Salud Mental y Clase obrera Argentina: “La década insalubre” | Topía

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Salud Mental y Clase obrera Argentina: “La década insalubre”

 

Este texto es una versión extensa del artículo del mismo nombre que apareció en la revista Topía Nº 71, agosto de 2014

INTRODUCCIÓN E HIPÓTESIS: “PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD”

El presente artículo intentará proponer preliminarmente y como hipótesis principal cómo la denominada “reactivación económica” durante el período político e histórico iniciado en el año 2003 en nuestro país, bautizado por la fuerza gobernante como “la Década Ganada” ha resultado perjudicial en el campo de la salud mental y la subjetividad de la población trabajadora argentina.

Pretenderemos demostrar  la contradicción planteada por los efectos insalubres en la subjetividad de los trabajadores partícipes de la “reactivación” del mercado laboral junto al denominado “boom del consumo” durante el ciclo señalado: contrariamente a lo que se suele presuponer, detectamos el aumento de padecimientos -muchas veces manifestados como “trastornos psiquiátricos” o distintos cuadros y síntomas clínicos de la psiquiatría, las psicoterapias o el psicoanálisis-,  en algunos casos más agudos, inclusive, que durante momentos del período histórico de los últimos 20 años que predominaron las altas tasas de desempleo.

Como fuente de datos para nuestra hipótesis vamos a utilizar estadísticas oficiales publicadas por diversos organismos ministeriales del área de trabajo y salud, a los fines de utilizar cuantitativamente determinadas variables  (por ejemplo, tasa de desempleo, número de días de baja laboral, nivel de venta/consumo de psicofármacos), articulando a su vez un aspecto cualitativo donde algunas categorías no son cuantificables (estrategias colectivas de defensa del trabajador como “acto sintomático”, alienación, medicalización, sublimación, pulsión de muerte).

Además, nos valdremos en nuestro aporte cualitativo para la hipótesis de dos conceptos extraídos del campo de la antropología y la lingüística: Mito y Relato respectivamente y relacionado con la definición de ideología como “falsa conciencia” (alienación) desde Marx con el objetivo de incluir los recursos retóricos y discursivos (ideológicos y propagandísticos) del Estado a la hora de estigmatizar a sectores obreros “beneficiados” y a su vez denunciantes de sus padecimientos, apoyándose en los prejuicios en los que se cimientan ambos conceptos. Un verdadero “síntoma” en el “Relato”. En ese sentido, a continuación contrastaremos “el Relato” que presenta a la clase obrera argentina como clase “beneficiada” durante la “Década Ganada”.

 

 

HUELGA GENERAL: EL SÍNTOMA DE- EL RELATO

La función de un Mito en cualquier cultura radicó siempre en la importancia de dar un sentido simbólico y establecido a través de la transmisión discursiva, a fenómenos históricos y sociales no necesaria y empíricamente “comprobables”. Ya nos explayaremos más adelante sobre el problema del Mito como estigma social e instrumento de opresión de clase en detrimento de la salud mental de los asalariados. Durante los últimos años en nuestro país, a la hora de justificar determinadas decisiones “de Estado”, algunos mitos han tomado la forma unificada de (un) Relato, que en nuestro análisis describe un “bienestar” de la clase obrera argentina por la mejoría en sus condiciones de vida a partir de la “reactivación” del año 2003. 

 “Un” Relato no es simplemente un acto de alocución comunicacional. Es un acto de dar sentido –y legitimación- a determinados procesos históricos y subjetivos. El semiólogo francés Roland Barthes en los primeros párrafos de un ensayo publicado en 1966 titulado Introducción al Análisis Estructural de los Relatos destaca las características (y sobre todo funciones) de su estructura  interna:

“…el relato puede ser soportado por el lenguaje articulado, oral o escrito, por la imagen, fija o móvil, por el gesto y por la combinación ordenada de todas estas sustancias; está presente en el mito, la leyenda, la fábula, el cuento, la novela, la epopeya, la historia, la tragedia, el drama, la comedia, la pantomima, el cuadro pintado (piénsese en la Santa Úrsula de Carpaccio), el vitral, el cine, las tiras cómicas, las noticias policiales, la conversación. Además, en estas formas casi infinitas, el relato está presente en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las sociedades; el relato comienza con la historia misma de la humanidad; no hay ni ha habido jamás en parte alguna un pueblo sin relatos; todas las clases, todos los grupos humanos tienen sus relatos…”

El “Relato Kirchnerista” no se ha privado de enarbolar la bandera del “bienestar de los trabajadores” como logro de su Proyecto, a partir de la salida de la bancarrota del 2001 y de la brutal crisis y desocupación de esos días que se llevara puesto un Gobierno. Sin embargo,  termina enmudeciendo a la hora que algunos datos estadísticos, testimonios vivenciales y hechos sociales y políticos contrastan el presunto beneficio subjetivo de la clase obrera.      

Los fenómenos de  precarización y la tercerización laboral (que se instalaron como verdadero “fenómeno” nacional y popular en la opinión pública y  el movimiento obrero a partir del asesinato del joven militante del Partido Obrero, Mariano Ferreyra en octubre del 2010)  resultaron ser los andariveles por donde la  “reactivación laboral” viene transitando el camino direccionado desde el Estado, en particular con el período iniciado en el año 2003.

En la mayoría de los casos, el desocupado de la crisis del 2001, hoy con suerte trabaja informalmente –o contratado- en algún comercio, empresa u oficina pública, o desenvuelve tareas diversas en alguna cooperativa de trabajo subsidiada por el Estado y por fuera del Convenio Colectivo de Trabajo respectivo a su rutina laboral. Retomando a Barthes, la omisión de estos dos fenómenos en “el Relato Kirchnerista” justamente lo convierte en una “pantomima” (muchas veces también en “la tragedia”) de la clase obrera como partícipe de las supuestas “ganancias” de la llamada “Década Ganada”.

Concedemos que el propio sentido común –y no solamente un ferviente y convencido apologista del Proyecto- nos puede señalar como “mal menor” el razonamiento de “mejor precarizado pero con trabajo que desocupado sin trabajo”; es más, como veremos más adelante a partir de algunas citas presidenciales, no escasea como sustento –y justificación perversa-  de la precarización laboral.

El problema de semejante apología del “mal menor” radica justamente en su inviabilidad para ampliar el panorama de clarificación sobre algunas causas y efectos en la subjetividad de los presuntos trabajadores “beneficiados”, mientras el parámetro de medición siga siendo “el infierno de la crisis del 2001”.  Desde luego que “nadie” querría a ese momento de crisis, salvo los que sí se beneficiaron con ella, que en su mayoría son quienes en todos estos años siguieron  acumulando ganancias “en pala”.

El contundente y masivo Paro Nacional de 24 horas que se produjo en la Argentina  el jueves 10 de Abril -convocado por dos personajes históricamente emparentados a la más rancia burocracia sindical-  manifiesta por donde se lo mire una situación de debacle y “fin de ciclo” del Relato. Su síntoma. El síntoma del Relato o, por qué no, el Relato como Síntoma.

La huelga general resultó ser “arrastre” del histórico paro docente bonaerense de casi tres semanas antes, donde el método de la asamblea  de base y la movilización traspasó a la propia dirección oficial(ista) del gremio produciendo casi un roce involuntario con el Gobierno Nacional. Uno de los principales fenómenos destacados -por absolutamente todos los medios de comunicación, oficialistas y opositores- en la huelga general de Abril  fueron los piquetes protagonizados por gremios, delegados y comisiones internas fabriles y sindicales opositores a los sindicalistas convocantes al Paro, repudiados por la dirigencia política en conjunto (oficialistas, opositores, sindicalistas “convocantes”, empresarios), salvo por la izquierda vinculada a las corrientes sindicales combativas. Un síntoma dentro del síntoma.

Los alcances de la contundente medida de fuerza sirvieron para desentonar la bella y optimista prosa del “Relato”, la cual parecía inquebrantable y eterna: el Proyecto que ha hecho alharaca de haber devuelto el “bienestar” a los trabajadores argentinos,  nacido escénicamente con una frase fundacional de su Padre, el extinto ex Presidente Néstor Kirchner:  “venimos a reconstruir a la burguesía nacional”, pareció por 24 horas conmoverse y percatarse que “algo anda mal” en esa clase trabajadora argentina “beneficiada”, al menos en su Relato. La clase “beneficiada” puso en la calle su “malestar subjetivo”.

Lo “cortés no quita lo valiente”, como lo “nacional” no quita lo “burgués”. Muchos años después a la asunción de Néstor Kirchner, en mayo del 2012,  la propia Cristina Kirchner fue quien –casi a título confesional- mejor describió los “beneficios” de la clase antagónica a la clase (obrera) “beneficiada”. Frente a un auditorio repleto de banqueros y empresarios y con tono socarrón de ocasión, reconoció: “con nuestro Gobierno, ustedes la juntaron en pala”. Las matemáticas modernas, la mayoría de las escuelas económicas y la historia de la lucha de clases, hasta ahora, no han podido demostrar cómo harían los trabajadores para ser los “ganadores” de la Década si sus patrones “la juntaron en pala”.

De acuerdo a los últimos datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INDEC) al momento de escribir este artículo, el 75% de la población ocupada no traspasa como “techo” de remuneración salarial la suma de $6500 mensuales (con una canasta familiar que en medio de una espiral inflacionaria bordea los $10.000), mientras que la mitad de dicha población (tanto los trabajadores en empleos formales como informales) ganan menos de $4.040 al mes. 

El mismo informe  da cuenta que el casi 34% de los asalariados (un poco más de 4 millones) trabaja “en negro”; por otro lado, si bien la cifra de desempleo ha bajado al casi 6%, el análisis cualitativo de las propias estadísticas del INDEC habla por sí solo: quienes tienen empleo obtienen bajas remuneraciones, las cuales están a su vez condenadas a una constante depreciación por los embates inflacionarios. Agudizando el aumento de la lupa sobre los datos, quizás se entienda un poco más la contundencia de la huelga convocada formalmente por la burocracia sindical: el 25% de la población trabajadora gana por debajo de $2500 (casi un quinto del valor de la canasta familiar). 

Si optamos por valernos de cierta agudización analítica, el edificio discursivo del Relato correría serios riesgos de agrietarse. Poco de “ganada” parece haber resultado esta última década para la clase obrera argentina. Vamos a desarrollar a continuación cómo se pudo haber traducido esa “poca ganancia” en la salud mental de los trabajadores “beneficiados”.

 

LA “RE-ACTIVACIÓN”  DEL SÍNTOMA: LOS NÚMEROS “MANDAN”

Antes que nada es importante señalar que la manifestación de un síntoma –tal cual lo podemos comprender desde la clínica psicoanalítica - en un individuo no es propiedad exclusiva de una clase social. Lo concebimos como mecanismo defensivo inherente a una estructura subjetiva (neurosis, perversión o psicosis). El síntoma neurótico (o para el caso, el signo como fenómeno elemental y/o delirio en las psicosis) alcanza a ricos y pobres, burgueses y proletariados, pequeñoburgueses y cuentapropistas, profesionales y banqueros, explotadores y explotados.

Algo que el psicoanálisis con Freud vino a clarificar es la satisfacción sustitutiva que se pone en juego en el síntoma que cada sujeto padece (y del cual se “queja”). El sujeto padece y se queja del síntoma, pero a su vez, el sujeto goza el síntoma y del síntoma, y a su vez el síntoma es la queja (o protesta) de un malestar del sujeto que no puede poner en palabra.

“De los síntomas neuróticos sabemos ya que son efecto de un conflicto surgido en derredor de un nuevo modo de satisfacción de la libido. Las dos fuerzas opuestas se reúnen de nuevo en el síntoma, reconciliándose, por decirlo así, mediante la transacción constituida por la formación de síntomas, siendo así esta doble sustentación de los mismos lo que nos explica su capacidad de resistencia. Sabemos también que una de las fuerzas en conflicto es la libido insatisfecha, alejada de la realidad y obligada a buscar nuevos modos de satisfacción…”

Bajo el precepto freudiano, con todas las contradicciones pulsionales que encierra el síntoma en la vida anímica de cada sujeto, queremos destacar que no reducimos a las coordenadas de un régimen social (en este caso al capitalismo y sus distintas expresiones históricas) como fuente etiológica exclusiva del padecimiento (y satisfacción) sintomática de los individuos de tal o cual sector social.

