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Transformaciones en la subjetividad en niños y adolescentes ¿Qué cambia, qué permanece?

 

Pensar las transformaciones de la subjetividad es comprender como los lazos sociales van definiendo a los sujetos, es la idea de contrato narcisista que plantea Piera Aulagnier ¿Cuál es ese contrato hoy?

El endiosamiento de la adolescencia es tal que la adultez perdió su categoría, los adultos hoy imitan a los adolescentes, se comportan como tales, copian su vestimenta y generan una confusión en los jóvenes que deben confrontar con padres que se niegan a crecer

Hablar de niño significa pensar en una subjetividad en vías de desarrollo, que se constituye en el discurso de los adultos. Requiere de alguien que le acerque la lengua y la cultura, y al mismo tiempo le ofrezca espacios de protección que le posibiliten incorporarla. La cría humana nace en completo desamparo y dependencia del “Otro”, rastro de la relación asimétrica entre niño y adulto. Es necesario que esa asimetría sea mantenida, y que en situaciones de vulnerabilidad se sostenga desde el amparo y la protección. La conducta de apego se construye en el vínculo. Cada vez que un niño se sienta inseguro se activara su sistema de apego y será necesario que surja una figura protectora que pueda darle sostén. Observamos niños con su sistema de apego activado permanentemente por la falta de una base segura, así como niños que construyen una adultizacion defensiva frente a adultos que no puede sostenerlos.

En nuestra practica clínica nos encontramos desorientados frente a la inquietud que provocan niños y adolescentes cuando ponen en juego su singularidad. La necesidad de respuestas y eficacia nos lleva a diagnósticos, clasificaciones y medicalizaciones, borrando la complejidad de la época y silenciando las particularidades de su presentación; así la tristeza, la inquietud infantil, la ansiedad, la rebeldía inherente, devienen en problemáticas que nos interpelan y muchas veces patologizamos.

Foucault (1999) plantea que la anormalidad es una construcción discursiva epocal que determina quién es normal, por ende, quién es anormal (biopolítica) y quién tiene un poder sobre esas vidas (biopoder) que ejerce dictaminando qué es lo que se debe hacer con el diferente en tanto representa un peligro. Estamos frente a un mundo que nos homogeniza, todos somos iguales frente a un mercado que nos ubica como objetos a ser consumidos.

El siglo XX fue el tiempo donde la ciencia puso su atención en los niños, siendo objetos de estudio. Freud nos habló del perverso polimorfo en contrapartida con el niño angelical del siglo XIX; se pensó su sexualidad, su desarrollo, sus necesidades, pasaron a ser sujetos de derecho. El siglo XXI, el siglo del capitalismo, del mercado, donde también el foco estuvo puesto en los niños y adolescentes, pero para pensarlos como sujetos de consumo. El mercado marcó una diferencia absoluta en la mirada de las infancias y adolescencias, hemos pasado de un mundo que organizaba el lazo social de manera vertical (complejo de Edipo) a un mundo horizontal más allá del Edipo. Hoy no hay una jerarquía del saber, el saber se encuentra en las redes que manejan la información, son los espacios valorados para obtenerlas, sin importar su veracidad. Niños parasitados por la angustia catastrófica de sus padres frente al futuro. Son tiempos de eficacia e instantaneidad, no de verdades, ni de propuestas. Las figuras que antes eran respetadas como portadoras de algún saber, son denostadas, así cayeron padres y docentes produciendo una borradura de las capas que diferencian las generaciones. El endiosamiento de la adolescencia es tal que la adultez perdió su categoría, los adultos hoy imitan a los adolescentes, se comportan como tales, copian su vestimenta y generan una confusión en los jóvenes que deben confrontar con padres que se niegan a crecer. Otro rasgo de época es la desmitificación de la familia nuclear como organización universal, la familia como tal, ha dejado de ser el vehículo privilegiado de la transmisión generacional y fuente de identificaciones. Así, el sujeto sin referentes simbólicos se encuentra en una época signada por la crisis de las normas, frente a un Otro que se desvanece, nos muestra la configuración de un nuevo orden simbólico, donde los discursos de la tecnociencia y del capitalismo se han convertido en nuevos paradigmas que plantean la premisa: solo se trata de gozar. Goce que queda desregulado frente a la caída de la función paterna, dejando al sujeto desorientado y sin ideales: “no sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. Hay una generación que tuvo más contacto con máquinas que con propios padres. F. Berardi los llama “generación post-alfa”, para quienes el alfabeto no ha tenido la función formativa que tuvo en las generaciones anteriores, crecieron rodeados de máquinas, especialmente de tecnologías que le permitían navegar indistintamente por mundos virtuales y conectarse en la inmediatez experimentando coordenadas espacio-temporales totalmente distintas a las de sus padres.

Los avances tecnológicos están al servicio de dejar a los niños paralizados frente a pantallas con pseudo lazos sociales generados con amigos virtuales que jamás conocerán, perdiendo el contacto, desapareciendo los cuerpos

En estos tiempos los adolescentes buscan su lugar en una cultura que va a mucha velocidad y donde lo adultos tampoco encuentran el suyo. El pasaje de la niñez a la adolescencia implica un duelo de varias aristas: duelo del cuerpo infantil, duelo de las figuras idealizadas de los padres y el acceso a una adultez, que hoy no es ningún lugar deseado, con lo cual aparecen nostalgias de una niñez perdida y no un deseo de acceso a un mundo que resulta inseguro y competitivo; ser adulto no es valorado, resulta mucha pérdida a cambio de nada y esto es parte de la transformación de la subjetividad adolescente actual.

