La interpretación en el análisis con niños: cuando la palabra no es posible | Topía

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La interpretación en el análisis con niños: cuando la palabra no es posible

 

Este trabajo surge de reflexiones que compartimos las autoras sobre la clínica con niños, en el ámbito de un grupo autogestivo de supervisión.
Quienes trabajamos en el análisis de niños nos vemos enfrentados a ciertos desafíos que requieren de nosotros creatividad en el uso de nuestras herramientas. Más de una vez, los niños de nuestras consultas rechazan los modos habituales de abordaje, nos referimos, por ejemplo, a aquellos niños que no toleran escuchar interpretaciones verbales. Interpretarles dicho rechazo suele producir aún mayor rechazo y puede llevar a un callejón sin salida en el cual el tratamiento se interrumpa.

A continuación, un caso que ilustra este problema, y los modos en que fue trabajado.

La cita era dos veces por semana a las siete de la tarde, hora de estar listos, él y ella, para un nuevo encuentro. La pesada puerta del edificio iba a cerrarse por su propio peso y habrá que ver si él deja que eso ocurra o la frena antes con el pie, de modo que no pueda llegar a destino. Allí se jugaba la primera confrontación de la tarde: ella trataba de que cierre y él de que no. ¡Parecía bueno encontrar a alguien que sostuviera un rato ese juego de oposición sin que mediara ningún peligro!
Luego, partidos de fútbol hasta sudar la camiseta. El consultorio atravesado por una caña que, tendida de pared a pared era red de volley. El tacho de basura, colgado, se convertía en aro de basquet. Cubos de madera erguidos para ser derribados por una pelota transformaron el piso en un bowling. Un autito iba y volvía, tratando de vencer obstáculos, para llegar a la pared opuesta y anotar un tanto. Álvaro tenía seis años y aceptaba casi todas las propuestas, menos escuchar palabras.
Álvaro: -¡Ufa no hables! ¡Callate!
Ante cualquier pregunta solía responder: -¿Te tengo que decir todo?
Era un niño con un gran desarrollo verbal e intelectual pero con dificultad para desplegar la fantasía y jugar con el cuerpo. Intensos temores durante la noche lo llevaban a protegerse metiéndose debajo de las sábanas.
En las primeras entrevistas, al preguntarle si quería contar algo respondió:
A: -No tengo miedo a los monstruos, ni a las brujas, ni a los diablitos, ni a la oscuridad, ni a Drácula, ni a los fantasmas.
Psicoanalista: -Tal vez con la luz apagada no sabés si son de verdad o están en tu cabeza...
A: -O en tu espalda. Te das vuelta para mirar, o girás y girás la cabeza rápido hasta que lo ves. Y te explota la cabeza.
Mientras decía todo esto dibujaba en un papel muy pequeño y con muchos detalles un dinosaurio con grandes dientes filosos que estaba escondido.
Álvaro era único hijo y nació después de una ardua búsqueda por parte de sus padres. Ambos eran muy cariñosos con él y le dedicaban mucha atención. Más que ello, lo observaban y evaluaban constantemente.
La madre se reconocía muy meticulosa y miedosa. El embarazo transcurrió con alegría pero con mucho miedo. “A mí me asustaba el parto, el tamaño del bebé y el tamañito mío”.
La consulta se produjo al regreso de un campamento, en el que empezó a tener miedos y angustias enormes. Coincidió con un viaje de los padres solos. Al volver Álvaro había dejado de sonreír. Se lo veía atemorizado por sus propios pensamientos y decía frases tales como: “Nunca jamás voy a matar a Dios”. Tenía miedo a morirse.
En el consultorio había un libro de fábulas con animales, se atemorizó tanto ante la imagen de un lobo que mostraba los dientes que no quiso ver más el libro. Era tal su nivel de sufrimiento que tampoco miraba ya televisión por miedo a ciertas propagandas.
Después de un tiempo la analista empezó a notar que repetidamente entraba al baño y se quedaba allí largo rato, aún sobrepasando el horario final de la sesión, murmurando algo que ella desde afuera no alcanzaba a entender.
Las palabras y preguntas de la analista eran experimentadas como una intrusión tal vez similar a la forma en que había sido inscripta la mirada de los padres y sus sesudas explicaciones frente a cada detalle.