Sin embargo, vamos a resaltar cómo algunas condiciones –alienantes- de existencia de un sujeto social  contribuyen a manifestaciones sintomáticas que conllevan un padecimiento subjetivo. Quizás en esa perspectiva, vamos a encontrar la distinción en ciertas series complementarias (término utilizado por Freud para describir la conjunción de factores accidentales y constitutivos como formadores de síntomas en cada sujeto) en dos individuos con una misma estructura psíquica pero distinta pertenencia de clase. Por ejemplo, cómo ha repercutido en términos generales la “Década Ganada” en un maestro (neurótico) y un banquero (neurótico) en relación a ciertas condiciones patógenas.

A sabiendas que todavía no podemos contar con cierto rigor metodológico para arribar a algunas conclusiones, advertimos que en el campo de la salud mental de un sector importante de la clase obrera argentina, la llamada “reactivación laboral” iniciada en el 2003 no trajo aparejada –si nos guiamos por algunos indicadores-  a un mayor “bienestar psíquico” en el sujeto trabajador. La “cura” del Proyecto de “la reconstrucción de la burguesía nacional” ha sido “la enfermedad” de gran parte de la clase obrera argentina.

En términos estadísticos, podemos tomar los índices más actualizados de los propios organismos oficiales abocados en el problema en el siguiente cuadro publicado por la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, dependiente del Ministerio de Trabajo de la Nación, en base a la evolución de accidentes de trabajo y enfermedades laborales entre el año 2005 y 2011:

CUADRO 1

Accidentes de trabajo y enfermedades profesionales (AT/EP). Total de casos notificados, casos con días con baja laboral, accidentes de trabajo y enfermedades profesionales con días con baja laboral, y trabajadores fallecidos. Años 2005-2011

Fuente: Superintendencia de Riesgos del Trabajo MTE y SS

 

 

CUADRO 2

Evolución Tasa de Desempleo. Años 1990-2012

Fuente: INDEC

 

En una primera revisión, subrayamos en el Cuadro 1 que el último año medido (2011) supera a los anteriores en relación a “casos notificados con días de baja laboral”, observando una tendencia ascendente de dicha variable en simultáneo de la tendencia decreciente de los índices de desempleo (Cuadro 2). A mayor empleo, mayor “casos notificados con  días de baja laboral”. Si tomamos la cantidad del primer año medido (2005), con el último (2011), el alza de inasistencias por causas de salud aumenta un 25%, aunque lógicamente que la cifra es relativa por el incremento de la tasa de empleo. Sin embargo, teniendo en cuenta el alto porcentaje de trabajo informal, se “compensa” la relatividad de ese 25% a sabiendas que las inasistencias de los trabajadores informales no quedan registradas. 

Reconocemos las dificultades para nuestro objetivo en el análisis: en primer lugar, muchos “cuadros psicopatológicos” (al menos desde el discurso médico hegemónico como por ejemplo “trastornos de ansiedad”, “depresión”, “ataques de pánico”, “estrés”, etc.) pueden quedar “invisibilizados” como causal de inasistencia laboral justificada, lo cual obliga al trabajador a concurrir (muchas veces automedicado) a cumplir con sus tareas con el síntoma “a cuestas”, sin quedar registrado como “caso notificado de día de baja laboral”. 

Particularmente en los empleos “informales”, en muchas ocasiones  el padecimiento del trabajador queda “tapado” por la medicación prescripta por un profesional y sobre todo por la tendencia –alarmante- a la “automedicación” creciente en los últimos años, a los fines de hacer soportable las insoportables condiciones de trabajo.

 El propio Estado advierte implícitamente que “el remedio puede ser peor que la enfermedad”. El documento “Factores de Riesgo Psicosocial en el Trabajo en la Argentina” de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (Ministerio de Trabajo de la Nación), fechado en abril del 2013 advierte: “…los ritmos apremiantes de trabajo incrementan la posibilidad de sufrir un accidente. En relación a las enfermedades, éstas pueden ser de tipo profesional, (definidas en Argentina a través del Decreto Nº 658/96); como relacionadas con el trabajo, donde si bien su origen es laboral, la difusión de la patología en diversas exposiciones es relativizada a la hora de intentar declararse como tal y ser pasible de cobertura en el sistema de riesgos del trabajo argentino (…) Las patologías relacionadas con factores de riesgo psicosocial pueden estar mediadas por el estrés, como estadio previo a la manifestación de un cuadro específico. Respecto del alcance de las patologías, habitualmente tiende a visibilizarse aquellas localizadas en la esfera psíquica ya que una organización del trabajo disfuncional puede dejar su marca en distintos tipos de alteraciones en la salud mental (…) Una carga de trabajo que el empleado no puede procesar, dejaría secuelas ubicadas en el campo de la carga psíquica. Aunque ésta podría no ser la única consecuencia…Producto del estrés, los trabajadores pueden padecer malestares localizados en distintas zonas del cuerpo. Enfermedades de la piel, hipertensión arterial o desórdenes gástricos pueden ser ejemplo de las distintas ubicaciones corporales, y de efectos sistémicos de los factores de riesgo psicosocial (…)  Los efectos de la organización del trabajo son más intangibles e inespecíficos, y se manifiestan a través de diversos mecanismos emocionales (sentimientos de ansiedad, depresión, alienación, apatía, etc.), cognitivos (restricción de la percepción, de la habilidad para la concentración, la creatividad o la toma de decisiones, etc.), conductuales (abuso de alcohol, tabaco, drogas, violencia, asunción de riesgos innecesarios, etc.), y fisiológicos (reacciones neuroendocrinas)”.

La descripción del documento oficial reconoce el problema de la “marca en distintos tipos de alteraciones en la salud mental” de la “organización del trabajo disfuncional”. Asimismo, el carácter “intangible e inespecífico” de los “efectos de la organización del trabajo” hace a la invisibilidad de la “cultura del trabajo” (parafraseando al imaginario social); “cultura del trabajo” que bajo el régimen capitalista argentino (el cual tiene su propia particularidad histórica con “el Proyecto”) se traduce en una presunta “estabilidad económica y laboral” pero en un manifiesto “malestar psíquico” no siempre clarificado.

La cantidad de manifestaciones sintomáticas desde la nosología psiquiátrica de la medicina laboral (sentimientos de ansiedad, depresión, alienación, apatía, etc.) en muchos casos no dista un ápice de cualquier formación sintomática, angustias o inhibiciones para el psicoanálisis. Muchos cuadros clínicos causantes de licencias médicas laborales registrados como tales (por ejemplo hipertensión, gastritis, taquicardias, dermatitis, etc.) en diversas ocasiones responden a una etiología psíquica. 

 Cabría preguntarse a esta altura por el “costo/beneficio” del trabajador argentino bajo el período analizado: recuperar fuentes de trabajo bajo condiciones enfermizas. Hacemos nuestra una estrofa de la canción “Así es” del grupo musical argentino Bersuit Vergarabat. Con simplemente cambiar algunas palabras por otras en la estrofa, se entendería el sentido de nuestra metáfora en la prosa.

“Así es la vida, muñeca rica

por un lado te da y por el otro te quita

Te da un hachazo, y una curita,

por un lado nos da y por el otro nos quita”

Párrafo aparte merece el problema de la accidentología laboral. Quizás se desarrollará con mayor profundidad en una próxima investigación. Sin embargo, merece señalarse que también en la “Década Ganada”, la Ley ART (Aseguradoras de Riesgos de Trabajo) de los “años del neoliberalismo” –gemela de las AFJP- no solamente se mantuvo vigente sino que fue, a finales del año 2012, modificada desde el oficialismo en favor de las cámaras patronales: la modificación legislativa establece que al momento de un accidente laboral (ya cada empresa estaba eximida de cubrir las consecuencias por aportes a las aseguradoras), el trabajador “siniestrado” debe elegir entre la indemnización de la ART o la demanda judicial (antes podía encausar simultáneamente por ambas vías). Esta última, con un “alargue” de economía procesal de casi un 50% (6 años en lugar de 3 años).

No casualmente dicha modificación impulsada por el oficialismo resultó aprobada “a ciegas” por los bloques parlamentarios de la derecha y fue aplaudida a rabiar en los salones de la Unión Industrial Argentina y las principales entidades financieras.

 

 “BOOM DEL CONSUMO”: AUTOS, PLASMAS Y… TRANQUILIZANTES

Ya anticipamos en el punto anterior el aumento de la venta de psicofármacos a la par del crecimiento del empleo y en simultáneo a la suba en la variable “notificaciones de días de baja laboral.” De acuerdo a propias estadísticas extraídas del Documento “Una Mirada Específica sobre la Problemática del Consumo de Psicofármacos en Argentina 2012” publicado por el Observatorio Argentino de Drogas (dependiente de la SEDRONAR-Presidencia de la Nación) en el mes de Marzo del 2013, si alguien ha registrado como propia a la “Década Ganada” han sido los laboratorios farmacéuticos.

Según una estadística publicada en el documento de marras, más de 3 millones de argentinos consumen ansiolíticos, lo cual representa el aumento de un 40% durante el período 2003-2013, sumado a que casi el 20% de la población adulta consume tranquilizantes: “…En Argentina unas 3.303.629 personas (el 18% del total de población nacional), de entre 12 a 65 años hicieron uso de tranquilizantes o ansiolíticos. Los más utilizados para calmar nervios o para poder dormir son valium, lexotanil, alplax u otros. El consumo es mayor entre las mujeres y aumenta a partir de los 35 años…” (Ver Cuadro 3)

CUADRO 3

 

Observamos que en términos generales la población de mayor consumo de tranquilizantes se encuentra entre los 40 y 60 años de edad, en una franja etaria económica y laboralmente activa lo que indicaría el factor laboral como sustancial a la hora de trazar algunas hipótesis.

De acuerdo al informe de una consultora internacional, el Alplax se ubica como el ansiolítico más vendido con receta archivada  entre enero y septiembre del año 2013, con 4,3 millones de cajas. En el ranking de ventas, le siguen el Clonagin (2,9 millones), Rivotril (2,4 millones, un 28,8% más respecto del año anterior), Tranquinal (1,3 millones) y Neuryl (1,1 millones).

En términos epidemiológicos, la alarma se enciende a la hora que ponemos la lupa  en relación al “mal uso” o “abuso” de la medicación (no solo psicofármacos). Un informe del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos da cuenta que la “automedicación” ha llevado a 22 mil muertes por año (especialmente en trabajadores en edad jubilatoria), mientras que –de acuerdo al informe de la SAFyB- el 40% de la población consume sedantes y estimulantes sin prescripción médica.

CUADRO 4

 

De acuerdo al documento del Observatorio Argentino de Drogas, “…el consumo de tranquilizantes indica que el mayor consumo ocurre en el grupo que tiene entre 25 y 34 años de edad. En cambio, el consumo de estimulantes sin receta médica es mayor en el grupo de personas más jóvenes, de entre 18 y 24 años…”  (Ver Cuadro 4)

 El agravante de acuerdo a diversos informes dan cuenta que en los últimos años se ha constituido un verdadero “mercado negro” que funciona sin receta en hospitales y centros públicos sanitarios.

Los tranquilizantes en nuestro país no se ubican en soledad en el podio del “boom del (auto)consumo” durante la “Década Ganada”. De acuerdo a un informe de la consultora especializada en industria farmacéutica IMS Health,  la venta de inductores del sueño ha crecido considerablemente durante los últimos años en el país: durante el año 2013 se vendieron 14.293.637 pastillas, 617.027 tranquilizantes más que en el mismo periodo el año anterior, un aumento del 4,3% en sólo 12 meses.

