El psicoanálisis es un plural | Topía

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El psicoanálisis es un plural

 
(Respuesta al Libro negro del psicoanálisis)
 Editorial

Llegamos al número 50 de nuestra revista. Esto nos lleva a recordar el número 1 que publicamos en mayo de 1991. El título del Dossier fue marcando nuestra historia: “El psicoanálisis en la crisis de nuestra cultura”.
En la editorial de ese número señalábamos: “La práctica del psicoanálisis requiere una permanente reflexión sobre sí misma y sobre la cultura en la que se realiza, a la cual aquel también ha contribuido a modificar. Freud escribió que ‘la psicología individual es al mismo tiempo, y desde un principio, psicología social’ no porque esta última fuera a reemplazar a la primera, sino porque no podemos entender las manifestaciones que se producen en la subjetividad sin dar cuenta de la cultura a la que el sujeto pertenece. Por ello la práctica que se realiza en un consultorio es una actividad en la cultura y, por lo tanto, el psicoanálisis se realiza plenamente cuando deviene análisis histórico y cultural.” Luego continuábamos: “De esta manera, Topía revista se propone como un espacio de reflexión donde el psicoanálisis, al no pretender transformarse en una cosmovisión, se puede encontrar en un diálogo fecundo con otras disciplinas de las ciencias, las tecnologías, con los movimientos sociales y ecológicos, con terapias alternativas que dan respuesta a situaciones puntuales (gestálticas, dramáticas, corporales, sistémicas, etc.).”    
Toda una propuesta que fuimos desarrollando en estos 50 números. Desde esta perspectiva creemos necesario reflexionar sobre El libro negro del psicoanálisis.

Un marketing editorial: El libro negro del psicoanálisis

El libro tiene un gran impacto. Es un grueso volumen de 650 páginas con un título contundente: El libro negro del psicoanálisis. Lo de “libro negro” remite a que nos revelaría historias siniestras de la práctica del psicoanálisis. Para que no queden dudas el subtítulo agrega: Vivir, pensar y estar mejor sin Freud (estas dos últimas palabras están destacadas en rojo). En la tapa aparece la cara de Freud formando un polígono de tiro. Sobre este disparan destacados profesionales con extensos antecedentes académicos bajo la dirección de Catherine Meyer. El objetivo del marketing editorial esta logrado: un buen packaging para una información conocida por todos los psicoanalistas presentada en un formato para el público general . Al leerlo nos encontramos con una de las críticas más superficiales que se han hecho a la práctica del psicoanálisis. Lo cual, no es decir poco si recorremos los ataques y cuestionamientos que ha recibido durante estos cien años. La crítica se sostiene en un paradigma de época: el revisionismo histórico neoliberal que se basa en la vida íntima del sujeto para descalificar su producción teórica. Por ello Freud es presentado con todos los calificativos posibles: cocainómano, misógino, plagiador, mentiroso, falso, padre incestuoso, manipulador, etc.
El libro surge en Francia luego de una disputa para regular el mercado de Salud. En el 2003 el doctor Accoyer, diputado de la mayoría conservadora en la Asamblea Nacional, propone reglamentar el ejercicio de la psicoterapia. En la primera versión incluyó a los psicoanalistas. Luego de arduos debates y presiones éstos quedaron afuera. Más adelante el Ministerio de Salud de Francia publica un informe donde se destacaba la “incomparable eficacia” de las Terapias Cognitivas Comportamentales (TCC) frente a los “misteriosos meandros del psicoanálisis”. Nuevos debates y presiones. El informe fue retirado de la circulación y los representantes de las TCC denunciaron “una censura científica”. Había que atacar el psicoanálisis. Para ello contaron con la colaboración de los “Freud words”, quienes en 1996 intentaron anular la exposición sobre Freud en Washington. Estos son historiadores de EE.UU. que se denominan “revisionistas” al intentar revisar los mitos fundadores de las que llaman “imposturas freudianas”. Su resultado fue este libro.
Sobre este texto se ha dicho lo suficiente. Seré breve. Esta escrito por 44 autores que reeditan trabajos históricos, teóricos, investigaciones y testimonios que apoyan las TCC. Los textos son de fácil lectura y están divididos en cinco partes. Las tres primeras se dedican a cuestionar la figura de Freud para derrumbar los fundamentos del psicoanálisis. Freud es presentado como un embustero que manipuló pacientes y engañó a todo el mundo al formular conceptos que habían sido descubiertos por otros investigadores. Los cinco casos escritos por Freud son rebatidos sin tener en cuenta los diferentes momentos teóricos y clínicos en que fueron desarrollados. Además el psicoanálisis que debaten los autores ha cambiando desde que lo practicaba Freud hace un siglo. La teoría pulsional es discutida en tres líneas. Sobre la teoría sexual se llega rápidamente a la conclusión que es un fraude. Además de Freud también son tratados con inusual violencia Melanie Klein, Ernest Jones, Anna Freud, Bruno Bettelheim, Francoise Dolto y Jacques Lacan (aunque, a lo largo del texto, son destacadas frases de este autor para desacreditar a Freud). 
La cuarta parte avanza en esta perspectiva con testimonios de pacientes que fracasaron al realizar una terapia psicoanalítica. Luego continua con ex-psicoanalistas que descubrieron en las TCC una verdadera psicoterapia fundada científicamente en la psicología experimental. Finalmente en la quinta parte se demuestra que “hay vida después de Freud” en la “revolución de las neurociencias”, los psicofármacos y la TCC. Toda una propuesta para -como sostiene el texto- dos países atrasados como Argentina y Francia, ya que el resto del mundo occidental ha aceptado la hegemonía de una psicoterapia de EE.UU. como la TCC. Este es su planteo ideológico y político.
       El legado freudiano: una obra en permanente construcción

