanzable en todo momento y lugar. Mientras que el “visto” y el “última vez” son un tipo particular de huella, de presencia del cuerpo del otro: está ahí.

Según McLuhan el medio es el mensaje. Los medios son “extensiones del cuerpo y de los sentidos humanos”, la naturaleza de los medios con los que los hombres se comunican ha moldeado más la sociedad que el contenido de la comunicación: “la mayoría de la gente desconoce que el medio es en sí el mensaje, no el contenido; y desconoce que el medio es también el masaje, éste literalmente trabaja, satura, moldea y transforma todas las relaciones de los sentidos".

Cada vez que una nueva tecnología penetra en una sociedad, satura toda institución de dicha sociedad. Desde hace poco más de una década, muchos terapeutas ofertan el servicio de terapia mediante internet. Su difusión ha llegado al punto que diferentes Journals digitales -como corresponde- publican los resultados de investigaciones llevadas a cabo por universidades y centros de salud, con muestras poblacionales numéricamente importantes, donde la mayoría de los pacientes afirman haberse recuperado y haber aumentado su calidad de vida y bienestar, por lo que aseguran que el tratamiento online aporta resultados similares a la terapia presencial.

¿Se requiere una capacitación específica para brindar sesiones online? ¿Quién regula la práctica de los psicólogos online?

La terapia online tiene beneficios específicos: es posible tener una sesión mediante la pc, la tablet o el celular, desde cualquier lugar del mundo, con horarios programados. Tal como hoy podemos programar encender y regular el aire acondicionado tres días antes de llegar a casa. No requiere el traslado del paciente ni del terapeuta, con ahorro de tiempo y dinero: es eficiente. Otro tipo de eficiencia es el de Fiona Wallice (Lisa Kudrow), con sesiones de sólo 3 minutos.

¿Cómo nos contactamos con quien ofrece terapia online? Naturalmente, googleamos... pero ya sabemos que los algoritmos de Google nos mostrarán a quienes están mejor indexados y no a los más calificados. Por otra parte, ¿cómo sabemos que quien se ofrece como nuestro terapeuta online es un profesional? Por lo general, no informan el número de la matrícula, como para consultarla en el Ministerio de Salud o en los Colegios profesionales. Muchos me dirán que la matrícula no es garantía de nada, y es cierto: pude haberme recibido hace 30 años, matricularme, y luego dedicarme full time a la casa y a los chicos, o poner un negocio de almohadones pintados a mano. Y de repente, por síndrome de nido vacío o por x circunstancia, decido completar mis ingresos de la tienda de almohadones mediante un home working de terapias online. Puede pasar. Porque ¿se requiere una capacitación específica para brindar sesiones online?, ¿quién regula la práctica de los psicólogos online?

Es aconsejable que más allá de los algoritmos de Google, quien esté dispuesto a realizar una psicoterapia, busque algunas referencias un poco más concretas del profesional y su método terapéutico. Por lo menos en mi experiencia como Secretaria de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, recibí las denuncias de personas que habían concurrido durante un tiempo a sesiones de un colectivo variopinto que va desde psicólogos que trabajaban tirando el tarot o interpretando el I Ching, pasando por autotitulados terapeutas existenciales o psicólogos sociales, hasta especialistas en cromoterapia astral. Sin embargo, un pequeño resquicio me hace pensar que más allá de que Lacan haya dicho que el paciente hace una atribución apriorística de un saber a la figura del analista -el sujeto supuesto saber-, no dejo de sospechar que los consultantes de este colectivo variopinto, lo saben, pero aún así... Tal como las predicciones del adivino a la paciente de Freud, relatado en Psicoanálisis y Telepatía.

Más allá de mis aprensiones, debo admitir que Lévi-Strauss desarrolló el concepto de “eficacia simbólica” después de realizar un trabajo de campo con la tribu muu, que confiaba a un chamán la cura de sus dolencias.

Uno de los beneficios con que más se promociona la terapia online es el tema del traslado. ¿Será tal? Se dice que Argentina es uno de los países más psicoanalizados del planeta y probablemente con una de las mayores tasas de profesionales psi per cápita. Así que tal vez no sea difícil encontrar un profesional psi en donde vivimos, solicitándole a un amigo que su terapeuta nos recomiende a alguien, o simplemente pedirle referencias a alguien que sepamos que se atendió con él.

Además, muchos pacientes me han dicho que luego de la sesión se van a tomar un café o vuelven caminando a la casa, y que ese tiempo posterior a la sesión suele ser vivido como un tiempo de inferencia, de decantación. Yo misma lo he experimentado, así que no me imagino cómo será eso de terminar mi sesión online con mi analista, apagar la cámara y empezar a clasificar la ropa para el lavarropas, pasar la aspiradora, o cualquiera de esas tareas que se hacen “en la intimidad del hogar”, otro de los beneficios señalados por los que ofrecen terapia online.