Los datos de la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA) también actualizados al año 2013 confirman la tendencia: la venta de remedios que actúan sobre el sistema nervioso trepó el 24,67% entre 2004 y 2012. Los números verdaderamente alarmantes del mercado farmacéutico se entienden cuando los especialistas indican que un 40% de la población argentina adulta padece de trastornos del sueño, el cual ya es casi una epidemia. La sobrecarga laboral figura entre las principales causas.

 Vamos a omitir el formidable incremento de las ganancias de los pulpos farmacéuticos en este “boom del fármaco”, principalmente cuando todavía rige en nuestro país una ley de patentes en beneficio de dichas corporaciones, donde en el propio imaginario social la medicación muchas veces es más conocida y reconocida por el nombre comercial patentado que por la nominación genérica de la droga.

En sintonía con nuestra hipótesis, destacamos la siguiente relación: precarización laboral – síntoma –  medicalización. Diferenciamos “medicación” de “medicalización” y tomamos como referencia al psicoanalista argentino Enrique Carpintero: “Medicar es un acto médico. En cambio, la medicalización alude a los factores políticos, sociales y económicos que intervienen en la producción, distribución y venta de las grandes industrias médica y farmacológica. La medicalización es un término que se viene usando desde hace muchos años para demostrar los efectos en la medicina de la mundialización capitalista donde lo único que importa es la ganancia…” (Revista Topía Nro. 49) 

Como ya lo dijimos, cae de maduro que durante la “Década Ganada”, esa ganancia queda indudablemente en las arcas de los laboratorios. Sin embargo, la tendencia creciente a la medicalización (o peor, a la “automedicalización”) frente al incremento en los últimos años de los “trastornos” (ansiedad, sueño) en el campo del trabajo ha sido funcional a la adaptación (o “evitación”) de los cuadros psíquicos padecidos frente a las condiciones de trabajo.

Psicofármacos hay muchos. No casualmente los más demandados han resultado ser los tranquilizantes e inductores del sueño. Nada nuevo bajo el sol de la historia de la lucha de clases. Honramos la memoria de los conquistadores españoles al momento de expoliar las minas de plata de Potosí, cuando pagaban a los trabajadores nativos con hojas de coca y la productividad aumentaba exponencialmente, desapareciendo la sensación de hambre que interfería en los ritmos de producción. 

Lo que creemos importante resaltar es un cambio de tendencia en relación a la demanda del medicamento en comparación a los “oscuros años neoliberales”: mientras el antidepresivo se ubicaba primero en el podio de consumo durante el período “neoliberal” y llegando al ocaso del 2001, el ansiolítico lo superó durante la “Década Ganada”.

Fenómeno similar viene ocurriendo en la España golpeada por la crisis capitalista mundial en los últimos años, que se expresa con altas tasas de desempleo -además del trabajo precarizado- y los antidepresivos marchan a la cabeza de la demanda.

El ensayo Crisis económica, políticas, desempleo y salud (mental)   del psiquiatra español Antonio Espino Granado, publicado en la primer edición del 2014 de la Revista Asociación Española de Neuropsiquiatría, describe el impacto de  la recesión capitalista sobre la salud mental y la prevalencia del antidepresivo:

“…La prescripción y uso de medicamentos ha crecido de forma variable en toda Europa…Entre 2007 y 2009 aumentaron en España un 17% las recetas de antidepresivos. Comparativamente en el RU crecieron un 22% mientras que en Suecia, un país con medidas más eficaces contra el desempleo, solo creció el consumo un 6%...” 

“…Un crecimiento significativo en la prescripción y uso de antidepresivos, ansiolíticos e hipnosedantes en España (y en Europa) empieza ya con el lanzamiento del antidepresivo de Lilly conocido como Prozac (fluoxetina) a finales de los 80. En los 90 y hasta la actualidad ha crecido la prescripción de estos medicamentos especialmente en la red de atención primaria, sin que guarde relación con el aumento de la prevalencia de trastornos depresivos en población general establecida mediante estudios epidemiológicos fiables…”

 

Caso similar a los “años oscuros del 2001” en nuestro país. En el trabajo Las ansiedades de la globalización: venta de antidepresivos y crisis económica en la Argentina, publicado en el Social Studies of Science en el año 2003, el Profesor de la Universidad de California, antropólogo Andrew Lakoff  alude a la supremacía de los antidepresivos en el momento más agudo del período recesivo y de altas tasas de desempleo en la Argentina…

 

“…El caso argentino permite plantear otra posibilidad, si bien relacionada con el último argumento: que la fuente del crecimiento de la depresión en los países del Norte se vincule con la exigencia regulatoria de que la prescripción de medicamentos corresponda a enfermedades específicas, en combinación con presiones de mercado3. Esto se debe a que en la Argentina se ha dado una rápida expansión de las ventas de antidepresivos sin, según parece, un incremento concomitante en la diagnosis de depresión como entidad clínica específica. Las mismas drogas que en Norteamérica se asocian a intervenciones en la condición biológica de “depresión”, en Argentina son ampliamente usadas como tratamiento para un estrés socialmente inducido. Ante mi pregunta de por qué aumentaban las ventas de los SSIR, tanto los analistas sociales como los representantes de la industria farmacéutica señalaron el torbellino causado por el deterioro de las condiciones sociales y económicas del país…”

“En una entrevista en Buenos Aires de julio de 2001, un ejecutivo de una empresa de investigación de mercado sugirió un par de razones para explicar el fenómeno del crecimiento de las ventas de antidepresivos: por una parte, los antiguos ansiolíticos perdían participación en el mercado en relación con los antidepresivos, pero también un tremendo incremento de los ataques de pánico, especialmente en Buenos Aires, conducía al alza de las ventas de antidepresivos.

¿Por qué había más ataques de pánico?”

“Porque se da una situación totalmente confusa en este país... una situación muy estresante; hay un gran desempleo, hay sub-empleo, y por otro lado los argentinos estamos en un callejón sin salida. Parece como si no tuviéramos o si no pudiéramos encontrar la salida... usted es un antropólogo, usted lo comprende bien. Los problemas de las relaciones sociales se agregan a los problemas personales…”

 

Una primera conclusión: tomando como variable el trinomio demanda/venta/consumo de psicofármacos, si durante los períodos más graves de desempleo en nuestro país los antidepresivos oficiaban en el mercado como “solución” farmacológica a los padecimientos psíquicos causados –en parte- por los efectos de la desocupación, la “reactivación” ofreció una “salida” en la reinserción laboral a un costo no menor: la transmutación del padecimiento, del síntoma y/o la angustia: incremento en los ritmos de producción en lugar de desempleo , precarización para reducir costos patronales, flexibilización laboral no declarada y sobre todas las cosas sobreproductividad e inestabilidad laboral.

Bajo estas condiciones que promovieron la reducción en la tasas de desempleo (y la reducción de los costos laborales con el consiguiente aumento de la tasas de explotación) podemos comprender por qué el ansiolítico desplazó del podio al antidepresivo en el período histórico iniciado con la asunción de Néstor Kirchner en la Presidencia de la Nación.

No es casualidad que de manera concomitante, a la par de este cambio de tendencia,  la oferta psicoterapéutica que ofrecen obras sociales y prepagas para la inmensa mayoría de sus trabajadores “afiliados” y “clientes”: frente a cualquier sintomatología padecida, la prevalencia de terapias “breves” e interconsultas psiquiátricas, en su mayoría con una orientación comportamental, donde impera la mínima cantidad de encuentros y entrevistas y la “sugestión terapéutica” apunta a una adaptación del paciente a su entorno (laboral)  para volver al ruedo, producir y producir, en lo posible, sin ninguna manifestación sintomática que se inscriba como una “enfermedad”.

Cualquier instancia que abra una pregunta sobre el deseo y el goce en cada sujeto queda abolida a la hora de la cobertura terapéutica elegida. No casualmente una gran cantidad de estas empresas médicas y las obras sociales gestionadas por la burocracia sindical (que día a día las vacían), a la hora de reclutar terapeutas, agregan el cartelito: “Psicoanalistas, abstenerse”.

 

ESTRATEGIAS COLECTIVAS DE DEFENSA: Acto Sintomático de  clase

El malestar del trabajo en el sujeto no siempre se manifiesta en síntomas y consecuentemente, no puede cuantificarse en estadísticas como “baja laboral”. Puede ser asintomático. Proponemos como operador (cualitativo) a  las estrategias colectivas de defensa, recurso defensivo del obrero para afrontar lo “insoportable del trabajo”, que inferimos hipotéticamente como acto troncal y cotidiano en un importante sector de trabajadores durante la “Década Ganada”, especialmente en los “informales” y “precarizados”.

Las estrategias son una categoría propuesta por el psiquiatra y psicoanalista Christophe Dejours (referente en el campo de la llamada Psicodinámica del Trabajo). Por citar un ejemplo,  Dejours en La Banalización de la Injusticia Social las describe así:

 

“ …la investigación clínica demostró que, en el campo de la clínica del trabajo, juntos a los mecanismos de defensa descriptos por el psicoanálisis, están las defensas construidas y sostenidas colectivamente por los trabajadores. Se trata de las estrategias colectivas de defensa, huella específica de las restricciones reales del trabajo (…) Las investigaciones se desarrollaron a partir de la inversión de la pregunta inicial: ¿cómo hacen estos trabajadores para no volverse locos, a pesar de los requerimientos del trabajo a que se ven confrontados?”

 

A la hora de profundizar sobre las “estrategias” propuestas, Dejours amplía:

 

 “…las estrategias defensivas pueden contribuir a hacer aceptable lo que no debería serlo. Por eso, juegan un papel paradójico, pero capital, en el orden de los resortes subjetivos de la dominación. Las estrategias defensivas, necesarias para la protección de la salud mental contra los efectos deletéreos del sufrimiento, pueden funcionar también como una trampa que desensibiliza ante aquello que produce sufrimiento. Y a veces permiten que resulte tolerable no sólo el sufrimiento psíquico, sino también el sufrimiento ético; entendemos por tal sufrimiento que resulta, no de un mal sufrido por el sujeto, sino del que éste puede causar al cometer, por su trabajo, actos que reprueba moralmente (…)  Entonces, el sufrimiento en el trabajo y la lucha defensiva contra este sufrimiento, ¿no tienen incidencia sobre las posturas morales singulares y sobre las conductas colectivas en el campo político?”

 

Vamos a proponer las estrategias de Dejours (insistimos, reflejan un malestar psíquico latente del trabajador pero asintomático y no registrado) desde el “acto sintomático” freudiano. El mismo Freud  en su Psicopatología de la Vida Cotidiana  lo nominó… 

“…..pueden denominarse más propiamente actos sintomáticos, pues expresan algo que ni el mismo actor sospecha que exista en ellos, y que regularmente no habría de comunicar a los demás, sino, por el contrario, reservaría para sí mismo. Así, pues, estos actos, al igual que todos los otros fenómenos de que hasta ahora hemos tratado, desempeñan el papel de síntomas…”

El acto sintomático freudiano conlleva el conflicto psíquico sin una manifestación sintomática desde el punto de vista fenomenológico. No “hace síntoma”, lo lleva en el vientre, y actúa como defensa. Las estrategias que propone Dejours evitan el síntoma como manifestación “patológica” que podría hacer peligrar ni más ni menos que la fuente de trabajo.

En esa perspectiva, las estrategias colectivas de defensa se presentan en términos de funcionalidad como primas hermanas de la (auto)medicalización para garantizar la “soportabilidad” psíquica  en el trabajador de lo “insoportable” del trabajo. Lo destacamos en el aspecto cualitativo de nuestra hipótesis ya que las estrategias no pueden cuantificarse estadísticamente como sí otras variables que ya hemos analizado: venta de psicofármacos y días de bajas laborales.

Curiosa y paradójicamente, para el caso de predominancia de este gran “acto sintomático” de muchos trabajadores, lo más “sano” sería enfermarse o, al menos, “hacer síntoma”.

