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Prohibido Estacionar (Decir ya no alcanza)

 

Durante años viví en una casa en pleno centro de Mar del Plata. Hoy, con casi un millón de habitantes, la ciudad tiene el ritmo de una metrópoli.

El garage de la casa -frente a una plaza y a una de las clínicas más importantes- parecía no existir, a pesar de tener colgado en el portón un cartel visible de “no estacionar” y el cordón pintado de amarillo, muy a menudo estacionaban autos en ese lugar vedado.

En un principio busqué algunas explicaciones lógicas, pero no las encontré. No desde la lógica ciudadana.

El problema no es que no haya palabras, sino que las palabras ya no nombran lo que dicen nombrar. Y este vaciamiento de sentido produce una imposibilidad de analizar lo que acontece.

Con el tiempo empecé a notar algo distinto: no era simplemente una transgresión. Era como si ese cartel ya no dijera nada. Estaba ahí, visible, claro, pero había dejado de producir efecto. Ahí apareció una pregunta que después se volvió hipótesis: ¿qué pasa cuando un signo deja de operar?

Porque no se trataba solo de un garage. Esa misma lógica empezaba a repetirse en otros lugares, en otras situaciones, en otros planos de la vida social.

Desde hace un tiempo asistimos a una degradación del sentido. Ya no produce el mismo efecto que antes un cartel de “prohibido estacionar”. Y cuando los signos dejan de ordenar la experiencia, algo más profundo empieza a fallar. No es solo el cartel: es la relación entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre.

Ahí es donde la hipótesis se vuelve más amplia: las palabras empiezan a perder su capacidad de nombrar la realidad, el pensamiento pierde apoyo y la experiencia se vuelve confusa.

Se naturalizaron situaciones: “No pasa nada si estaciono cinco minutos en el garage de una casa, bajo a la farmacia y vuelvo. Dejo el coche con las balizas.”

Me fui acostumbrando a eso.

Algo de eso empezó a volverse habitual. Salía de mi casa, encontraba un auto bloqueando la salida, pero con las balizas encendidas. Entonces pensaba: “ya va a volver, tiene las balizas”, y el enojo, casi sin darme cuenta, bajaba.

Al principio, la experiencia incluía el llamado a los agentes de tránsito y a la grúa. Una sola vez en cuatro años llegaron y se llevaron un auto. Seguí llamando cada vez. Con el tiempo, ya no había grúas. Después, tampoco hubo personal. No tenían cómo. Habíamos quedado impotentes: ellos y yo.

Entonces, lo que antes era un signo -una señal universal de una norma de convivencia- dejó de nombrar la experiencia de la realidad.

Para el final de mi estadía en la ciudad, pensaba: “esto es así. Seguramente les pasa a todos los que viven en zonas céntricas.”

El problema de esta anécdota doméstica es que no es doméstica. Es social. Y ha producido la imposibilidad que buscaba: una sociedad que no puede pensar porque ya no puede nombrar lo que le pasa.

Silvia Bleichmar dice en su libro Dolor país y después…:

Los argentinos venimos de años de impunidad y deterioro del imperativo que rige toda sociedad. Actuar de tal manera que la propia conducta pueda ser considerada como ley universal, lo cual da el derecho a considerar que puedo existir, puedo exigir de los demás que actúen del mismo modo a aquel con el cual me propongo actuar hacia ellos. Pero con la sectorización, la descomposición de la noción del conjunto, la fractura de las obligaciones hacia el semejante y de los nexos de solidaridad y compasión han producido un extrañamiento en el cual no sólo ha ido perdiendo a lo largo de los años todo valor la vida humana, sino toda noción de conjunto.

Primero se cede en las palabras, después se cede en los hechos

El problema no es que no haya palabras, sino que las palabras ya no nombran lo que dicen nombrar. Y este vaciamiento de sentido produce una imposibilidad de analizar lo que acontece.

Hoy el significante libertad -otrora ligado a las izquierdas revolucionarias- se ha convertido en una explicación oximorónica de la derecha, que se autopercibe como anarcocapitalista: otro oxímoron. Y he aquí una de las formas actuales de degradación del lenguaje: se intenta explicar la confusión desde la confusión misma. Y nada resulta. Todo lo contrario.

Si no puedo nombrar lo que pasa, tampoco puedo saber si lo estoy comprendiendo. Y si no puedo confiar en mi lectura, quedo a merced de otras.

Asistimos a sesiones de las cámaras legislativas en las que escuchamos a funcionarios que no saben explicar, que confunden conceptos básicos, que desarticulan el sentido de lo que dicen. No se trata solo de errores: se trata de una imposibilidad.

