Familias que no juegan | Topía

Top Menu

Familias que no juegan

 
Segunda mención del Quinto concurso Internacional de Ensayo Breve 2014-2015. 25 años de la Revista Topía. Área: “Problemáticas en Salud Mental”

I – Familias que no juegan[1]

 

Talk is cheap, shut up and dance!"[2]

 

Cuando recibimos chicos que no juegan, solemos verificar que en realidad se trata de familias que no juegan las que tenemos frente nuestro. Y es por eso que los tratamientos que incluyen un espacio para los chicos y otro para los padres suelen funcionar mejor. Me interesa aquí la óptica de lo familiar, porque cuando no se incluye algún modo de pensar el jugar en nuestra visión clínica de conjunto, se suele ver psicopatológicamente lo que es un potencial juego que para desarrollarse necesita ser reconocido y recibido por un otro. El pensar a nivel de las familias abre otras perspectivas clínicas.

Quiero tomar la sugerencia de Ricardo Rodulfo en Futuro Porvenir (2008)[3], donde se propone un psicólogo clínico que en lugar de dedicarse solo a lo psicopatológico, a la enfermedad, a las consecuencias de lo transicional detenido, también pueda ocuparse de la prevención. Es decir, que tal como se va con el bebé o el niño a visitar periódicamente  al médico pediatra para que chequee que todo siga bien, que siga su natural curso -aquel que toma cuando no es interrumpido- del mismo modo se podría ir al psicólogo clínico de niños a chequear que las transiciones marchen, que los chicos jueguen y en los términos del presente trabajo: ir a ver si la familia juega, a ver que el juego de la familia no esté detenido o que nunca haya empezado.

Se trata de una propuesta tan fuerte (¿¡psicoprofilaxis psicoanalítica?!) que es difícil medir sus consecuencias. Importa tratar de ubicar qué es lo que impide que la idea del jugar como cura en potencia tenga mayor presencia en las familias y en los profesionales de la salud y la educación.

Los que trabajamos con niños, adolescentes, adultos y familias desde el psicoanálisis que valora y coloca en el centro dicha idea del jugar, vemos cuántas familias hay que no juegan, pero que al mismo tiempo no están tan lejos de poder hacerlo. Seguimos impresionándonos cuando un síntoma en un niño, que funciona principalmente como la identidad sintomática de su familia, comienza a modificarse tras pocos encuentros de juego. Vemos también a muchos padres, docentes y profesionales de la salud preocupados por las continuas "faltas de respeto" por parte de adolescentes y niños a sus mayores, y no estoy hablando necesariamente de los casos extremos donde pegan a un maestro. Es que el jugar, al igual que el síntoma, si hay algo que no respeta son las identidades pre-hechas, rígidas, cualesquiera sean estas: madre, padre, hermano, abuelo, maestro de escuela, psicoanalista, etc.

El verdadero respeto a la autoridad viene de, por momentos, poder jugar con ella y no tomarla tan “en serio” como para someterse automáticamente. Y quien ocupa una posición de autoridad, como el psicoanalista, sólo puede usarla efectivamente si no pretende darle consistencia a su ser ocupando dicha posición y puede jugar con y desde ese lugar.

Para ocupar un lugar de poder sin ejercer violencia es necesario saber que uno no es y ni siquiera representa el único recurso posible. Es decir: cuando voy a ver a un analista que piensa que de la única manera que se cura el sufrimiento psíquico es atravesando un análisis... yo pienso que es mejor salir corriendo. Mi sensación es que los analistas confiables suelen ser aquellos que han cursado su cura quizá en más de un análisis, y quizá también en algún otro espacio diverso al psicoanálisis, y no por eso no coherente éticamente con este. Puede tratarse de algo bastante informal desde nuestra óptica, pero lo importante es que esté reconocido en su valor. Muchas veces se le adjudica a un análisis lo que pertenece a otros terrenos y cuando uno ha podido desarrollar su subjetividad desde al menos dos modos heterogéneos, entonces sabe que hay un espacio en el medio, el que abre la posibilidad de un diálogo interno entre modos de ver. Sucede lo mismo con lo pedagógico, todos hemos hecho la experiencia de aprender de más de un modo.

Podemos pensar la locura como el reverso del jugar, o más bien, que la locura es un juego no jugado, una espontaneidad no recibida, un lazo no establecido. Intentemos pensar qué cosas impiden a una familia jugar.

Sin pretender agotar las causas, intentaré ubicar algunas de ellas: a veces se trata de una religión, una pedagogía, un modo de atención en salud o de crianza que confunde mundo exterior con espacio intermedio para un hacer: como si el niño que juega con armas de juguete (o de juego) fuera el precursor del adulto que mata a otro con un arma de fuego. Recordemos aquí también las veces en que los intentos de los niños por historizar su origen ficcionalizándolo, en lugar de encontrar en los adultos la ayuda necesaria para hacerlo, encuentran medicación. Medicación sostenida en diagnósticos de fabulación cercana al delirio, desorganización e hiperactividad, etc. Hace falta un "buen entendedor" para habilitar la distancia entre las palabras y las cosas, para ver juego en ese algo que podría serlo, en lugar de ver locura.

Es que los adultos que no han podido jugar su agresividad, y que por lo tanto le temen reverencialmente, muchas veces no permiten -armados con algún ideal que venga al uso- que los chicos la desplieguen para producir la posibilidad de apropiarse de ella. Estos adultos quizá sí hayan podido jugar otras cuestiones. El jugar no es un bloque presente o ausente, se presenta de distintos modos en distintas circunstancias y el desafío es poder vincular aquellas zonas y situaciones donde el jugar funciona con aquellas donde no.

Es común recibir adolescentes y niños que son traídos por su familia, derivados por la escuela o algún profesional de la salud porque son “violentos”. Pero rápidamente nos damos cuenta que en realidad están violentados: tanto por la violencia de su ambiente (la visiblemente ejercida, la de ser depositarios de los aspectos rechazados de sus padres), como por su propia agresividad que funciona de un modo escindido, cuando  ellos “no están”, y se nota que no están ahí, subjetivamente hablando, en el momento en que se enfurecen, golpean, pierden en un juego. Son pibes que tienen mucho miedo de su agresividad y de sus posibles efectos.