 

CLASE OBRERA, MITO  PATÓGENO Y BATALLA CULTURAL

 La “Batalla Cultural” ha resultado ser una bandera del Proyecto kirchnerista, especialmente de su séquito de intelectuales. Curiosamente es un término tomado del filósofo comunista italiano Antonio Gramsci, quien propuso su Kulturkampf como una vía de transformación del “sentido común” del pueblo a través de nuevas pautas culturales para “desnaturalizar” lo establecido por las instituciones burguesas: la Iglesia, la Universidad, la Escuela y los medios de comunicación, entre otros.

En esa naturalización de la superestructura  burguesa que Gramsci propuso priorizar en la lucha de clases sobre la versión economicista, el Mito ha cumplido un rol rector. Sin embargo, si bien muchos intelectuales del kirchnerismo han tenido la “audacia” (o el atrevimiento) de declararse herederos de Gramsci en su Kulturkampf a los fines de “desmitificar” lo establecido por los “sectores de poder”, vamos a ver cómo en diversos conflictos obreros la propia Presidenta –junto a “los sectores de poder”- se montó en los aspectos más retardatarios y reaccionarios del Mito para relegitimar la insalubre explotación obrera, premiando a su “Batalla cultural” para dormir “el sueño de los justos” en el cajón del escritorio de algún intelectual kirchnerista desairado. 

 Uno de los maestros de la antropología del siglo XX, padre de la corriente estructuralista en esa disciplina, el francés Claude Levi Strauss, destacaba el carácter atemporal del Mito, además de reversible, distinguiéndolo de la historia irreversible. En 1977, Levi Strauss brinda cinco conferencias tituladas Mito y Significado  donde entre otras afirmaciones, plantea:

“la mitología es estática y descubrimos los mismos acontecimientos mitológicos combinados una y otra vez, si bien se encuentran dentro de un sistema cerrado, a diferencia de la historia, que es, sin duda, un sistema abierto”.

 “…cada tipo de historia pertenece a un grupo dado, a una familia dada, a un lenguaje dado o a un clan dado e intenta explicar su destino que puede ser desgraciado o triunfal, o justificar los derechos o privilegios tal como existen en el momento presente o que incluso intenta validar reivindicaciones de derecho que desaparecieron hace ya mucho tiempo (…) Me parece muy interesante considerar el modo como en el sur de América, y en realidad en todas partes del mundo, un individuo que recibió por herencia un cierto relato de la mitología o de la tradición legendaria de su propio grupo rehúsa a escuchar una versión diferente, relatada por alguien perteneciente a un clan o linaje diferente…”

  Creemos oportuno, junto a lo referenciado en Levi Strauss, retomar el concepto de mito (“orgánico” de Occidente) que el filósofo francés Gerard Mairet presenta en su libro La Ideología de Occidente: Significado de un Mito Orgánico

"Occidente” designa el punto en el horizonte donde se acuesta el sol. Es decir: el sol se oculta a la mirada en el preciso instante en que parecía posible alcanzarlo. El sol se desplaza a medida que estamos cerca de él. Por consiguiente, el Occidente no es un espacio geográfico. Antes de ser un territorio cuya extensión podemos recorrer a discreción, es en primer lugar un espacio mítico, la morada nocturna del sol. En efecto, cuando el sol se levanta ese espacio se convierte en territorio. Por tanto, el Occidente no tiene fuerza: ¿qué sería la fuerza de un punto sin la palanca? Por sí mismo, el Occidente no-levantaría el mundo. El término tan sólo expresa entonces la creencia en que el sol se acuesta, es decir, en realidad, la certidumbre de que mañana empezará de nuevo, que mañana el sol se levantará para alumbrar y alimentar los trabajos y los días. Mas he aquí que el mito adquiere volumen y va cobrando cuerpo el punto que está en el horizonte: el Occidente se convierte en algo, el mito se vuelve orgánico, cobra fuerza dictando conductas, imponiendo creencias, revelando incertidumbres  (…)  A medida que se desarrolla el mito orgánico conquistará a los propios elementos, es decir, los dominará (…) Así es por tanto ese mito, en su esencia mito del orden y de la división horizontal del mundo. Si le llamamos «orgánico» es porque alimenta una historia que saca su fuerza de él; mito orgánico, el Occidente no está alterado por la duración. El tiempo no hace mella en él (…) A medida que va cobrando cuerpo, el Occidente se torna realmente en mito orgánico: a los que el mito da vida ya no piensan más en ello, éste es su pensamiento. Al margen de la duración, no tiene historia, puesto que es la historia en sí, su nombre es el nombre de los hombres y de las cosas que encuentran, merced a él, su identidad (…) Ahora bien, precisamente el Occidente, del que anotábamos que marca simbólicamente la separación horizontal de dos órdenes del mundo, se ha afirmado a través de las ideologías pertenecientes al oeste. Si el mito no tiene historia (como tal se constituye de entrada), es, sin embargo portador de historia: el mito apoya a la historia y le da una estructura. En la vida mundana de los hombres, el mito ha generado  ideologías, conjuntos homogéneos de significaciones, cuyo vínculo común es el mito de Occidente. Las ideologías son el instrumento del mito, éste es por tanto, legible y viviente en los discursos y las prácticas que lo expresan al hablar su lenguaje. El mito estructura las representaciones, da consistencia a las doctrinas. Sin las ideo¬logías que lo revelan a si mismo y al mismo tiempo a los hombres que lo viven y se reconocen en él, porque en él encuentran su identidad cultural, el mito no existiría…”

 

Vaya si el Estado de la “Década Ganada” se ha valido del carácter “ahistórico”, “cerrado” y sobre todas las cosas “orgánico” del  Mito para cristalizar “relatos de la mitología”  –siguiendo las afirmaciones de Levi Strauss- en “justificar los derechos o privilegios tal como existen en el momento presente”, o para resaltar lo dicho por Mairet dar consistencia al carácter “legible y viviente en los discursos y las prácticas que lo expresan al hablar  su lenguaje…da consistencia a las doctrinas…” 

Tomaremos algunos ejemplos sobre su uso durante estos últimos años donde el sujeto trabajador resultó ubicado en “la mira” desde el discurso presidencial con fines por demás elocuentes. Veremos como la mitología se pone al servicio de garantizar las condiciones de explotación del trabajador –y su padecimiento subjetivo y psíquico-. Una verdadera política del “Estado benefactor de trabajadores”.

Mito 1: “Todos los Maestros son Privilegiados”

Como lo señaláramos al comienzo, semanas previas al Paro Nacional de Abril del 2014, irrumpió en la escena política nacional una histórica huelga de maestros primarios y secundarios en la Provincia de Buenos Aires (que durante casi 20 días paralizaron literalmente el dictado de clases en todas las escuelas bonaerenses) en reclamo de aumento salarial y mejores condiciones de trabajo, sobrepasando los límites que la dirección sindical oficialista pretendió imponer en el conflicto.

Todo el proceso huelguístico expuso a cielo abierto cómo el llamado “progresismo nacional y popular” del Proyecto, desde sus referentes y medios de comunicación, en conjunto con los medios de la oposición terminaron cerrando filas para demonizar de manera virulenta a los “docentes huelguistas, destituyentes, desacatados y extorsionadores” (en palabras de más de un funcionario de gobierno). Lo curioso del caso resultó ser que el movimiento docente fue desde el año 2003, una verdadera columna electoral del oficialismo. De hecho, gran parte del Relato de la “Década Ganada” se apoya en el supuesto avance de la calidad educativa y la mejora en las condiciones laborales de los docentes de nivel primario y medio.

Días antes del inicio de la huelga docente bonaerense y con la inauguración de las Sesiones Ordinarias Legislativas del año 2014, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo gala discursiva -por cadena nacional- del Mito como instrumento de ataque “antidocente”. 

Aclamada efusivamente (y aplaudida literalmente de pie) por el bloque legislativo opositor de la derecha en simultáneo al “in crescendo” de sus palabras dedicadas a los trabajadores de la educación de nivel primario y medio, la Jefa de Estado comenzó a citar los nombres “de memoria” de sus maestras de grado del colegio primario, refiriéndose pintorescamente a las “épocas pasadas” de permanencia en los cargos durante su “infancia escolar”…

"Yo todo el año tenía la misma maestra: la señorita Celia en primer grado, Clelia en segundo y Coca en tercero. Solamente en cuarto tuve una chica que quedó embarazada o se enfermó en serio. En quinto, estuvo Luisa y en sexto, Miriam. En ese momento, no había séptimo grado porque hacíamos primero superior, mirá si seré vieja"…

La humorada de la Presidenta no tenía como objetivo una risueña autoflagelación para demostrar el impacto propio  en su tránsito a su tercera edad. No hace falta una suspicacia interpretativa freudiana en relación al grosero lapsus del “se enfermó en serio” con la que con total naturalidad se refirió  a “la chica de su cuarto grado” (curiosamente no recuerda el nombre) como modo de instalar el Mito como plataforma de ataque al docente huelguista. 

 

No pasó más de un minuto para que “la Jefa” plantara  bandera de guerra al movimiento docente: "Sé que a los docentes el tema presentismo les produce urticaria… El promedio de ausentismo es de 24,18%, un cuarto de la masa salarial se paga dos veces”.

No era la primera vez que la Jefa de Estado se abocara a ser “maestra ciruela” justamente con las maestras y maestros de todo el país. También por cadena nacional, en la inauguración de las Sesiones Ordinarias Legislativas del año 2012, quedaría para la posteridad su célebre frase sobre el carácter presuntamente “privilegiado” del docente argentino…

 “…Con trabajadores que gozan de estabilidad frente al resto de los trabajadores, con jornadas laborales de 4 horas y 3 meses de vacaciones, cómo es posible que sólo tengamos que hablar de salarios y no hablemos de los pibes que no tienen clases”.

Un breve intervalo tuvo que pasar para que la verborragia presidencial rompiera con la “luna de miel” del docente argentino y el Proyecto. La chicana presidencial  terminó obligando a que el máximo referente de la Central Sindical oficialista salga a acusar al Ministro de Educación por “asesorar mal a la Presidenta”.

 Urticaria docente, metáfora curiosa para fogonear la implementación de los dichosos “adicionales por presentismo” en el no muy oneroso sueldo del maestro, toda una receta de los llamados “años noventa neoliberales” que el Relato del Proyecto supuestamente vendría a echar por tierra en su autoproclamada “batalla cultural”.

Para el caso, las palabras presidenciales abonarían el Mito que a los docentes argentinos les causaría un rechazo quasi patológico (“urticaria” casi como “la peste”) la idea de asistir regularmente a desempeñar sus tareas en el aula, de “ganarse el sueldo”, y de no enfermarse “de mentira”, a diferencia de la maestra sin nombre del cuarto grado de la Presidenta que –según ella- se habría enfermado “en serio”.

No sabemos si la urticaria se encuentra entre los principales cuadros padecidos por los maestros argentinos (en “maestros” como género universal cabría invertirlo por el femenino ya que la inmensa mayoría de los trabajadores de la educación son mujeres), causantes del supuesto festival de pedidos de licencias “privilegiadas”. Claro está, todavía no está proscripto el derecho a la maternidad de las docentes que obliga a que en un lapso determinado deban recurrir a sus licencias. Todavía…

  Sí sabemos otras peripecias que tienen que atravesar en términos de padecimientos mentales, subjetivos y “emocionales” los maestros y maestras argentinos (agudizados en muchos casos durante la última década) de acuerdo a investigaciones de campo realizadas. La lista no es justamente escueta:

1)Sentimientos de desconcierto e insatisfacción ante los problemas reales de la práctica de la enseñanza en abierta contradicción con la imagen ideal que de esta los docentes tienen y de la tarea que querrían realizar; 2) Desarrollo de esquemas de inhibición falta de implicación en el trabajo y caída del tono psicomotriz; 3) Peticiones de traslado como forma de huir de las situaciones conflictivas;4) Deseo manifiesto de abandonar la docencia y consecuente solicitud de cambio de funciones o tareas;5) Agotamiento físico y mental permanente; Ansiedad como rasgo de expectación;6) Angustia;7) Ansiedad como estado permanente asociado de diversos diagnósticos de enfermedad mental; 8) Despreciación del yo, sentimientos de autorreproche ante la incapacidad de mejorar su desempeño; 9) Síntomas reactivos a situaciones de violencia generadas en el ámbito laboral o en la vida privada., con alteraciones de la libido y el sueño.

