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Habitando la diferencia: representaciones sociales sobre la locura

 

Se alquila casa con dos habitaciones, baño, cocina y comedor completo. El precio es accesible dependiendo de cuánto puedas pagar. Es una vivienda abierta, no es perfecta ni simétrica, está pintada con memoria colectiva.

El presente escrito tiene como objetivo plasmar un diálogo entre disciplinas acerca de las representaciones sociales de la locura y sus transformaciones sociohistóricas y culturales

En la habitación principal hay representaciones, algunas te juzgan, otras te abrazan, te incluyen o te expulsan, te pinchan o te curan. En la segunda habitación las paredes se mueven según quién entra, a veces parecen de papel y otras de cemento, algunos la llaman “estigma”, otros “resistencia”. Todas las habitaciones poseen ventanas, que se abren cuando se pone una pausa a los prejuicios.

El comedor incluye cocina, en donde se pueden tostar discursos de todo tipo: científicos, religiosos o populares. Todos dejan un aroma en el aire. Asegúrese de prender el extractor todos los días y poseer seguro para incendios. El inquilino trae su receta, la misma puede ser de inclusión o de expulsión.

No tiene plano fijo, cada persona pone su ladrillo.

El único detalle es que en la entrada se encuentra un espejo roto, refleja distorsionado por miedo, ignorancia o amor.

El alquiler es temporal, hoy lo puede alojar y después tiene que dejarlo, cambiarse a otro. Recordar que aunque se cambie de alquiler algo persiste: las huellas de quienes estuvieron allí, y las preguntas que permanecieron sin respuesta para el próximo inquilino que habite esta casa.

El presente escrito tiene como objetivo plasmar un diálogo entre disciplinas acerca de las representaciones sociales de la locura y sus transformaciones sociohistóricas y culturales. Consideramos fundamental llevar adelante este trabajo porque las representaciones sociales no solo configuran sentidos compartidos sobre la locura, sino que también inciden directamente en las prácticas profesionales, en las políticas públicas y en la vida de quienes transitan situaciones de sufrimiento psíquico. Interrogar estas representaciones desde una mirada crítica y situada permite aportar a la construcción de abordajes más inclusivos, comunitarios y respetuosos de los derechos humanos.

A su vez, el tema elegido, que considera revisar el recorrido histórico, pretende dar cuenta del eje central, las representaciones sociales, y cómo a través del tiempo la modificación en las mismas impactó en la práctica diaria, la construcción de saberes y la implementación del marco legal. En este sentido, se buscará articular la teoría con la práctica sostenida en nuestro recorrido por la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental Comunitaria en el Hospital de Alta Complejidad SAMIC El Calafate, en pos de recuperar reflexiones surgidas en el trabajo grupal. Durante el intercambio se realizará una recopilación documental y bibliográfica, trabajando con conceptos como: interdisciplina, instituciones, salud, locura, estigma, marco jurídico y representaciones sociales

Según Moscovici, se entiende a las representaciones sociales como sistemas de valores, ideas y prácticas que tienen la función de establecer orden en el mundo social material y facilitar la comunicación entre los miembros de una comunidad

Según Foucault, en su libro “La historia de la locura en la época clásica” (1964), las primeras referencias sobre la locura aparecen en la Edad Antigua (3000 a.c. - 476 d.c.) en la cual predominan concepciones sobrenaturales, que ubicaban como etiología de la locura a las posesiones demoníacas y las decisiones divinas. La primera interpretación le otorgó el estatuto de una transformación del ser humano en algo distinto a sí mismo, a causa de las fuerzas que actuaban sobre él. La segunda interpretación, de la divinidad, se asocia al escrito del Antiguo Testamento, en el que se vislumbra la noción de locura como castigo de Dios, entendida como la pérdida de la razón y sinónimo de vivir y comer como los animales (rasgos asociados a la animalidad). Resulta destacable que en nuestra práctica actual suelen aparecer casos en los cuales ante determinadas conductas aparecen representaciones sociales relacionadas con estos fenómenos, por ejemplo, familias que refieren que el paciente está endemoniado, poseído o que es un castigo de dios. En dicha época, estas concepciones implicaron abordajes mágico/religiosos, incluyendo prácticas confesionales y sugestivas como exorcismos, trepanaciones y rituales con influjo para purificar el organismo poseído. Estos tratamientos mencionados, lejos de quedar en el pasado, se piensan dentro del debate como una convivencia junto a los tratamientos considerados actuales. Por ejemplo, atendemos pacientes que requieren incluir dentro de su terapéutica dichas creencias, soluciones o rituales religiosos, que se eligen, caso a caso, dentro de cada equipo según se considere la mejor opción para una evolución favorable. Y a su vez, se observa que en los equipos profesionales de salud persisten en un contexto de humor, mediante chistes.

