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​Presentación de Más que sonidos. La música como experiencia

Por Eduardo Müller

El libro que hoy presentamos fue escrito por dos teclados, uno el de computadora de Alejandro, el otro el de su piano. Un concierto entonces para dos teclados. La invitación a presentarlo me compromete musicalmente. Me obliga a tocar mi propio teclado. A interpretar, en sentido musical, lo que leí. Como soy un negado para la improvisación me traje mi partitura. Para no guitarrear.

 

Mi padre fue crítico musical en los medios de Jacobo Timerman; en Primera Plana y luego en La Opinión. Como crítico tenía su platea fija en el Colón, teatro al que más de una vez lo acompañé. Un hijo mío es músico y vive en Barcelona. Enseña en un conservatorio y toca en una banda de tango guitarra y bandoneón y hace sus propios arreglos. Cuento esto no sólo para presentarme en la presentación, sino porque este libro habla de mí, como también de cualquier lector que inevitablemente se sentirá implicado en su propia vida al leerlo. Un libro este que tiene el extraño mérito de ser una autobiografía del lector. Musical, pero no sólo. O musical en el sentido extenso en que Alejandro define a la música. Es entonces un entrecruzamiento de autobiografías. Una verdadera música fusión. Que mezcla en la atemporalidad del inconsciente fogones y pogos, Chalchaleros y Virus, biblias y calefones como instrumentos musicales que tocan juntos "una que sabemos todos".

 

En su propia biografía Alejandro cuenta su grata sorpresa al descubrir entre los discos de sus padres a Abbey Road de los Beatles. Año 1974. Ya había sido iniciado en sus canciones por sus compañeros de primaria y se sorprendió con la coincidencia edípica. Su primer recital fue en dictadura. Fue a ver a Invisible, aquella banda que Spinetta armó entre el 73 y 77 después de Pescado Rabioso.

Me gustaría agregar algo de la historia previa del rock nacional antes de la llegada de Alejandro en plena dictadura. Un capítulo no muy estudiado de un desencuentro en la historia político-musical de la Argentina que me dolió enormemente.

 

Es que en los 70 pre dictadura hubo una lamentable escisión entre rock y militancia. Una militancia que a veces se excedió en la seriedad y en el disciplinamiento del deseo. Y no pudo ver la revolución musical que implicó el rock en español, mejor dicho en argentino. La juventud había encontrado un modo de ser representada como tal, lejos del tango o folklore y del edulcorado Club del Clan. Jorge Álvarez además de un talentoso editor impulsó la nueva música con su sello Mandioca, fue un visionario que vio al oír lo que se venía. La masacre generacional cometida por la dictadura no barrió con el rock. Y como muestra Alejandro en sus primeros recitales de adolescente en la oscuridad argentina, encontró un refugio invisible en Spinetta, en Serú Giran y Charly, en la revista el Expreso Imaginario. Yo soy de una generación anterior. Presencié los comienzos de Moris, Manal y Almendra. Estuve en un recital de Los Gatos donde Litto Nebbia juraba en falso que era la última vez que iba a cantar La Balsa. Fui preso en 1969 por ir a un recital de rock que se iba a dar en el viejo Auditorio Kraft. Se llevaron a los músicos también. En esa “dictablanda” (comparada con la genocida que le siguió) se hizo una ruidosa batucada en la seccional que fue reprimida a bastonazos. Insisto, no es un tema muy estudiado. El desencuentro juvenil entre militantes y rockeros, entre pelo largo versus patilla y bigote. Creo que fue un triste desencuentro, que cada uno hubiera enriquecido enormemente al otro. Lo que fue una dolorosa grieta para mí.

No es cierto que el rock en español renació después de Malvinas. Sólo fue menos reprimido y bastante usado. Así como hubo una "universidad de las catacumbas" también hubo música de las catacumbas. Donde Alejandro se crió.

 

Ya en los 60 "Paz y amor" no fue una cursi y simplona consigna hipposa. Fue un grito de guerra contra la guerra de Vietnam. Con la música como arma, en Woodstock, por ejemplo, se enfrentó a un régimen, un modo de vida, de consumo, de sistema imperial. Esa consigna, con el tiempo fue vaciada de significado político. E incomprendida en su propio tiempo por grandes sectores de la militancia popular. Es difícil entender hoy que en los 60 la paz era un grito de guerra. Y un combustible musical que arrasó en Estados Unidos y Europa.