 

Calculamos que el amplio abanico de enfermedades y síntomas del docente (donde para tranquilidad de la Presidenta no está la “urticaria”) no resulta ser la envidia del resto de los trabajadores, si se trata del carácter “privilegiado” que la Jefa del Estado argentino les ha colgado a los docentes en general (no sólo a los “huelguistas desacatados”) como un verdadero sambenito  en, al menos, dos aperturas de Sesiones Legislativas, ante millones de argentinos, en vivo y en directo.

 

El panorama tampoco es alentador si se trata de “privilegios” a la hora de sumergirnos en algunos datos de investigaciones sobre las condiciones de trabajo de los docentes:

 

Polivalencia laboral: Asignación de tareas inherentes a una función social (atención de comedores escolares- reparto del complemento nutricional distribución de delantales, zapatillas, etc); Dispersión en distintas instituciones escolares para cobertura de cargos; Responsabilidad civil de denunciar las situaciones de abuso y maltrato, aun la que se producen fuera de ámbito escolar; Maltrato proveniente del nivel jerárquico de las autoridades, de los padres y de los alumnos.

 

En principio, resulta llamativa (y bastante grave) la omisión de la Presidenta sobre esta tétrica trastienda en el “festival de licencias” y “gajes –patológicos- del oficio” docente. Muy distinto a los tiempos añorados por “la Jefa”, quien –salvo a la “maestra del cuarto grado que se enfermó en serio”- con total fluidez y soltura pudo referir el nombre de todas sus docentes de grado cual hincha fanático recita de memoria los once jugadores de la formación de algún legendario equipo de fútbol del club de sus amores. 

 

Aludir al “Mito del docente” (para el caso “privilegiado”) no es gratuito en relación al lugar que se ocupe en la sociedad. Sería de una supina ingenuidad deslindar el carácter político de las palabras presidenciales dirigidas a la docencia escolar en vísperas de las negociaciones paritarias salariales nacionales, y con un casi cantado escenario conflictivo y huelguístico. Desparramar el “Mito del Docente” entre la opinión pública resultaría estratégico para un Gobierno en tiempos de ajuste salarial.

 

Enfrentar a la opinión pública al trabajador resulta estratégico en un conflicto (potencial o real), y sobre todo insalubre para el sujeto a la hora de tomar acciones en defensa de sus derechos. Nada queda de aquella “Batalla Cultural” autoproclamada cuando se trata de hacer consistir a un Mito funcional a los “sectores hegemónicos”: el Estado patronal, apoyado en los “medios de comunicación” (propios y ajenos) que se dedicaron a fustigar día y noche durante semanas a los docentes “privilegiados”.

 

  Retomando a Dejours –quien en el libro ya citado realiza una furibunda crítica a la izquierda francesa (especialmente el PCF) y a sus sindicatos, por desatender esta disciplina  como instrumento de medición del padecimiento del obrero explotado en Francia- destacamos como la estigmatización “antiobrera” que nos plantea el autor para el caso de Francia parece repetirse en el caso de la Argentina  al menos en relación a lo que venimos desarrollando de la problemática docente y el “acoso estatal”.  La similitud entre el Estado “neoliberal” francés –que alude Dejours en su análisis-y el Estado “Nac and Pop” argentino es asombrosa:

 

“Cuando los trabajadores en situación de desempleo e injusticia originada en la exclusión intentan ejercer la huelga como modo de lucha se enfrentan a dos tipos de dificultades que, por subjetivas que sean, no dejan de tener una incidencia importante en la movilización colectiva y política:

- La culpa marcada por “los otros”, es decir, el efecto subjetivo del juicio de desaprobación proferido por políticos, intelectuales, cuadros empresariales, medios de comunicación, o por la mayoría silenciosa, contra esas huelgas de “privilegiados” que constituirían además una amenaza para la continuidad de las empresas (…)

- El hecho de protestar cuando hay otros menos favorecidos generan una vergüenza espontánea. Es como si hoy, las relaciones de dominación e injusticia social solo afectaran a los desempleados y los pobres, dejando indemnes a los privilegiados que tienen un empleo y recursos. Mencionar la situación de quienes padecen a causa del trabajo, suele desatar una reacción de distanciamiento o indignación porque quien lo hace parece incapaz de sensibilizarse ante el desatino supuestamente peor de quienes sufren por carencia de trabajo.

 

La huelga docente no solamente dejó enseñanzas al conjunto del movimiento obrero (que semanas más tarde pararía rotunda y masivamente en una huelga general) y sobre todo al Estado. Puso de relieve la opinión de referentes de todo tipo y color sobre el conflicto, donde el “Mito del Docente” del cual  semanas previas se había valido la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner jugó su propio papel para enfrentar a la opinión pública con los docentes huelguistas, generando en muchos casos secuelas no menores en términos de padecimiento psíquico a los huelguistas.

 

Los dos ítems que plantea Dejours en el párrafo citado líneas arriba  parecen calcados para la conflictividad obrera de los finales del kirchnerismo. El primero:

 

”…el efecto subjetivo del juicio de desaprobación proferido por políticos, intelectuales, cuadros empresariales, medios de comunicación, o por la mayoría silenciosa, contra esas huelgas de “privilegiados”…

 

El proceso huelguístico además tuvo la “virtud” –en términos de clarificación sobre intereses de clase- de colocar en la misma vereda a los dirigentes políticos e intelectuales tanto del “progresismo kirchnerista” como de la “oposición derechista”, especialmente en relación a los medios de comunicación de uno y otro bando. Durante días y al unísono, el docente fue colocado en el pelotón de fusilamiento de “oficialistas” y “opositores”: ejercer el derecho histórico (y constitucional) de la huelga para obtener un salario digno y mejores condiciones de trabajo, dejar a los “pobres niños” (y “niños pobres”) sin clases, ya no era un “despropósito” sino un crimen social imperdonable, agudizado por la “pertenencia privilegiada” al docente que la propia Presidenta se había encargado de marcar semanas atrás valiéndose del Mito.

 

Avancemos en un segundo aspecto del trabajo de Dejours en la estigmatización presidencial:

 

 “El hecho de protestar cuando hay otros menos favorecidos generan una vergüenza espontánea. Es como si hoy, las relaciones de dominación e injusticia social solo afectaran a los desempleados y los pobres, dejando indemnes a los privilegiados que tienen un empleo y recursos…”

 

El pecado docente de valerse del derecho a huelga para pedir aumento salarial mientras “con la crisis del 2001 estaban mucho peor” o “hay trabajadores que están en peores condiciones y peor remunerados” debería obtener una “condena social” (y moral). 

 

Con más ejemplos iremos desarrollando como el Mito oficia como una herramienta de primera necesidad a la hora de atacar las luchas obreras y generar un padecimiento psíquico particularmente apelando a cierta “culpa superyoica” del huelguista (que en determinadas series complementarias puede devenir en manifestaciones sintomáticas). Sin embargo,  en términos generales, el objetivo fracasó rotundamente. La huelga obtuvo conquistas muy elevadas de lo que inicialmente pretendían otorgar las autoridades estatales nacionales y distritales.

 

Hemos tomado el “Mito del Docente” como primer caso testigo del padecimiento subjetivo en el movimiento obrero argentino que contrastaría con el llamado “Relato” del “bienestar” del trabajador durante “la Década Ganada”. Con este ejemplo, destacamos una doble instancia lógica y cronológica de padecimiento psíquico del trabajador: a la hora de desenvolver sus tareas laborales, y a la hora de luchar por sus derechos.

 

Continuaremos con otros ejemplos en relación al padecimiento subjetivo del trabajador y la estigmatización a través del Mito por parte del Estado. 

 

 

Mito 2: “Los Trabajadores del Subte ganan bien y son vagos”

 

Los trabajadores del Subterráneo de la Ciudad de Buenos Aires se han destacado históricamente por su combatividad y por conseguir importantísimas conquistas en sus salarios y condiciones de trabajo. Durante años, organizados en un cuerpo de delegados que combatía las viles traiciones de su conducción sindical, y que terminó constituyéndose como un gremio autónomo.

 

Han sido los únicos trabajadores del transporte público que producto de un proceso de lucha durante años conquistaron la Ley de las 6 horas por “trabajo insalubre” (sin afectar el salario) que fuera oportunamente presentada en el año 2003 por el entonces legislador porteño del Partido Obrero, Jorge Altamira y aprobada por la Legislatura de la Ciudad por amplia mayoría. 

 

En los primeros días de septiembre del año 2011, realizaron un paro “sorpresivo” que en cuestión de minutos motivó que –al igual que con el caso de los docentes huelguistas- tanto medios adherentes al Gobierno Nacional, como opositores, prepararan desde sus portales de Internet y canales de televisión, un banquete donde el plato principal sería, por supuesto, los huelguistas. El pecado imperdonable, ya no resultaba ser solamente “tomar de rehén al pasajero” por los motivos que sean, sino justamente, el motivo de la medida de fuerza.

 

Los obreros del subte denunciaban que la implementación del nuevo sistema de carga de la tarjeta SUBE (tarjeta de débito para el uso del transporte público urbano y suburbano)  en las boleterías de las distintas líneas comenzaban a impactar en la salud psicofísica de sus compañeros boleteros. Resultaba ser que por entonces, las boleterías del subterráneo de Buenos Aires se convirtieron en los únicos puntos de carga de la nueva tarjeta SUBE, lo cual generó un incremento exponencial de los ritmos del trabajo.

 

Con la reasignación de nuevas tareas para un sector de los trabajadores del subterráneo (concentrados en boleterías), la recarga (que no figuraba en el Convenio Colectivo de Trabajo) aumentó un 165% su automatización laboral, generando afecciones inflamatorias en las manos de los boleteros (comúnmente conocidas como tendinitis), pedidos de decenas de licencias y además, demoras en el tiempo de carga promedio, lo cual comenzó a generar largas colas y protestas de usuarios en las ventanillas de las boleterías, y que muchas veces terminan en destrozos de boleterías y agresiones a trabajadores.

 

Como se señalara líneas arriba, no tardó mucho en circular en prácticamente todos los medios  la imagen del usuario, del “tipo de la calle”, que denunciara: “Ganan 10 mil pesos, me dejan a pie y encima paran por la tendinitis”.  Poco servía que los delegados advirtieran que desde hacía seis meses venían denunciando la situación y tanto el Ministerio de Trabajo como la empresa hacían “oídos sordos” a su reclamo en relación al impacto causado en su salud.

 

Mientras se instaló la “faena mediática” contra los trabajadores del subte que cometían semejante despropósito, una vez más, por valerse del paro como medida de fuerza, y esta vez “por la tendinits”, una oportunidad se presentaba para que el Estado se erija en “árbitro” del conflicto. Si de algo se caracterizaba por esos tiempos el Estado kirchnerista, justamente, era de ser un “bonapartismo” que se elevara sobre las clases para mediar y arbitrar en la conflictividad social.

 

En horas cercanas al mediodía de aquella jornada,  ese mes de septiembre del año 2011 y a un mes y semanas que la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner resultara reelecta con un contundente 54% de los votos, la propia Jefa del Estado  se encargó de poner “blanco sobre negro” en relación a la situación planteada. Lejos de “elevarse” sobre las partes en conflicto, sus palabras (esta vez no iniciando una Sesión Legislativa pero sí en “vivo y en directo”) fueron claras:

 

"Parece que algunos no han atendido a lo que está pasando en la Argentina. A veces discuto, me enojo con algunos compañeros, pero decir sinceramente que te provoca tendinitis…(hace un gesto de fastidio) Yo me subí al colectivo cuando estaban los colectivos acá para poner la tarjeta del SUBE. Yo vi a mi viejo trabajar durante años de colectivero, tenía que sacar boleto por boleto, picando así, y nunca tuvo tendinitis de nada. Claro, vivió en una época donde había que trabajar y era más difícil hacerse el revolucionario porque vivía en un país que no era democrático", señaló la Presidente ante la claque que aplaudía a rabiar para delicia de la empresa concesionaria del servicio de subterráneo.