Hace apenas unos días, una diputada nacional que preside la Comisión de Relaciones Exteriores publicó en sus redes sociales una foto y escribió: “con el embajador de Checoslovaquia”. El problema no fue la ironía. Fue que Checoslovaquia dejó de existir hace más de treinta años.

El episodio generó burlas, críticas, señalamientos. Pero lo relevante no es el papelón. Es otra cosa.

Es que quien ocupa un lugar central en la representación política no pueda nombrar correctamente el mundo que dice representar. Que confunda países, que desordene la historia, que vacíe de referencias las palabras que utiliza. Cuando eso ocurre, ya no estamos frente a una equivocación. Estamos frente a un lenguaje que ha perdido su capacidad de anclaje en la realidad.

Argentina está repleta de síntomas que muestran el hartazgo de una sociedad cansada de promesas incumplidas. Representantes políticos que dicen venir a terminar con la casta y con la corrupción, pero no pueden explicar ni cómo adquirieron propiedades ni cómo financiaron viajes durante su gestión con sueldos que no alcanzarían para sostenerlos. Promesas que no se sostienen ni siquiera en el nivel más básico del decir.

Pero no se trata solo de la política. También el empresariado participa de esta lógica: se vende “leche” en los barrios más pobres, pero en la letra pequeña -apenas visible- se aclara que se trata de “alimento lácteo a base de leche”. Es suero. Un componente lácteo derivado de la producción de leches y yogures compuesto principalmente -entre un 90 % y un 94 % - por agua. Algo que no alimenta ni sacia. También se reduce la cantidad de gramos de un producto manteniendo el mismo precio de góndola. No es más caro, es menos cantidad. Se dice una cosa, se entrega otra.

No estamos solo frente a estafas económicas. Estamos frente a un modo de funcionamiento donde las palabras han dejado de comprometer a quien las pronuncia. Prometer ya no implica sostener. Nombrar ya no implica referir.

Ahí es donde el problema deja de ser moral o político para volverse más profundo: se ha roto la organización discursiva que hacía posible la vida en común. Cuando las palabras no anclan en la realidad, tampoco lo hacen las instituciones que deberían sostenerla.

En ese contexto, el Estado ha quedado en el lugar de mayor impotencia. No porque el Estado, en sí mismo, sea ineficaz, sino porque ha sido progresivamente vaciado de sentido, degradado, silenciado. Una sociedad estafada no solo en sus recursos, sino en su capacidad de comprender lo que le ocurre. Un Estado que ya no protege ni garantiza la vida del conjunto, porque ha perdido -como las palabras- su capacidad de sostener lo que dice representar.

“Es imposible el escape si el prisionero ignora que está en prisión”

El escritor ruso Fiódor Dostoievski nos dejó una de las frases que mejor permiten pensar lo que está sucediendo. Ignorar que uno está preso no es un simple error de percepción, es el efecto de un desorden más profundo.

Cuando no hay palabras confiables para nombrar lo que ocurre, la experiencia se vuelve confusa. Y en esa confusión no solo se pierde el mundo: se pierde también la confianza en la propia capacidad de entenderlo.

Ahí se juega el problema de la desconfianza. No radica en lo que uno piensa del otro, sino en la duda que uno tiene acerca de su propia capacidad de analizar la realidad. Si no puedo nombrar lo que pasa, tampoco puedo saber si lo estoy comprendiendo. Y si no puedo confiar en mi lectura, quedo a merced de otras.

Vaciar el sentido de las palabras -confundirlas, malograrlas- produce justamente eso: un terreno donde ya no es posible operar. Entonces, ya no se trata de no analizar, sino de algo más sutil: se analiza, pero con categorías prestadas, con palabras que vienen de otro lado, con sentidos ya armados.

En ese punto, la desconfianza encuentra una salida aparente. Si no puedo sostener mi propio análisis, me aferro al que se me ofrece. Y así, casi sin advertirlo, la orientación ya no depende de una elaboración propia, sino de la posición desde la que otros organizan el discurso.

He aquí una de las condiciones que hacen posible uno de los fenómenos más inquietantes de la época: el llamado “pobre de derecha”.

¿Es posible una recomposición del texto social? ¿Por dónde empezamos?

No lo sé.

Lo que sí sé es que el último día que viví en Mar del Plata salí a la puerta de mi casa y había un auto estacionado en el garage. ◼

Lucas Méndez
Lic. en Psicología
Email: lumendez80 [at] gmail.com
IG: @lucasmendez.psicoanalisis

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Articulo publicado en
Agosto / 2026

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