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La política como producción de comunidad de las potencias

 
Editorial Revista Topía #90 noviembre/2020

Si dos individuos se ponen de acuerdo para unir sus fuerzas,
tienen más poder y, por lo tanto, más derecho juntos del que
tenían, en el seno de la naturaleza, cada uno aisladamente. Cuanto
mayor sea el número de los que se unen, mayor será el derecho
de que gocen todos unidos.

Baruch Spinoza

La pandemia no vino para quedarse. Esto que vivimos, algún día para algunos quedará como una historia llena de anécdotas; para otros, la gran mayoría, tendrán una marca de la catástrofe económica o el trauma devastador de la muerte de algún ser querido. Pero la pandemia tiene una característica fundamental: ha corrido el velo de las inequidades del capitalismo tardío. Desde nuestros medios digitales miramos una realidad que antes estaba, pero no queríamos dar cuenta. La desigualdad social estaba enunciada en artículos y libros, pero hoy es una presencia que se ha vuelto obscena. La violencia de género y familiar fue potenciada por el encierro; el teletrabajo se instaló con una gran fuerza impulsando el sometimiento y la explotación; el desmantelamiento de la salud pública pone en evidencia la falta de recursos de los profesionales que es uno de los sectores más afectados por el virus.1

Los sectores que defienden el capitalismo deben reinventar una estrategia de dominación. Esto no se va a dar sin conflictos internos de los sectores hegemónicos y con las luchas de los dominados

Si la pandemia va a pasar, hay otras catástrofes que se hacen evidentes y que están para quedarse. Parece que nadie quiere creer en una guerra nuclear cuando las certezas muestran que está más cerca que en otras épocas. Recibimos múltiples advertencias sobre los peligros que corremos si seguimos nuestras conductas consumistas. También tenemos desafíos mundiales que incluyen los desequilibrios ecológicos, el agotamiento de la población de peces, la seguridad alimentaria y del agua, la desertificación. Debemos agregar que hay por lo menos 18 enfermedades que siguen siendo las principales causas de más de un millón de muertes por año en el planeta.

Estas circunstancias que estamos describiendo nos llevan a plantear que la crisis de la pandemia tiene dimensiones sanitarias, ambientales, políticas, económicas y éticas. No habrá regreso a un estado anterior. La crisis revela condiciones que se han vuelto incompatibles con una reproducción de lo anterior. Es cierto que los sectores del poder van a querer reactivar la economía a cualquier precio. Esto es lo que sostiene la derecha anticuarentena. Muchas de esas tendencias como la importancia del capital financiero, la deuda generalizada, la mercantilización del medio ambiente buscan que se realicen, pero se van a encontrar con obstáculos poderosos. Por lo tanto, no va a aparecer una reproducción ampliada del neoliberalismo. Los sectores que defienden el capitalismo deben reinventar una estrategia de dominación. Esto no se va a dar sin conflictos internos de los sectores hegemónicos y con las luchas de los dominados.

La cuestión del Estado se está convirtiendo en un tema central del debate donde además de pelear por un Estado que se ponga al servicio de los sectores de menos recursos y del sector público se plantea la necesidad de un Estado con un control democrático y participativo. Un Estado que promueva comunidad.

 

El derecho de los individuos tiene un límite en el derecho de la comunidad

Cómo venimos afirmando en otros artículos, para Freud el concepto de cultura es sinónimo de civilización. Ésta remite al momento en que el ser humano se organiza en comunidad, poniendo la naturaleza al servicio de satisfacer sus necesidades y regulando los vínculos recíprocos entre los sujetos. Es así como este espacio de la comunidad se convierte en soporte de la pulsión de muerte.

Las características de la cultura dependen en cada etapa histórica de los sectores sociales hegemónicos que establecen una organización económica, política y social. Para ello reglamentan normas que se formalizan jurídicamente y que regulan las relaciones entre los miembros de la comunidad cuyo objetivo es reproducir las condiciones de dominación.

Desde esta perspectiva la liberación individual y por lo tanto ética, debe ser colectiva y política

Históricamente la comunidad (Gemeinschaft) fue reemplazada por la moderna sociedad (Gesellschaft). Podemos decir que en los ’60 se inició un proceso donde el espacio comunitario fue cediendo al desarrollo de la internacionalización capitalista.