Encontrar en estas páginas lo que Freud era en realidad, tal como se lo puede reconstruir, nos habla de un personaje mucho más instructivo que cualquiera de las idealizaciones que se realizaron. En este sentido los diferentes ataques y críticas que tuvo durante todo este tiempo demuestran la vitalidad de su pensamiento. Sólo los creyentes pueden considerar que todo lo que argumentó debe considerarse cierto o no tenga que modificarse con los nuevos descubrimientos científicos y los paradigmas culturales de nuestra época. Su opinión del mundo fue lo suficientemente verdadera como para que los aspectos más importantes de su pensamiento sigan teniendo vigencia. Por ello es una presencia contemporánea al aportar ideas y conceptos que superaron los límites de su propia cultura. Es así como el psicoanálisis nunca fue un movimiento monolítico. En su interior ha tenido críticas de su dogmatismo, su jerga propia de una secta, sus equivocaciones, su colaboración con el nazismo y diferentes dictaduras. Algunos psicoanalistas, escondidos en una falsa neutralidad, apoyaron posiciones de derecha; otros, desde la izquierda, optaron por apoyar las luchas sociales y políticas. Es cierto, en la actualidad muchos psicoanalistas han dejado los espacios sociales y políticos. De allí que este texto no profundiza en cuestiones epistemológicas, teóricas o clínicas ya que su objetivo es político: defender una política donde en el síntoma desaparece un sujeto histórico-social.   
Si hay un legado freudiano este es dar cuenta de una obra en construcción, abierta al cambio y a nuevos modos de pensar el sufrimiento humano. Sin duda el psicoanálisis fue alguna vez un movimiento instituyente que luego se transformó en un instituido que se resistió a muchas premisas que dieron sentido a su aparición en el campo de la cultura.
De esta manera muchos analistas siguen defendiendo un supuesto psicoanálisis “puro” y “ortodoxo” como verdad totalizante al servicio de intereses teóricos y políticas institucionales. Esto no implica reconocer el peligro de transformarlo en una psicoterapia adaptativa donde el objetivo es terminar con los síntomas para lograr el éxito social acorde con la cultura dominante. Pero estas circunstancias no lo puede seguir llevando a encerrarse en un lugar privilegiado para una secta de iniciados, cuya consecuencia es sostener un imaginario social que lo considera un tratamiento caro y que no resuelve las actuales demandas de atención.
Por ello, como venimos planteamos en nuestra revista, es necesario dar cuenta del giro que ha dado el psicoanálisis como consecuencia de las transformaciones en la subjetividad y los nuevos paradigmas de nuestra cultura donde el predominio de la represión sexual, en el que se ha desarrollado nuestra práctica, ha trocado en el predominio del trabajo con la pulsión de muerte. Esto implica no sólo nuevas manifestaciones sintomáticas sino también un escuchar diferente del sujeto en análisis. Nuestra mirada clínica se encuentra con una subjetividad efecto del actual malestar en la cultura cuya historia social es soporte de la historización del aparato psíquico. Su resultado es poner en cuestionamiento el dispositivo clásico para implementar lo que denominamos Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos. Pero este estado de situación lleva a la complejidad que aparece en nuestra práctica cuyas consecuencias no son sólo del orden de la técnica sino también de la teoría, la formación y la transmisión del psicoanálisis .
En este sentido sostenemos que la denominación de psicoanalista abarca modalidades de trabajo muy diferentes, tanto en prácticas como en teorías. Por ello debemos hablar de un psicoanálisis en plural que se ha fragmentado en varias identidades donde ninguna puede pretender un lugar hegemónico. Esta posición no alude a un “vale todo” que iguale cualquier enunciado. Por el contrario, respetar las diferencias de “los psicoanálisis” va a permitir un debate que lleve a delimitar su especificidad teniendo en cuenta el paradigma de nuestra cultura.
La perspectiva postmoderna al plantear el “fin de la historia” lleva a que el sujeto se adapte a los tiempos que corren. Por ello su oposición al psicoanálisis. Este es heredero de los grandes relatos. Esa es su fuerza, ya que el tiempo actual no da lugar al tiempo que supone encontrarse con uno mismo. Se postula un sujeto sin identidad, sin deseo, sin historia, sin la posibilidad de realizar un proyecto. Por ello es necesario considerar si, como analistas, estamos situados respecto de la actualidad de nuestra cultura para que las demandas de su malestar se dirijan a nosotros. Este es un debate político. Este es el debate que nos plantea El libro negro del psicoanálisis.