 

La Presidenta sentaba posición. Su sacrificado padre colectivero era de otra época, la de la “cultura del trabajo”, donde el padecimiento psicofísico de un trabajador por las actividades que cumplía no eran meritorias de realizar medida de acción directa alguna contra un patrón y/o un Estado, pasividad convertida en “virtud” por “La Jefa”. Quedaba claro a esa altura, de acuerdo al discurso presidencial, que poco relevante era “la tendinitis” como secuela clínica en los boleteros del subte, o por ejemplo las consecuencias por el estrés (muchas veces manifestadas en cuadros de angustia y trastornos del sueño) de ser objeto de agresión de usuarios -los trabajadores del subte y el Ferrocarril suelen “poner la cara” por las abominables deficiencias de las empresas de servicio- quedarían relegadas a vaya uno a saber en qué “libro de quejas”, a la hora que algo sea causante de una medida de fuerza.

 

La posición presidencial generaría la indignación de los huelguistas, y la desorientación, desconcierto (y silencio atroz y vergonzante) de la conducción –oficialista-sindical de los trabajadores del subte, al igual que ocurriera con el ataque a los docentes.

 

Nuevamente el Estado en la voz de su máxima autoridad se valía del Mito: esta vez, el “Mito de los vagos del subte”,  que encima “se hacen los revolucionarios” (evidentemente un pecado mortal para la Presidenta). La ironía “chicanera” presidencial, otra vez ubicándose de manera autorreferencial y autobiográfica frente a un conflicto obrero -en esta oportunidad  sin nombrar a las maestras de su infancia escolar sino en una suerte de reedición edípica a su finado padre “colectivero”- marcaba una clara posición ideológica y de clase: hacer un paro para poner fin a un padecimiento psicofísico producido por determinadas condiciones de trabajo era cosa de “revolucionarios” (y “vagos”).

 

Para que no quedaran dudas de su convicción ideológica, Cristina Fernández de Kirchner, para el paladar de los medios oficialistas y opositores “antihuelga”, -y en cadena nacional-, cerraría con sabias palabras… palabras “de clase”: “Cuando hay un gobierno como el nuestro, que ha hecho de su política de derechos humanos, de no criminalización de la protestas social que muchas veces son provocaciones, ser revolucionario es lo más fácil que hay. Nunca pretendí ser revolucionaria, siempre fui peronista y muy humildemente, nada más".

 

Al momento de pronunciar con una liviandad envidiable la contundente afirmación sobre “lo fácil” que resultaría ser “revolucionario” durante su mandato en contraposición a su histórica filiación “peronista”, todavía no se había cumplido un año que el joven militante del Partido Obrero,  el revolucionario Mariano Ferreyra, cayera asesinado por una patota sindical ferroviaria – históricamente aliada al gobierno kirchnerista - por luchar contra la tercerización de los trabajadores del ferrocarril.

 

Consistiendo el “Mito de los vagos del subte”, el Estado se orienta a banalizar cualquier precedente de lucha sindical que exceda la mera subsistencia material (la inmediatez del problema salarial) y que ponga en el tapete de la opinión pública el efecto en la subjetividad del trabajador (para el caso, la salud física y mental) bajo determinadas condiciones insalubres de trabajo. 

 

Así, nuevamente el Gobierno pretendió establecer la nulidad moral y política de cualquier medida de fuerza en este sentido; esta vez, su bullying montado en el “Mito de los vagos del subte”, pretendió anular cualquier denuncia sobre el padecimiento subjetivo del obrero (del subte); ¿Bajo qué lógica? Mientras, por ejemplo, el trabajador “gane equis cantidad de dinero” como remuneración salarial, en una relación ventajosa desde el punto de vista comparativo con otros sectores del movimiento obrero, no estaría moralmente habilitado a denuncia alguna. Nuevamente el obrero es puesto como “ser-en-falta” y la culpa debería motorizar su “vergüenza social” a la hora de plantearse colectivamente el reclamo.

 

Volvemos a hacer nuestros algunos pasajes de Christophe Dejours en su  Banalización de la Injusticia Social. La similitud para el caso testigo que citamos vuelve a sorprendernos.

 

“Acabamos de ver que, en la actualidad, el sujeto que sufre por su relación con el trabajo se ve obligado a impedirse la expresión pública de su propio sufrimiento. Corre así el riesgo de situarse afectivamente en una posición de indisponibilidad e intolerancia frente a la emoción que activa en él la percepción del sufrimiento ajeno. De manera que, finalmente, la intolerancia afectiva a la propia emoción reactiva conduce al sujeto a aislarse frente al sufrimiento ajeno mediante una actitud de indiferencia, y por lo tanto de tolerancia frente a aquello que provoca el sufrimiento”

 

 

Mito 3: “Motorman  Asesino”

 

Finalizando el mes de julio del año 2013, el Ministro del Interior y Transporte de la Nación, Florencio Randazzo exhibió públicamente una serie de videos tomados en base a filmaciones de cámaras especialmente ubicadas en cabinas de locomotoras, donde se podía observar el comportamiento particular de algunos conductores de ferrocarril: algunos de ellos, con el tren en funcionamiento, leyendo libros, mandando mensajes de texto en sus teléfonos celulares y hasta durmiendo (y en simultáneo realizando movimientos automatizados).

 

Por supuesto que el conjunto de los medios de comunicación transmitieron en vivo y en directo la conferencia del Ministro Randazzo y no tardaron las expresiones de indignación y azoramiento en comentarios de no pocos ciudadanos por redes sociales y entrevistas televisivas. 

 

La susceptibilidad herida en la población frente a lo presentado públicamente por el Gobierno Nacional es en una primera instancia, al menos comprensible: Argentina es el país de la “Masacre ferroviaria”, signada en los últimos años por distintos accidentes cuyas consecuencias se inscriben con un tendal de cadáveres apilados en el imaginario social: 11 muertos en el arrollamiento de un colectivo en el barrio porteño de Flores en septiembre del año 2011, 52 muertos en la “Masacre de Once” de febrero del 2012, 3 muertos por el choque de trenes en Castelar en junio del 2013.

 

El asesinato de Mariano Ferreyra que ya hicimos mención también se inscribe, por qué no, en la tragedia ferroviaria de nuestro país. El juicio por el crimen demostró un entramado de enjuagues y negociados entre las empresas concesionarias del ferrocarril (en su mayoría “heredadas” de los años noventa), la burocracia de los gremios ferroviarios y el propio Estado Nacional que para la ocasión fue representado en nombre de la Presidenta por el Ministro Randazzo.

 

Los videos difundidos nunca hubieran sido exhibidos con tanto entusiasmo estatal si la llamada “sensibilidad social” no hubiera despertado más que un comentario sobre “el maquinista dormido” en una charla de amigos. De lo que se trata es de homologar la figura del “motorman” con la de un “lumpen” o hasta un “asesino”. No fueron pocas las acusaciones de actos de boicot y hasta conductas conscientemente “suicidas” (cual “terrorista islámico” inmolándose) de políticos oficialistas contra los maquinistas del ferrocarril.

 

El derrotero de “tragedias” -significante fácil para suplantar “masacre”, que implica una responsabilidad política, por omisión o comisión, de un Estado- ferroviarias instaló en la opinión pública la responsabilidad gubernamental y sus políticas de subsidios a los empresarios concesionarios vaciadores del sistema ferroviario (que han hecho gala del desvío de fondos estatales).

 

Con los videos difundidos, se invierte “la prueba de la carga” y el Estado se erige en la parte querellante contra el “trabajador maquinista”. No los “responsabiliza”, ni siquiera los “culpa”, directamente los culpabiliza. No es exactamente lo mismo. La etimología de los significantes y su cacofonía no es un tema menor en la subjetividad.

 

(In)Culpar no es mucho más que imputar a un individuo la comisión de un acto punible, en perjuicio de un tercero y plausible de sanción civil o penal. Responsabilizar convocar a otro sobre la implicancia subjetiva en el acto (no necesariamente punible). Culpabilizar resulta ser diferente a los dos términos anteriores. Un sujeto culpabilizado queda ubicado en un lugar absolutamente anulado como sujeto mismo a la hora de su “derecho a réplica”. O sea, no hay sujeto.

 

El inconsciente desde aquello que Freud llamó “sentimiento inconsciente de culpabilidad” también juega su partida y el sujeto queda sin palabra ante el Otro que le señala la falta. Cuando ese “Otro” es ni más ni menos que un funcionario de primera línea casi en “cadena nacional” la perplejidad seguramente es más fuerte.

 

 Ya comentábamos algo parecido con el docente huelguista. Podría ser un exceso –más que una licencia- extrapolar y aplicar categorías del psicoanálisis a lo que no pasa de ser una maniobra política, encubridora y perversa (especialista en marcarle la falta al otro para angustiarlo, culpabilización mediante) por  parte del Estado con el Ministro Randazzo como portavoz, utilizando casuísticamente tres casos (que veremos que no necesariamente son iguales) en miles de horas de trabajo de maquinistas del tren.

 

Al igual que nos referíamos con el “Mito del docente privilegiado” y al “Mito del obrero vago del subte”  nadie del Estado (curiosamente mucho menos del propio sindicato de maquinistas, aliado histórico del Gobierno Nacional hasta principios del año 2013) se ha referido a las condiciones de trabajo del maquinista de tren.

 

Paradójicamente en el año 2008, la Superintendencia de Riesgos de Trabajo   realizó un evento sobre el “estrés postraumático en el ámbito laboral”. El caso de los maquinistas ferroviarios resultó ser un “caso testigo” dentro de los oficios más expuestos al padecimiento psíquico y la salud mental del trabajador. En palabras de la Lic. Marisa Rizzo en dicho Ateneo, investigadora del tema…

 

“El ejercicio de la profesión  exige un esfuerzo físico alto. Es decir, fuerza, coordinación motriz, pericia, destreza manual, visión, audición… Tiene un alto nivel de responsabilidad, no solo por la seguridad  de otras personas, sino además la responsabilidad patrimonial…Tiene un esfuerzo intelectual elevado, y además un monto de estrés psicofísico en forma habitual y permanente…los maquinistas de trenes están expuestos a temperatura, luminosidad, oscuridad, niebla, lluvia, viento, humedad, ruido, vibraciones, radiaciones solares, intemperie, olores, ventilación, espacios abiertos, plomo, gases, polvo..”

 

Hasta aquí, las condiciones laborales psicofísicas a las que se expone un maquinista de tren, no distan de las de cualquier trabajador que ejerza una tarea “insalubre” y que amerite cualquier test psicofísico de aptitud previo al otorgamiento del empleo (no siempre “compensado” en la reducción de la jornada laboral por “insalubridad”, salvo raras y honrosas excepciones como la ya señalada con los obreros del subte).

 

El informe agrega “…pero también, el puesto del maquinista está expuesto a otros riesgos, atentados, incendios, explosiones, descarrilamientos, colisiones de trenes, derrumbes, accidentes de personas (…) cuando hablamos de la muerte por accidentes de personas, hablamos de arrollamientos (…) también con ellas está el aplastamiento, el arrastre del cuerpo de la víctima, las motivaciones, decapitación, desmembramiento, etc. (…) Las muertes por arrollamiento las provocan las caídas de los trenes por actos de violencia, las víctimas quieren defenderse  y son arrojadas del tren, los suicidios (…)

 

Cualquier entusiasta apologista de la cruzada convencida del Ministro Randazzo, o para el caso de la patronal concesionaria del ferrocarril, bien podría aducir valiéndose del sentido común que “nadie obliga al aspirante a maquinista a aceptar un empleo expuesto a semejantes vicisitudes”. No siempre el sentido común se lleva de maravillas con las oportunidades de elección de un medio de trabajo para subsistir  en la sociedad capitalista.

