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Decencia, lideres, opinión pública

 

La decencia es algo que se espera. Es algo que se supone va ocurriendo en una especie de presente continuo, cada acto, cada gesto, cada operación en la realidad, pagan, de algún modo, su tributo a la decencia. Sin embargo, no es del todo seguro que dicho impuesto sea tributado. (Para colmo, se dice, y parece cierto, que el nuestro es un país de evasores). Pero cuando examinamos con más atención a la llamada "Opinión Pública”, o sea el ente a cuyo cargo se encuentra la recaudación del tributo, nos damos cuenta que ella, la Opinión Pública sufre de una especie de espera nerviosa, extremadamente tensa, que atisba, espía, acecha el momento de la “indecencia”. Más tarde ilustraremos lo dicho con el famoso affaire “Clinton-Lewinsky”.
Mientras tanto, digamos que “Decencia” viene desde el latín Decentia: aseo y compostura. También: “honestidad, recato, gravedad y decoro en las palabras y acciones según el estado y calidad de las personas”.
Entonces, un comportamiento decente es aquel que “parece bien”, impresiona como decoroso, incluso honesto y justo.
En otras variaciones, el diccionario acepta: limpio y adornado, aunque sin lujo. También: digno, que obra y procede con decoro.
Es capital el agregado “sin lujos”, ya que siempre queda implicado un cierto acotamiento, un límite, restricción, medida introyectada, etc.
Así que el vocablo decencia recubre en parte lo que en un tiempo se llamaba buena educación (¡expresión en desuso!), o sea la ejecución de un conjunto y sucesión ordenada y asimilada de gestos y actos normativizados de conformidad con lo que la opinión general considera bueno, honesto, conveniente, decente.
De manera que la decencia es algo que tiene que ver con el orden público, el estado público de las cosas, incluso... la cosa pública. Intersecta con el derecho y la jurisprudencia escritas y mucho más con el derecho secular, consuetudinario.
Hemos dicho que la mirada pública es considerada el buen juez de la decencia, incluso la asamblea cuyo veredicto se obtiene después de evaluar las mejores premisas, los hechos indiscutibles. Sin embargo, últimamente filmes como Quizz show o Mentiras verdaderas han mostrado cómo la opinión pública puede estar basándose en “hechos” completamente “producidos”. Mentiras verdaderas exhibe a la opinión pública afanosa, preocupada, doliente, extenuada de indignación, en fin, embargada por los sentimientos más extremos y dispares ante una guerra que jamás ocurrió. El llamado “poder de los medios” encuentra una de sus palancas largas en la posibilidad archi-conocida de manipular y aún producir a voluntad opinión pública.
Esto para no hablar de los casos en que la opinión pública extrae conclusiones en base a premisas que permanecen desconocidas por inconscientes, pero intuidas como indecentes, vergonzosas e inconfesables. Baste recordar apenas la panzada que nos damos cada noche frente al televisor, el banquete de crímenes, suicidios, catástrofes, etc., para luego dormir como verdaderos angelitos.

Cuando el concepto de “decencia” se aplica a hombres suele estar en tela de juicio las maneras y estilos en que se involucran respecto a los negocios privados y sobre todo públicos.
Pero referido a las mujeres lleva a pensar en los códigos de honestidad sexual.
En todos los casos, parece preferible que sepan privarse de algunos goces evaluados como “malos” o excesivos, o que dichos goces no sean vertidos a la esfera “pública”, esto es a las imágenes que los medios desparraman. Las imágenes propagadas deben ser muy decentes, sobre todo en época de elecciones, si el individuo se propone para un cargo.
Por eso, los candidatos a cargos cargan con sonrisas enormes siempre puestas, límpidas, sin sombras de duplicidad, todos extremadamente sinceros. Esto supone un mensaje: es evidente que una persona cuya sonrisa es así de blanca y pura y su mirada tan firme y transparente, ha de tener el alma troquelada sobre las mismas bases. También es una persona que se cuida mucho a sí misma y por lo tanto está muy capacitada para albergar en su corazón los delicados patrimonios comunes.
Esta lógica (¿quizás un tanto débil?) suele presidir los mensajes y las opciones que nos son propuestos.
Un antiguo proverbio reza: "Si hay pobreza, que no se note”. Agreguemos un poco: si hay pobreza (de espíritu o de ideas) que no se note.
Los candidatos tienden a presentarse cada vez más producidos, atildados y compuestos para la foto destinada al mundo entero. La imagen que nos brindan transpira (¡Horror! Debí escribir: respira) limpieza y decencia. Se sabe que los “asesores de imagen” son muy requeridos, y con razón, mucho más requeridos que los asesores en ideas o en razones, estas últimas son arduas de elaborar y su transmisión requiere un tiempo mínimo. Y aun otro tiempo de procesamiento, hoy en día esto puede provocar molestias y rechazos, una imagen decente produce efecto instantáneo, se comprende sin pasar por ninguna tarea de elaboración, va directo “al corazón, al sentimiento”.
Además, el tiempo real necesario para transferir ideas y razones es difícil de costear, el minuto de televisión vale mucho más que sesudas razones, hay que mostrarse rápido, seguro, contundente... ¡y sobre todo ser muy breve!
Pero si el minuto televisivo no fuera caro, nos encontraríamos con que la opinión pública ya se acostumbró a ese ritmo de vértigo, se aburre con facilidad, hay riesgo de que muchos votantes cambien de canal buscando figuras de mayor impacto, algunas vejaciones, terremotos o incendios.