En la psicoterapia online se trata más del medio que del mensaje, ya que la psicoterapia a distancia se remonta a los tiempos de Freud, que trató a algunos de sus pacientes vía correo postal y en que la correspondencia con Fliess fue parte de su autoanálisis.

Obviamente hay situaciones y condiciones particulares que impiden el traslado del paciente, pero recordemos que según el PMO, obras sociales y prepagas deben cubrir 30 sesiones de psicoterapia por año calendario, incluyendo la asistencia domiciliaria.

Tal vez más que el tema del traslado lo que prime sea el anonimato. Tal vez, para alguien que viva en un pueblo de 3 mil habitantes, le resulte incómodo que los vecinos lo vean entrar o salir del consultorio del psi. En otro tiempo, ir al psi era casi un símbolo de prestigio, de intelectualidad, de pensamiento crítico, como cuando Bernardo Neustadt se analizaba en cámara con Mauricio Abadi... Por mi parte, conozco más terapeutas que viviendo en ciudades pequeñas se quejan de encontrarse con sus pacientes cuando van al chino que pacientes que oculten que van a terapia a su familia o a su círculo de amistades.

En la psicoterapia online se trata más del medio que del mensaje, ya que la psicoterapia a distancia se remonta a los tiempos de Freud, que trató a algunos de sus pacientes vía correo postal y en que la correspondencia con Fliess fue parte de su autoanálisis.

En mi práctica habitual, de acuerdo al paciente o a los tiempos del análisis, trabajo con diván o frente a frente. Sí, frente a frente, porque veo todo el cuerpo del paciente, su postura y sus movimientos corporales así como él ve mi cuerpo y mis movimientos corporales. Por el contrario, el “cara a cara” es lo habitual en la terapia online, cuando se trabaja frente a la pantalla, el otro queda reducido a una cara.

He leído por ahí que Freud mandó a hacerse un sillón especial para escuchar a sus pacientes, mientras hoy cualquier terapeuta online puede comprar su sillón gamer por internet.

El “cara a cara” es lo habitual en la terapia online, cuando se trabaja frente a la pantalla, el otro queda reducido a una cara.

Probablemente al creador del psicoanálisis le hubiera resultado muy difícil explicar a una Dora online en qué consiste un acto sintomático; primero porque no concurre al consultorio, entonces no llevaría el bolsillito de piel colgado del brazo, y segundo no jugaría abriéndolo y cerrándolo introduciendo un dedo dentro. Y sería mucho más complicado de llevar a cabo el experimento de las cerillas. Eso sí, tal vez hubiera podido ver por la pantalla, la expresión de horror ante el placer que le producía al hombre de las ratas la detallada descripción hecha por su capitán del singular castigo.

Solo por alguna circunstancia específica -y también por el momento del tratamiento- acordé con un paciente que durante un tiempo podíamos suspender las sesiones presenciales y contactarnos de otra forma.

Corría el año 82 y hacía poco que estaba recibida cuando me piden que atienda a una joven chilena, exiliada. Tenemos una entrevista, y más allá de la situación puntual del exilio, relata situaciones de vida que siento que exceden mi escasa experiencia. Le propongo derivarla a otro profesional, pero me dice que se sintió en confianza conmigo, que se sintió cómoda y por eso pudo hablar de “ciertas cosas” que no pudo hablar con otros profesionales que había consultado. Dudo, pero animada por mi supervisora, comencé a atenderla. La transferencia era sostenida por esta paciente al punto que cuando no podía concurrir a sesión, mandaba a alguien a que me avisara, dado que yo no tenía teléfono en el consultorio. Promediando los cuatro años de análisis, obtiene asilo político en Francia. Se plantea entonces un problema, la paciente no habla francés, y al lugar donde irá a vivir no sabía si había profesionales que hablaran castellano. Acordamos entonces que ella me escribiría. La condición era que lo haría durante una hora y media aproximadamente, de corrido, y no podía borrar ni corregir (cosa en realidad casi imposible de hacer por el tipo de papel que se usaban para el envío aéreo). Así que yo recibía todas las semanas una carta vía aérea, que era devuelta en el mismo día de recibida, con mi lectura a la letra. Por su parte, se comprometió a hacerme llegar mis honorarios más los gastos del correo, cuestión que cada cierto tiempo me llamaban de la embajada de Francia para entregarme un envío de mi paciente. El envío epistolar continuó por varios años, pese a que la paciente aprendió francés, y como se mudó a Suiza, también alemán e italiano. Hasta que un día las cartas comenzaron a espaciarse, y lo atribuyó a estar muy ocupada en la hostería donde trabajaba, luego a la relación con uno de los dueños de la hostería, luego a organizar el casamiento... Finalmente, a poco del nacimiento de su primer hijo, me dice que siente que no tiene tiempo para sentarse a escribir.

