La familia, esa institución que desde el ideal es un lugar de contención y cuidado, también resulta ser un territorio fértil para el despliegue de conductas violentas. Por una parte, porque existen en ella relaciones asimétricas. La necesaria diferencia de roles que cada uno ocupa en virtud de la dependencia real de los hijos en los primeros tiempos de la vida, deja a los adultos en una zona de mayor poder respecto de los niños, niñas y adolescentes, pero también implica una mayor responsabilidad. Por otra parte, la vida familiar transcurre en el ámbito de lo que históricamente se ha construido como privado y sus miembros comparten intimidad.
Si la violencia es el ejercicio de poder en el sentido de someter o dominar al otro, la dependencia emocional y material de los hijos respecto de los adultos los ubica como blancos posibles de alguna forma de abuso de ese poder.