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Las máquinas son sociales antes de ser técnicas*

 

Voy a partir de una experiencia personal:

Decido enviar un mensaje. Abro mi computadora y con solo poner la primera letra del destinatario se me aparece el nombre y la dirección completa. ¿Cómo lo supo? ¿Quién está allí espiándome? ¿Cómo sabe mi computadora antes de que yo lo escriba a quién quiero dirigirme? Peor aún: solo puse una letra y aflora la dirección y el nombre de otros a quienes debía escribirle y lo había olvidado. ¡Gracias por recordármelo! Pero…¿A quién debo agradecer? ¿Quién sabe antes de que yo lo escriba a quién iba a dirigirme, y quién sabe lo que yo he olvidado y debería recordar?

Trato de despejar esas ideas paranoicas, intento postergar esos interrogantes y me decido a escribir el mensaje. Pasa lo mismo. Una sola tecla y aparece la palabra completa. Otra tecla…y, lo mismo, otra palabra. Siempre así. A veces, con una sola tecla no alcanza y se me hace necesario escribir las dos primeras letras para que se complete la palabra deseada. La palabra deseada. Pero ahí está la cosa: quiere decir que alguien, que no soy yo, sabe acerca de mi palabra deseada.

Los pokémones han logrado la maravilla de despatologizar las alucinaciones

Insisto en contener la paranoia -mi paranoia- y acepto la explicación acerca de los textos predictivos. No hay alguien allí. Nadie me espía ni dedica su tiempo a saber acerca de mi voluntad y de mi deseo. Es sólo una máquina. Es una tecnología que funciona haciendo referencia a un diccionario con las palabras más comunes. Cuando presiono la tecla, un algoritmo busca en el diccionario una lista de palabras posibles y me muestra la opción más probable. Yo puedo confirmarla y pasar a la siguiente palabra -es decir, a la siguiente letra- o usar una letra más para visualizar las otras combinaciones posibles. El programa se encarga de completar las palabras. Entonces, termino el mensaje y aprieto la tecla “enviar”. Ya lo sé. Marx y Engels me lo explicaron en el Manifiesto Comunista de 1848 “todo lo sólido se desvanece en el aire” y Marshall Berman escribió su libro bajo ese título. De modo tal que el mensaje que envié…se desvaneció en el aire dejándome con el interrogante acerca del aire, de cuántos mensajes habitan el aire que respiro.

Entonces, cierro mi computadora y me dispongo a tomar aire fresco. Voy al club, me encuentro con mis nietas que me invitan a cazar pokémones.

-¡Mirá!, allí, arriba de la mesa, sobre el pan, un pokémon. Le disparamos una pokébola y…lo atesoramos en el pokédesk.

Los pokémones han logrado la maravilla de despatologizar las alucinaciones. Antes, cuando uno veía cosas que no existían corría serios riesgos de ser sospechado de delirante. Ahora, hasta es poco “cool” no salir a buscarlos en la realidad. ¡Y, encontrarlos! Porque nuestra realidad, el mundo de lo real, está poblado de pokémones. No se trata de aceptar, como hasta hace poco tiempo atrás, que la realidad virtual puede sustituir a la realidad física. Ahora, es una realidad aumentada, un entorno físico combinado con elementos virtuales que van creando una realidad mixta en tiempo real. De modo tal que el dispositivo tecnológico añade información virtual a la información física ya existente, es decir, le sobreimprime datos informáticos al mundo real.

El efecto de los medios sobre la subjetividad y el aparato psíquico no tiene por qué impedirnos abordar el efecto que la subjetividad tiene sobre los medios

Es cierto que en la fascinación tecnológica está siempre presente el ocultamiento del fundamento ideológico de un sistema injusto y desigual; es cierto que las tecnologías encandilan, de modo tal que iluminan y enceguecen al mismo tiempo las condiciones de perpetuación de un humanismo burgués; es cierto que las tecnologías se nos ofrecen como novedosas máscaras de lo mismo, pero aun así, más allá de la sospecha necesaria e ineludible acerca de la euforia y la exaltación superficial generada por el desarrollo tecnológico, se nos hace necesario reconocer que la digitalización de los sistemas de signos ha transformado nuestro paisaje habitual y nos exige repensar el estatuto mismo de la información, instalada -ahora- entre la plena presencia consumada de la sociedad del espectáculo y la puesta en presencia de una realidad inaparente donde la representación cede su lugar a la simulación.