Ya reconocimos que el concepto “decencia” en tanto serie de actos que se dan a conocer, adquiere valor diferente en cuanto al sexo.
Por ejemplo: decir Hombre público puede evocar un enaltecimiento del personaje, podría ser un ciudadano honorable (se nota en la mirada, es un honesto jefe de familia).
Pero decir Mujer pública menta la indecencia, se sabe que las mujeres decentes son privadas, no pertenecen a todos.
Salvo quizás las estrellas, sobre las cuales la opinión pública adora presenciar sus entuertos sexuales. Si dichos enredos culminan en un decentísimo matrimonio, y ella se vuelve mamá, todos se alivian y festejan, ella podrá vender las imágenes al canal, mejorando su ya muy decente nivel de ingresos.
Así que hemos llegado a que los hombres públicos son en cierta medida, de todos. Se deben a cosas como el bien común y sería bueno que dedicaran a eso todo su tiempo.
Por lo tanto, parte o toda su existencia, al menos mientras permanezcan en funciones, será permanentemente escrutada, a efectos de establecer que (no) se cumple lo antes dicho. Por supuesto que en gran medida sus goces dejan de ser tema de su sola incumbencia. En cuanto buscan el “poder” confiesan su sumisión a la opinión pública, incluso su anuencia y su deseo de que sus modos de hallar la satisfacción pulsional pasen a tornarse materia de nuestro goce cotidiano, por ejemplo escópico e invocante, frente al receptor de T.V. o de radio. ¿Qué comió el presidente? ¿Le agrada el vino tinto? El asunto Clinton-Lewinsky permitió miles de programas, flashes, noticieros, reportajes, opiniones autorizadas, más opiniones autorizadas; se imprimieron toneladas de papel, hubo un juicio magnífico e imponente, así como un extraordinario fallo, y ni hablemos de la amplitud de espíritu de la señora esposa.
Hubo una gran cantidad de lágrimas de indignación moral, acaso otros litros de secreción (lagrimal) por despecho y ofensa, también agravio, desilusión, todo. Dejemos la envidia para mejor oportunidad.
¡Pero quizás no sabemos ni la mitad de lo que ocurrió realmente, tal vez ni siquiera el diez por ciento!
Hay que permanecer en alerta, posiblemente averigüemos más.
La opinión pública aguarda que el hombre público se constituya en una estatua viviente. También aguarda el tropiezo, donde poder espiar que es un tipo cualquiera, acaso canalla o ladrón, cosa que recuerda fuertemente el momento en que el niño entiende que su idealizado papá es un tipo más o menos, o algo todavía peor.

Hay muchas paradojas respecto a lo que la opinión pública aguarda del hombre público.
Esa especie de mirada anónima, como quien dice “Sociedad Anónima” parece creer que ese individuo cautivamente llegó a tan altas dignidades por sus cualidades angélicas, los accionistas de la sociedad anónima olvidan que para alcanzar metas tan elevadas quizás sea menester una codicia, una voracidad o una voluntad de poder que desprecie cualquier obstáculo. Es altamente probable que a un deseo tan violento y persistente no le sobren escrúpulos, o que su amistad con la verdad esté algo erosionada por esas cosa de la vida.
A un sujeto que ha combatido cada día y todos los días para aumentar su poder, se le exigirá privación y renuncia. Puede ser, pero es una alquimia cuyo secreto es difícil penetrar. Sería una estructura subjetiva donde los objetos son recubiertos perfectamente por el ideal del Yo, y éste, a su vez, coincide punto a punto con el bien común.
Es altamente probable que dicho sujeto no pueda mantener su economía de goce durante mucho tiempo dentro de esos parámetros, aunque se lo haya propuesto firmemente. Antes o después la pulsión va a reclamar lo que se le adeuda, y tendrá prisa. Tal vez no tome estado público, pero si se llega a saber, la opinión pública tendrá su fiesta totémica. Mientras hace la digestión hallará un nuevo amor decente.

Ricardo Estacolchic
Psicoanalista
 

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Articulo publicado en
Agosto / 2000

Boletín Topía