Recién migrado me percaté de lo primero, acá significo algo para el otro. Y no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro. No es por mí. La decisión de buscar otro lugar para habitar, era porque el anterior se había vuelto inhabitable. No había lugar para el otro. El Otro no está, no importa, es despreciado, se pisotea, se odia. Jubilados que son pegados y no pagados, enfermos terminales abandonados, docentes embrutecidos adrede. Los que enseñan, los que curan, los jóvenes, los viejos; los enfermos y los sanos, están siendo denigrados. Era muy difícil seguir ahí. No huimos despavoridos, planificamos nuestra partida durante más de un año. No fue un exilio forzado, fue un exilio delator. Elegimos denunciar, dejando de asistir a una locura, a la tergiversación de nuestra cultura, que nos estaba haciendo mal desde hacía muchos años. Teníamos una coartada: un proyecto familiar y social. Desde luego que lo era, aunque promovido por el malestar social.
En Argentina, el neoliberalismo no se limitó a reordenar la economía: logró destruir la narrativa de la otredad, produciendo una subjetividad que ya no se piensa en términos de lazo social sino de síntomas individuales, fracasos privados y méritos personales.
En Andalucía encontré personas con una amabilidad sin empeño, sin esmero. Una experiencia ambigua: uno se siente bien cuando es visto por el otro, pero aquí ese ser visto no era un gesto excepcional ni un esfuerzo moral; era el punto de partida, el grado cero del lazo.
No había nada que agradecer. Nadie parecía hacer algo por mí. El otro estaba ahí, simplemente, en el radar, no como mérito ni como concesión, sino como condición mínima: reconocerlo, respetarlo, dejarlo existir.
No tiene que ver con lo económico, ni con el ascenso social, ni siquiera con la seguridad material. Todo eso existe, funciona y no lo niego. No estoy hablando de eso. Hablo de otra cosa.
Tiene que ver con un sentir, una sensación que se dirime en la comparación entre América del Sur y Europa. Entre Málaga y Mar del Plata. Entre España y Argentina. Llevo sangre andaluza en mis venas y no se ha diluido. Mis parientes emigraron desde Sorbas hacia Buenos Aires a principios del siglo pasado, y yo nací unas décadas después. Mi familia supo sostener algunas costumbres andaluzas
De esto no me percaté hasta haberme radicado aquí.
Caminar por callecitas angostas, cuidadas por construcciones que tienen siglos, pisar mármol en algunas de las aceras, me catapulta a pensar ¿qué habrá pasado por estas calles durante tanto tiempo? Solamente el tiempo y mi curiosidad van a responderme estas preguntas. Caminar por aquí es como entrar en un túnel de la historia y del asombro, lugares que fui buscando en diferentes ciudades, en otras épocas, a las que fotografiaba para estimarlas luego y que ahora son parte de las caminatas de todos los días hacia mi consultorio. No es solo su arquitectura y su obstinación por la conservación, lo mejor que tiene Málaga son los malagueños, amables, cercanos, cálidos y conversadores.
El neoliberalismo argentino ya no triunfa cuando empobrece, sino cuando logra que el empobrecido no mire al otro, sino a sí mismo, como causa de su fracaso.
¿Hay algún tipo de relación entre la ausencia del Otro con lo político?
¿Cuándo deja de existir el “nosotros” como categoría viva?
¿En qué momento el conflicto deja de ser político y pasa a ser psíquico?
¿Qué pierde una sociedad cuando todo se explica en clave individual?
A partir de una serie de reflexiones, intentaré explicar por qué creo que el avance de la derecha - la peor de todas - produjo la ruptura social que nos llevó a migrar, como a tantos miles de Argentinos, que lo están haciendo en este momento.
En Argentina, el neoliberalismo no se limitó a reordenar la economía: logró destruir la narrativa de la otredad, produciendo una subjetividad que ya no se piensa en términos de lazo social sino de síntomas individuales, fracasos privados y méritos personales. Allí donde había sociedad, quedó mercado; donde había conflicto político, quedó psicologización; donde había derechos, quedó culpa. No es solo individualismo, es segregación del otro como figura simbólica.
El movimiento cultural sudamericano se empecinó en mostrar lo solidario de un pueblo que no lo es. El pueblo argentino no es solidario en términos estructurales, aunque continúe narrándose como tal.
El neoliberalismo no destruye a la sociedad de frente: la vuelve invisible.
Creo que es momento de establecer una categorización social, política y económica, en rigor de lo que viene sucediendo en las últimas décadas. Ya no se trata simplemente de capitalismo tardío - como plantea Eric Hobsbawm; ni de neoliberalismo a secas, como lo propone Ignacio Lewcowicz. Durante el desarrollo de los recientes tiempos históricos, Argentina ha sido escenario de experimentos sociales y políticos, económicos y bélicos que no se han generado en ningún otro lugar.
