Trazas de la crueldad vs. procesos subjetivantes. Una mirada desde el psicoanálisis | Topía

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Trazas de la crueldad vs. procesos subjetivantes. Una mirada desde el psicoanálisis

 
Topía en la Clínica: Violencia de padres hacia hijos

La muerte no ocurre una sola vez,
la definitiva, la que se vuelve noticia.
Hay muertes que se labran en la piel.

Marcelo Percia, 2023

 

Introducción

Ante una crisis social, histórica y ecológica derivada de un modelo de consumo y depredación voraz, se evidencia un “(...) colapso a la vez psíquico, social y ambiental” (Fernández Savater, 2024, p.129) que agota cuerpos y vínculos. En este escenario, la ola reaccionaria y negacionista opera como una desmentida: el sujeto percibe la realidad traumática y su responsabilidad en las violencias (especialmente contra mujeres, infancias y grupos vulnerabilizados), pero actúa como si no existieran. Lo que estos sujetos no pueden tolerar de sí mismos -su capacidad de daño- lo expulsan fuera para proteger una integridad supuesta.

Esta crisis de los vínculos hace imperativo reformular nuestra concepción de la individualidad; en esa línea, Butler señala que se trata de una ficción reducir los cuerpos a una unidad: más bien se trata del cuerpo como umbral, como apertura a la alteridad, entendiendo a las personas en términos de interdependencia social.1

No es casual que el concepto de “estrago” se asocie instantáneamente a lo materno (el mito de la “madre destructiva” o “madre devoradora”), desviando así la atención de las negligencias, abandonos y violencias (abiertas o veladas) de los progenitores varones.

En el contexto de los vínculos -tales como los que se dan entre padres e hijos o docentes y alumnos-, la relación debería sostenerse en un reconocimiento mutuo. La investidura simbólica que se les otorga a los primeros debería entonces implicar la obediencia, no por coacción o persuasión, sino por el respeto al lugar que el adulto ocupa en la transmisión del mundo y al lugar que las infancias poseen como sujetos de derechos.

En una época en la cual la derechización extrema pendula la balanza hacia el rebrote de violencias que confrontan la potencia de lo colectivo, presenciamos la caída de los lazos sociales que se fracturan produciéndose “estallidos del yo” (Bleichmar, 2010) que difuminan la noción de semejante. Quienes se asumen parte de la hegemonía heteropatriarcal se sienten capacitados para ejercer violencia sobre otros cuerpos. Esta negación es la base de la dueñidad (Segato, 2019) ejercida no solo sobre mujeres, sino también sobre las hijas y los hijos varones2, a quienes se les impone el mandato de la masculinidad hegemónica.

Este neologismo -extraído de la autora citada- opera como una licencia tácita para el control y la imposición de roles rígidos. De los varones se exige una investidura que transmita autosuficiencia y fortaleza, debiendo mostrarse insensibles ante el dolor del otro. La obligación de encarnar esta masculinidad rígida choca con sus propios diques morales, sus temores y la necesidad de ser reconocidos por parte de otros varones. Este último punto es crucial: la necesidad de aprobación entra en tensión directa con el requisito de mostrarse emocionalmente potentes.

Por una desnaturalización de las violencias

Es frecuente aún en la actualidad escuchar frases tales como: “Está en un entorno violento, es lo que aprendió desde siempre, su padre/madre también le pegaba, así se hace hombre”. Estos argumentos revelan una profunda aceptación social de los diversos tipos de violencias, justificando incluso las que van dirigidas a los propios hijos como modo de restaurar un espacio de poder que supuestamente les pertenece: cuando la legitimación disminuye, el dominio se ejerce por la pura violencia, cuyo único fin es el sometimiento del otro, especialmente de quien está en un estado de suma dependencia. Cabe destacar que lo que ha colapsado también es una forma obsoleta de entender y ejercer el poder.

Según la Oficina de Violencia Doméstica (OVD)3, en 2024 los niños, niñas y adolescentes (en adelante “NNyA”) constituyeron el 32% de los afectados por violencia doméstica.4 Las modalidades más comunes fueron la psicológica (90%) y la física (34-39%). Es imperativo destacar que 7 de cada 10 personas denunciadas eran sus padres varones.