De esta manera el sentimiento de comunidad comienza a ser reemplazado por el de individuos unidos en sociedades anónimas. Esta perspectiva se afianza en los ’90 con la llamada mundialización capitalista donde se genera el predominio de la ruptura del lazo social. Su resultado ha sido una cultura que dejó de constituirse en un espacio-soporte de la pulsión de muerte.En ella la fractura del soporte imaginario, libidinal y simbólico del espacio comunitario refiere a un mundo perdido; a un mundo que no existe más. En este sentido la comunidad como espacio heterogéneo que permite los intercambios libidinales y simbólicos se ha transformado en el capitalismo tardío en un lugar homogéneo al servicio de un sujeto solo y aislado. Es decir, una comunidad entrópica que ha dejado de constituirse en un espacio-soporte cuya consecuencia es una subjetividad atravesada por los efectos de la pulsión de muerte: la sensación de “vacío”, de “no salida”, la violencia contra el otro y la violencia autodestructiva.

De esta manera en el actual proceso de mundialización capitalista el espacio deja de tener sentido para ganar un significado que trasciende las fronteras del estado-nación. La fragmentación mundial se afirma en territorios donde cada uno se atrinchera en sus diferencias. Cada zona, cada ciudad, cada barrio, cada región es un territorio que debe ser defendido de esos bárbaros, que siempre son los otros.

Esta situación nos lleva a la fragmentación de las relaciones sociales que se intenta solucionar invocando la palabra “solidaridad”. Pero ésta tiene las características de una generalización y ambigüedad que la ha transformado en una palabra vacía. Es decir, refiere a un pragmatismo que oculta diferentes formas de asistencialismo. Estas características se han acentuado en la crisis que plantea la pandemia.

Sin embargo, tiene la lógica liberal capitalista que se expresa en la clásica frase: “La libertad de uno termina donde empieza la del otro”. Esto es lo que expresa la derecha anticuarentena al quemar barbijos, negar la existencia de la epidemia y oponerse a la vacuna contra el virus. De allí la necesidad de una política en la que se afirme que el derecho de los individuos tiene un límite en el derecho de la comunidad.

 

El “poderoso caballero don dinero”

Cómo decíamos en el apartado anterior, para algunos autores los conceptos de “comunidad” y de “sociedad” se consideran dos entidades absolutamente distintas y, en algunas ocasiones, antagónicas. Esto comienza a verse claramente en el período de transición del feudalismo al capitalismo en Europa que llevó a la modificación de las estructuras económicas y las formas de las relaciones sociales previas. La sociedad que empezaba a desarrollarse, una sociedad mundializada, urbana y fundada en los vínculos individuales, se fue estableciendo sobre las bases de las comunidades rurales donde las relaciones sociales entre los sujetos estaban condicionadas por lazos de sangre, tradición y religión.

Sin embargo, no desapareció la relación entre “lo común” y “lo social”.2 Si tomamos algunas ideas de Marx referidas al proceso del trabajo vemos que el trabajador “al operar por medio de ese movimiento sobre la naturaleza exterior a él y transformarla, transforma a la vez su propia naturaleza”. Por ello la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo y, por lo tanto, fijo y a-histórico, sino es el modelo real que adquieren las relaciones sociales en cada etapa histórica. De allí que -continua Marx- “el verdadero ser comunitario es la esencia humana, ya que los hombres, al poner en acción su esencia, crean, producen la comunidad humana, la entidad social, que no es un poder abstracto-universal, enfrentado al individuo singular, sino la esencia de cada individuo, su propia actividad, su propia vida, su propio goce, su propia riqueza”.

En este sentido, la sociedad produce al sujeto como tal, en tanto es un ser social y a su vez la misma sociedad es producida por el sujeto. No hay contradicción entre sujeto y sociedad, tampoco entre sociedad y comunidad; no son entes separados que surgen uno después de otro, sino son al mismo tiempo: el sujeto es con otros, es decir es en el colectivo social. Desde allí se desarrolla su subjetividad donde encontramos la singularidad de cada sujeto. Sujeto que desde el nacimiento se constituye con un otro humano y se desarrolla con otros en el interior de la cultura.

En el capitalismo las relaciones de intercambio surgen a partir de la comunidad y se extienden  sobre ella. En la medida que estas relaciones se centralizan en el intercambio de mercancías, donde el consumismo de la cultura hegemónica hace que predomine el valor de cambio, se reduce la producción de bienes destinados como valor de uso, con la cual se deterioran las relaciones comunitarias. Este efecto disgregador del capitalismo se acentúa en la actualidad del capitalismo tardío donde el mercado aparece como la gran utopía de la felicidad privada. Este carácter mítico reside en que la unidad de los seres humanos no se basa en la relación directa y la satisfacción de necesidades recíprocas, sino en la interacción entre ellos como objetos mercancías: los sujetos son vendedores y compradores de cosas ajenas. En este sentido, podemos decir que, aunque la gente cree que sus actos están en relación con el mundo, en realidad sus actos están en relación con el capital económico y social.