La modalidad del proceso político a la que asistimos con la victoria democrática de Milei en las urnas, tiene que ver ya no con el empobrecimiento simbólico y cultural de la pobreza, parece una paradoja pero no lo es, hay un nuevo orden, un nuevo status: El neoliberalismo argentino ya no triunfa cuando empobrece, sino cuando logra que el empobrecido no mire al otro, sino a sí mismo, como causa de su fracaso.
Es en ese sentido que Javier Milei no inventa nada sino que pone palabras brutales a ideas ya instaladas, una subjetividad ya producida. Dice sin pudor lo que antes se decía con eufemismos. Su fanatismo por Margaret Thatcher no es anecdótico, se concentra allí una identificación ideológica. Es que Milei también es un sujeto producido por la banalidad neoliberal argentina, de ahí que su brutez y su incapacidad de producir lazo social tengan una herencia narrativa que produce identificación con sus votantes, en su mayoría pobres del interior del país. El dato inquietante es que Milei haya sido votado como promesa de progreso, aunque esto tenga coherencia doctrinaria.
La derecha latinoamericana es la más feroz de todas las derechas. Concebida en el marco del Plan Cóndor, se encargó de planificar algo más que la eliminación del enemigo político: planificó la producción de subjetividad de quienes, hasta entonces, eran ciudadanos. Los mecanismos utilizados para lograrlo se desplegaron durante décadas y exceden este análisis. Lo que sí puede afirmarse es que el objetivo fue alcanzado. Lograron algo decisivo: producir la identificación de un continente de trabajadores con figuras de riqueza extrema. Instalaron el deseo de ser ricos como horizonte vital, desplazando otros proyectos posibles —incluso la paternidad y la familia— y consolidaron ese anhelo como criterio de éxito social. No se trata de una exageración ni de una consigna: es una realidad efectivamente producida.
El Plan Cóndor no solo eliminó cuerpos: rompió la confianza social y dejó el terreno fértil para el neoliberalismo. Hizo posible el pasaje del terror al mercado. Allí donde el terror destruyó el lazo, el mercado se presentó como salvación.
En 1981, en una entrevista concedida al diario británico The Sunday Times, Margaret Thatcher formuló con notable claridad el núcleo del proyecto neoliberal: “La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma.”
La frase no describe una política económica, sino una estrategia de gobierno de la subjetividad. La economía aparece allí como técnica, como instrumento, mientras que el verdadero objetivo es moral y cultural: producir un nuevo tipo de sujeto. La reestructuración del Estado, la privatización, la desregulación del trabajo y el debilitamiento sindical no eran fines en sí mismos, sino medios para ese propósito.
En la misma línea, Thatcher sostuvo que no existe la sociedad, sino únicamente individuos y familias. Lejos de una provocación retórica, se trata de una operación ideológica central: disolver el lazo social como categoría política. Al negar la sociedad, el conflicto deja de ser estructural y se transforma en una suma de fracasos individuales; la desigualdad ya no interpela al sistema, sino a la responsabilidad personal.
Interrumpir lo que venía produciéndose en términos de subjetividad fue el primer movimiento. Antes de la instalación plena del neoliberalismo en Argentina —que comienza a proyectarse con fuerza a partir de la década de 1980— la hegemonía social y cultural estaba, con todas sus limitaciones, en manos del Estado. Para que el nuevo orden fuera posible, esa hegemonía debía ser quebrada. La ruptura no comenzó de manera abrupta, sino mediante pequeños cuestionamientos cotidianos, aparentemente insignificantes, que erosionaron progresivamente la idea de lo común.
El Plan Cóndor no solo eliminó cuerpos: rompió la confianza social y dejó el terreno fértil para el neoliberalismo. Hizo posible el pasaje del terror al mercado. Allí donde el terror destruyó el lazo, el mercado se presentó como salvación.
Llegar a España fue también reencontrarme con las tradiciones de mi infancia. Con rituales que aún hoy se sostienen aquí y que en Argentina fueron desapareciendo de manera progresiva. No se trata de nostalgia ni de idealización retrospectiva: se trata de constatar qué se conserva y qué se pierde cuando una sociedad interrumpe su transmisión simbólica.
España mantiene, en buena medida, tradiciones sociales que siguen teniendo un lugar en la vida cotidiana: celebraciones religiosas y paganas en el espacio público, encuentros en la calle, luces, músicas, las uvas de Año Nuevo, los Reyes Magos, el Gordo de Navidad y los niños cantores. ¿Es posible que un sorteo de lotería tenga semejante repercusión colectiva? Lo fue también en Argentina, no hace tanto tiempo, en los años ochenta. Tradiciones familiares. En España lo familiar aún no se ha vuelto extraño. A diferencia de lo ocurrido en Argentina, donde la familia se convirtió en una institución ajena a la cultura, desplazada por otras lógicas consideradas más urgentes o más rentables.