En adolescentes, jóvenes y adultos, donde generalmente no hay un jugar directo habilitado debido a una fuerte presencia de la mirada, es especialmente importante plantear un escenario que reconozca e incluya las partes disociadas. Andrés, de veintidós años, hermano menor de tres, es quien exclusivamente escucha por un lado a su papá y por otro a su mamá luego de los violentos conflictos matrimoniales, es quien los ayuda durante largos años a no pelearse aún más, luego a separarse y por último a mantenerse separados. Durante todo este tiempo es "terapeuta" de la pareja de sus padres durante el día y por las noches consume alcohol y drogas hasta que está lo suficientemente "ido" de sí mismo como para poder salir en busca de una pelea, llegando a situaciones extremas. Se lo ve fuertemente impresionado y extrañado cuando le digo que le tiene mucho, muchísimo miedo a su agresividad, porque necesita no estar ahí cuando ésta ocurre. El Dr. Jekyll y Mr. Hyde o Hulk están a la orden del día. Más adelante, Andrés podrá empezar a integrar su agresividad al negarse a seguir escuchando a sus padres en esas condiciones.

En niños y adolescentes, la agresividad disociada de sí mismos no es fácilmente distinguible de aquella con y contra la que sus padres luchan por no ponerse en contacto. Es un momento privilegiado de estos tratamientos cuando un papá o una mamá logran ubicar que ellos tampoco tienen su agresividad integrada a su persona, que “explotan” frecuentemente, sin que les quede demasiado registro de lo ocurrido.

Se comprueba que uno de los principales recursos para intervenir en estas situaciones es el jugar. Y tal como decíamos antes, curiosamente, o no tanto, pese a que dichas situaciones se han vuelto cotidianas y los resultados del jugar quedan a la vista cada vez, no es un recurso tan difundido como uno supondría.

Por supuesto que cuando hablo de juego, del jugar, me refiero a un jugar improvisado que va produciendo sus propias reglas en su mismo devenir y que prioriza generalmente las propuestas y los movimientos de los participantes. Se desarrolla mejor con espacio y materiales maleables e inestructurados y conduce naturalmente al juego con otros chicos. No es un jugar que busque un producto, como tocar un instrumento para poder grabar un disco, sino un jugar que se produce a sí mismo.

Ocurre que cuando los adultos nos animamos a jugar frente a los chicos, a los adolescentes y a otros profesionales, las cosas empiezan a andar mejor, las miradas psicopatologizantes aflojan. Es importante entonces, que quienes nos dedicamos al jugar podamos difundir su valor, para lo cual deberemos enfrentarnos a la mirada “adulta”, sacándolo del ámbito privado, para intentar horadar la cultura de esta época donde no hay tiempo que se le escape al producir -sea por el imperativo de acumular y/o porque las condiciones socioeconómicas piden toda la energía de los adultos para llegar a las necesidades básicas-  por lo que el jugar no tiene casi lugar, es relegado a los márgenes y no se reconoce su importancia. En el mejor de los casos es algo a lo que se le da alguna valía en el tiempo de ocio, pero también es lo primero que se suspende cuando dicho tiempo falta. Y que falte no es raro. Por eso es importante que juguemos con otros profesionales, que juguemos públicamente. En los talleres de juego en el hospital o en privado, cuando el espacio lo permite, a veces favorecemos -desde el grupo de coordinadores- que el juego llegue a la sala de espera e incluya a los padres, cuando sentimos que están preparados. También lo hemos intentado en reuniones de equipo y ateneos. Buscamos que el juego tome otros espacios del hospital, de las veredas, de los barrios. Es importante, cuando tenemos la oportunidad, que escribamos sobre el tema de un modo accesible para todos y no por eso menos riguroso, donde las buenas ideas comprobables en la práctica le ganen a las argumentaciones floridas, a los conocimientos enciclopédicos y al expresarse en jerga. No dejamos afuera el humor, que abre tantas puertas, siendo a veces la llave maestra en el trabajo con adultos, habilitando el "como sí" que permite hacer de algo, otra cosa.

Solo si estamos atravesados por una mirada y una voz terribles y sin discontinuidades es que no podemos jugar: entonces somos quienes somos, todo el tiempo. Un avance con respecto a esto es cuando jugamos con culpa: “perdemos el tiempo” en privado, en la intimidad, en lugar de hacer algo “productivo”. Y es con mucho trabajo, esfuerzo y suerte que podremos empezar a jugar en público y a lograr que esta actividad pueda ser valorada por otros.

Muchas veces en el hospital, cuando compañeros de otros equipos nos cruzan por los pasillos mientras vamos a los talleres de juegos y nos ven acarreando lanas de colores, colchonetas con distintas formas, pelotas y otras cosas, y nos dicen: "Ustedes sí que la pasan bien", solemos, un poco enojados, contestar con una sonrisa alguna variante suavizada y humorística de: "Vení vos a que te caguen a patadas", que diga sobre la realidad de ese "pasarla bien": a veces nos la pasamos esquivando golpes -y no todas las esquivadas resultan exitosas- hasta que se logra armar un jugar y es con suerte y con el correr del tiempo que llegamos a divertirnos mucho.

Un chico de cinco años entra por primera vez al taller de juegos pateándonos, escupiéndonos y gritándonos "putos de mierda". Parece ser que tengo todos los números para que se dirija a mí (si yo tuviera a mi disposición a un pelado de casi dos metros que no me la devuelve, haría lo mismo). Después de un rato de recibir esto sin saber qué hacer -y siendo mi primera reacción el querer reventarle la cabeza contra una pared-, respondo intuitivamente dándole golpes con unos garrotes de papel que no duelen y gritando en un tono de mucho enojo parecido al de él: "zanahoria, lechuga,  remolacha, tomate, papa, cebolla", cosa que lo desorienta un poco. Me insulta, patea y escupe nuevamente y yo repito la operación, ahora gritando: "pera, manzana, sandía, melón, durazno, uva, frutilla". La secuencia se repite varias veces  y yo solo cambio de series de comidas o cosas. Resultó muy interesante ver cómo el enojo y la angustia  se iban trocando en risa, cómo dejaba de patearme y escupirme y solo seguía insultándome pero en tono juguetón para ver qué otra cosa le inventaba. Unas semanas después la mamá, que concurre al taller para padres que se lleva a cabo paralelamente, nos contó que por primera vez pudo cocinar tranquila mientras su hijo jugaba con un compañero de escuela.