 

La biografía musical de la adolescencia de Alejandro fue muy afortunada. Su casa disponía de piano y buenos discos. Y su incipiente vida social permitió que la buena música circulara de modo solidario. Esta conjunción muestra en acto

una de sus tesis: la música desborda siempre lo sonoro.

 

El eclecticismo, que en ciencia lleva siempre a mezclas insulsas e irrrelevantes, en arte es riqueza y amplitud. La play list de Alejandro  que nos regala como bonus track  de su libro, es de un bello eclecticismo. Desborda no sólo lo sonoro, sino el sectarismo musical; a la manera de Piglia en literatura, hace del cruce de géneros un modo libre de saltar alegremente pentagramas.

 

Lo primero que el libro se saca de encima son las definiciones canónicas de qué es la música. Polemiza con el reduccionismo de considerarla un fenómeno acústico y le agrega el cuerpo y la experiencia del cuerpo. Para escándalo de los diccionarios, repite la palabra a definir en la propia definición. Afirma con vehemencia, contra los censores de la RAE, que música es lo que vivimos cuando escuchamos música con todo el cuerpo. Aplaudo y adhiero con mi cuerpo esa forma de concebir la música como experiencia. Rompe con la pasividad del que la recibe. Extiendo con su permiso el concepto: Un lector, un espectador de cine o teatro, un contemplador de cuadros, no es un pasivo consumidor final. Es alguien que expone su cuerpo a la resonancia de lo que su cuerpo experimenta. Y Alejandro agrega que esa experiencia no es sin otros. Es intersubjetiva aunque en el momento que escuchemos estemos solos. Siempre hubo, hay o habrá un otro que hizo posible esa experiencia. Y siempre dentro de una cultura en común.

 

Comentar el libro es también comentar la play list con la que viene ¿acompañada, completada, ensamblada? Esa play list sea tal vez lo más personal de Alejandro en el libro. En ella se entrecruzan los Sex Pistols con la quinta sinfonía de Mahler, Los Beatles con sonatas de piano de Beethoven, Seru Giran con Sandro, Bob Marley con Richard Wagner, Quilapayun con Mozart, Daniel Viglietti con Erik Satie. Como en la música, lo más importante es lo que hay entre tema y tema. Esa verdadera libertad de oreja.

 

El libro me descoloca en un conmovedor capítulo con algo que no conocía: El odio a la música, el odio a la música por motivos políticos o filosóficos. Por ejemplo por considerarla una fábrica de obediencia. Primo Levi recordando la experiencia musical en los campos de exterminio nazi, la define como un maleficio, una hipnosis del ritmo continuo que aniquila el pensamiento y adormece el dolor. Pascal Quignard considera que la función primordial de la música es la obediencia. Ya Platón afirmaba que penetra en el interior del cuerpo y se apodera del alma. El flautista de Hamelin y el canto de las sirenas nos habla del peligro mortal de escuchar música. Al leer ese capítulo tarareaba sin querer la melodía de la Marcha Fúnebre de Chopin. Me acordaba de la sobrecogedora música de Wagner en el film Apocalipsis Now mientras los helicópteros arrojaban napalm el la selva vietnamita, proporcionando al espectador una aterradora belleza.

Pero inmediatamente Alejandro opone la música de la resistencia. La música clandestina en los campos que permitió a muchos prisioneros sobrevivir. Por ejemplo a Jorge Semprún.

 

Como el libro afirma, en las series complementarias de nuestra relación con la música se entretejen distintas biografías musicales, ninguna igual a otra. Lo que a uno mata a otro lo salva. Lo que para uno es familiar para otro es siniestro.

 

En mis propias series complementarias que Alejandro me enseña para ejercer esta suerte de autobiografía musical están los 60 del folklore tardío pre rock: Cosquin fue el lugar de mis primeros recitales, el nuevo cancionero, Tejada Gomez, Mercedes Sosa, Atahualpa y Cafrune. Qué bronca me daba! un chiste de Borges en esa época que decía que el folklore tiene tanto éxito que está por llegar al interior. Fue la primer música que no pude compartir o mejor dicho que pude no compartir con mi padre. Mi primer rebelión adolescente fue a los ponchos. Después seguí no compartiendo con mi padre el rock.

