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Desacralizar La Palabra para recuperar La Palabra

 

“.....en conjunto, el mundo funciona en un silencio terrible; expresa su esencia a través de la forma y del movimiento. El viento sopla entre la hierba(Eisenstein); una lágrima resbala por un rostro (Dreyer)”.
Michel Houellebecq

 

Desacralizar

Quitar, desautorizar. Disminuir el crédito, la reputación, el mérito y la estimación de lo sagrado./ Sagrado: lo que se manifiesta siempre como una realidad de un orden totalmente diferente al de las realidades “naturales”. Realidad que no pertenece a nuestro mundo. Lo que se opone a lo profano.
Desacralizar, sinónimo de “desaprender”: ningún poder, un poco de prudente saber, y el máximo posible de sabor”.
“La etimología, si no aporta pruebas, al menos indica.”
Régis Debray

Para el hombre ”sagrado”, en oposición al hombre “profano”, la Naturaleza -y sus manifestaciones- nunca es exclusivamente “natural”: está cargada de un valor religioso. Y esto tiene su explicación, puesto que el Cosmos es una creación divina: salido de las manos o el aliento de Dios, el Mundo queda impregnado de sacralidad. Este se presenta de tal manera que, al contemplarlo, el hombre “sagrado” descubre los múltiples modos del Ser. Ante todo, el mundo existe, está ahí, tiene una estructura: no es un Caos, sino un Cosmos; por tanto, se impone como creación, como una obra divina.
De ahí que para este “tipo de hombre”, la palabra y el lenguaje sean también de origen divino. Un don recibido sin esfuerzo, sin trabajo, sin acción.
“La boca es horizontal; la nariz, vertical”, dicen los rabinos jasídicos. La boca, que es la que emite la palabra, es humana, y la nariz divina. Y que fue a través de ella que el Creador imprimió su soplo divino, su inspiración.
Los kabalistas hebreos, comenta Mario Satz en su libro “El Cuerpo y sus Símbolos”, han hallado en el Génesis bíblico la diferencia de función entre la nariz y la boca, atribuyendo a la primera su conexión con el Espíritu (vía la letra alef), y descubriendo en la segunda su función de descarga neumática (mediante la letra hei).
No sin razón debemos también, recordar y aclarar (desacralizar), el simbolismo de las primeras palabras del Evangelio de San Juan: “En el principio era el Verbo”.
El verbo, el Lógos, que es a la vez , y en primer lugar Pensamiento y Acción, “la acción del pensamiento”, “el lugar de los posibles”. Y no simplemente la idea erróneamente generalizada y sacralizada de equiparar Verbo(que designa esencia, existencia, acción y pasión) y Palabra (sonido o conjunto de sonidos articulados). El Verbo es Pensamiento en lo interior y Palabra en lo exterior. Sin embargo para los que sacralizan la palabra, el mundo es el efecto de la Palabra divina proferida en el origen de los tiempos, y la naturaleza entera puede tomarse como un símbolo de la realidad sobrenatural. Todo lo que es, cualquiera sea su modo de ser, al tener su principio en el “intelecto de Dios”, traduce o representa ese principio a su manera y según su orden de existencia; y así, de un orden en otro, todas las cosas se encadenan y corresponden para concurrir a la armonía universal y total, que es como un reflejo de la Unidad divina misma. Sin participación y sin el accionar del hombre. Para los católicos el Verbo pasó a designar La Sagrada Escritura, y la Palabra, la palabra de Cristo (el evangelio como revelación divina, lo dicho por Dios), para llevar a cabo esa sacralización de la palabra era necesario que el Verbo se encarnara para vivir entre nosotros. El Verbo se hizo hombre en el tiempo y en la historia. Y el Verbo hecho hombre (encarnado) es Jesucristo: la Encarnación del Verbo, o sea una nueva y más eficaz sacralización de la palabra. Donde la acción de los hombres queda reducida a la figura de meros receptáculos de la Palabra recibida. Incluso en el caso de los cuatro evangelistas, que se remitieron a escribir por inspiración la palabra oral de Cristo, ya que éste no dejó nada escrito. Cuando en realidad el Verbo (el pensamiento en acción) se expresa en la Creación, en el Hacer de la Palabra
No es casual en este sentido, la preocupación primordial de un creador de la talla de Samuel Beckett, que en “Esperando a Godot” (juego fonético con el término inglés god = Dios) intente por todos los medios, y a través de las palabras, desacralizar la Palabra. Porque de lo contrario y como lo expresara el mismo Beckett en su demoledora frase: “el sujeto siempre muere antes de llegar al verbo”.
Estas consideraciones podrían desarrollarse casi indefinidamente, pero preferimos dejar a cada cual el cuidado de realizar ese desarrollo por un esfuerzo de reflexión personal, pues nada podría ser más provechoso. Las palabras, por lo demás, no pueden traducir sino muy imperfectamente aquello de que se trata: -“¿Saben lo que pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenenado por palabras. Son la fuente de la mayor parte de nuestros actos fallidos, de nuestros reflejos, de nuestras frustraciones. La palabra es la gran trampa. Es muy cierto eso de que empezamos a morir por la boca como los peces... Habría que encontrar un nuevo lenguaje, y mejor todavía un lenguaje de silencio en el que nos podamos comunicar por levísimos estremecimientos, como los animales - ¿no se dan cuenta qué libres son ellos?