Ante la frecuente inacción institucional, estos datos quedan velados. Urge reubicar la responsabilidad en estos progenitores y exigir el cumplimiento de su rol de cuidado y sostén. En ese sentido sostenemos que analizar el concepto de estrago paterno (Fernández, 2021) podría colaborar en el reencauzamiento de una paternidad enfocada en la crianza, el sostén y el amparo, aspectos cruciales para los procesos subjetivantes de nuestras infancias. Alkolombre (2019) describe cómo la cultura tradicional sobreentiende que es la madre quien se ocupa de la crianza. Esta naturalización de la ausencia paterna se replica en sistemas de salud y judiciales que fallan en visibilizar la responsabilidad del padre y sus violencias, dejando sin diagnosticar con frecuencia daños psíquicos en los hijos.

Según la Oficina de Violencia Doméstica en 2024, los niños, niñas y adolescentes constituyeron el 32% de los afectados por violencia doméstica.

Se configura entonces una encrucijada: mientras que a la madre se le exigen de manera ineludible las tareas de crianza, sostén afectivo y cuidados (incluso en detrimento de su propio desarrollo personal y profesional), al mismo tiempo, es a ella a quien se le atribuye la culpa o la responsabilidad principal a la hora de evaluar y diagnosticar los posibles daños o patologías en el psiquismo de sus hijos. Esta doble vara termina siendo una encerrona perversa. No es casual que el concepto de “estrago” se asocie instantáneamente a lo materno (el mito de la “madre destructiva” o “madre devoradora”), desviando así la atención de las negligencias, abandonos y violencias (abiertas o veladas) de los progenitores varones.

Si de estragos se trata... el incesto y la desafiliación

Se nos consulta para intervenir en relación a una situación en la cual Tomás, un joven de 25 años despliega conductas sexualizadas y persistentes intentos de abuso hacia sus hermanos menores. Se trata de una genealogía devastada: tanto Tomás como sus hermanos son producto del incesto que ha ejercido de forma sistemática el progenitor sobre su hija Romina, y también madre de sus hijos. Aunque el agresor -quien condensa las funciones de padre y abuelo5- se encuentra encarcelado por ese delito (abuso sexual agravado), la eficacia de su violencia trasciende los muros de la prisión. Por un lado, la subjetividad de Romina queda capturada en una situación paradojal: el incesto la sitúa simultáneamente como madre y hermana de sus hijos, produciendo un arrasamiento filiatorio6 que desarticula las coordenadas básicas del parentesco. Por otro lado, porque la sanción que recae sobre este agresor no lo frena, conminando desde su encierro a Tomás (que además padece un serio retraso madurativo), a seguir sus pasos. Tomás, habiendo sido forzado a ser testigo de los abusos contra su propia madre, parece confinado a un destino inexorable: el de repetir el mandato de su progenitor y ejecutando maquínicamente sus acciones.

Analizar el concepto de estrago paterno podría colaborar en el reencauzamiento de una paternidad enfocada en la crianza, el sostén y el amparo, aspectos cruciales para los procesos subjetivantes de nuestras infancias.

El término progenitor (progignere)7 que proviene del latín, combina el prefijo pro (hacia adelante), la raíz gen (engendrar/dar a luz) y el sufijo tor (agente), aludiendo a quien engendra/procrea hacia adelante. Sin embargo, en esta configuración, el padre-abuelo subvierte radicalmente este sentido. En lugar de habilitar la sucesión generacional, impone sus propias reglas arbitrariamente clausurando así la alteridad. Se produce una irrupción en el psiquismo que provoca la expulsión de estos niños de su propio universo simbólico. El resultado son infancias estalladas: trayectorias vitales donde el tiempo de la niñez ha sido confiscado por la lógica del horror.

Si bien el abuso conlleva crueldad, en el incesto el estrago es aún mayor. En ocasiones, se pierde incluso la posibilidad de lo fraterno como sostén ante una subjetividad arrasada.

Hijos: víctimas directas, siempre…

Llegado a este punto, observamos entonces que hay una infinidad de violencias más que las que, a priori, podríamos suponer. En ocasiones, la invisibilización de estas violencias responde a un sesgo ideológico conservador que reintegra a las víctimas al entorno violento. Esta práctica constituye un ejercicio de “gatopardismo”, modo eficaz para que todo quede como está y provoca que las modalidades de dominación y sometimiento sigan su curso.

