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Galleguitos en fuga

 

Esta es, al principio, la historia de dos galleguitos de cinco años, Nico y Mati, hermanos, mellizos y, para más señas, mis sobrinos de Barcelona. Es decir que en realidad son catalanes, pero yo les digo “mis galleguitos”, lo que además de expresar mi amor, tiene la ventaja de enojar a su padre: “Que somos Catalanes, hombre, CA-TA-LA-NES”, me dice José María en nuestra ya habitual juego-pelea.

Como ocurre con todas las familias de mellizos y gemelos que he conocido, separarse de la mamá o del hermano es aún un poco más difícil que de costumbre.

Ambos ya han logrado dormir en lo de la abuela sin la mamá, pero, particularmente a Nico, le resulta inimaginable pasar una noche sin su hermano. Una de las tantas situaciones donde la necesidad resulta más fuerte que el deseo, ya veremos luego porqué.

Bueno, ahora la escena: estamos con ambos pequeños y su mamá en el living de la casa de la abuela materna. Ellos me invitan a la pieza de la abuela donde están viendo televisión en la cama. Me informan que hay que sacarse los zapatos y allí estamos los tres viendo Bob Esponja.

Sin que medie palabra empiezan a manipular y jugar con mi cuerpo: caminan por mi espalda, cabeza y piernas, doblando estas últimas a noventa grados para hacer equilibrio sentándose sobre mis pies. Prueban las posibilidades de la mayoría de mis articulaciones, como por ejemplo cuánto es posible doblarle la cabeza a un ser humano antes que proteste y también hacen un montón de inventos más.

Yo les permito todo esto, solo interrumpiendo su quehacer cuando algo me duele más que un poco. Esto dura entre media y una hora.

Nos llama su mamá avisando a ambos hermanos que hay que irse a la casa del abuelo, donde se quedan cuando vienen a Argentina.

Nico, sorpresivamente, informa: “me quiero quedar a dormir acá”. Mati, ya enfilando hacia la puerta de salida, dice que él no. Desesperado, Nico despliega una serie de argumentos tales para convencer a su hermano, que ya me estaba convenciendo a mí de quedarme, pero Mati no cambia de idea.

Para no hacerla larga, solo diré: más argumentaciones, forcejeos, comienzos de un irnos quedando Nico en lo de la abuela, detenido a las pocas cuadras por un llamado de ésta última diciendo que Nico no para de llorar... y aquí estamos de vuelta para buscarlo. Con su orgullo herido camina  acompañado por la abuela hacia el auto materno que lo llevará a dormir a lo del abuelo, sellando su derrota.

Repentinamente se le ilumina la cara y dice: “¡No! ¡Me quiero quedar!”. La mamá, que ya ha hecho dentro de sus fuerzas, todo lo posible por acompañarlo en este quedarse, le dice que no, que otro día. Nueva sorpresa, Nico responde decidido: “Entonces, ¡me escapo!” y dando media vuelta se aleja corriendo raudamente por la vereda en dirección opuesta a la cara de asombro de su madre, que queda congelada donde está.

Luego de avanzar unos treinta metros por este mundo que le resulta desconocido aún (recordemos además que se trata de un pequeño catalán en Martínez, Provincia de Bs. As.), se detiene y vemos la división interna que expresa su cara: en ese momento se da cuenta que sin su mamá no puede ir a ningún lado, por más fuerte que lo desee. Que cosa complicada la hombría.

Vuelve arrastrando los pies y el orgullo. Su mamá, visiblemente conmovida por la valentía y el arrojo mostrados, trata de consolarlo. Nuevo fogonazo en la expresión de Nico cuando se intenta que entre al auto. Se agarra a las rejas de la casa y grita con todas sus fuerzas: “¡Me quedo! ¡Me quedo!”, a lo cual su mamá responde que está bien, pero que aunque llore toda la noche no va a volver a buscarlo hasta mañana por la mañana. El asiente y entra a la casa decidido.

Esa fue la primera noche en la vida de Nico en que durmió sin su hermano, comprobando que aún en tan extrañas y extremas condiciones, la existencia es posible. Comprobación que muchos adultos que recibimos en el consultorio, no han sido acompañados a hacer.

Me interesa mencionar que no creo casual, que este proceso de desarrollo y consolidación de esta decisión de separarse de su hermano, se haya dado inmediatamente después de que ambos hayan dispuesto de mi cuerpo como objeto ampliamente manipulable, y que esto haya ocurrido dentro de ciertos límites. Mis límites.