-... Un pestañeo apenas visible resumiría todos los cantos de la Ilíada, incluso los que se perdieron. Un pliegue de labios, todo Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, tan aburridos e ilegibles ya. Los gestos más largos expresarían los hechos más simples: el hambre, el odio, la indiferencia. El amor sería aún más simple: una mirada y en esa mirada, un hombre y una mujer desnudos, desnudos de veras, por dentro y por fuera, pero conservando todo su misterio....”,- nos sugiere irónicamente el narrador de un cuento de Roa Bastos. Paradójicamente el creador paraguayo, es un gran escritor, o sea alguien que trabaja con las palabras. Pero como la mayoría de los grandes poetas, preocupado por la desacralización de la Palabra, para recuperar la lucidez de la palabra. Sólo en el trabajo y gracias a la acción del trabajo tienen los seres vivos muchas cosas que decirse. Las palabras nacieron al mismo tiempo que las herramientas. Y qué son las palabras sino meras herramientas para el escritor. En muchas teorías acerca de los orígenes del lenguaje se ha hecho caso omiso o se ha subestimado el importante papel desempeñado por el trabajo y las herramientas. Elementos “profanos” tendientes a refutar el origen “divino” de las palabras. Si resulta natural suponer que el lenguaje se formó gradualmente, su verdadera invención no pudo producirse en un solo instante (como don recibido de los dioses). El hombre sólo es hombre gracias al lenguaje, pero para inventar el lenguaje ya debía ser hombre. Solución dialéctica: el hombre que se convierte en hombre al mismo tiempo que aparece el trabajo y el lenguaje, de modo, pues, que ni el hombre por una parte, ni el trabajo y el lenguaje por la otra, nacieron uno antes que el otro. Pero, sin el trabajo (sin la experiencia de la acción en el uso de las herramientas), el hombre nunca habría podido hacer de las palabras una imitación de la naturaleza y un sistema de signos destinados a representar las actividades y los objetos, es decir, una abstracción. El hombre (y no Dios) ha creado palabras articuladas y diferenciadas, no sólo porque es un ser capaz de gozar, de sufrir y asombrarse, sino también porque es un ser trabajador.
“Se trata, ciertamente, de la acción de descubrimientos progresivos. Pero lo que se ha descubierto es, antes que “la verdad”, la realidad: la realidad creada en el trabajo y por el trabajo, en las palabras y por las palabras”, como dijo Ernst Fischer, uno de los pensadores más vigorosos y originales del marxismo. Para el hombre abierto a “lo sagrado”, “el hombre bíblico”, o los que sencillamente “sacralizan modernamente” cualquier cuestión, o en particular la cuestión de la palabra, “ el estructuralismo lacaniano”(aquellos que hablan y escriben para una secta de iniciados: el “lacanés “) por ejemplo, el problema no se plantea en estos términos: ellos no llegan a lo divino (LA PALABRA) partiendo de lo humano (la palabra), sino, a la inversa, llegan a lo humano partiendo de lo divino (Dios, el Otro, Lacan, etc...) La existencia de La Palabra de Dios les es una certeza inmediata. “Si se busca a La Palabra, es porque ella antes nos ha buscado”; “no escribimos, sino que somos escritos por las palabras”, “no hablamos, somos hablados por el Otro”, o frases por el estilo.
Empero, hay todavía un aspecto de la cuestión, y no de los menos importantes, que procuraremos hacer comprender, o por lo menos presentir, por una breve indicación: “Cómo hablaríamos si fuéramos exactamente nuestra palabra en lugar de estar sometidos a ella. Cómo, si en la unidad de un espacio parlante inesperado, dejáramos por fin de ser dobles". Al respecto, Artaud introduce y confirma en su escritura, en lo que él llama pensamiento, la presencia abrupta del cuerpo. El pensamiento, el cuerpo, el inconsciente: he aquí las tres figuras ordenadoras del lenguaje. Supongamos un espacio en el que no hubiera sino sujetos: un espacio sin espectadores, solamente con actores y todos comprometidos con el mismo lado, sin exclusión posible. Este sería el espacio del pensamiento, que anula toda dualidad, lo que las palabras nos impone. En este espacio todo lo que propone el pensamiento es verdadero, es real (“todos los sueños son verdaderos”), la división dualista es para él ininteligible: “No separo mi pensamiento de mi vida” (Artaud).
Y siguiendo a Nietzche, es el pensamiento el que emite signos:“Lo más poderoso que encontramos y lo que se practica constantemente en todos los estadios de la vida es el pensamiento –aun hasta en la más ínfima percepción y en lo que parece pasividad pura. Es evidente que debido a ese ejercicio el pensamiento se convierte en la más potente y la más ambiciosa de las facultades y a la larga tiraniza las otras, llegando a ser finalmente ‘la pasión en sí’.”
Para Heidegger, el lenguaje habla solo, pero no en el sentido del Verbo bíblico, sino en el sentido del Logos. “El hombre sólo habla cuando contesta al lenguaje”.Tal postura trata, en definitiva, de forzar a las palabras para saber si son o no adecuadas a la realidad que pretenden exponer. De ahí el rescate que hace Heidegger del habla, como propiedad del hombre. El habla no como un instrumento disponible, sino como aquel acontecimiento que dispone la más alta posibilidad de ser hombre. “Sólo hay mundo donde hay habla”.