No resulta fácil transmitir la idea de un jugar a veces nada divertido y hasta terrible que busca incluir lo que los chicos traen, sea lo que sea esto. Los dolores de cabeza (y de cuerpo), la angustia y los errores no faltan.

Considero muy importante el momento donde un analista capta con todo su ser que el jugar cura. Esto implica el verificar sus efectos en la clínica, en su vida y precisamente en su propio cuerpo. No es posible, si no, que se lo transmita a otros analistas y a los padres con quienes trabaja. Es muy lindo ver a los papás que traen a sus hijos a los talleres sorprenderse por cómo jugamos con ellos y luego sorprendernos nosotros cuando nos cuentan que empezaron a jugar con sus hijos en su casa y que ahora también invitan a los compañeros de escuela a que vayan a jugar. Es en esos momentos donde el taller va dejando de ser necesario.

Algo que nos impresiona en estos talleres es la cantidad de veces y formas en que nos matan a los coordinadores. Nos disparan, acuchillan, aplastan, desmiembran, electrocutan, nos atan y nos ahogan. Más allá de ser una necesidad universal, los que más lo buscan suelen ser los hijos de los papás que no han podido jugar su agresividad y que por lo tanto no aceptan dejarse matar. O, si lo permiten, no suelen sobrevivir. Estos papás no soportan nada que los ponga en contacto con esa agresividad que tan laboriosamente mantienen encapsulada y apartada de sí mismos; menos que menos los intentos de sus hijos. Me refiero aquí a un “matar” y un “sobrevivir” en el filo en que lo metafórico podría convertirse en realidad, sea por violencia física efectiva o por padres que se dejan “caer” de su lugar; perdiéndose la potencia estructurante de estas situaciones.

Es que cuando no se ha podido jugar, y por lo tanto enmarcar en escenas nuestra agresividad, crece nuestro miedo a tal altura, que ya no sabemos con qué nos encontraríamos si abriésemos ese paquete: imaginamos una explosión nuclear que nos matará junto con nuestros seres queridos, cuando quizá ahí dentro sólo haya dolor, tristeza, bronca, vacío. Y es importante saber que nadie carece de agresividad: o queda adentro e implota, como en las enfermedades psicosomáticas; o se dirige hacia afuera y explota (resultando en violencia contra otros o contra uno mismo) o, en el mejor de los casos, se juega en una escena que no es de afuera ni de adentro.

 

El cuerpo del jugar

Es útil pensar con qué cuerpo jugamos. Se trata del cuerpo con el que danzamos o hacemos deportes, el de la fusión con el otro en el abrazo. El cuerpo del jugar no es el cuerpo de la violencia ciega, ni de la sexualidad de las zonas erógenas. Es un cuerpo continuo, no nombrado, o más bien provisoriamente des-nombrado, es decir, no parcializado (al que Deleuze llama “cuerpo sin órganos"). Es un cuerpo indiferenciado, flexible, maleable, fusionable, pasible de ser “vuelto a cortar” de múltiples modos. No es raro ni poco frecuente que se nos confunda el cuerpo de la sexualidad genital y las zonas erógenas con el cuerpo fusional del jugar.

Cuando los chicos llegan sexualmente significados antes de tiempo no disponen de su cuerpo para jugar: una nena que a sus tres años no se le permitía usar pollera corta, porque su padre pensaba que eso era de "puta", a sus ocho años, en el taller, no podía "abrirse de piernas" para subir a la espalda de algún coordinador o coordinadora para hacer "caballito" como estaban haciendo los otros chicos. Fue muy lindo verla pudiendo empezar a jugar. Como decía antes, en los talleres intentamos que todo pueda ser integrado a ese jugar. A veces, a pedido de los chicos, los coordinadores nos casamos o nos hacemos pis y caca entre nosotros o nos damos besos en la boca. De jugando, por supuesto, si no, no hay  pareja ni ropa que aguante.

Es así que nosotros también tenemos que des-sexualizar el significado de tocar a otro coordinador, de modo de no detener el jugar de los chicos en el taller.

Esto nos lleva al difícil tema no ya de la sexualidad en la infancia -un poco más aceptado hoy en día- sino de la sexualidad del adulto con respecto a la de los niños. La cultura ha incorporado otra idea de sexualidad infantil a través del psicoanálisis. No así de la sexualidad adulta en relación a los hijos. Queda entonces mucho campo por explorar, e intervenciones para el psicoanálisis a nivel de la cultura.

Recuerdo una madre que se sentía monstruosa por tener sensaciones de excitación sexual al amamantar a su bebé. Y de otra que mientras amamantó no toleraba que el marido quisiera tener relaciones sexuales y menos aún que cuando estas ocurrían incluyeran sus pechos. No es una cosa fácil que la teta sea órgano sexual y de alimentación al mismo tiempo. No es una cosa fácil tampoco que nuestro cuerpo sea fusional y erógeno al mismo tiempo.

Los adultos suelen sentirse monstruosos cuando les ocurre algo de esto, y son pocos los que quedan con un registro consciente luego de haberlo vivido.

La prohibición del incesto separa lo que viene junto, no es un mantener separado lo que nunca debiera juntarse. Por ahí pasa gran parte de lo humano. Es esa distancia la que simbolizamos, donde jugamos o enloquecemos, donde hablamos.

Los que necesitamos urgentemente “educación sexual” y educación sobre la agresividad, e información sobre esto, somos los padres y los profesionales.