Casi 10 años después vuelvo a ver a la paciente. Su marido había fallecido, estaba muy triste, y quiso volver a Chile para ver a su familia y para que conocieran a sus hijos. Y decidió pasar unos días en Buenos Aires, donde vivía una de sus hermanas, y contactarse conmigo. Me dice que estaba un poco angustiada porque antes de viajar había buscado las cartas que me había escrito y que yo le devolvía, pero no las pudo encontrar, que tal vez las desechó en una mudanza, que no recuerda, que no sabe. Le señalo que no estaba mal que las hubiera perdido, porque las cartas correspondían a un momento de su vida, que ahora era otro momento, que hay cosas que hay que dejar atrás. No muy convencida asiente, hasta que me dice que entre las cosas que tenía pensado hacer en Chile, la más importante era hablar con su madre sobre los abusos que sufrió por parte de su hermano mayor, es decir, “esas cosas” de las que no pudo hablar con otros profesionales tantos años atrás. Esperaba tener la energía para enfrentarse y derribar el mito del militante político, abnegado y altruista, al que debía respetar y guardarle “esos secretos” sin chistar. No sentía pena por lo que iba a hacer; ella ahora era madre y pensaba que de alguna forma su madre también sabía lo que pasaba. Sólo la escuché, y nos despedimos con un abrazo. Mucho tiempo después apareció el Facebook, y un día M me manda un mensaje: “Hola, qué alegría saber de vos”, sin embargo, nunca me solicitó amistad.

 

También hace muchos años, una mujer que ya había perdido 2 embarazos, duelos que fueron trabajados en sesiones presenciales, vuelve a quedar embarazada con indicación de reposo absoluto, por lo que se traslada a la casa de sus padres bastante lejos de Buenos Aires. Continuamos las sesiones por teléfono de línea fija, única forma de comunicarse en ese momento.

 

Un hombre de mediana edad que atendí por varios años queda desempleado, y luego de meses de estar desocupado, consigue un corretaje en el interior; al comenzar a tener problemas para combinar día y hora, establecemos un horario fijo de sesiones presenciales o por MSN Messenger.

 

Luego de unos años de tratamiento y de muchas sesiones dedicadas al tema, una egresada universitaria se anima a presentarse a una beca en el extranjero y la gana. Durante su estadía nos contactamos por Skype. Por la baja velocidad de la conexión que tenía disponible donde residía, muchas se cortaban y terminaban siendo por el chat de Skype.

 

En los últimos años y acorde a los avances en la conectividad, en estos casos específicos se continúan las sesiones por video llamada de Viber o por Whatsapp.

 

Señalo lo de casos específicos y el momento del análisis porque hace un tiempo, una profesional que atendí durante tres años es enviada por la empresa donde trabaja a realizar una capacitación en una sucursal en Alemania, y por esos meses mantenemos el análisis vía video llamada de Whatsapp. Su experiencia fue tan exitosa que le proponen hacerse cargo de una nueva sucursal que abrirían en Centroamérica. La paciente daba por descontado que seguiríamos las sesiones vía Whatsapp. Pero le señalo que toda conquista se paga con un exilio.

La paciente se enoja, me dice que la estoy castigando por su ascenso, o que la estoy abandonando… y durante el tiempo que sigue en Buenos Aires trabajamos el tema de que toda elección implica una pérdida.

 

¿Recuerdan Rollerball? La película es de 1975, pero se ubica en 2018. Desde el inicio sabemos que el protagonista, Jonathan E (James Caan) no ha podido olvidar a una de sus mujeres, que le son provistas como privilegio por ser la estrella del equipo de rollerball de Energy Corp. Guarda en casetes imágenes de los momentos vividos con Ella (Maud Adams), que proyectará en las múltiples pantallas que hay en su casa. Y sólo cuando puede hacer la elección entre estos privilegios y la libertad, borrará las cintas.

De todos los futuros distópicos que pueblan el cine es quizá el que más se aproximó a la actualidad, invita a una reflexión sobre cuál es tu libertad, en una sociedad altamente tecnologizada.

 

Silvia Di Biasi
Psicoanalista - Profesora de prácticas profesionales (UBA)
sdibiasi [at] psi.uba.ar

 

Articulo publicado en
Abril / 2020

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