La banalización del dolor: un síntoma sin sujeto

Plantear un síntoma sin sujeto es propio de las diferentes técnicas que se validan en la psicología experimental. Esta perspectiva también la podemos encontrar en la psiquiatría biológica que apoyada en los descubrimientos de las neurociencias y la psicofarmacología recurren al DSM IV (Manual de Diagnóstico y Tratamiento de los Trastornos Mentales de la American Pychiatric Association) donde su objetivo no es organizar un tratamiento psicoterapéutico sino clasificar cada trastorno para poder aplicar la droga correspondiente.
En ambas el síntoma se puede curar con una técnica particular o una pastilla dejando de lado la subjetividad del sujeto. Rescatar la especificidad de la cura analítica no impide desconocer los avances en las neurociencias, así como situaciones que requieren la necesidad de implementar diferentes técnicas: grupales, familiares, de pareja o el continente de un grupo de autoayuda.  
Sin embargo aislar el síntoma de un sujeto es una característica de la cultura dominante. Un ejemplo lo podemos encontrar en la cuestión del dolor.
Nuestra cultura nos dice que el dolor es solamente un problema médico. Pensamos en el dolor y aparecen enfermedades, drogas, hospitales y operaciones. Pero el dolor es algo más que una cuestión de neurotrasmisores. El dolor pertenece a nuestra intimidad pero su percepción es un entramado de factores sociales y culturales. La importancia de todos los desarrollos en la medicina del dolor no puede dejar de lado la fuerza de la cultura que genera un sistema de creencias sobre el dolor. Dicho de otra manera, el síntoma lo produce un sujeto que sufre. No hay dolor sin sufrimiento. Es el sufrimiento el que da un significado afectivo que traduce un fenómeno fisiológico en nuestra subjetividad. Pero este sufrimiento es diferente según los sectores sociales. La civilización no sólo aísla de la incomodidad a las clases dominantes sino que está construida sobre el dolor de los sectores dominados.  
Veamos lo que plantea Cristophe Dejours . Este utiliza el concepto de “banalidad del mal” de Hannah Arendt para explicar la indiferencia de importantes sectores de la población a la injusticia social (sus conceptos permiten entender el resultado de la elección en Francia. También el masivo apoyo a Macri). A diferencia del discurso postmoderno dominante sostiene que el trabajo no disminuye, sino que aumenta. No hay menos obreros. Al contrario, éstos han aumentado. Pero han cambiado de ubicación geográfica mediante la división internacional del trabajo y de los riesgos (subcontratación, changas, trabajo no remunerado, trabajo ilegal, etc.). Aquéllos que tienen trabajos precarizados y los desocupados viven procesos de sufrimiento que atacan las bases mismas de su identidad generando enfermedades psíquicas y orgánicas. La persistencia de esta situación lleva a la aparición del miedo, ante la amenaza de la exclusión social, cuya consecuencia es disociar la percepción del sufrimiento y el sentimiento de indignación que implica reconocer la injusticia. Desde esta indiferencia y tolerancia a la sociedad neoliberal frente a la infelicidad y el sufrimiento de una parte de la población Dejours señala tres características de la “normopatía”: 1°) indiferencia ante el mundo distante; 2°) suspensión de la facultad de pensar y su substitución por recursos del discurso económico dominante y 3°) abolición de la facultad de