Según Moscovici, se entiende a las representaciones sociales como sistemas de valores, ideas y prácticas que tienen la función de establecer orden en el mundo social material y facilitar la comunicación entre los miembros de una comunidad. (Moscovici,1981). Desde el debate entre integrantes del grupo, si bien la definición de representaciones sociales propuesta por este autor se considera influyente, también presenta algunas limitaciones. En primer lugar, su formulación tiende a ser amplia y algo ambigua. La noción de "ordenar el mundo" o "facilitar la comunicación" puede resultar demasiado general como para explicar fenómenos sociales complejos o contradictorios. Además, esta definición presupone una cierta armonía o consenso social que no siempre existe. En contextos de conflicto o desigualdad, las representaciones sociales no solo organizan, sino que también pueden reproducir estigmas, exclusiones o estructuras de poder, lo que queda poco problematizado en la formulación original. Finalmente, aparecen nociones naturalistas representadas por la tradición biologicista.

Hipócrates (460 a.c. - 370 a.c.) en su teoría, concibió a la salud como el equilibrio entre cuatro humores (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema) y cuatro elementos del universo (agua, aire, fuego, tierra) tomando en consideración diversas cualidades como el calor, frío, humedad y sequedad. La locura se sitúa como desequilibrio de dichos fluidos, siendo por primera vez despojada de su carácter sobrenatural. En nuestra práctica nos encontramos con personas que refieren por ejemplo, cambiar su posición al dormir según los movimientos de la tierra ya que la energía que venía del centro de la misma no lo dejaba conciliar el sueño.

Posteriormente, datan concepciones sobre la locura ubicadas en la edad media (476 d.c. - Siglo XV / año 1453); este momento histórico estuvo marcado por una fuerte impronta del cristianismo, y comienzan a desencadenarse tensiones entre la visión naturalista y la visión religiosa de la locura, privilegiando las explicaciones divinas y demoníacas, y dándose lugar a interpretaciones sobrenaturales. Esto nos invita a reflexionar sobre la historia en tanto circular ya que incluso en la actualidad, hay un retorno de estas concepciones, que se enlazan con las concepciones modernas.

En este momento histórico se fundan los primeros hospitales, con un enfoque de acompañamiento y apoyo espiritual acorde a la voluntad divina, siendo las matronas quienes lo llevaban a cabo como expresión de su caridad. La intervención en la locura se realizaba en la esfera doméstica y quien interviene principalmente era la figura del sacerdote. Esta “sensibilidad” religiosa liga al loco hacia un doble posicionamiento, por un lado, quedando del lado del pecado -vinculado al olvido de las virtudes cristianas y a los vicios- y por otro lado, ubicándolo en el lugar de la miseria. En nuestra institución, se observó que existe una capilla católica, a su vez frecuentemente recorren la sala de internación pastores de la iglesia evangélica, se articula con el establecimiento sin fines de lucro conocido como Cáritas, y el libro con mayor circulación entre los usuarios es la Biblia.

En la época mencionada, los hospitales se centraban “oficialmente“ en dar respuesta a la epidemia de lepra. Su carácter contagioso y su prevalencia dieron lugar a la creación de diversos establecimientos alejados de la ciudad, concentrando todas las fuerzas en dicha enfermedad infecciosa, relegando la atención de la locura a un segundo plano, ya que no suponía un peligro de contagio. Así, el loco vagaba por las calles, pero no exento de estigmatizaciones; con frecuencia, era asimilado a la figura del bufón, personaje que, a lo largo de la historia, ha sido caracterizado tanto por su marginación como por su humillación a través de su uso como objeto de burla y entretenimiento de la alta sociedad. Esto se puede percibir en distintos espacios de diálogo que compartimos con otros profesionales, por ejemplo, tanto en reuniones de equipo como rotaciones por distintos servicios y articulaciones con otras instituciones. Muchas veces escuchamos frases como “esta borrachita no se puede cuidar ni a ella misma no va a poder cuidar a sus hijos”, “mejor sería un alta celestial”.