No sólo el humor, los fallidos, los sueños, implican un levantamiento de la represión: también el jugar. Pocas cosas resultan más satisfactorias y luego elaborativas, en el mencionado sentido del levantamiento de la represión (de lo defensivo en general, hablando con mayor propiedad), que el poder matar a un otro sin matarlo verdaderamente, sin lastimarlo psíquica o físicamente, es decir, en términos de Winnicott, poder matarlo y que este otro sobreviva.

Se trata entonces, de poder pensar los dos extremos pulsionales donde el control puede perderse, es decir, lo sexual y lo agresivo, y los modos de procesamiento posibles. Muchas veces donde estos extremos aparecen, además de la importancia de aceptar su existencia, constituyen una oportunidad para la espontaneidad y la creación de lazo. En ocasiones la creatividad tiene que ver con dejarse llevar a ese extremo, pero en lugar de la respuesta instintiva, responder con un jugar -que funcionará en la frecuencia de aquello pulsional que lo originó- y entonces, algo se crea y al mismo tiempo se crea vínculo. Eso es lo que experimentamos con los chicos violentados que llegan al consultorio o a los talleres de juego, sea que se presenten dando patadas, insultando y escupiendo o con fuertes inhibiciones. Podemos pensar el jugar como un “enloquecimiento voluntario” -universalmente necesario- que necesita ser significado como juego por un otro, que asuma dicho hacer como un jugar dirigido hacia él. La locura nunca es de una sola persona, está presente en la misma medida en que el jugar falta y su fuerza es todo aquello que no se ha jugado.

Cuando las familias juegan, las prohibiciones funcionan de un modo más profundo, natural y flexible, justamente porque no imperan a nivel del jugar: jugando me puedo casar con mi mamá y matar a mi papá. En la realidad, no. Y es justamente por poder jugarlo que pierde peso en la realidad. Esto es bien distinto de los extremos que solemos ver en estas familias: tanto el de la falta de reglas como el de las reglas sostenidas rígidamente.

Estamos hablando de pacientes a los que algo central de sus pulsiones no les es propio, que subjetivamente no les pertenece aunque les ocurra. De aquello por lo que son tomados y no pueden integrar sin que medie una operación: la de la espontaneidad que deviene juego enmarcando lo pulsional y permitiendo un modo de su despliegue. Y para que devenga juego primero debe ser recibida -su espontaneidad- por un otro que la reconozca como potencial jugar, absteniéndose de la primera respuesta que posiblemente aparezca -la de su propio registro pulsional- y que responda espontáneamente, de un modo creativo, con una escena de juego por más primitiva que ésta sea.

El ser llevados a nuestro límite no es la única forma de ponernos en condiciones de crear. Cualquier forma de despojarnos en buena medida de las convenciones morales y sintomáticas del lenguaje, de la postura, de la tonicidad corporal, de los usos y costumbres al vincularnos, que nos tienen tomados habitualmente a los adultos, será válida para dar lugar a nuestra espontaneidad, para llevarnos a un estado de juego.[4] Esto se comprueba tanto en la clínica como en la creación artística o en el vivir creador cotidiano del que Winnicott hablaba. Son registros donde alguien puede apropiarse de aquello que le ocurre pero no posee, donde la repetición deviene experienciar.

Cuando un chico lleva todo el tiempo al límite a sus padres les está pidiendo espontaneidad para poder armar un vínculo que le permita apropiarse de lo más extraño y extremo de ellos y de sí mismo, para no tener que vivir sometido a lo propio y ajeno que no puede integrar y que se manifestará en un someterse a cualquier regla que encuentre por ahí, sea por obediencia ciega o por una interminable y autodestructiva "rebeldía" que se constituirá como el reverso del sometimiento.

Los chicos nos piden a los adultos que estemos vivos, que nos vinculemos con ellos de un modo creativo, verdadero, que no seamos tan robots de lo que está bien y lo que está mal todo el tiempo, que los dejemos manipularnos y mandarnos de vez en cuando, como nosotros hacemos con ellos. Y todo esto "de jugando". En fin, pedidos bastante justos y necesarios que les negamos una y otra vez.

Cuando hablamos del jugar a nivel familiar hacemos referencia a aquello que está entre los miembros de una familia, que une y diferencia al mismo tiempo, que limita y crea, que funciona al modo de la barrera anti-estímulo freudiana, que es vehículo de un amor que no devora, que permite matar sin muertes, que habilita el disculpar y aceptar los errores y los límites de los otros y principalmente los propios. Si pudiésemos tener menos miedo a la agresividad habría menos violencia, en las familias, en los barrios...

Solo poniéndonos en contacto con los aspectos que menos toleramos de nuestra agresividad y de nuestra sexualidad es que podremos jugarlos, enmarcarlos e integrarlos para no tener la necesidad de depositarlos en un otro al que luego tendremos que rechazar, sea paciente, familiar, amigo o colega.

 

Ya hablé mucho solo yo.

¿Jugamos?

 

II - Del cuerpo que se ha devuelto al analista

 

Quiero comenzar planteando la siguiente hipótesis: a lo largo de la historia del psicoanálisis y de otras prácticas subjetivantes, se le ha ido devolviendo un cuerpo al analista que era solo una cabeza que piensa. En la actualidad ya se le permite a dicho cuerpo registrar aquello que lo afecta del campo de trabajo en el que está incluído y utilizarlo como herramienta clínica. No se le permite aún moverse ni entrar en contacto de modo visible con los pacientes adultos. Esto tiene consecuencias sobre la posibilidad de aprovechar el potencial clínico de ciertas situaciones, además de ser un claro indicador de la cultura en la que el psicoanálisis está inserta y a la cual responde sin pensarlo, en muchas ocasiones.

Otra idea relacionada a lo que vengo intentado desarrollar es que la paradoja fundamental de la clínica, de la que derivan las demás, es la siguiente: Lo propio se funda en / haciendo cuerpo con / en contacto con un cuerpo otro. “Propiedad” que puede ser totalmente desconocida pero que nos estructura subjetivamente permitiéndonos habitar el espacio, el tiempo, nuestro cuerpo; aquello que puede resultar alteridad para uno mismo, por lo que no se trata de la “identidad identitaria” de la que nos habla Derrida, que busca dejar afuera aquello en lo que no puede reconocerse.