Su definición de democracia es de una claridad contundente: “Asamblea de todos los hombres que tienen colegiadamente soberano derecho en todas las cosas que pueden.”

Si seguimos con Marx, el “poderoso caballero don dinero” extendió su capacidad niveladora igualando a las personas al convertirlas en valor de cambio, es decir en mercancías. Su consecuencia fue la ruptura del lazo social; oponerle la comunidad no implica considerarla un lugar idealizado, sino por lo contrario, una forma de sociabilidad que tiende a la apropiación consciente de sus integrantes de sus medios de existencia, a la deliberación y al consenso de sus propósitos colectivos teniendo en cuenta que está atravesada por antagonismos y contradicciones que lo alejan de un lugar ideal. En definitiva, lo común alude al deseo de una construcción colectiva de un mundo mejor.

Spinoza y su ética materialista para desarrollar el poder del sujeto

Esta es la pregunta que intenta responder Spinoza: “¿Por qué los hombres apoyan a quienes los esclavizan y lo someten?” Por ello su filosofía plantea un proceso de liberación individual y colectivo que permite entender cómo pasar de la servidumbre a la libertad y de la impotencia al poder. De allí que cuanto mayor sea el poder del colectivo social, su capacidad para resistir las limitaciones que le impone la cultura hegemónica, mayor será su capacidad para ver y comprender las causas de su servidumbre. Según el materialismo de Spinoza si el derecho debía ser algo más que una ficción destinado a tranquilizar a los que lo poseen, el derecho debe entenderse como “coextensivo” con el poder; es decir, el poder de hacer realmente aquello a lo que tienen derecho. Por ello los individuos separados de los demás pueden ejercer poco poder, en cambio al unirse en el multitudo se “comportan como una sola mente”.3

Desde esta perspectiva la liberación individual y por lo tanto ética, debe ser colectiva y política: “nada es más útil al hombre que el hombre mismo”. No formula una ética del “deber ser” sino una ética materialista del “poder ser” donde obrar éticamente consiste en desarrollar el poder del sujeto y no en seguir un deber dictado desde el exterior. El ser de Spinoza es poder y potencia, no deber. Éste se realiza a través del conocimiento de las propias pasiones para realizar una utilización de éstas que la conviertan de pasiones tristes (el odio, el egoísmo, la violencia, etc.) en pasiones alegres (el amor, la solidaridad, etc.). De esta manera el objetivo de la liberación ética individual y colectiva es pasar de las pasiones tristes a las pasiones alegres.

En el Tratado político establece que la democracia es el régimen en que la potencia colectiva no está paralizada en un individuo o grupo particular, sino permanece en manos de la comunidad, la cual es sujeto y objeto del poder político. Éste es el único estado absoluto: sólo en él se suprime la escisión entre gobierno y pueblo, entre poderosos e impotentes. Pero esta democracia debe estar basada en los principios de libertad, igualdad y solidaridad. Uno de los aspectos de la política pensada como comunidad de las potencias es la amistad (potentia amiticia) y la solidaridad (auxilium): “Sin solidaridad los hombres apenas si pueden sustentar su vida y cultivar su mente.”4

En este sentido la política en Spinoza está conformada por una composición de pasiones y de razones, de conflictos y concordancias que serán el fundamento de la comunidad. Lo que compone la comunidad de singulares no es la potencia sino lo que la abre a una totalidad de mayor complejidad; es decir, es un compuesto de propiedades y actividades del cuerpo que afectan y son afectados por otros cuerpos.

Rescatar la actualidad del pensamiento de Spinoza nos remite a un mundo donde el neoliberalismo capitalista se disfraza de democracia y el populismo de derecha o progresista aliena las potencias de los sectores sometidos

En este sentido Spinoza no habla de alienar derechos sino de componer potencias. Aquí la condición política tendrá por sujeto a la multitudu (que podríamos traducir como el colectivo social) cuya potencia en virtud de una concordancia de derechos es en sí misma constitutiva y conflictiva. Se trata de una comprensión de la política donde se inscribe positivamente la solidaridad entre sus miembros ya que los hombres componen sus potencias para aumentarlas e intervienen solidariamente en las circunstancias desfavorables de sus semejantes. La política es un ámbito natural formado por un juego dinámico de pasiones, de razones, de conflictos y de concordancias. Es decir, una composición de potencias que se despliegan a partir de pasiones y nociones comunes que son la sustancia misma de la comunidad. De allí que afirma: “quien no es movido ni por la razón ni por la conmiseración a ser solidario con otros, merece el nombre de inhumano que se le aplica”.