L. Juri plantea el concepto “inversión de roles”, donde relata cómo se invierten los roles perdiéndose la asimetría necesaria y proveedora de seguridad para los niños frente a adultos sobrepasados, con una realidad acuciante y situaciones personales de pérdida (laborales, relaciones de afecto, etc.). Los adultos están muy ocupados y atentos a sus propias fragilidades devenidas muchas veces de las circunstancias socioculturales en las que están inmersos; corren el riesgo de anteponerlas a las de los niños o jóvenes que tienen a su cargo, pidiendo ellos protección a los niños. A los adultos de hoy se les hace difícil visualizar la indefensión propia de la infancia y la necesidad de sostén y amparo que deberían brindarles.

Frente a este estado de indefensión de los adultos, incapaces de proveer seguridad y protección a sus hijos, podemos afirmar que estamos habitando un mundo basado en la lógica del consumo, el tener y ser se confunden, a veces son equivalentes. En muchos casos los afectos se confunden con el tener, padres que llenan de juguetes a los niños en reemplazo del tiempo que no pueden dedicarles, juguetes que no son para jugar sino para tener y con ellos, completarse imaginariamente. Los avances tecnológicos están al servicio de dejar a los niños paralizados frente a pantallas con pseudo lazos sociales generados con amigos virtuales que jamás conocerán, perdiendo el contacto, desapareciendo los cuerpos. Esto provoca que los tiempos se reduzcan, se busca lo instantáneo, la capacidad de concentración y de espera es casi nula, las soluciones tienen que ser rápidas, se pierde la distancia entre lo público y lo privado, generando un vaciamiento de lo íntimo. La autoestima está vinculada a los likes que se puedan obtener y no a reales lazos sociales. Los cuerpos se borran, los ídolos de hoy son los influencers que marcan tendencia momentánea de qué debe consumirse. ¿Qué mejor “compañero” que un dispositivo electrónico que no requiere de otro, que no pide nada a cambio, y que está disponible en todo momento con solo pulsar un botón? Hay una degradación de la palabra, que deja al sujeto expuesto al exceso del goce sin capacidad para metabolizarlo. La eficacia es tal que hasta el tiempo de esparcimiento tiene que estar organizado en actividades-programas.

En estos tiempos los adolescentes buscan su lugar en una cultura que va a mucha velocidad y donde los adultos tampoco encuentran el suyo

El consumo desenfrenado de objetos y de sujetos surgen como intento fallido de colmar el vacío estructural, los objetos pierden su valor y deben ser reemplazados por otros, así vemos un mercado que direcciona el deseo: deseo de tener, deseo de consumir, generando cada vez más vacío. Lipovetsky la denomina “hiperconsumo”, ligado a nuevas modalidades de estar, de consumir y de transitar los espacios actuales, que remiten al sujeto desdibujando el deseo a una exigencia de goce ilimitado. Toda época posee características específicas que la definen y la determinan, y los sujetos, no escapan a su impronta. En otras palabras, cada momento histórico provoca efectos en la subjetividad, y en consecuencia también deja sus marcas en la manifestación de los síntomas, resultando sustancial investigar tanto los modos en que la cultura incide en la subjetividad, así como las diferentes respuestas que los sujetos manifiestan según el contexto de cada época. En cada tiempo, los niños son sujetados a las significaciones que los adultos les otorgamos. La ideología acerca de qué se espera de ellos se deja escuchar en nuestras expectativas y exigencias.

A su vez la infancia aparece como una etapa sobrevalorada. Se observa una tendencia a percibir a los niños como más grandes de lo que son. La idealización de la juventud y con ello, el desconocimiento del devenir temporal se conecta con cierta pérdida de saber y poder del mundo adulto. Lo que en otra época era la valorizada experiencia adulta, hoy es considerada a menudo como desactualización, de este modo, la autoridad antes sustentada por los adultos queda vulnerada. Aparecen modelos identificatorios que tienden a desconocer las diferencias generacionales, así, la distancia entre los adultos y los niños se acorta y estos últimos pasan a ser depositarios de un saber que los supera, los roles se confunden y llevan a la desorientación. Hay un abandono del cuerpo humano, del contacto sustituido por otras corporalidades (más técnicas y menos carnales), y por otras comunicaciones, otros afectos, otros tactos; se produce una metamorfosis de la subjetividad. La corporalidad materna le da al infante las coordenadas de su mundo, el tiempo de la crianza es una forma lenta de parir, cultural y socialmente, por lo tanto, sus sustitutos le entregan otras coordenadas y lo socializan de otra manera.

Es indispensable revisar el lugar de los adultos como agentes protectores de una sociedad que trata de fagocitarlos, recuperar la ternura, la mirada al otro como semejante, dar lugar a la indefensión de la subjetividad sin patologizarla, instalar la espera, recobrar el tiempo, valorizar la actividad lúdica y creativa. ◼

 

Bibliografía

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María Casariego de Gainza, Lic. en Psicología
macasariego [at] yahoo.com.ar

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Articulo publicado en
Abril / 2024

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