Ricardo Avenburg, en su artículo sobre la acción desde la perspectiva  psicoanalítica, explica que “Todo pensamiento implica una acción: el pensamiento preconsciente, aún el que se realiza en silencio, mediatizado por las palabras, presupone siempre una mínima descarga de los órganos de fonación que es a su vez percibida por el sujeto pensante; y el primer pensamiento fue una acción…Visto desde esta perspectiva no hay acto psíquico (afecto o representación) que no esté integrado en el pensamiento y que no involucre una acción. Dicho en otras palabras, toda investidura implica al mismo tiempo una descarga…” y agrega que “No toda carga implica una descarga…”[5] Podemos decir, entonces, que fuera del campo de lo defensivo,[6] de lo no subjetivado y de la desubjetivación, no es posible el pensamiento sin movimiento, ni el estar con otro sin contacto, aunque estemos a distancia y en quietud. También Wallon, psicomotricistas como Lapierre y Aucouturier y filósofos como Michel Henry, Deleuze y Derrida se han ocupado de mostrar que el desarrollo del pensamiento no es sin el cuerpo, el movimiento y el contacto, en una línea, no siempre recta, que va de lo explícito a lo sutil, de la acción al pensamiento. El campo del desarrollo del pensamiento, el de la subjetivación, el del desarrollo de lo simbólico no se recubren totalmente ni son ajenos, y podrían buscarse otras vecindades.

Entonces, en la medida en que no encontremos modos de inclusión en nuestro trabajo y en nuestra formación de la corporeidad que puede moverse y estar en contacto de un modo visible, en su manifestación explícita, estamos perdiendo potencia clínica y dejando muchas situaciones por fuera de nuestro campo de acción.

En muchos ámbitos donde nos encontramos a pensar sobre nuestra clínica, ya se ha aceptado que lo contratransferencial ocurre necesariamente y que puede ser usado como herramienta, diferenciando esto de la interpretación masiva de la contratransferencia, devolviéndole un cuerpo al analista que venía siendo solo cabeza. Un cuerpo  siempre será afectado de algún modo y es más bien el desconocer esto lo que resulta obstáculo. Aún así, este cuerpo del analista aún no puede moverse o entrar en contacto de un modo visible, explícito, por fuera de la clínica con niños. Es un cuerpo que ya puede sentir, pero que debe permanecer inmóvil y separado. He comprobado en estos encuentros cómo horroriza la idea del contacto y el movimiento con pacientes adultos, aún en el relato de situaciones clínicas donde ha sido indudable la potencia transformadora e inclusive posibilitadora del trabajo que han tenido. Estos modos de intervenir, al ser relatados, parecen atacar algo de la identidad profesional -que supone un “tipo” de corporeidad- a muchos de quienes escuchan, y esto se evidencia en la degradación del intercambio del diálogo clínico que se venía dando hacia un enojoso intentar invalidar lo relatado, definir qué es psicoanálisis y qué no (como si fuera posible tener fronteras clarísimas entre prácticas subjetivantes que comparten una misma ética[7]). Ha ocurrido algunas veces que después de estas presentaciones, alguien que había criticado fuertemente y con bastante enojo este tipo de intervenciones en la discusión pública posterior, se acercase para decir en privado, con un tono completamente distinto  a su decir anterior, sin enojo, amistoso, lo interesante que le había resultado pensar sobre estas cuestiones de la clínica.

El analista que no es solo cabeza, ayuda a esquivar la mentalización, la producción de pensamiento descorporeizado y es la condición de la abstinencia no indolente que planteaba Ulloa, que no está en el extremo de estar por fuera del estar afectado a un campo de trabajo, ni tan por dentro que ya no se pueda pensar.

Entiendo que nuestra cultura propicia una confusión que parasita o más bien es simbionte con el psicoanálisis: la indiferenciación entre las manifestaciones desubjetivadas de lo corporal como la violencia y la sexualidad que hacen del otro un objeto indiferenciado y deshumanizado, con respecto a aquellas que son parte necesaria de lo que viene ocurriendo en la clínica y que no solo no pierden el horizonte de trabajo, sino que lo posibilitan al darles lugar.

Recuerdo a una paciente de treinta y cinco años que fantaseaba constantemente con que los vecinos o el portero encontrarían su cadáver por el olor que desprendería luego de varios días de fallecida. Sobre esto no era posible pensar. Todos mis intentos de considerar su soledad en relación a distintas cuestiones eran rechazadas por la paciente, cuyo estado clínico iba empeorando con manifestaciones de angustia cada vez mayores. Unos días después de una sesión, habiéndome quedado preocupado por el nivel de angustia con el que se había ido del consultorio, le escribo un mail para contarle de esta preocupación que hallaba en mí y preguntarle cómo estaba. A la sesión siguiente me dice que había sentido esto como un contacto real, una preocupación verdadera por ella, por haberse dado fuera de mis "obligaciones" como terapeuta, que, según ella entendía, eran escucharla durante el tiempo de las sesiones que ella pagaba. Algunas semanas después tengo una dificultad de horarios, por lo que le pido si podemos cambiar por esa vez el día y la hora de la sesión, que pasa de la tarde temprano al último horario de la tarde noche. Me dice que sí, y que si iba a ser en ese horario quería traer dos cervezas. Me aterrorizó suponer que se estaba armando una escena donde intentaría algo sexual genital conmigo, pero al mismo tiempo no encontraba una razón, por fuera de mi temor, que me pareciese valedera para negarme. Llega la sesión por mí temida y se presenta escotada, maquillada, con el pelo planchado, muy arreglada y con dos porrones de cerveza. Mi terror (y/o mis ratones) estaban en código rojo. Transcurrió la sesión normalmente, sin nada para destacar, ni por lo positivo ni por lo negativo. Tomamos las cervezas durante su transcurso y al momento de despedirnos me agradeció emocionada. Me dijo que había sido muy importante para ella, porque no tenía con quien tomar algo y hablar de lo que le pasaba. Su emocionarse por primera vez en el tratamiento me emocionó a mí también y tuve la sensación de que sería importante despedirla con un abrazo -cosa que me he permitido con algún que otro paciente con buenos resultados- pero había demasiado escote y no lo hice. Me encontré diciéndole a la sesión siguiente, cuando hablamos sobre la anterior, que sentí que hubiese sido importante abrazarla al despedirla la vez anterior, pero que no lo hice. Me dijo, riéndose, cosa que tampoco ocurría a menudo, "ahora metételo en el orto", y una cualidad tangible de realidad se empezó a instalar entre nosotros, cuerpos diferentes que no saben encontrarse, atravesados por esta cultura que ve en la necesidad de encuentro siempre una intención de sexualidad genital. En este ejemplo creo que era necesario abstenerse del abrazo, sin asegurar si era por una dificultad de ella o mía, pero reconociendo lo sentido y no realizado. Luego de ocurrida esta secuencia, la paciente comenzó a hablar de su soledad y con el tiempo pudo hacer algunas modificaciones en su vida sobre aquello que impedía todo vínculo cercano.