Anahí, de diecisiete años, llega a la entrevista por una causa de abuso sexual gravemente ultrajante cometido contra ella por parte de la pareja de su madre desde que tenía siete años. Su madre relata intentos autolesivos de la joven y, en una ocasión (en un tiempo que concordaba, según ubica, con la época en la que la niña pudo relatar los hechos denunciados), intentó ahorcarse. Al iniciar la entrevista, lo primero que Anahí me dice al entrar al despacho es que ella es producto de una infidelidad. Ante la perplejidad que me genera esa frase enigmática, decido dejarla en suspenso. Con el correr de las sesiones, el sentido de sus palabras empieza a esclarecerse: Anahí relata cómo hace unos años huyó en busca de su padre a otra provincia. En aquel entonces, sin haber revelado aún el abuso y bajo las amenazas del agresor, acudir a su madre no era una opción para ella.

Cuando la violencia se inscribe en la trama vincular, su capacidad de daño se potencia mediante mecanismos de naturalización y silenciamiento.

Al localizar la dirección, son su abuela y su tía paterna quienes la reciben, pero solo para retenerla y evitar que se reencuentre con su padre. Allí el calvario se reinicia: obligada a convivir con ellas, solo recibe una breve visita de su progenitor. Es en ese contexto donde descubre la verdad: su padre tiene otra familia establecida y ni su mujer ni sus hijos sospechan de la existencia de Anahí, ni de su madre, ni de su hermano.

Este descubrimiento profundiza su dolor y sella una sensación de desafiliación. Es una orfandad redoblada: se siente traicionada por su padre biológico y, simultáneamente, por aquel que -sin serlo- la crió solo para terminar sometiéndola. “Yo lo quería mucho, él me cuidaba”, confiesa con una angustia punzante, “eso es lo que más me duele, no entiendo por qué lo hizo.”

¿Las violencias pueden ser clasificadas?

Consideramos que, para leer los efectos psíquicos de estas violencias y pensar intervenciones eficaces, resulta necesario -más allá de comprender sus consecuencias subjetivas- enmarcar estos ataques como una arremetida directa contra los vínculos interpersonales (Butler, 2020).

Esta distinción es crucial: cuando la violencia se inscribe en la trama vincular, su capacidad de daño se potencia mediante mecanismos de naturalización y silenciamiento que operan para sostener el sistema familiar a cualquier costo. Así, al daño psíquico primario se le añade una violencia secundaria: la desmentida de la realidad por parte del entorno. A menudo se cae en reduccionismos que ignoran el insidioso menoscabo que se produce a partir de ciertas modalidades “sutiles” de maltrato. Del mismo modo, en los casos de las violencias sexuales, en ocasiones se “llega tarde” al diagnóstico, particularmente cuando afectan a NNyA. Esta situación se agrava ante la cronicidad del cuadro: según el momento evolutivo en que hayan comenzado, las agresiones provocan una degradación significativa de las facultades subjetivas o la aparición de secuelas traumáticas irreversibles en el psiquismo de estas niñas y niños.

Una posible conclusión para una práctica de lo sutil

Lo sutil, como señala De Brasi, escapa a los parámetros binarios de espacio-tiempo y causalidad; lógicas cerradas que acotan la experiencia en lugar de expandirla. Al priorizar la inmediatez, este enfoque -en palabras del autor- “ocluye pensar la temporalidad misma como constituyente de la otreidad... y con su huracán del ya y el ahora -exigencias patológicas- arrasa con el sujeto”.8

Nos negamos a sostener cualquier forma de minimización o invisibilización de las violencias contra NNyA, especialmente frente a sectores que pretenden borrar las trazas de la crueldad en territorios de extrema vulnerabilidad: las corposubjetividades en pleno desarrollo.

Es precisamente contra ese “huracán” que nos plantamos. Nos negamos a sostener cualquier forma de minimización o invisibilización de las violencias contra NNyA, especialmente frente a sectores que pretenden borrar las trazas de la crueldad en territorios de extrema vulnerabilidad: las corposubjetividades9 en pleno desarrollo de cada niña, niño o adolescente.