 

El desafío fue trabajar formulando interpretaciones sin usar palabras

Sumamente atenta a las sensaciones contratransferenciales, la apuesta de la analista fue proponerse como alguien que resistiera su embestida y que pudiera doblegarlo en un juego.
Fue así como ella jugaba al fútbol asumiendo sus deseos de ganarle. Cuando le ganaba él podía experimentar un intenso sentimiento de odio. Sorprendido ante la evidencia de que nada resultaba destruido, empezaba a disfrutar del juego. La analista se transformaba en relatora de los partidos y veía el placer que iba asomando en su cara cuando el niño lograba ganar.
Álvaro utilizaba mucho el lenguaje gráfico. Al principio dibujaba personajes y monstruos en papeles muy pequeños. Cuando dibujaba a más de uno los hacía separados por líneas, encasillados. Necesitaba alejar y separar cuidadosamente aquello que amenazaba juntarse y explotar tanto afuera como adentro suyo.
En la medida en que iba desplegándose el tratamiento con partidos de volley, fútbol y bowling, los dibujos crecían en tamaño, y los monstruos entraban en furiosas guerras, ataques. Creaban alianzas. Se tiraban fuego, principalmente por la boca, y al tocar a otro… ¡explotaban!
En simultáneo, la analista trabajó con el padre, quien se acercó al hijo de otra manera. Empezó a llevarlo a un club deportivo, disfrutando mucho de dicha actividad.
Mientras tanto, Álvaro había vuelto a sonreír, a mirar televisión, y se había hecho de muchos amigos en el club y en la escuela. Empezaba a quedarse a dormir en sus casas.
Hacia el final del tratamiento, al ver el libro de fábulas de animales que antes lo habían aterrado, disfrutó de mirar las imágenes y traducir del inglés los diversos personajes.

 

Puntuación de algunas situaciones clínicas

La puerta, el forcejeo

Retomando la escena inicial de la puerta y los partidos, es de destacar el forcejeo y la oposición de la analista a Álvaro como una forma de marcar presencia, ofreciendo un soporte para su empuje. Ella y él. Ella estaba ahí, no se asustaba, una y otra vez forcejeaba. La idea subyacente era que en ese forcejeo él no fuera a encontrar aire en lugar de cuerpo. La analista buscaba formas a través de las cuales Álvaro pudiera usar su motilidad, encontrando alguien que se le opusiera, que no fuera débil, ni desapareciera. Uno y otro confrontando.
Este era el modo a través del cual Álvaro podía ir transformando sus grandes explosiones en otras más acotadas y variadas, sin dudas menos destructivas para su fantasía.

 

El baño

Lejos de pensar el momento en el que Álvaro se encerraba en el baño como un tiempo perdido, era de suma riqueza para entender aún más sobre sus modalidades de funcionamiento. Podía pasar allí largos ratos, como un tiempo en el cual no había tiempo. Sólo cuando la analista lo llamaba, podía interrumpir su interminable murmullo. La analista cuidaba mucho sus palabras, muchas veces vividas por el niño como golpes. El desafío era grande, él le ponía sonidos a sus pensamientos, los que tenían así una cualidad casi tangible.
La hipótesis de la analista fue que encerrarse allí era el modo con el que este niño intentaba construir cierta intimidad e interioridad, fuera del exceso de mirada del otro.

 

Monstruos de grandes dientes
Aquel monstruo-dinosaurio de grandes dientes filosos que Álvaro dibujó, el lobo del libro de fábulas y, tal vez, las imágenes de la tele, parecían estar unidos por un hilo imaginario que se tensionaba insoportablemente. El denominador común era que, de tan concretas, las representaciones hostiles se le tornaban insoportables.
Los monstruos encasillados, enjaulados y cuidadosamente separados entre sí, dan cuenta de su intento de controlar esas fantasías aterrorizantes.
El hecho de que sus dibujos comenzaran a “crecer” tanto en tamaño como en expresividad indicaba la conquista de una mayor capacidad simbólica. Así, mientras Álvaro intervenía con su cuerpo en juegos de disputa con la analista, los monstruos en sus dibujos se transformaban en activos luchadores. Gozosos protagonistas de estas nuevas peleas, ahora más cercanas al “como si” y por lo tanto alejadas de aquella concreta peligrosidad que lo atormentaba.