Si en el renacimiento el loco poseía la verdad, ahora, en el momento histórico del racionalismo, el loco es completamente silenciado y nulificado en tanto no-discurso de la razón

Es a finales de dicho período mencionado que la lepra desaparece, no por las prácticas médicas, sino más bien como resultado de la segregación. Ante esta desaparición de la lepra, comienzan las prácticas de exclusión a la locura, este momento cobra relevancia durante el Renacimiento (Siglo XV - XVI). Durante este siglo diversas prácticas como los exorcismos y las trepanaciones fueron abandonadas, y a partir de experiencias tales como el teatro y la literatura, la locura también suscitó admiración y atracción. En esta época, el loco era considerado poseedor de la verdad y la sabiduría, revelando y recordando a cada persona su verdad. En relación a esto, se pensó en la presentación de la Organización Civil La Colifata1 (2005):

Lo que hace es instalar una pregunta allí donde hay una certeza. La certeza es loco=peligroso, loco=genio, loco=insensato permanente, por lo tanto hay que apartarlo. COLIFATA es… Qué es? Loco=que? Así empieza a circular toda otra serie de posibles nuevas significaciones respecto al problema.

La locura deja de pertenecer al mundo y a sus fuerzas subterráneas. Deja de portar la verdad del mundo, para portar la verdad de sí mismo. Es decir, el loco ya no porta el mal, el fin de los tiempos, sino solamente falta y defecto. Encarnando una sátira moral y entendiendo a la locura como “defecto humano” pasando de lo trágico a lo crítico. En nuestros intercambios con usuarios solemos escuchar frases en relación a sí mismos, tales como “estoy acá porque tengo algo fallado”.

La locura mostrará su mediocre verdad a la mirada del sabio, para él, la locura será un objeto y de la peor manera, será el objeto de su risa. La locura entonces es despojada de su seriedad dramática, no es castigo ni desesperación, sino en las dimensiones del error (Foucault, 1964, p. 32).

Si en el renacimiento el loco poseía la verdad, ahora, en el momento histórico del racionalismo, el loco es completamente silenciado y nulificado en tanto no-discurso de la razón. En esta época se produce lo que Foucault denomina el gran encierro de la locura no bajo un fundamento médico, sino por el contrario, sus inicios se encontraron ligados a la influencia de un capitalismo naciente que proclamaba un mandato de productividad y, en consecuencia, condenaba toda forma de ociosidad y mendicidad. En esta categoría de improductividad residían los pobres, mendigos, homosexuales, locos, enfermos venéreos y prostitutas (entre otras figuras), los cuales, en su conjunto, constituyeron aquella masa indiferenciada denominada sinrazón. La internación era entonces la práctica privilegiada para el abordaje de dicha problemática. A su vez se impone en esta la tarea de corrección, castigo y/o torturas como tratamiento de la moral ya que el orden de los estados no toleraba el desorden de los corazones y los sinrazones. Por ejemplo, aún se reciben derivaciones donde la principal demanda no es el sufrimiento del sujeto, sino “contener” su comportamiento disruptivo, que molesta o desestabiliza a la familia, al barrio o a una institución educativa. Otro ejemplo se observa en ciertos discursos familiares o institucionales que exigen que el paciente “se acomode”, “cumpla horarios” o “sea útil”, sin reconocer la dimensión subjetiva del padecimiento. En una entrevista, un padre manifestaba respecto a su hijo con diagnóstico de trastorno bipolar: “Tiene que trabajar como todos, no puede estar en casa sin hacer nada, así no se va a curar”. Este tipo de discursos, muchas veces internalizados incluso por los propios pacientes, reproducen la lógica de la moral del trabajo y del rendimiento, actualizando bajo nuevas formas esa vieja asociación entre locura, improductividad y exclusión.

La locura es entonces desacralizada, encontrando su fundamento en el hecho de que la miseria misma sufre una transformación; el gesto hacia ella ya no implica una salvación o caridad, por el contrario, surge una nueva sensibilidad, ya no religiosa sino social, que ubica a la miseria en el horizonte de la moral, simbolizandose como desorden y obstáculo al orden.