juzgar y de la voluntad de actuar colectivamente contra la injusticia, ya que se producen reacciones ante determinados hechos pero no una acción que busque otra forma de organización social. En estas estrategias defensivas las mociones psicológicas son secundarias y están movilizadas por sujetos que tratan de luchar contra su propio sufrimiento: el del miedo que experimentan por efecto de la amenaza de precarización y exclusión social. Esta situación no es nueva en la historia de la humanidad. “Lo nuevo no es tanto ese grado de iniquidad, injusticia y sufrimiento que se imponen al otro mediante relaciones de dominación co-extensivas al sistema. Lo nuevo es simplemente el hecho de que este sistema pueda pasar por razonable y justificado, que se lo considere realista y racional, que una mayoría de ciudadanos lo acepte e incluso lo apruebe y, finalmente, que hoy en día se lo preconice como un modelo que hay que seguir, en el que toda empresa tendría que inspirarse en nombre del bien, de lo justo y de lo verdadero. Lo nuevo, entonces, es que un sistema que produce sufrimiento, injusticia y desigualdades cada vez más graves pueda lograr que se admita eso que produce y que se tenga por bueno y por justo. Lo nuevo es la banalización de las conductas injustas que constituyen su trama.” En este sentido Dejours plantea la necesidad de tolerar el sufrimiento ya que para actuar con racionalidad “hay que estar en condiciones de soportar la pasión y de sentir compasión. Pasión y compasión están en el origen mismo de la facultad  de pensar, o como diría Hannah Arendt, de la ‘vida del espíritu’.” Esta es la perspectiva que venimos desarrollando hace 50 números. Esperamos continuarla.

Meyer, Catherine (dirección), El libro negro del psicoanálisis. Vivir,  pensar y estar mejor sin Freud, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2007.

Podemos citar muchas obras de psicoanalistas que tratan la mayoría de los problemas aquí planteados. En especial mencionaremos la magnifica obra de Emilio Rodrigué, Sigmund Freud, un siglo de psicoanálisis, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2002. También en Elizabeth Roudinesco y Michel Plont, Diccionario de psicoanálisis, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1998.  

Aunque llamativamente en nuestro país no hubo muchas respuestas a lo planteado por este texto podemos citar a Elizabeth Roudinesco, Serge Tisseron, Rosa Aksenchuk, Germán García y Graciela Auram.

Sobre como trabajaba Freud se puede leer Roazen, Paul, Cómo trabajaba Freud. Comentarios directos de sus pacientes, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998.   

Carpintero, Enrique y Vainer, Alejandro, Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los ´60 y ´70, Tomo I (1957-1969), Tomo II (1970-1982), Editorial Topia, Buenos Aires, 2004/2005.  

Carpintero, Enrique, “El giro del psicoanálisis”, Suplemento Topía en la clínica.

Carpintero, Enrique, “La medicalización de la vida cotidiana”, revista Topía Número 49.

Morris, David, La cultura del dolor, editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1993. También Le Breton, David, Antropología del dolor, Seix Barral, España, 1999. 

Dejours, Christophe, La banalización de la injusticia social,Editorial Topía, Buenos Aires, 2006. El comentario que sigue es una versión ampliada de un artículo publicado en la revista Ñ del 23/6/2007.

 
Articulo publicado en
Agosto / 2007

Boletín Topía