 

La investigación presentada en el Ateneo de la Superintendencia de Riesgos de Trabajo prosigue con una pregunta: “ ¿Entonces qué pasa después de cada arrollamiento? La respuesta no resulta ser muy alentadora. “…el conductor es el responsable de la formación y debe quedarse hasta que llegue el relevo…a veces, cuando llega la policía lo lleva detenido ya sea como actor del accidente o como testigo (…) aparecen estados de ansiedad, de alerta, de desconfianza creciente. Todo parece sospechoso, muchas veces los maquinistas tratan de adivinar las intenciones de las personas que están en el andén temiendo quizás otro arrollamiento (…) a veces son testigos de gente que evita que alguien se suicide y esto hace que se sientan muy nerviosos el resto del día (…) también suelen pasar cuatro o cinco días sin hablar. No pueden compartir con esposa e hijos experiencias tan dramáticas. Suelen aparecer irritabilidad, cambios de conducta o de carácter ante hechos menores. Sufren sobresaltos nocturnos, pesadillas de las que se despiertan gritando o los tienen que despertar. A veces hay una identificación proyectiva con la víctima ‘pudo haber sido mi hijo o mi hija o mis padres’ (…) Después de varios siniestros los conductores se encuentran afectados en forma creciente frente a la posibilidad de sufrir un nuevo accidente, y siempre hay uno o dos de los arrollamientos que los impactan muy fuerte…” 

 

Concluyendo con extractos del informe: “…La interrupción transitoria exige que alguien venga a reemplazarlo, y las exigencias del ejercicio de la función han requerido la atención médica, licencias, internación, también en otras personas que ejercen la función, como consecuencia directa de la sobrecarga emocional o de la responsabilidad de la tarea (…) Después de treinta años de antigüedad como maquinista y treinta muertes por arrollamiento de promedio, el efecto psicopatológico es acumulativo. Se derrumban los mecanismos de defensa y aparece la enfermedad profesional…”

 

A esta altura, el oficio de maquinista, el “mirar adelante” desde la cabina de la locomotora  (condición sine qua non para conducir una formación, desde luego) ubica al trabajador ante riesgos infernales, en la mayoría de los casos evitables seguramente, si los multimillonarios subsidios estatales a las empresas privadas concesionarias no terminaran en paraísos fiscales.

 

Lo que podría parecer una estrategia defensiva a priori de cualquier abogado gremial para inimputabilizar la responsabilidad punitiva o penal de alguna eventualidad cometida por un trabajador, es aclarada por el propio Dejours: “…Hay seguramente trabajadores holgazanes y deshonestos” El juicio moral del autor, sin embargo, en cada singularidad de cada trabajador, no exime a las adversas condiciones de trabajo tan nocivas en amplísimos rubros del “mundo del trabajo” (o mejor dicho, de la clase obrera obligada a vender su fuerza de trabajo para, al menos, subsistir).

 

Probablemente el maquinista que aparece en los videos de Randazzo usando el celular, o leyendo un libro, sea “holgazán” o “deshonesto, lo cual lo hace responsable de su irresponsable acto, aún inclusive, si pudiera valerse de caracterizar dicho acto como una “estrategia de defensa” frente al carácter infernal que resulta ser el oficio de maquinista. Lo mismo para el conductor que conduce con movimientos automatizados en estado de somnolencia absoluta, aun pudiendo ser caracterizado como otra “estrategia de defensa”, o quizás un síntoma de la enfermedad profesional. Ya vimos cómo manejar un tren en nuestro país y “mirar para adelante” no es exactamente lo mismo que atender un kiosco.

 

Por culpa, o por responsabilidad, días después de los videos difundidos, el maquinista “dormido” pidió disculpas en un canal de televisión abierta y en horario “prime time”. Su Superyó “en vivo y en directo” fue contundente: “Vine para pedir disculpas a los usuarios. Mi papá fue conductor de trenes por 35 años y me da vergüenza. Me criaron para ser una persona de bien”

 

Nunca vamos a saber si lo visto en el “maquinista dormido” fue producto de las condiciones insalubres de trabajo (los trastornos del sueño son cuadros clínicos muy padecidos por los maquinistas), una “estrategia colectiva de defensa” como “acto sintomático” o simplemente una negligencia irresponsable y condenable. De lo que sí estamos seguros que de haber sido lo primero o lo segundo, en el clima mediático montado, poco hubiera importado que el pedido de disculpas hubiera estado acompañado de una “justificación” medianamente entendible por sus “gajes (insalubres) del oficio”.

 

 

PRECARIZACIÓN LABORAL: UN “DEPORTE NACIONAL” INSALUBRE

 

En Casa del Estado, cuchillo de palo

Al momento del Paro Nacional de abril del 2014, tomando los últimos índices del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censo) dependiente del Ministerio de Economía de la Nación, la tasa de desempleo se “clavó” en el 6,5% de la población activa, cifra muy menor comparado a las tasas registradas a mediados de la década del 90 y con  la crisis del 2001 como se puede visualizar en el Cuadro 2 del apartado anterior.

 

La reducción en la misma resultó en estos años ser en reiteradas ocasiones un pilar en el discurso del Gobierno kirchnerista en la columna de las “conquistas”. Frente al punto de referencia del cuadro de desocupación y desolación de “los ´90” y su ocaso con la bancarrota del año 2001, cualquier “reactivación” será más benévola en el sujeto trabajador, sin lugar a dudas.

 

De hecho, en la Apertura de las Sesiones Legislativas del 2014, cuando la Presidenta recitó de memoria el nombre de sus maestras escolares, durante las casi cuatro horas de discurso le dedicaría una mención especial al “logro” de su “Proyecto”: “… Cuando él comenzó como presidente (Néstor Kirchner) yo le decía que tenía más desocupados que votos. Hoy podemos decir que en el último trimestre del 2013 el índice de desocupación, tras un proceso de descenso permanente, batió el record al alcanzar el 6,4 por ciento de desocupación, el índice más bajo de que tengamos memoria".

 

Sin dudas, la Presidenta Cristina tiene razón al menos en dos datos objetivos: cuando el fallecido ex Presidente Kirchner inició su mandato, en nuestro país se registraba estadísticamente mayor cantidad de trabajadores desocupados que los electores que habían votado por él en la elección presidencial de abril del 2003 –catapultado por el entonces Presidente Eduardo Duhalde- , quienes solo representaban un 22% del electorado (y que terminara consagrándolo Presidente por la “deserción” de Carlos Menem en el ballotage). 

 

Muchos de los “ex desocupados de la Década Ganada” (vamos a omitir para el caso los criterios estadísticos de medición donde por ejemplo no se contabiliza como “desocupado” a quien no tiene trabajo pero tampoco busca conseguir empleo por diversas razones) fueron integrándose al mercado laboral  a través de cooperativas de trabajo (subsidiadas por programas estatales), empleos temporarios con contratos de locación (pagando mensualmente el impuesto comúnmente llamado “monotributo”), por fuera de cualquier Convenio Colectivo de trabajo o en su defecto, encuadrados en un Convenio distinto al de otros trabajadores que realizan las mismas tareas, subcontratados o “tercerizados”. Gran parte de ellos, al igual que los docentes huelguistas, también resultaron ser una base social electoral consolidada del kirchnerismo en todos estos años.

 

No es para menos, ante “el abismo del 2001”, desde el pasado traumático (todo pasado reviste un trauma) y como cualquier potencialidad prospectiva de volver a ese infierno, a nadie se le ocurriría tener el prurito de andar fijándose si carece de tal o cual derecho de acuerdo a las tareas que presta como trabajador.

 

Los números macroeconómicos dan para pensar. Pasada la “Década Ganada”, de los 12 millones de asalariados, más de 4 millones no están registrados o trabaja “en negro”. La friolera cifra del 35% de los trabajadores se encuentra en una situación de vulnerabilidad por la precarización, donde se cuentan además más de 3 millones de trabajadores “tercerizados”. La vulnerabilidad en el sujeto abre la instancia al síntoma. Vaya sino…

 

La llamada “precarización” es un producto histórico del régimen capitalista para incrementar la tasa de explotación en una fase histórica determinada pero no es un invento argentino como el dulce de leche. Retomamos a Dejours en su análisis de la clase obrera francesa:

 

“Todos estos trabajadores viven constantemente la amenaza de despido… La mayor parte  de las variaciones en el ritmo de producción es absorbida por empleados precarios, por los que tienen contrato temporario y sobre todo por los titulares de contratos de empleo solidario (CES)… En otras palabras, la precariedad no afecta únicamente a los trabajadores precarios, sino que tiene graves consecuencias en las vivencias y conductas de quienes trabajan. …”

 

Las “graves consecuencias en las vivencias y conductas” del trabajador “precarizado” en palabras de Dejours devienen muchas veces en síntoma, clínicamente hablando.

 

Diversas investigaciones del campo de la clínica laboral dan cuenta de la alta tasa de siniestralidad y afección en el área de salud mental de los trabajadores precarizados que predominan en el sector público. Un trabajo de los investigadores Amable, Benach y González en base a la precariedad laboral y su repercusión sobre la salud, “…los problemas de salud mental que aparecen más estrechamente asociados a la precariedad laboral son el nerviosismo y la ansiedad, la depresión, el miedo, el sufrimiento, la sociabilidad…”

 

El psiquiatra español Antonio Espino Granado, en el ensayo ya citado anteriormente en el presente trabajo también hace una descripción de los efectos subjetivos en los trabajadores precarizados actualmente en España:

 

“…En el caso del empleo precario se suma a la inestabilidad presente e inseguridad en el futuro, el efecto directo de la baja consideración social, bajos sueldos, jornadas extenuantes, altos ritmos de trabajo, elevado estrés y exigencias, amenazas de despido, condiciones ambientales nocivas, alta exposición a situaciones peligrosas y bajo o nulo control de la persona sobre la tarea desempeñada, pudiendo afectar al bienestar (psíquico) de la persona aún más que la situación de desempleo subsidiado  (…) Se ha asociado la precariedad laboral con un aumento del nerviosismo y la ansiedad, miedo, sufrimiento, depresión y pérdida de la sociabilidad y las relaciones de amistad. También con un mayor riesgo de fatiga crónica, de padecimientos crónico-degenerativos y cardio vasculares (infarto, hipertensión y diabetes), de intoxicaciones, tumores y mayor siniestralidad laboral (…).A pesar de que una persona desocupada puede empeorar su ya reducido bienestar (psíquico) al verse obligada a aceptar un trabajo precario e inadecuado para su capacitación profesional, esto no suele tenerse en cuenta al diseñar las políticas

de empleo, situación que ha empeorado con las políticas de austeridad seguidas por los gobiernos en la crisis actual…”

 

Retomando la investigación de Amable, Benach y González, el llamado “Síndrome de Bornout” es una moneda corriente dentro de las manifestaciones sintomáticas de los precarizados. La precarización, de hecho obliga a una autoexigencia en competencia con sus pares y a una “sobreproducción voluntaria”, provocando en muchos casos “el agotamiento emocional, la despersonalización y bajos sentimientos de realización personal”.

 

Los posicionamientos subjetivos de una “competencia de vida o muerte” con un par -donde se potencian fenómenos de especularización en el registro imaginario que puede llevar a posiciones persecutorias sin que necesariamente nos encontremos ante estructuras paranoicas- en el ámbito laboral, sumado a la angustia señal freudiana que despierta la incertidumbre y el peligro latente y permanente de perder el trabajo, puede terminar siendo más desbastador para la subjetividad y salud mental del trabajador, que la propia condición de desocupado.

 

Retomando parte del presente artículo, no creemos que sea casual que dentro de la amplia familia de psicofármacos, hayan sido los llamados “tranquilizadores menores” (ansiolíticos) y/o “planchadores” (inductores del sueño) los cuales incrementaron su venta y circulación en el “mercado negro”, de manera exponencial, durante la “Década Ganada”.