A fines del siglo XVIII, en el período de la Revolución Francesa, una nueva figura médica surge, y, junto a ella, un nuevo estatuto en el devenir de la locura. En 1793, el médico francés Philippe Pinel es nombrado director de Bicêtre y, tras el horror por haber confundido locura y criminalidad, ordena “liberar a los locos de sus cadenas” promoviendo un trato “más humano”. Esto constituye un hito en la medida en que separa -aparentemente- a la locura de las diversas formas de herejía y delito, otorgándole a la misma el estatuto propio de alienación mental e insertándola en el marco de la medicina. Este movimiento, a su vez, dio lugar al origen de la Psiquiatría y la Psicopatología, permitiendo la emergencia de diversas disciplinas, teorías y métodos. Esta alienación implicaba un proceso de transformación de la conciencia que lleva a la pérdida de la identidad, significando la pérdida del criterio de realidad, del dominio de los actos propios y de la comprensión de las consecuencias de nuestro obrar. En cuanto a su etiología, concebía a la alienación como consecuencia de causas físicas y/o morales: en el caso de las primeras, postulaba a la herencia familiar, los golpes en la cabeza y la edad crítica (entre otras), en cuanto a las segundas, privilegiaba el desorden de las pasiones y los excesos en las formas de vida. La exclusión de las causas sobrenaturales y la nueva concepción de la locura desde una óptica médica llevaron a Pinel a introducir el Tratamiento Moral. En efecto, el mismo no consistía en la impartición de moralismos sino en la incorporación de un cuidado humano, promoviendo el abandono de aquellas prácticas basadas en manipulaciones corporales como las purgas, las sangrías y los encadenamientos. Dicho tratamiento consistía en tres aspectos fundamentales: aislar al sujeto de sus familiares y allegados, obligarlo a abandonar su hogar y ubicarlo en una institución especializada con exclusión de cualquier otra patología. Los fundamentos del mismo radicaban en la protección del sujeto de aquellas influencias que lo enfermaban, promoviendo así un medio “racional”. Desde esta óptica, aquella ilusión de liberación, paradójicamente implicó el sometimiento a un tratamiento basado en una lógica de encierro, ahora justificado bajo el discurso médico. Cabe preguntarse acerca de este viraje “más humano” en torno a la locura, pues prácticas represivas y punitivas tales como los castigos, las humillaciones físicas y psicológicas prevalecieron a lo largo del tratamiento moral: amenazas, duchas de agua fría, chalecos de fuerza para deambular por pasillos, celdas, entre otros, fueron empleados como parte de aquel abordaje bajo el supuesto de que los mismos sentarían las bases de una “policía interior” que controlaría y vigilaría las pasiones de los alienados.

A mediados del siglo XX, durante el periodo de posguerra, se vio caracterizada por una profunda crisis en las ciencias, el arte, la ideología y los valores. En el campo de la salud mental, aquel punto de quiebre se vio materializado a través de la llamada antipsiquiatría. Al compás de los diversos movimientos sociales que se oponían a la opresión y abogaban por los derechos de las personas, la misma representó el cuestionamiento a la institución asilar, posicionándose como resistencia al poder psiquiátrico de aquella época y dando lugar a un nuevo discurso sobre la locura. Un hito fundamental es el desmontaje del manicomio de Trieste a cargo de Basaglia ya que significó un cuestionamiento a la lógica asilar. Esto radicaba en la consideración de los manicomios como productores de padecimiento: afirmaba que el esquema de institucionalización que atravesaba el sujeto internado (introducido para volverlo inofensivo y asistirlo al mismo tiempo), basado en tiempos estructurados por el hospital y sin miramiento por las necesidades y características de cada uno, generaba en él un aniquilamiento de su personalidad, una pérdida de todo proyecto y un vacío emocional, volviéndolo un objeto. A partir de esto, entre 1971 y 1975, bajo el lema “la libertad es terapéutica”, Basaglia y su grupo se dedicaron a cambiar la lógica y reglas de la institución. Entre ellas, cuestionaron las jerarquías, los modos de comunicación, las relaciones entre profesionales, pacientes y el mobiliario de la institución, modificando los tratos y devolviéndole a los mismos sus objetos de la vida cotidiana. De igual forma, se suprimieron las terapias de electroshock y toda forma de contención mecánica como castigo, las internaciones se volvieron voluntarias y las hospitalizaciones obligatorias permanentes fueron revocadas. Por otro lado, restituyeron los espacios de libertad y los derechos de los individuos, iniciando, a su vez, acciones para solicitar pensiones sociales.
Por otro lado, en 1978, en Italia se promulgó la Ley 180 de Reforma de la atención psiquiátrica, velando por los derechos de las personas a la atención y la salud, erradicando el prejuicio de “peligrosidad” y estableciendo la superación progresiva de hospitales psiquiátricos a partir de su sustitución por un modelo basado en la comunidad. Estas experiencias, en su conjunto, sentaron las bases no sólo de un nuevo discurso en torno a la locura, sino también de un nuevo modelo de atención en salud mental fundamentado en el paradigma de desmanicomialización, cimientos de nuestra Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657.