El efecto de los medios sobre la subjetividad y el aparato psíquico no tiene por qué impedirnos abordar el efecto que la subjetividad tiene sobre los medios. El impacto de los medios sobre el cuerpo; el extrañamiento generado por estos fenómenos; las modificaciones sobre las nociones de espacio y tiempo; los cambios en los procesos cognitivos y en las operaciones lógicas; el universo que se abre para los modos de enseñar y de aprender, nutre el impulso para investigar la novedad, lo verdaderamente original e innovador. La tecnología hace posible la creación de imágenes nuevas, pero también, hace posible la existencia de grandes circuitos de distribución y de nuevas condiciones de recepción. La tecnología funciona como mediadora de la relación de la sociedad consigo misma, de su autoproducción, inventa figuras discursivas y, al mismo tiempo, crea sus condiciones de posibilidad, aunque ambas instancias no cesen de transformarse mutuamente. “Las máquinas son sociales antes de ser técnicas. O más bien, existe una tecnología humana antes de que exista una tecnología material”.1 (la cita es de Deleuze y la retomaré, después)

En los finales del siglo XIX y principios del siglo XX una peste asoló a Europa. Una epidemia de histeria. La Europa victoriana, arrasada por una epidemia de histeria. La moral victoriana fundada en una fenomenal represión sexual generó esa peste -esa histeria contagiosa- que generó, que posibilitó a su vez, el surgimiento del psicoanálisis. Subrayo esto: el contagio que le dio a la histeria el estatuto de epidemia. De ahí la desmesura de la Salpetriere: con sus ocho mil camas, el mayor hospital de Europa. Una gigantesca “ciudad de locas”; un edificio monumental que albergaba a una multitud de mujeres devoradas por pasiones morbosas. Empapadas, aullantes, sudorosas, poseídas por impulsos obscenos, esas son las histéricas que Charcot lució y que desafiaron a Freud.

En los finales del siglo XX y principios del siglo XXI otra peste está asolando ya no solo a Europa, sino al mundo. Una epidemia de terrorismo. Si la fenomenal represión sexual de la moral victoriana generó la epidemia de histeria, parece que otra represión -o algo que se le parece- está generando una epidemia de terrorismo. Y esta vez nos encuentra descolocados. No solo porque asistimos a una ofensiva en políticas públicas destinadas a reducir -y si fuera posible- a clausurar los manicomios existentes, sino porque aun con todos los manicomios abiertos, aun sumándole muchos más, no alcanzarían para albergar a la población de “terroristas” que los medios producen, anuncian y denuncian.

El sábado, mientras escribía esto que hoy les leo, un joven de 27 años lanzó líquido inflamable sobre algunos pasajeros de un tren en Suiza, antes de apuñalar a varios, hiriendo a seis personas, incluida una niña de seis años.

La Policía cantonal de St. Gallen allanó la casa del asesino, pero no hallaron indicios de un acto motivado por el terrorismo. “El terrorismo no es nuestra principal teoría”, afirmó el portavoz Bruno Metzger, sugiriendo que se trataba de un enfermo mental.

Si la fenomenal represión sexual de la moral victoriana generó la epidemia de histeria, parece que otra represión -o algo que se le parece- está generando una epidemia de terrorismo

Hace pocos días, el 4 de Agosto, leíamos en The Guardian: Londres descarta el terrorismo: es un ataque “espontáneo” de un enfermo mental. Scotland Yard confirma que el suceso “fue el resultado de los problemas mentales” del agresor. El joven detenido tiene 19 años, es de nacionalidad noruega y de origen somalí. Fue un “ataque espontáneo, con víctimas elegidas al azar”. Así ha calificado la Policía de Londres el ataque que produjo una víctima mortal y cinco heridos. De esta manera, se descarta el móvil del terrorismo.

Al día siguiente, el 5 de agosto, Israel Noticias nos informaba que la policía había detenido al sospechoso del Mercado Carmél conocido como paciente habitual de los servicios de salud mental. El pánico estalló en el Mercado Carmél de Tel Aviv cuando un enfermo mental fue visto con un cuchillo, dijo la policía. La conmoción comenzó cuando un hombre -un palestino que empuñaba un cuchillo- fue divisado allí. La multitud espantada echó a correr al grito de “¡Un terrorista! ¡Un terrorista!”.

Pocos días antes, el 23 de Julio leíamos en BBC Mundo todos los detalles sobre el ataque que dejó 9 muertos y 27 heridos en Múnich. La policía de la ciudad alemana de Múnich informó que el ataque ocurrido ese viernes por la tarde en un centro comercial fue ejecutado por un estudiante de 18 años de nacionalidad alemana que nació y creció en Múnich. No era un refugiado ni era un inmigrante. Según las autoridades no tenía historial criminal y la policía no encontró evidencia alguna de una posible relación con el autodenominado Estado Islámico ni con ningún otro grupo extremista. “Probablemente se radicalizó por su cuenta”, dijo la canciller alemana Ángela Merkel. Investigando sobre la identidad del atacante y los motivos que lo llevaron a realizar esa agresión surgió la fuerte sospecha de que se trataba de un enfermo mental.