Por eso en mi play list ocupa un lugar especial la banda Divididos tocando el Arriero, como rock y como folklore. Entonces agrego a la historia musical que nos entrecruza a la peña como experiencia musical. Con vino, empanadas, guitarras y otros. Los fogones que al principio eran módicas peñas sobre arena o pasto, y a la noche chicas y muchachos sin Tinder. Cuando lo fogoso venía del fuego. Y la política se mezclaba con el erotismo juvenil. En los 60 las ceremonias de los carnavales en clubes: Comunicaciones, Atlanta, San Lorenzo. La boite, ¿cuántos jóvenes sabrán qué era una boite? Mau Mau o Matokos en frente de River.

 

En la Historia de la vida Privada de Philippe Aries y Georges Duby se cuenta cuándo y cómo la lectura pasó de ceremonia pública con alguien leyendo en voz alta en la plaza pública, a la lectura silenciosa que se volvió privada en la intimidad de un dormitorio. También la música tuvo una historia parecida, dependiendo de la evolución de los medios de producción musicales. Y la música se privatizó en dos sentidos distintos: como ceremonia íntima y como privatización capitalista. Spotify aúna los dos sentidos. Pago una cuota mensual a los dueños de la nube que me la bajan por un ratito para que yo la escuche en soledad.

 

Uno de los capítulos más originales e interesantes es el dedicado a la música de fondo. En otra época se llamaba con más precisión música funcional. Mostrando ya en el nombre que la música tiene una función, por ejemplo la de esperar sin desesperar en una sala de espera. Siempre me llama la atención la TV de fondo en bares con canales musicales en silencio. Música de fondo en silencio. Se ve de fondo lo que no se puede oír.

Me produjo mucho alivio cuando Alejandro diferencia en la música de fondo la elegida de la impuesta. Estaba por bajar la música mientras leía el libro, que en este caso era la propia música que él eligió en su play list, aliviado seguí escuchando música de fondo mitad impuesta por él y mitad elegida por mí. El libro muestra lo que siempre supimos sin darnos cuenta. Que en todos lados, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos hay música de fondo. A semejanza de un panóptico, una especie de pan-auditivo que nos hace oír de todos lados. Que nos espía oír. Que la llamada música funcional nos hace bailar sin darnos cuenta al ritmo de jefes, patrones, empresarios, distinto tipo de hamelines. Una música invisible como la banda del primer recital de Alejandro.

 

Para terminar un comentario sobre psicoanalistas y música. Freud se jactaba, exagero con ese verbo, de no disfrutar de la música por no ser materia permeable a la conceptualización. Alejandro dice que por suerte los psicoanalistas no se identificaron con esa incapacidad del Maestro. Es sabido que Freud no fue alguien influenciado por la Viena de su época. Cuando le preguntaron por sus libros preferidos para una encuesta eligió los best sellers de su tiempo. Si bien Freud cambió la cultura de su época, no fue influenciado por esa misma cultura. Pero muchos de sus discípulos sí.

 

Y ya en Argentina Alejandro nos recuerda la figura de David Liberman, que mientras estudiaba fue pianista de jazz  en la orquesta de su padre. Fue Liberman el que le dijo a sus 18 años que no abandonara la música. Recuerdo por mi parte la fascinación de Liberman por esos aparatos nuevos llamados grabadores. Los Geloso. Grababa y hacía grabar sesiones y desde su entusiasmo por la teoría de la comunicación percibía los distintos tipos de sonidos. Un amigo mío que supervisó con él me contó la siguiente anécdota con la que termino. Mi amigo trae la cinta grabada de la sesión con un paciente. David le pide que la pase en velocidad. Sólo se escuchaban ruidos que iban del grave al agudo. En un momento Liberman le pide que pare ahí el grabador, que allí el paciente se deprimió. Cuando el grabador vuelve a su velocidad normal se escucha "y cuando mi papá falleció ...". Hoy gracias al libro entiendo qué me impresionó tanto de esta anécdota; ese más que sonidos, ese entre sonidos que un músico puede oír y hacer oír. Como un psicoanalista.

Chim Pum. Gracias.

Cavern Club, Paseo La Plaza, 12 de agosto de 2017.