En Argentina, los primeros esbozos de las ideas higienistas se ubican en 1930, primero con la creación de la Liga Argentina de Higiene Mental y, posteriormente, con la consolidación del Movimiento de Higiene Mental. Ahora bien, aquella comprensión de la salud mental en términos de higiene y profilaxis constituyó un arma de doble filo. Por un lado, la noción de “higiene” se asociaba a la mejora de las condiciones ambientales, con el fin de evitar o mitigar la aparición de patologías. Por el otro, la profilaxis, apoyándose en las nociones de detección precoz y desencadenamiento desadaptativo, se orientó a intervenciones que permitieran desterrar aquellos factores perjudiciales para la sociedad. Se podría ubicar por ejemplo, en la actualidad, las visitas domiciliarias en las cuales se observan, entre otras cuestiones, las condiciones de higiene y salubridad de los hogares de las personas.

La última dictadura cívico-militar de 1976 implicó un retroceso en el proceso de transformación del modelo asilar y llevó a privilegiar el tratamiento farmacológico de la locura, la marginación y abandono de dicha población en tanto no productiva

Durante el mandato del presidente Juan Domingo Perón, y en lo que respecta a la locura, se propuso la sustitución de la noción de “alienado” por la de “enfermo mental”, buscando transformar el manicomio en hospital. Esto sólo ocurrió relativamente, pues, en general, sólo admitían usuarios “manejables”, derivando aquellos “difíciles” al manicomio. En simultáneo, en 1948 es creada la Organización Mundial de la Salud a partir de la entrada en vigor de la reforma constitucional. Su fundación trae aparejada una concepción de salud (creada en 1946 y oficializada en 1948) como un estado de “completo” bienestar físico, mental y social, y no sólo como la ausencia de enfermedad (Organización Mundial de la Salud, 2014). Si bien esta definición sufrió grandes críticas, la misma constituyó un antes y un después al situar a la salud mental como parte integrante de la salud, otorgándole un estatuto fundamental.
La última dictadura cívico-militar de 1976 implicó un retroceso en el proceso de transformación del modelo asilar y llevó a privilegiar el tratamiento farmacológico de la locura, la marginación y abandono de dicha población en tanto no productiva. Desde una perspectiva foucaultiana, vemos aquí, la reedición de la asociación entre locura e improductividad.

Posteriormente, el regreso de la democracia, el posguerra de Malvinas, la descentralización de hospitales psiquiátricos y colonias, sumado a la crisis socio-económica del año 2001 y la tragedia de República de Cromañón, se puso en agenda pública la actualización de la Ley de Higiene Social, gestándose las condiciones para sancionar la Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657 en el año 2010, donde se establecen nuevas concepciones en torno a la salud mental y la locura, entendiendo a la primera desde una perspectiva bio-psico-socio-económico-cultural, enlazada a los derechos humanos, y, a la segunda, en términos de padecimiento mental. La misma, representa no sólo un reemplazo de antiguos términos, sino también, como afirma Gorbacz (2012) la introducción fundamental de tres elementos: en primer lugar, la noción de persona, la cual señala que ningún padecimiento puede anularla o sustituirla, evitando así todo esencialismo. En segundo lugar, la introducción de la esfera subjetiva a partir de la noción de padecimiento, que va más allá de toda clasificación o diagnóstico. A su vez, se da un proceso de transformación en el abordaje de las mismas, virando hacia un nuevo modelo comunitario en salud mental que, si bien ya venía gestándose a partir de la emergencia de diversos acontecimientos y declaraciones, sólo adquiere estatuto legal de incumbencia nacional a partir de su sanción. En efecto, a partir de ella, se produce un viraje del loco como objeto de prácticas, considerado incapaz y peligroso, a la reconquista de la categoría de sujeto jurídico, a saber, sujeto de derechos y obligaciones. Finalmente, el hecho de que una ley que busca el restablecimiento de derechos y el énfasis en la presunción de capacidad, debe abandonar nociones estigmatizantes como enfermedad mental, ya que acarrea connotaciones que la ley busca dejar atrás (sin desconocer la existencia de diagnósticos y su uso en el ámbito clínico) y que, históricamente, fueron empleados para segregar, excluir, encerrar y restringir la capacidad jurídica. En nuestra práctica visualizamos usuarios y profesionales de la salud que desde la implementación de esta norma acuden a la atención por guardia con representaciones a priori de cómo será su tratamiento, por ejemplo, pidiendo internarse voluntariamente por consumir sustancias o, en el caso opuesto, no acudir a atenderse ante ideación suicida por miedo a quedar internados involuntariamente. A su vez, el hecho de la voluntariedad nos lleva a reflexionar sobre cómo tanto los usuarios y algunos profesionales de enfermería plasman representaciones relacionadas a que toda conducta depende de su propia decisión “como está voluntario hace lo que quiere”, o desde el personal de emergentología quienes han referido “si está borracho yo no lo voy a ir a buscar, que se haga cargo de su decisión de tomar”.