También me interesa decir que esto no es algo utilizable solo en el análisis de niños. También el de adultos se beneficia de esta lógica. Es por eso que quiero proponer otra situación, esta vez de mi consultorio y con una paciente que viene en envase adulto, para que pensemos algo de esto.

 

Jorgelina, de 35 años, mujer inteligente, de formación y capacidades artísticas me pide tratamiento. Ha tenido varios anteriores. Pero prácticamente no puede hablar de lo que viene a hablar. Angustiada, me dice durante las primeras entrevistas alguna de las siguientes cosas, según la ocasión: que mi consultorio se parece a una oficina y que no se siente cómoda sentada frente a mí en un ambiente tan formal; que seguramente no sé nada a comparación de tal analista famoso; que mi consultorio es demasiado informal y que debería tener sillones de cuero y un gran escritorio como en los consultorios de los analistas serios; que le genero confianza por quién le dio mi teléfono; que mi consultorio es agradable y que está armado con buen gusto; y en respuesta a una pregunta que le hago, me entero que no consulta al mencionado famoso analista porque seguro que debe cobrar muchísimo más que yo. No parece detectar que estos enunciados se contradicen entre sí.

Aún así, dicho todo esto, sigue angustiada y casi no logra hablar sobre lo que quisiera hablar. Entonces, le pregunto qué la haría sentir cómoda para ello. La respuesta a mi pregunta se despliega en los siguientes encuentros. Primero dice que me ve incómodo, que mejor me siente en diagonal en lugar de frente a ella. Lo hago. Luego dice que mejor ella se va a sentar en el diván y yo un poco más en diagonal, pero cambiando a la silla que suelen usar los pacientes. Lo hago. Me mira, analizando la situación y soy informado de que aún no me siento del todo cómodo como para desempeñar adecuadamente mi tarea, por lo que soy enviado al piso, a sentarme sobre unos almohadones. Parecería que hemos alcanzado el éxito... pero aún no, ella también deberá sentarse en unos almohadones muy grandes y pesados, que tengo que correr yo mismo, como corresponde a cualquier caballero que se precie de tal frente a una dama... “Ahí no, un poco más a de la derecha, hay que rotarlos un poco... así está bien”.

Pensando si no me habría equivocado de profesión y no será que Jorgelina ve mi oculto talento de mudancero u objeto decorativo, empieza a poder contarme lo que la angustia y la trae por aquí. Antes de seguir con su relato, quisiera aclarar que no me sentí molesto con su manipularme, por tener la sensación de que era parte de un juego (no necesariamente divertido) imprescindible para ella, y al mismo tiempo, la respuesta a mi pregunta: ¿Qué necesitás para poder hablar? Sí me sentí incómodo en algunos momentos anteriores donde, antes de empezar a ubicarme en otros lugares (del consultorio), me decía de diferentes formas que yo no servía para nada. Es decir, primero me transfiere su incomodidad, para luego poder manipularla -y a mí con ella- resolviéndola en cierta medida.

Volvamos al consultorio. Me cuenta, que luego de una historia de profundos abusos emocionales por parte de su madre, tanto hacia ella desde muy temprano, como luego hacia su propia hija de pocos años, ha decidido cortar el vínculo, pero se siente absolutamente desvalida: no puede dormir de noche o tiene pesadillas, le pide a su hija que se pase a su cama, que se ocupe de ella, se enoja si esto no ocurre o si la niña falla en lo más mínimo, y varias cuestiones en esta dirección.

Me cuenta de los tratamientos anteriores, particularmente de uno que sintió como una repetición de los abusos sufridos y cuyas características, según pude entender por su relato, eran las de un análisis tradicional de diván e interpretación significante, corte de sesión según tiempos lógicos, etc. También me dice que sabe que lo que hace con su hija, no está bien, pero que se siente tan angustiada que no lo puede evitar.

Rápidamente, y creo que más por lo que sucedió antes de que me contase todo esto, es decir, por ese manipularme, que por alguna cosa que yo haya dicho después, permite que su hija vuelva a su habitación, pidiéndole prestado uno de sus peluches para dormir con él.

Con el correr del tiempo disminuye la exigencia de perfección hacia su hija, comienza una nueva actividad teatral no explorada por ella antes, escribiendo sus propios libretos, profundiza el corte del vínculo con su madre, que seguía intentando entrar nuevamente en su vida pero de modos muy agresivos, faltando a la verdad en denuncias que hacía en juzgados, etc., y un buen tiempo más adelante puede, con muchas dificultades, armar una pareja en términos de cariño y cuidados mutuos, bastante distinta de las que había tenido hasta ese entonces.