Nos enfrentamos a un mega operativo destinado a patologizar, a psicologizar y a privatizar un problema que, ya se sabe, es geopolítico, económico y social

El 14 de Julio una noticia conmovió a la opinión pública mundial: Mohamed Bouhlel, de 31 años, nacido en Túnez, arrolló con un camión a una multitud dejando un saldo de 84 personas muertas y 200 heridos, en la ciudad francesa de Niza. Otra vez, un caso de desequilibrio mental. “No hay pruebas de que el atacante de Niza fuera miembro del Estado Islámico”, escribió la agencia europea antiterrorismo y criminalidad.

Además de Mohamed Bouhlel, sufrían de patología psiquiátrica el hombre que el 21 de diciembre en Dijón arrojó su auto a los peatones y dejó 13 heridos, y aquel que al día siguiente lo imitó al arrollar con su camioneta a un grupo de personas que hacían sus compras en el mercado de Navidad.

Las noticias de este tipo se multiplican y coinciden: a Man Haron Monis, el presunto refugiado iraní que tomó rehenes en Sidney, Australia, lo consideraron enfermo mental; también a Martin “Ahmad” Rouleau, el autor del atentado de Saint Jean de Richelieu, en la provincia de Quebec y a Michael Zehaf-Bibeau que llevó a cabo un ataque en el Parlamento de Ottawa…, a todos ellos los consideraron enfermos mentales. Entonces no tardó en llegar la conclusión: los enfermos mentales son utilizados por los terroristas como “bombas humanas”. No obstante, para Europol (la policía europea) no hay pruebas de que el Estado Islámico esté directamente detrás de los últimos ataques y atentados en este continente. Según Europol detrás de los atentados de París, de Bruselas, de Niza, de Orlando, de Magnaville y de Wurzburgo está el Estado Islámico, pero desde que fue imposible probar conexión alguna, se supone que el contacto es telepático.

El avance de la globalización está favoreciendo la aparición de formas novedosas de resistencia y de reapropiación crítica en el interior mismo de la cibercultura

El discurso de los medios es contundente: no hay pruebas que confirmen la relación entre los atacantes y el Estado Islámico, más bien parecería que ciertos enfermos mentales, personas desequilibradas, son propensas a adoptar la ideología yihadista como factor agravante de una patología ya existente.

Según esta versión, los “lobos solitarios” que han cometido atentados en Europa no son propiamente integrantes del Estado Islámico, pero sí son terroristas autogestivos con una enorme capacidad mimética para identificarse con el modelo que se difunde en los medios.

La discusión se situó, entonces, entre cuánto de enfermo mental y cuánto de terrorista intervenía en la personalidad de los atacantes.

Para el profesor Guillermo Aureano, investigador en el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Montreal, está claro que en el caso de los atentados en Canadá, los agresores deben ser considerados más como enfermos mentales que como terroristas.

Pero otros expertos afirman que los ataques terroristas no pueden ser atribuidos a trastornos mentales. “La gente solitaria, irritable y resentida, puede ser fácilmente atraída por las ideologías extremistas”, sostiene Raj Persaud, psiquiatra y profesor del Gresham College de Londres. “Las acciones terroristas no son causadas por problemas mentales, pero los trastornos mentales pueden ofrecer un marco propicio para la actividad terrorista”, sostuvo Persaud.

Refiriéndose a Bouhlel, el terrorista de Niza, Persaud dijo que la rápida adopción de creencias extremistas probablemente haya sido consecuencia de un largo proceso de desencanto y marginación, que pudo haber sido agravado por trastornos mentales. “Ningún trastorno mental en sí hace que alguien se haga terrorista”, afirmó. (lo cito) “Pero estas ideologías extremistas pueden resultarle lógicas a alguien trastornado y ayudarlo a racionalizar y a justificar su furia asesina”.

Por su parte, Ariane Bazan, profesora de psicología clínica de la Universidad Libre de Bruselas declaró que: “No se debe estigmatizar a las personas diciendo que los trastornos mentales son los responsables de que lleguen a radicalizarse”. Son muchos los factores que intervienen.

Como vemos, nos enfrentamos a un mega operativo destinado a patologizar, a psicologizar y a privatizar un problema que, ya se sabe, es geopolítico, económico y social. Lo de siempre: triunfa, al fin, la transitada paradoja por la cual quienes nos salvan, inventan a quienes nos amenazan.