Los esclarecimientos intentados en las líneas anteriores se encaminaban a plantear la cuestión de la desacralización de la Palabra. Recuérdense las propuestas principales que los distintos planteos han dado a esta cuestión:

- el hombre no tiene acceso a la palabra ni por sí mismo ni por revelación: Católicos y Judíos radicales (“Patria Familia y Propiedad”,“Viva Sión”,etc)
- El hombre puede acceder por sí mismo a una sacralidad corrompida, devaluada, pecaminosa: dialécticos posmodernos.
- El hombre puede acceder por sí mismo a una sacralidad auténtica, aunque limitada, hermética y oscura: cristianos, lacanianos.
- El hombre puede y debe por sí mismo, desacralizando la Palabra, alcanzar la lucidez de la palabra: profanos, artistas y poetas.

Sólo el poeta toma la responsabilidad del “yo”, sólo él habla en su propio nombre. ¿Cómo no volverse entonces hacia la poesía? Ella tiene –como la vida- la excusa de no probar nada. No se resiste al placer de lo obvio. No le teme a cierta inconsecuencia. Su objetivo es establecer una desviación máxima, quebrar, y desacralizar la Palabra. Provocar un “escándalo”. En la poesía la palabra recupera su verbo, su acción. Poesía: un hacer que se da.
¿Y no es acaso, en el poema, donde la palabra es más palabra? Todo parece ser formulado nuevamente desde la raíz de las cosas. Vivimos ya un momento en que la cultura es también una segunda naturaleza, tan “natural” como la primera. Y la acción de la palabra poética se vuelve tan primigenia como los signos tribales. La palabra poesía en griego tiene exactamente este significado: (poiesis) quiere decir “hacer que ocurra algo extraordinario”. Los escoceses utilizan la palabra maker (el que hace, el hacedor) al referirse a un poeta, pero a menudo lo escriben makar que en griego es makarios: feliz, el que hace que ocurran cosas extraordinarias. El poema no despierta de la Palabra sino a las palabras , no se trata de sublimación sino de encarnación. El verbo hecho carne. De ahí que este artículo sobre la desacralización de la Palabra recupere, en su acápite inicial, la lucidez de la palabra poética (aquella que es rica por que es pobre, ya que no es rica por lo mucho que posee, sino por lo poco que necesita para existir). Y finalice también, a manera de síntesis, con un poema, en este caso del poeta español León Felipe, titulado “La palabra”

Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modista:
Que si desceñida o apretada....
Que si la túnica o que si la casaca...
¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis?...
¿Me ha oído usted, Señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la torre...
Y la torre tiene que ser alta...alta....alta....
Hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
De la última ventana
Del último sol
Y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
El último ladrillo...la última palabra,
Para tirárselo a Dios
Con la fuerza de la blasfemia o la plegaria...
Y romperle la frente.....A ver si dentro de su cráneo
Está la Luz...o está la Nada

Héctor Freire
Poeta y crítico de arte
hector.freire [at] topia.com.ar
 

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Articulo publicado en
Marzo / 2001

Boletín Topía