En este sentido, el diálogo interdisciplinario y el anclaje en nuestras prácticas dentro del ámbito de la salud mental comunitaria habilitan una revisión más profunda del lugar que ocupamos como agentes de intervención

En el presente trabajo se ubican distintas transformaciones del significante de la locura a lo largo de la historia. En dicho recorrido se describen situaciones de nuestra práctica actual en relación a las mismas, lo que permitió dar cuenta de cómo conviven en el paradigma actual tanto representaciones que parecían permanecer en el pasado como las que son actuales, generando así una notable complejidad al momento de intervenir.

El recorrido histórico de las representaciones sociales de la locura demuestra que este fenómeno ha sido, y continúa siendo, una construcción atravesada por múltiples factores culturales, religiosos, políticos y científicos. A lo largo del tiempo, la locura ha sido definida como posesión, pecado, defecto, genialidad, alienación, enfermedad o padecimiento, evidenciando que más que una entidad cerrada, es una categoría en constante transformación, moldeada por el contexto y las distintas relaciones de poder.

El análisis realizado permitió entonces visibilizar que muchas de las prácticas actuales en salud mental conviven con representaciones heredadas de épocas pasadas, generando tensiones y contradicciones tanto en las intervenciones profesionales como en las vivencias subjetivas de quienes transitan situaciones de padecimiento. Esta coexistencia de sentidos, algunos anclados en el estigma y la exclusión, otros enmarcados en el paradigma de derechos, exige un ejercicio constante de problematización crítica.

En este sentido, el diálogo interdisciplinario y el anclaje en nuestras prácticas dentro del ámbito de la salud mental comunitaria habilitan una revisión más profunda del lugar que ocupamos como agentes de intervención. Resulta necesario entonces seguir interrogando las representaciones sociales desde un enfoque situado, ético y transformador, que promueva abordajes respetuosos, inclusivos y verdaderamente centrados en las personas como sujetos de derechos.

Nos resultó enriquecedor poder poner en pausa nuestra práctica cotidiana para repensar desde dónde, cómo y con quienes construimos al momento de ejercer nuestras profesiones. Cabe destacar que al momento de la creación de este trabajo lo que presentó mayores dificultades fue establecer los límites de cada disciplina en relación a las representaciones sociales, ya que los debates nos llevaron a pensar que las diferencias no dependían tanto de las disciplinas sino de otros factores tales como la historia personal de cada uno, las experiencias laborales, etc. Lo que sí se pudo ubicar como diferencia es cómo cada disciplina interviene respecto a dichas representaciones.