 

Acerca de las intervenciones
¿Cómo pensar, cómo describir el intenso sufrimiento de este niño?
Asustado ante sus propios contenidos mentales, vivía en un mundo donde las imágenes y fantasías se transformaban rápidamente en objetos concretos aterrorizantes, donde los pensamientos podían ser vistos por los otros y las palabras, cual bombas, se metían en su cuerpo y en su cabeza produciendo grandes destrozos.
La analista, lejos de desaparecer, proponía nuevas alternativas lúdicas y alejaba la concreción de las fantasías destructivas; permitía que una mente imaginativa se asomara allí donde sólo parecía habitar una cabeza concreta.
El juego, en tanto quehacer simbolizante, reúne en sí mismo pérdida y sustitución. Para este niño, la pérdida simbólica de una madre que podía “morir” ante sus embates, parecía una tarea imposible. Todo el tiempo sentía un peligro de pérdida real. A consecuencia de ello, su relación con su propia impulsividad y todo lo que de ella surgiera (fantasías, juegos), permanecía seriamente restringida.
La labor terapéutica propició la sustitución de aquellas representaciones a través del vínculo con una analista que, mediante una viva oposición, fue capaz de resistir a las “luchas” y recuperarse de ellas. De ahí el intenso placer que producían en Álvaro estos encuentros.
El juego dentro del espacio analítico es entonces un juego espontáneo pero no ingenuo, en el cual el analista, desde una posición activa privilegia ciertas opciones y desecha otras. Podríamos decir que es una intervención que opera a modo de interpretación en sentido amplio. La no verbalización de la interpretación (en el sentido tradicional del término) no implica la ausencia de la misma.
Parte de la labor del analista en todo tratamiento es soportar no comprender, poder permanecer en el sin-sentido. Aguardar. Ya advendrá otro momento más cercano al de “dar sentido”, no para ser rápidamente enunciado, sino para esperar el momento y la forma en que pueda ser escuchado. Los analistas de niños solemos a veces necesitar dar aún otro paso más: el de transformar el lenguaje de la palabra en el cual pensamos la interpretación en un lenguaje de acción o lúdico, según sea posible.
En este tratamiento la analista intentó provocar una experiencia alejada de toda intelectualización que, en sus vínculos primarios, había avasallado parte de las experiencias vitales del niño.
La interpretación en el sentido clásico no fue una herramienta utilizada en este proceso psicoterapéutico. Aun en otras situaciones, en las cuales hay más espacio para la palabra, rescatamos el valor del experienciar. Éste es un concepto trabajado por Winnicott a lo largo de su obra.
En este sentido el juego tiene el valor de un experienciar que trasciende, usa y desborda la palabra. Estamos en un territorio donde no basta con el mundo representacional, hace falta el cuerpo. “Siempre implica un hacer algo con cosas o personas, con algo no-yo de la realidad externa y no con fantasías”1. Se trata de un hacer que intenta realizar una experiencia completa que permita que algo nuevo aparezca para uno.
El análisis de Álvaro permitió un experienciar que transcurrió entre forcejeos, partidos diversos, dibujos y pocas palabras.
En el caso de este niño, la ganancia de amigos, de espacios lúdicos, y el contacto con un mundo cada vez más atractivo y estimulante fueron el testimonio de dicho proceso. En definitiva, Álvaro había recuperado la sonrisa y la alegría.

 

Graciela Rajnerman
Psicoanalista
grajnerman [at] fibertel.com.ar

 

Marina Rizzani
Psicoanalista
marinarizzani [at] gmail.com

 

Susana Toporosi
Psicoanalista
susana.toporosi [at] topia.com

Nota

1 Rodríguez, Jorge, “Notas sobre lo cognitivo”, en Adolescencia y escuela, Editora de Textos Mexicanos S.A., 2006.

Bibliografía

Casas de Pereda, Mirta, En el camino hacia la simbolización, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1999.
 

 
Articulo publicado en
Agosto / 2006

Boletín Topía