A veces es imprescindible seguir un jugar que plantea una escena que el paciente necesita hacer en continuidad con un cuerpo otro[8], hacer necesario para poder experienciar algo de lo vivenciado no subjetivado, que luego de esto podrá comenzar a pensarse.

No es que no haya ningún riesgo en el uso de estas herramientas, pero también lo hay en el negarse sin más a usarlas.

Pienso que esta confusión, esta indiferenciación de la que hablaba, la de lo corporal subjetivante con lo corporal desubjetivante, equivale a aquella que confunde sexualidad genital con la idea de sexualidad ampliada que Freud nos legó. Equivale también a la indistinción entre la destrucción desligada que vacía el mundo y la puesta en juego de la agresividad que, si es recepcionada adecuadamente y encuentra la oposición flexible que busca, crea un mundo que no está a merced de las proyecciones de las fantasías terribles que nos pueblan.

Entonces nos encontramos ante aquellos postulados fundamentales del psicoanálisis, de los que él mismo no ha podido extraer muchas de sus consecuencias, porque lo dejaría en jaque con la cultura que lo ha validado y le ha dado un lugar.

Cuando Freud, como vemos en su correspondencia con Ferenczi, decide no dar un lugar a la contratransferencia dentro del cuerpo teórico-clínico del psicoanálisis, para no atentar contra sus posibilidades de validación dentro de los ideales de ciencia de su época -es una decisión político institucional, no una decisión clínica- siembra las semillas de la institucionalización del psicoanálisis en un doble sentido: por un lado en el de encontrar y profundizar su lugar en lo social como práctica emparentada -y en otras cosas diferenciada- a la práctica médica, y por el otro la pérdida de su fuerza y movimiento instituyente en relación a, entre otras cosas, su concepción revolucionaria de la sexualidad como algo más que lo genital adulto.

Esta última faceta es la que debe encontrar lugar si queremos recuperar la potencia de cambio clínico y social que tienen esos fundamentos valiosos, que hicieron del psicoanálisis una praxis transformadora, que viene siendo apagada por aquella fuerza conservadora que anula o detiene sus descubrimientos. No perder de vista que es el trabajo de construcción e integración laboriosa, no lineal y sostenida en el tiempo del cuerpo y el psiquismo, desde la adecuada recepción y oposición de la agresividad y la sexualidad -fuerzas que nos atraviesan y que no pueden distinguirse del movimiento de la vida- el que en su progresivo subjetivarse nos hace humanos.

Hay autores que nos enseñan que no hay forma de utilizar las herramientas del psicoanálisis (o de cualquier praxis) sin ocuparse de su mantenimiento si queremos que no pierdan efectividad.[9] Un modo de ocuparnos de su mantenimiento es ocuparnos de su desarrollo. Eso es lo que se ha hecho llevando el psicoanálisis a lo comunitario, a los niños, a las locuras, a las psicosis, a la discapacidad mental, a las familias, a los grupos, a la adolescencia. Esto nos va llevando a habilitar todo el campo que ocupa lo corporal en su relación con la posibilidad de producción de pensamiento y viceversa. El uso de la abstinencia como herramienta posibilitadora puede ser hacer, no hacer, decir, no decir. Para habilitar toda la extensión de dicha herramienta hay que poder recorrer sus bordes y eso implica al cuerpo del analista en varias de sus dimensiones.

Lo visible también tiene la faceta de la mirada intrusiva en relación a la identidad profesional, aquello que a paciente y analista se les puede aparecer en tal o cual situación: ¿Qué diría tal o cual si me viera haciendo esto? ¿Qué diría mi colega, qué diría mi referente si me viese en contacto con esta paciente? ¿Qué diría mi amiga si supiera que mi analista hizo tal o cual cosa?

Dicho esto, es menester no olvidar que aunque el análisis amplíe sus fronteras y herramientas como modo de cuidarse y no herrumbrarse, esto no implica una modificación en alto grado de la cultura en la que estamos inmersos: ésta sigue siendo la que ve sexualidad genital en un contacto contenedor. Por lo que en ocasiones un abrazo será lo que hubiésemos hecho si no nos hubiese dado vergüenza, si no nos hubiésemos sentido vistos como, por ejemplo, malos profesionales al hacerlo. Es importante aunque sea, poder pensarlo. Alguna vez, poder decirlo. A veces es un buen uso de la abstinencia no hacerlo, en muchos otros es simple y claramente una inhibición producto de nuestra cultura. He escuchado más de una vez algo así como: “No juego con mis sobrinos en su pieza porque no quiero que mi hermana piense mal de mí”. Sin perder de vista la dimensión sintomática personal que esto tiene, la regularidad en que algo similar se escucha dice de cómo nos sentimos mirados. Emilio Rodrigué, en ejercicio autocrítico, nos cuenta del pedido de tomarle la mano de su paciente moribunda en la cama de hospital al que se negó, en función de la idea de abstinencia que tenía en ese momento.