Rescatar la actualidad del pensamiento de Spinoza nos remite a un mundo donde el neoliberalismo capitalista se disfraza de democracia y el populismo de derecha o progresista aliena las potencias de los sectores sometidos. A él debemos oponerle la cautela de una razón apasionada que encuentra su potencia en la fuerza del colectivo social.

Desde esta perspectiva, es importante recobrar algunos aspectos de la ética de Spinoza y su relación con el gobierno democrático. Su ética es individualizada, no es individualista ni, por lo tanto, liberal. Su propuesta es una democracia en la cual el derecho de los individuos tiene un límite en los derechos de la comunidad.

De esta forma plantea que el individuo transfiere su poder político no por un pacto, por un compromiso que enajene sus intereses. Transfiere su poder político en función de sus necesidades. En una democracia no lo deja en manos de un poder representativo sino en el colectivo social. Su definición de democracia es de una claridad contundente: “Asamblea de todos los hombres que tienen colegiadamente soberano derecho en todas las cosas que pueden.”

El materialismo de Spinoza radica en que el sujeto nunca es dueño de sus pasiones y su razón siempre está en la necesidad de utilizar unas pasiones contra otras, con el objeto de pasar de las pasiones tristes a las alegres para desarrollar el poder del sujeto sobre sí mismo y sobre las cosas. Es decir, su razón es una razón apasionada. De aquí la necesidad de una organización política y social que genere comunidad, que genere una cultura al servicio de la vida, es decir una democracia de la alegría de lo necesario basada en la distribución equitativa de los bienes materiales y no materiales.

Bibliografía

Carpintero, Enrique, “La crisis de la pandemia llevó al estallido del espacio posmoderno.” en El año de la peste. Produciendo pensamiento crítico, compilador Carpintero, Enrique, Ed. Topía, Buenos Aires 2020, e-book de descarga libre y gratuita en www.topia.com.ar

-------La alegría de lo Necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y Freud, Ed. Topia, 2003, segunda edición 2007, en e-book de descarga libre y gratuita en www.topia.com.ar

García del Campo, Juan Pedro, Spinoza o la libertad, editorial Montesinos, España 2008.

Marx, Karl, Los manuscritos económicos-filosóficos en Fromm, Erich, Marx y su concepto del hombre, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1990.

------- Cuadernos de París (Notas de lectura de 1844), ediciones Era, México 1974.

Montag, Warren, “Aprendiendo de las masas. Trotsky en el Circo Moderno.” Semanario Ideas de Izquierda, Buenos Aires 6/9/20.

Spinoza, Baruch, Ética, Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1982.

--------Tratado político, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1989. En especial la excelente introducción, traducción y notas realizadas por Humberto Giannini y María Isabel Flisfisch.

-------- Tratado Teológico-Político, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1946.

-------- Epistolario, Editorial de la Sociedad Hebraica Argentina, Buenos Aires, 1950.

Tatian, Diego, La cautela salvaje. Pasiones y política en Spinoza, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2001.

Vázquez Mónica Iglesias, “Volver a la comunidad con Karl Marx. Una revisión crítica de la dicotomía comunidad-sociedad.” Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, México, año 17, N° 34, segundo semestre de 2015.

Notas

1. Carpintero, Enrique, “Introducción. La crisis de la pandemia llevó al estallido del espacio posmoderno.” en El año de la peste. Produciendo pensamiento crítico, compilador Carpintero, Enrique, e-book libre y gratuito en www.topia.com.ar

2. Vázquez, Mónica Iglesias, “Volver a la comunidad con Karl Marx. Una revisión crítica de la dicotomía comunidad-sociedad.” Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, México, año 17, Nº 34, segundo semestre de 2015. Algunas citas de Marx fueron tomadas de este texto. También fueron cotejadas con los textos originales.

3. Spinoza, Baruch, Tratado político, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1989. En especial la introducción, traducción y notas realizadas por Humberto Giannini y María Isabel Flisfisch.

4. Ídem 3.

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Articulo publicado en
Noviembre / 2020

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