Este escenario revela la enorme dificultad de la posición en la que queda emplazado quien ha sufrido la violencia en carne propia o como testigo de la misma. Parafraseando a Berezin (2025), el dolor en estados extremos conlleva tal nivel de destrucción que el ser humano queda reducido a la mera supervivencia y confinado en un proceso desubjetivante y deshumanizante sin parangón.

Ante este panorama, la urgencia es ética y clínica: debemos interrogarnos cómo dirigir nuestra mirada hacia lo sutil. El desafío consiste en articular andamiajes que alojen la singularidad de estas infancias, garantizando que su desamparo encuentre un resguardo simbólico allí donde antes solo imperaba la intemperie.◼

 

Bibliografía

Alkolombre, P., “El padre ausente. Reflexiones sobre la paternidad y el deseo de hijo en el hombre” Revista de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis, Nº 23, 2019.
Berezin, A., Cap. “1974-2024” en Wikinski, M. (et al.) Trauma y tiempo: el oficio de analista en tres generaciones, La Cebra Editorial, 2025.
Bleichmar, Silvia, El desmantelamiento de la subjetividad: estallido del yo. Topía Editorial, 2010.
Bourdieu, P., La dominación masculina. Anagrama, 1998.
Butler, J., La fuerza de la no violencia. Paidós, 2020.
Carpintero, E., El erotismo y su sombra: el amor como potencia de ser, Topía Editorial, 2014.
Castoriadis-Aulagnier, P., La violencia de la interpretación: del pictograma al enunciado. Amorrortu, 1974.
De Brasi, J.C. Ensayo sobre el pensamiento sutil, La Cebra, 2013.
Corominas, J., Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Gredos, 2008.
Fernández, A.M. De los lapsus fundacionales a los feminismos del siglo XXI. Paidós, 2021.
Fernández Savater, A., Capitalismo libidinal, Ned Ediciones, 2024.
Goldwaser Yankelevich, Nathalie, “El debate modernidad-posmodernidad”, Revista SAAP, 2004, pp. 236-237
Krimer, M., Peligro Común (Percia, M., Epílogo). Nocturna Editora, 2023.
Segato, R., https://www.pressenza.com/es/2018/09/la-masculinidad-es-un-titulo-la-feminidad-no-rita-segato/, 2019.

Notas

1. Butler, J., La fuerza de la no violencia. Paidós, 2020, p. 31.
2. Parece una obviedad, pero esta aclaración se debe al retorno de la utilización del lenguaje universal por el cual el sintagma “seres humanos” se engloba en “los hombres”, produciendo un solapamiento de lo humano con los varones (Goldwaser Yankelevich, 2004, p. 234),
3. https://www.ovd.gov.ar/ovd/estadisticas/detalle/12123
4. Dejamos señalado a modo personal y más allá de los datos duros, que en muchos casos queda invisibilizado el daño que implica para una niña o un niño ser testigo de la violencia de género contra sus propias madres.
5. No es casual la dificultad para plasmar y representarse mentalmente estos vínculos a partir de las situaciones abusivas mencionadas, ya que se ve alterado de manera radical todo intento de sucesión filiatoria dentro de la cadena generacional.
6. Piera Aulagnier (1975) define al contrato narcisista como el vínculo entre el sujeto y el conjunto social. La sociedad (representada inicialmente por los padres) garantiza al sujeto un lugar en el mundo, un nombre y una historia, a cambio de que el sujeto continúe la vida del grupo. De lo contrario, se origina una ruptura en el investimento subjetivo que obstaculiza el proceso por el cual el psiquismo puede constituir su propio narcisismo.
7. Corominas, J. (2008), Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Gredos.
8. De Brasi, J.C. Ensayo sobre el pensamiento sutil, La Cebra, 2013, p. 19.
9. Término acuñado por Enrique Carpintero (2014) y que viene en nuestra ayuda para evitar caer en dualismos que no hacen sino desmembrar al sujeto al intentar comprenderlo.

 

Nadina M. Goldwaser
Psicoanalista
IG: @nadinemg
Email: nadinagold [at] gmail.com

 

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Articulo publicado en
Abril / 2026