Con relación a lo que vengo desarrollando y al movimiento explícito y su relación con el desarrollo de la subjetivación, la simbolización y el pensamiento, quiero relatar brevemente el tratamiento que Gregorio Baremblitt describe en su artículo “La danza de los vampiros (o de cómo curamos por más cosas que las que sabemos)”[10], donde describe su encuentro con un paciente adulto que llama Federico, de treinta años, médico,  inteligente y de cálida simpatía, que llega a consultarlo después de muchos intentos de análisis infructuosos con analistas renombrados. “Cuando Federico me consultó por primera vez…presentaba un cuadro de agitación psicomotriz severa que le impedía permanecer quieto ni por un instante. Todos los músculos de su cuerpo estaban en constantes y pequeñas contracciones clónicas…llegaba a afectarle la visión por incapacidad de convergencia y fijación de sus globos oculares… Le era imposible permanecer acostado en el diván ni sentado en una poltrona. Caminaba sin cesar por el consultorio, hablando ininterrumpidamente con una voz inaudible y nasal…Una brutal angustia impregnaba todas sus actitudes y comportamientos…”

Continúa Baremblitt diciendo “Lo más extraordinario era que cada vez que yo procuraba decirle algo, fuese o no una tentativa de `interpretación´, de inmediato caía en un repentino sueño, que le obligaba a sentarse o a acostarse en el lugar en que ocasionalmente estuviese. Ese sueño duraba algunos minutos y al despertar, Federico no recordaba nada de lo que había acontecido, reiniciando de inmediato su deambular por el consultorio y su agitación generalizada. De acuerdo con sus relatos, ese cuadro se reproducía en cualquier lugar y actividad…”. Lo deriva a un reconocido neurólogo que no encuentra nada y admite haber quedado “absolutamente perplejo” por el caso. Baremblitt lo medica con anticonvulsivantes, relajantes musculares, ansiolíticos y neurolépticos mayores, con los que obtiene una “modesta disminución de los malestares descriptos”.

Relata que, no teniendo ninguna posibilidad allí ni las intervenciones, ni los modos de comunicación verbal usuales, y sintiendo una gran identificación a los síntomas de Federico -le costaba gran trabajo no agitarse cuando él estaba en ese estado o no dormirse cuando él se dormía- decide no oponerse y comienza a correr con él por el consultorio imitando sus movimientos y a dormirse cuando él se dormía. El primer efecto de esto es que a Federico le resulta graciosa la situación que se arma, lo que hace que la angustia disminuya.

Después comienza a ocurrir que, cuando se cruzan en estos recorridos, emiten  frases cortas que tuviesen que ver con un estado anímico, “…de las cuales a menudo sólo era dado percibir y conservar algo del volumen, la frecuencia, le ritmo, la altura, el timbre o la tonalidad, y no del significado o el sentido”, por lo que se van creando a lo largo de las sesiones puntos en el espacio del consultorio relacionados a un estado afectivo, al que le corresponde un decir “musical”. Así van generando distintos recorridos que usan según el estado anímico de Federico en cada encuentro. Algo de la agitación comienza a ceder por lo que se comienza a entender lo que dice y tienen pequeños momentos de diálogo, verbal o escrito. Luego de despertar ambos de uno de los momentos de dormir, Baremblitt le pregunta si soñó algo, a lo que el paciente responde que le relatará su sueño, si él le relata uno suyo, cosa que ocurre, y a partir de la cual se abre la dimensión del trabajo con los sueños de Federico. Tiempo después se comienzan a alternar las sesiones de movimiento y dormir, con otras donde se hablaba tanto “musicalmente” como dialogando convencionalmente. Las mejorías eran evidentes. El tratamiento se interrumpió porque Baremblitt tuvo que exiliarse del Brasil. Muchos años después reencuentra al paciente en un congreso en Buenos Aires, los logros del tratamiento se mantenían, no menciona si hubo tratamientos posteriores al realizado con él.

Las afirmaciones que José Valeros hace en “El jugar del analista”, cobran en este ejemplo y en el anterior, toda su fuerza:

“- el paciente tiene ya un diseño de su cura e inversamente es trabajoso, penoso y poco útil que el analista trate de imponer sus objetivos de curación;

- el principal aporte del psicoanalista es tolerar y elaborar las emociones que le provocará la relación con el paciente;

-las “resistencias” al proceso terapéutico así concebido son del analista;

- es en la dinámica dramática del juego donde el inconsciente se hace presente, se lo “ve”, se lo conoce, se lo experimenta y eventualmente se lo elabora;

- la labor interpretativa del analista es más útil cuando la realiza dentro del juego en forma dramática;

- el encuadre estable, pero especialmente la estabilidad emocional del analista, desencadena un proceso natural de curación.”[11]

Continuando con la reflexión sobre ambos casos, me interesa la idea sobre el actuar que Miguelez toma del pensamiento chino leyendo a F. Jullien. Dice “…el bien actuar sería ayudar a que algo se desenvuelva naturalmente a partir de un estar sin manifestarse”, “Entiendo que esa figura poética ilumina sobre el significado del estar abstinente del analista”. ”La abstinencia del analista debe poner en acción una respuesta de otro tenor a la habitual. No satisface pero tampoco frustra…”[12] De haber Baremblitt insistido en trabajar según las reglas clásicas, suponiendo resistencia en la imposibilidad de hacerlo, no hubiese habido ninguna mejoría en el paciente (como había ocurrido en los tratamientos anteriores) y hubiese sido lo contrario de un estar abstinente: el mantener a rajatabla una técnica para no perder la identidad profesional supuesta al psicoanalista, sería un estar manifestándose fuertemente en defensa de su identidad personal en lugar del antedicho “estar sin manifestarse”.

Entiendo que un análisis busca generar las condiciones del vincularse con la alteridad en uno y los otros, para que sea posible decir, hacer, quedarse en silencio, moverse, aquietarse. Nuestra referencia sigue siendo el psicoanálisis tradicional: para practicarlo, para torsionarlo, para alejarnos, para volver a él. Es decir, todos los movimientos y habitares necesarios para la vida; para que la vida de los pacientes -y la del psicoanálisis y en cierto sentido la de los analistas- sea más vivible. También es necesario para que el psicoanálisis no devenga naturaleza muerta, técnica muerta degradada en receta, dejando de ser un modo de subjetivación.