El neoliberalismo argentino operó en etapas precisas: primero ridiculizó las tradiciones institucionales promovidas desde el Estado como instancia donadora de sentido; luego las banalizó; finalmente, en un movimiento deliberado, las eliminó. Hoy, muchos jóvenes no saben de qué se trata una celebración familiar no porque carezcan de voluntad, sino porque la cadena de transmisión fue interrumpida.
España conserva el respeto por el otro no como virtud individual, sino como efecto institucional. Aún no se ha roto del todo la cadena que articula Estado, instituciones y producción de ciudadanía. Las personas siguen atravesando instancias —familia, escuela, dispositivos estatales— que no sólo regulan, sino que producen subjetividad. En ese recorrido se sostienen los rituales, los respetos y las tradiciones, no como enseñanza cognitiva, sino como prácticas reiteradas en el tiempo que, como señalaba Ignacio Lewkowicz, encarnan finalmente en una figura social: el ciudadano.
Esto no supone negar que España viva el capitalismo, ni siquiera el consumismo. La diferencia sustancial no es económica, sino subjetiva. Mientras que en Europa el Estado continúa ocupando un lugar hegemónico en la producción de subjetividad, en Argentina ese lugar fue capturado casi por completo por el mercado. Nada de esto es casual.
Los niveles de producción de subjetividad en España siguen teniendo al Estado como referencia dominante. Las instituciones funcionan —con fallas, tensiones y contradicciones—, pero funcionan: la familia, la educación, incluso los dispositivos de reclusión. En Argentina, en cambio, esa trama fue desarticulada. América Latina, y de modo paradigmático Argentina, fue producida subjetivamente a partir de un plan minucioso, orientado a fabricar pobres que votan a la derecha.
Conviene aclararlo: esta lectura no surge del entusiasmo del recién llegado ni del deslumbramiento migratorio. Es la continuidad de un trabajo de años, elaborado antes de partir, y que la experiencia comparativa vino a confirmar, no a inaugurar.
Byung-Chul Han ha señalado que los rituales no son simples costumbres ni restos folclóricos, sino prácticas simbólicas que sostienen la cohesión de una comunidad. A través de ellos se transmiten valores, órdenes y sentidos compartidos que permiten reconocer algo duradero en medio de lo cambiante. Allí donde hay ritual, el mundo deja de ser pura contingencia y se vuelve habitable.
Cuando los rituales se pierden —o son expulsados del lazo social— no solo se empobrece la vida cultural: se produce una carencia simbólica profunda. La información sigue circulando, los datos se multiplican, pero carecen de espesor. No generan reconocimiento ni inscriben experiencia histórica. En ese vacío simbólico se erosionan las imágenes y metáforas que fundan comunidad y que permiten sostener una continuidad entre pasado, presente y futuro. La experiencia de duración se desvanece y todo queda reducido al acontecimiento aislado, al instante sin inscripción.
Un país que conserva sus tradiciones no lo hace por apego al pasado, sino porque en ellas se sostiene la posibilidad de lo común. Las tradiciones —cualesquiera sean— organizan el reconocimiento del otro, producen pertenencia y ofrecen un suelo simbólico compartido. Toda cultura, en ese sentido, es un intento de hacer comunidad.
Por el contrario, una sociedad que renuncia a sus rituales queda entregada a la contingencia y al sinsentido. Pierde pasado identitario, pero sobre todo pierde futuro: ya no hay un riel simbólico que oriente el trayecto colectivo. Nada indica hacia dónde ir ni desde dónde partir.
Han recuerda que el origen de la cultura no es la guerra, sino la fiesta. No es la confrontación, sino la celebración compartida. Desde esta perspectiva, el neoliberalismo no ataca las tradiciones por azar: desarma las posibilidades de celebrar porque allí se produce lazo, porque allí se construye lo colectivo. Desactivar la fiesta es desactivar la comunidad.
Cuando la cultura deja de ofrecer cohesión, la sociedad busca sostén en otros lugares. Muchas veces, en lo patológico: etiquetas diagnósticas, depresiones generalizadas, consumo farmacológico orientado a silenciar la angustia de pertenecer a una sociedad sin sentido compartido. Una sociedad, además, empobrecida materialmente, donde jornadas laborales extensas no alcanzan siquiera para cubrir lo básico. Allí donde ya no hay ritual ni celebración, el mercado ofrece anestesia y una sociedad anestesiada no puede reconocerse en el otro.
En Andalucía encontré personas con una amabilidad sin empeño, sin esmero.
Una experiencia ambigua: uno se siente bien cuando es visto por el otro, pero aquí ese ser visto no era un gesto excepcional ni un esfuerzo moral; era el punto de partida, el grado cero del lazo.
Lucas Méndez
lumendez80 [at] gmail.com