Los militares nos salvaron del comunismo.

Los curas nos salvan del pecado.

Los mafiosos nos salvan de los ladrones.

La Ley del Padre nos salva del deseo de la madre.

El Fondo Monetario Internacional nos salva de la pobreza.

Y ahora, parecería que, si no son los Estados Unidos, el país más terrorista del mundo y de la historia, el que nos salvará del terrorismo, serán los psiquiatras y los manicomios.

Pero preferiría no caer en la denuncia habitual de los medios como instituciones ideológicas efectivas y poderosas, que llevan a cabo una función propagandista de apoyo al sistema como sugirió Chomsky; preferiría no caer en la denuncia habitual de los medios con críticas anacrónicas acerca de la capacidad de dominar a la opinión pública, de influir sobre el psiquismo o de manipular la subjetividad. Desde mediados del siglo pasado hemos venido criticando a los medios como poder capaz de censurar la información y de colonizar nuestras mentes; hemos venido acusando a los medios concentrados por transmitir informaciones falsas que, por reiteradas, terminan instaladas como verdades irrefutables; hemos venido satanizando a los medios y poniendo a las masas en el lugar de un objeto cautivo y pasivo; rebaño fascinado y sugestionado. Desde mediados del siglo pasado nos hemos dedicado a desenmascarar las intenciones ocultas de los medios.

Siguiendo esta lógica nos vimos transitando el camino análogo al de la paranoia. La misma paranoia que intenté eludir cuando con mi computadora me enfrenté al texto predictivo o a la visión del pokémon sobre el pan de la mesa.

Porque quienes padecen de lo que ha dado en llamarse una esquizofrenia paranoica tienen la misma convicción de ser víctimas de una máquina poderosísima -o, más bien, de una maquinaria- que está en alguna parte, que ellos no pueden situar claramente, pero que se hace evidente a partir de sus efectos persecutorios. Algunos aluden a la máquina como aparato de sugestionar o aparato de influencia.

Esta máquina, este aparato de influencia, les presenta imágenes que solo ellos ven y que tienen densidad real; les manda mensajes por la radio; les asigna misiones por la televisión. La máquina se ocupa de producirles pensamientos y de sustraerles pensamientos. No solo les produce pensamientos; los obliga a pensarlos. Y también produce sentimientos y les roba otros. Junto a su paranoia cabalga una inocencia y un candor asombroso: ellos no saben -o no pueden explicar- por qué se han ensañado con ellos para obligarlos a pensar como los perseguidores quieren y por qué les roban sus pensamientos y sus sentimientos.

Además, el aparato de influencia produce sensaciones extrañas en el cuerpo y acciones motrices que van contra su voluntad: genera erecciones y eyaculaciones. Otras veces, los obliga a masturbarse. El paciente se siente perseguido y manipulado por los enemigos que dominan la máquina y unido a la misma por hilos invisibles; atribuyen las alteraciones que perciben a una influencia psíquica extraña, a una sugestión, a una fuerza telepática proveniente de los enemigos.

Como ven, nada muy diferente a las críticas tradicionales que desde mediados del siglo pasado se han destinado a los medios. Después de todo, como lo dijo ese gran filósofo nacional que es Charlie García: en la Argentina, el que no es paranoico es porque no está bien informado.

Yo, que por mi parte, siguiendo a Deleuze, dije antes que “Las máquinas son sociales antes de ser técnicas. O más bien, que existe una tecnología humana antes de que exista una tecnología material” terminaré, entonces, sugiriendo que en el umbral del nuevo milenio, parecería que son las pantallas interactivas, el teclado, el joystick, el control remoto y los teléfonos celulares con sus múltiples y casi infinitas funciones, los que reemplazan al espectador pasivo; terminaré, entonces afirmando que el uso, la manipulación, la apropiación y el consumo están reemplazando el modelo de contemplación extática, concentrada y atenta como paradigma del receptor y, más aun, que el avance de la globalización está favoreciendo la aparición de formas novedosas de resistencia y de reapropiación crítica en el interior mismo de la cibercultura.2

 

* Este texto fue presentado en la Jornada Debate “Subjetividad, cultura y salud mental en las sociedades mediáticas”, en razón del Décimo Aniversario de la Fundación de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata, el 17 de agosto en el Centro Cultural de la Cooperación.

Notas

1. Deleuze, Gilles, Foucault, Buenos Aires, Paidós, 1987, pp. 67, 68.

2. Jameson, Frederic, Marxismo tardío. Adorno y la persistencia de la dialéctica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.

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Articulo publicado en
Noviembre / 2016

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