Fundamentos como la sexualidad ampliada, que incluye la caricia, lo erógeno que hace cuerpo y la destructividad primaria, esa alegría violenta que no se distingue en su origen del movimiento que nos lleva a explorar el mundo y querer ver qué hay afuera de nuestro hogares, son parte de aquello que necesita ser recibido de modos muy particulares, encontrar un lugar, tanto en los vínculos familiares como en los sociales para que la subjetivación tenga lugar en distintos aspectos y niveles.

De no habilitarse el cuerpo, el movimiento, el contacto en sus registros más visibles y en los menos, en toda la extensión del psicoanálisis, difícilmente podamos intervenir con toda nuestra potencia en lo comunitario que hace política no partidaria, por tener que estar siempre dando el rodeo culposo del "psicoanálisis aplicado", que pide disculpas por ocuparse de aquello que supuestamente lo degradaría, cuando es aquello que más posibilidades de transformación a nivel social ofrece. Si lo que hacemos en un consultorio y lo que hacemos en un barrio no están en continuidad, si lo que los analistas hacen no está en continuidad con lo que hacen otras prácticas valiosas, entonces nada tenemos que ver con lo que ocurre a nivel social, político, económico, no tenemos nada para pensar en relación a la salud, a sus prácticas, a nuestra condición como trabajadores de este campo. Entonces, somos dioses entre las pobres hormigas que trabajan en aquello que solo por definición legal nos pone en el mismo campo. Lo que pone en continuidad las distintas prácticas y sus entrecruzamientos es lo complejo de lo subjetivo, que no es la simplificación de la subjetividad propuesta por cierto psicoanálisis desconectado de su entorno y sus condiciones de producción.[13]

No es casualidad que en los comienzos, muchos analistas de niños interpretasen el juego a mansalva: ¿cuál es el sentido de poner distancia interpretativa si no hay peligro alguno? Es el "peligro" que supone eso tan "simple": que el comienzo de la subjetivación sea el cuerpo que conforma el cuerpo a cuerpo madre-bebé.

Quizá el cobre freudiano valga tanto como su oro y hayamos cometido un error: creer que el cobre era el de la sugestión, en lugar de ser aquello que Freud temía que no le permitiese al psicoanálisis conformarse como ciencia a principios del siglo XX: la inclusión del cuerpo del analista en todas sus dimensiones como herramienta de su práctica. Para habilitarlo a veces hay que quedarse quieto, callado y a distancia, a veces hay que moverse, tocar, decir, y todas las combinaciones posibles de estas variables. Y aunque siempre exista la posibilidad de hacer el trabajo de negarlo, hay cuerpo, hay movimiento, hay contacto.

 

Aclaración: siendo la segunda parte del artículo (II - Del cuerpo que se ha devuelto al analista), entre otras cosas, una reflexión sobre la primera parte (I – Familias que no juegan) y sobre otros artículos escritos anteriormente, y siendo que ninguno de los dos llegaba a las 25.000 caracteres mínimos que piden las bases del concurso, los mandé juntos con lo cual superé los 30.000 caracteres máximos, pero entiendo que también pueden leerse por separado.

 

Bibliografía:

 

- Freud, Sigmund y Ferenczi, Sándor: “Correspondencia completa” (1999). Editorial

  Síntesis. España, 1999.

- Lapierre, André y Aucouturier, Bernard: “El cuerpo y el inconsciente en educación y 

  terapia” (1980). Editorial científico médica.

- Miguelez, Luis Vicente: “Herramientas psicoanalíticas” (2014). Editorial Letra Viva.

- Rodulfo, Ricardo: "Futuro porvenir" (2008). Editorial Novedades Educativas.

- Tortorelli, María Alejandra “Las fronteras del Psicoanálisis”. Trabajo presentado en las

  Jornadas “Las Fronteras del Psicoanálisis” en la Asociación Psicoanalítica Argentina

  (APA) el 26 de Octubre del 2004.

- Ulloa, Fernando: “Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica” (1995). Editorial

  Paidós.

- Valeros, José Antonio: "El jugar del analista" (1997). Editorial Fondo de Cultura

  Económica.

- Winnicott, Donald: "Realidad y juego" (1971). Editorial Gedisa.

- www.avenburg.com.ar (sitio web que contiene gran parte de la obra de Ricardo

  Avenburg)

 

Notas

 

[1] Trabajo leído en el XXI encuentro Latinoamericano sobre el pensamiento de Donald W. Winnicott: "Dialogando con Winnicott en el sigo XXI", llevado a cabo en la Asociación Psicoanalítica Argentina, año 2012.

[2] Aerosmith, del disco "Get a Grip" (1993) Una traducción aproximada sería: "La charla es barata, callate y ¡bailá!"

[3] Pág. 182.

[4] En referencia a la idea de "estado mental de juego" que propone José Valeros en El jugar del analista, pág. 16. Se obvia "mental" porque planteo que se trata de un estado de integración psicosomática, por lo que cuerpo y mente participan de un modo conjunto, integrado.

[6] Un ejemplo es la mentalización de la que habla Winnicott, donde el pensamiento está desconectado de lo

 corporal. No faltan ejemplos de argumentaciones que pueden justificar cualquier síntoma.

[7] Ver “Las fronteras del Psicoanálisis” de Alejandra Tortorelli.

[8] “Cuerpos otros” incluyendo seres y cosas. Con respecto a esta paciente, para que hubiese un cuerpo otro, yo tenía que salir de lo previsible de las sesiones,  de su sobre codificación, donde ya se sabe exactamente qué son y qué no.

[9] Luis Vicente Miguelez “Herramientas Psicoanalíticas”, Ed. Letra Viva, 2014.

[10] Ficha de circulación interna.

[11] José Valeros: “El jugar del analista”. Ed. Fondo de  Cultura Económica, Bs. As., 1997 página 15.

[12] Op. Cit. Páginas 100 y 102.

[13] El artículo de Alejandra Tortorelli citado antes, muestra claramente cómo ocurrió esto en la historia del psicoanálisis con respecto a la medicina y la filosofía.

 
Articulo publicado en
Septiembre / 2015

Boletín Topía

Artículos recientes