En este marco, tanto el Trabajo Social como la Psicología abordan el fenómeno de la locura desde enfoques complementarios con puntos de encuentro éticos y políticos. La Psicología, especialmente desde paradigmas críticos y comunitarios, aporta herramientas para desnaturalizar e interrogar el sufrimiento psíquico, reconociendo la dimensión subjetiva, relacional y contextual del padecimiento, e interpelando las lógicas diagnósticas que reducen a la persona a un síntoma o etiqueta. Las intervenciones desde el Trabajo Social implican una constante tarea de mediación entre el sujeto, su red de vínculos, las instituciones y las políticas públicas, poniendo en juego una mirada situada que considera tanto los determinantes sociales del padecimiento como los procesos de subjetivación. En este sentido, esta disciplina no sólo actúa en la gestión de recursos o acompañamiento de demandas, sino que asume un compromiso ético-histórico-político en la construcción de estrategias colectivas de cuidado y/o restitución de derechos y ciudadanía, realizando intervenciones sociales desde la lectura de condiciones socio históricas que configuran la cuestión social y sus manifestaciones en el campo de la salud mental. Esta perspectiva aporta a la comprensión de las instituciones como escenarios en disputa, donde se actualizan tensiones entre saberes disciplinares, lógicas de control y procesos de resistencia. Ambas disciplinas, desde su especificidad, comparten el desafío de sostener una escucha situada, generar dispositivos que habiliten la palabra, y construir entramados de cuidado que reconozcan la autonomía y agencia de las personas.

El recorrido realizado en este trabajo nos permite sostener que las representaciones sociales de la locura no solo configuran discursos y prácticas en torno al padecimiento psíquico, sino que también se constituyen como una brújula que orienta el quehacer profesional. Estas representaciones, lejos de ser neutrales, cargan una dimensión histórica, política y simbólica que moldea los modos de mirar, nombrar e intervenir en la locura.

El debate interdisciplinario propuesto no se limita a una articulación de saberes sino que constituye, en sí mismo, un acto político y ético. Propiciar el diálogo entre disciplinas permite no solo enriquecer las miradas, sino también visibilizar tensiones, desmontar sentidos cristalizados y construir nuevas formas de pensar e intervenir, centradas en la dignidad y la subjetividad de las personas.

Por ello, reafirmamos la relevancia de este trabajo, no solo como ejercicio académico, sino como una intervención en el campo simbólico y político. Pensar críticamente las representaciones sociales de la locura es una herramienta para visibilizar desigualdades, denunciar prácticas violentas y construir alternativas más justas.

Finalmente, reconocemos que las prácticas en salud mental no son neutras: están atravesadas por ideologías, por concepciones históricas del cuerpo, la normalidad, la razón y la diferencia. Como profesionales en formación, nos posicionamos desde una ética de la implicación, sabiendo que nuestras intervenciones pueden reproducir exclusiones o habilitar posibilidades, silenciar o dar voz, encerrar o acompañar. Queda entonces el compromiso de seguir pensando, revisando y dialogando, en pos de construir dispositivos que no solo curen o contengan, sino que cuestionen, restituyan, liberen y acompañen. Porque hablar de locura también es hablar de libertad, de derechos, de comunidad y de humanidad.

Francavilla Emiliana, Licenciada en Psicología. Hospital de Alta Complejidad SAMIC El Calafate
emilifrancavilla [at] gmail.com

Luna Lautaro, Licenciada en Trabajo Social. Hospital de Alta Complejidad SAMIC El Calafate
lunalautaro98 [at] gmail.com

Morel Puigrredon Paloma, Licenciada en Psicología. Hospital de Alta Complejidad SAMIC El Calafate
pmpuigrredon [at] gmail.com

 

Bibliografía

Basaglia, F. (1976). La institución negada. Tusquets.Barcelona. Año 1976

Carballeda, A. (2021). Sobre trayectorias. Universidad Nacional de La Plata. La Plata. Año 2021

Foucault, M. (1964). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de Cultura Económica. México. Año 1964

Gorbacz, L. (2012). Salud mental y derechos humanos: de la ley a la vida cotidiana. Topía. Buenos Aires. Año 2012.

Ley Nacional de Salud Mental N 26.657 (2010). Honorable Congreso de la Nación Argentina. Boletín Oficial N° 32041. Buenos Aires. Año 2010

Moscovici, S. (1981). Psicoanálisis, su imagen y su público. Editorial Huemul. Buenos Aires. Año 1981

Organización Civil La Colifata. Salud Mental y Comunicación: Historia. Disponible en: [https://lacolifata.com.ar/], Buenos Aires, Año 2005.

Notas

1 "La Colifata" es un proyecto de radio y salud mental creado en Argentina, conocido por ser la primera radio del mundo transmitida desde un hospital psiquiátrico. Busca la inclusión social y la desestigmatización de las personas con padecimientos mentales a través de la comunicación.

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Articulo publicado en
Febrero / 2026

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