 

¿Por qué relatar dos situaciones aparentemente tan diversas? El punto de convergencia es lo que se podría llamar la “disponibilidad corporal”, que puede ser del analista, o de los otros de los primeros cuidados. El permitir en ciertas situaciones, que el cuerpo del analista sea manipulado dentro de sus propios límites (que deberán incluir ciertas posibilidades, sería deseable que no fuesen muy estrechos), aporta confianza en la situación que allí se desarrolla y crea las condiciones para que algunas cuestiones puedan llegar a ocurrir.

Podemos pensar, entonces, que a veces el “corte” no produce un corte, sino una repetición de traumatismos tempranos. Es decir, hay ciertas condiciones que deben darse primero para que una intervención de “corte”, corte. Cuando éstas no están dadas, deberemos ocuparnos de aquello precursor a esa lógica, lo que la posibilita y que una vez que la posibilita sigue interactuando con ella, y que tiene que ver, entre otras cosas, con el jugar, la manipulación del cuerpo del analista, el sostén del dispositivo, el propio límite del analista y la distancia adecuada entre éste y su paciente.

Muchas veces estos intentos por parte de los pacientes, sobre todo cuando son cronológicamente adultos, son entendidos por el analista como un no respetar el dispositivo y sus límites, no hacerse cargo del propio decir, etc.

Y es que las condiciones de un decir que apunte al deseo, se construyen. Para esta construcción hay antes, ciertas necesidades que deben ser satisfechas, a veces expresadas como demandas más o menos caprichosas, pero que en su raíz no lo son, y que no encuentran lugar en la vida cotidiana del paciente. También por esto se busca a un analista. Lo antedicho, no coincide con lo que conocemos como “inversión de la demanda”, es decir que no es lo mismo satisfacer otras demandas, que éstas que apuntan a que determinadas operaciones de subjetivación se produzcan y que difícilmente encuentren lugar para desarrollarse, como decíamos, en las situaciones cotidianas de la vida del paciente.

Es así que, habiendo encontrado en muchas situaciones clínicas esta recurrencia del uso del cuerpo del analista para que luego algo de un mayor nivel de simbolización ocurra, pienso que vale la pena investigar sobre el jugar y el tipo de objetos maleables en que a veces debemos convertirnos para permitir que algunas operaciones muy importantes, que entre otras cosas, ponen a punto el funcionamiento significante y crean las condiciones propicias para las separaciones fundamentales, puedan darse; inclusive cuando trabajamos con adultos neuróticos capaces de establecer transferencias simbólicas, que nunca será lo único que transfieran.

La construcción y el registro de los propios límites y cuerpo se da a partir del contacto y registro con el cuerpo y los límites del otro. Claro que en esta línea cuerpo y límites no son cosas separadas.

El pasar por el “lugar” del otro -fundando algo allí- es ineludible para inaugurar ese mismo algo en uno. Jorgelina, hasta que no acepto y reconozco la incomodidad en mi cuerpo y también su posterior ayudarme a hacer algo con eso, no tiene manera de apropiarse de su incomodidad, de su falta de lugar, no tiene modo de fundarla en ella. Me transfiere la dificultad que no puede poseer y me ayuda a resolverla como modo de “apropiarse” de esas sensaciones y de poder llegar a tener un problema propio, enunciable, en lugar de angustia masiva y difusa.

Es por eso que jugamos en los márgenes de lo que para nosotros es y no es juego y con el cuerpo, intentando de este modo prestarnos para que los pacientes puedan construir lo propio, aunque esto muchas veces nos resulte bastante terrible de soportar y sostener. Pienso el cuerpo como fuente de la simbolización y la integración psicosomática.

Aquí se trata, entonces, del trabajo universal de construcción del cuerpo a partir del cuerpo del otro, sea que se dé en la niñez o más adelante. Quisiera agregar que esta construcción requiere de un trabajo de “mantenimiento” a lo largo de toda la vida, pensemos sino, durante cuánto tiempo podemos sentirnos bien sin dar y recibir un abrazo.

 

Pablo Juan Tajman

Psicólogo

Centro de Salud Mental N° 3 “Dr. A. Ameghino”

mestichole [at] yahoo.com.ar

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Articulo publicado en
Abril / 2013

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