 

Cualquier semejanza con el apartado sobre la sintomatología de los maestros huelguistas es pura coincidencia. ¿La notable diferencia?

 

Mientras los docentes pueden valerse de las dichosas licencias que tanta urticaria le genera a la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la inmensa mayoría de los precarizados no cuentan con el “lujo” del derecho adquirido a no asistir a su trabajo por enfermedades, lo cual genera una presión extra en la salud mental ante cualquier eventual cuadro clínico.

 

Aparentemente la propia Presidenta tomó nota de algo de lo que estamos señalando. Quizás por lo azaroso que también atraviesa a la historia de la lucha de clases, días después de la huelga que paralizó al país,  presentó un Programa contra el trabajo “informal” –que en realidad se basa en una serie de exenciones impositivas y rebajas de aportes patronales-, dedicando su retórica al fenómeno que evidentemente se ha transformado un problema político para la fuerza gobernante: "Hemos firmado un proyecto de ley que aborda el segundo problema más importante que tienen los trabajadores que es el de la precarización y el del trabajo en negro ¿Cuál es el más grave? Es no tener trabajo. Este es el principal problema. Que lo tuvimos en 2003 cuando un tercio de la nación estaba desocupada. No hay mejor instrumento para lograr la precarización que haya muchos trabajadores desempleados… Un trabajador precarizado no es un sujeto de derechos laborales, por eso llama la atención cuando uno no escucha entre los principales reclamos que se luche contra la precarización laboral. Un tercio de nuestros trabajadores está precarizado y esta es la gran lucha que tenemos que dar…”

 

Una confesión de parte hecha y derecha. En el 2003 el tercio de la población trabajadora estaba “desocupada”, y en el 2014 (luego de casi 11 años de Gobierno) se ha transformado en “precarizada”. Cual “alma bella” en la Fenomenología del Espíritu de Hegel (término que fuera adoptado con posterioridad por Sigmund Freud para la indiferencia de las histéricas), la Presidenta avizora “la tragedia” como si recién asumiera. Aunque podría valerle el “tarde, pero seguro”, el espíritu discursivo de “la Jefa” en términos de cuantificar el problema (la “precarización” como “mal menor”) conserva el mensaje de “cuidar el trabajo”, lo cual implica como “metamensaje” abstenerse de cualquier lucha por derechos denegados. 

 

Sin embargo, a la hora de “la gran lucha que tenemos que dar…”, un gran ausente se hizo presente en el acto presidencial. Si algo ha caracterizado la metástasis del trabajo precarizado en la “Década Ganada” es en que el principal órgano donde se produjo es en el sector que debió bregar por su extinción en beneficio de la estabilidad laboral: el propio Estado.

 

Los datos sobre el trabajo precarizado en el sector público resultan casi escalofriantes. Cuando más avanzamos, más podemos comprender el agotamiento del relato “esto o volver al 2001” como mensaje gubernamental de  adaptación y resignación al trabajador precarizado.

 

Si “primero se empieza por casa” en relación al problema de la precarización, el Gobierno no se ha anoticiado en lo más mínimo. De acuerdo a las propias estadísticas oficiales, por ejemplo en –nada más y nada menos que- el Ministerio de Trabajo de la Nación, el 75% de los empleados de la dependencia gubernamental se encuentra trabajando bajo la modalidad de contratos temporarios o pasantías, sin aportes previsionales ni cobertura social.

 

Los datos también indican que casi uno de cada tres empleados del sector público estatal está precarizado,  sin un vínculo laboral estable con el Estado contratista. Se agrega que según el propio INDEC, un 12,2% de los empleados públicos en el país no se encuentran registrados por su empleador.

En síntesis y sobre la base de las propias estadísticas oficiales al año 2013, el 26,4%, o sea, unos 83.329 empleados de ministerios y entes descentralizados del nivel nacional, aparecen en la llamada “planta transitoria”, el purgatorio en el que decenas de miles de trabajadores estatales esperan años –a veces décadas- para ser efectivos en la dichosa “planta permanente” (y que en la mayoría de los casos  terminan jubilándose sin dicho beneficio).

Basta inferir los síntomas y padecimientos psíquicos y subjetivos presentes en el trabajador “precarizado” estatal que encontramos en un vasto sector de esta población. De acuerdo a los vericuetos de la personalidad, para la salud mental muchas veces la incertidumbre de perder un trabajo en un cuadro de extrema precarización puede ser más letal que el hecho de carecer de uno.

El edificio mitológico que sustenta la funcionalidad de un cuadro tan espantoso: “en el Estado laburan los contratados, los de planta se rascan”. El propio Estado parece haber tomado nota: bajo dicha premisa inquebrantable, la efectivización en el sector estatal de los trabajadores públicos contratados y precarizados, agudizarían los rasgos parasitarios de la planta efectivizada del sector público. Así, el Estado “benefactor” como empleador se convierte en un órgano de formación sintomática del empleado público.

 

Call Centers: “Juventud, Divino Tesoro”

La “Década Ganada” no fue el escenario del “boom de consumo”  solamente en el mercado de los psicofármacos. También, nobleza obliga, el festival del crédito a la compra de determinados bienes de uso (autos, electrodomésticos, etc.), donde  el “tarjeteo” (forma habitual de llamar a la compra con tarjeta de crédito) se convirtió en un ícono de la “reactivación económica”, fue uno de los puntales del Proyecto.

No gratuitamente claro, sino al costo de un endeudamiento abrumador (o de “la tarjeta en rojo”) de un sector importante de la población trabajadora –y la clase media argentina- durante meses y años. El negoción del crédito al consumo resultó ser más auspicioso para los bancos (que “la juntaron en pala”) que para el consumidor “beneficiado” (y endeudado) por la adquisición de bienes en 60 cuotas y a 5 años.

La “reactivación” del 2003 obligó a cierta “aceleración” en los tiempos reales y virtuales del mercado de la compra-venta de ciertos bienes de consumo (y de la ganancia de los bancos). Con el comienzo del festival de consumo, la juventud como columna vertebral del ejército de ocupados precarizado al servicio de las ventas telefónicas, inundando los “servicios de atención al cliente” ha sido protagonista indiscutida. Según el INDEC, de 2.5 millones de jóvenes de entre 18 y 24 años, 748 mil no estudian ni trabajan (los ahora llamados “Ni-Ni”), 551 mil están desocupados y 1.2 millón desempeña labores en empleos muy precarizados e informales. Al menos, 1 de cada 2 jóvenes, no posee un “trabajo decente” (de acuerdo a la denominación de la OIT).

Una masiva tropa de teleoperadores devino en “vedette” para la patronal de empresas y bancos necesitada de “ventas rápidas” y atención al cliente, donde en el perfil predominante a ocupar los puestos no pasaría los 30 años de edad. Además, el “target” elegido por las empresas a la hora de “premiar” a un joven para trabajar en los dichosos “call center” también debería responder a características socioeconómicas y culturales un tanto “específicas”: estudiantes terciarios o universitarios con cierto “buen hablar”, dispuestos a rotar y con conocimientos y destreza informática, atentos a los “cambios de ritmo”. Para la juventud con un perfil socioeconómico más “bajo”,  si se trata de incorporarse al ejército de precarizados, la reposición en una góndola de supermercado o ser “la seguridad” de una empresa quizás es un destino más factible que “los call”.

En estos islotes virtuales, baluarte de la “reactivación”, las entrevistas laborales imponen una personalidad “organizada y comandada”. La “sana competencia” heredada del llamado “toyotismo”, donde ya no se promueve la competencia entre las empresas sino entre los mismos trabajadores (a veces por alguna bonificación, pero en la mayoría de las veces por el “prestigio” mismo y el “reconocimiento” patronal) es el motor de la voluntad de estos jóvenes.

Si algo no rige es la llamada improvisación por parte de las patronales. Y de algo les ha servido la llamada “Psicología de las Organizaciones”: en el “team work”, los trabajadores son individualizados y categorizados distintivamente cual castas: los asalariados se mezclan con los subcontratados en una misma unidad, y la presión recala en distintos niveles. Primero, cada empleado debe “autodisciplinarse” (superyó mediante), segundo el “team” debe celar por los tiempos de trabajo para superar la producción del “otro team” y por último, el gran Otro de la empresa: el “team líder” o supervisor.

Tomando nuevamente a Dejours para casos similares:

“El primer efecto de la precarización es la intensificación del trabajo y el aumento del sufrimiento subjetivo (con una suba indudable de las tasas de mortalidad “externalizada” por las empresas mediante las políticas de despidos)…el segundo efecto es la neutralización de la movilización colectiva contra el sufrimiento, la dominación y la alienación…la tercera consecuencia es el silenciamiento, la ceguera y la sordera como estrategia defensiva. Cada cual debe preocuparse en primer término por “mantenerse a flote”. ..el cuarto efecto de la amenaza de despido y la precarización es el individualismo. Cada uno está en lo suyo…”

 

En el  cuadro descripto por Dejours, encontramos con un “hostigamiento en capas”: en primera instancia, de carácter superyoico a modo de autorreproches (y el consiguiente autocastigo) que puede encontrarse en el nivel uno de “autocontrol” (que en un mismo sujeto puede darse tanto ante la fantasía de estar en-falta frente al otro “compañero” o a posteriori de una sanción del “Gran Otro-team líder” en caso de no cumplir con las metas de productividad preestablecidas), sumado al “poner la cara” por la empresa a la hora de los reclamos.

 La valoración social del teleoperador hoy vale un “páseme con su supervisor” del usuario desde el otro lado del teléfono,  terreno lo suficientemente fértil para provocar verdaderos estragos en la salud mental del sujeto. La proliferación de este tipo de empleos (y principalmente sus secuelas) en la juventud como engranaje fundamental en el “boom del consumo” en la última década ha sido troncal en el sostenimiento del Proyecto. 

 

 CONCLUSIÓN: UNA DÉCADA INSALUBRE PARA LA CLASE OBRERA

La subjetividad de grandes sectores de la población trabajadora “beneficiada” por el proceso de “reactivación” iniciado en el 2003 parece contabilizarse, en gran medida, más en la columna del padecimiento y sufrimiento -a pesar de su presunta “estabilización socioeconómica”- que en la de “ganancias”.

Nuestra hipótesis es que dicha estabilización socioeconómica  se cimienta en condiciones de extrema precarización y superexplotación en estos sectores de la clase obrera argentina, arrojando un tendal de enfermedades y síntomas en la psiquis del trabajador -como prueba fenomenológica y cualitativa del sufrimiento “de clase”-  y pretende de manera rigurosa desmalezar uno de los grandes “mitos” del proceso kirchnerista en nuestro país, que ubican a los trabajadores como “ganadores” del Proyecto.

Hemos agregado además extractos literales discursivos “de Estado” para demostrar el refuerzo ideológico del mismo a partir de la banalización (y estigmatización) del padecer subjetivo del trabajador, lo cual nos ha sido muy útil la experiencia recogida y publicada por Christophe Dejours en su análisis de la situación de la clase obrera francesa desde la “clínica del trabajo”. La semejanza es asombrosa.

En ese sentido, cada lector sacará sus conclusiones sobre el “costo-beneficio” en la subjetividad y el campo deseante del sujeto trabajador en la llamada “Década Ganada” de nuestro país, que al momento de escribir estas líneas se encuentra prácticamente en su ocaso y en un viraje reaccionario elocuente, aplicando medidas de ajuste (devaluación, negociaciones salariales “a la baja”, recorte de subsidios, etc.) y hasta negociando con los organismos financieros internacionales el retorno al mercado de capitales para tomar “nueva deuda”. Se agrega el intento de legislar –frente a la situación de aumento de la “conflictividad social”-  proyectos de ley para prohibir manifestaciones y piquetes. 

Pretendimos demostrar la pregnancia de la pulsionalidad (de muerte) en la cotidianeidad del trabajador frente las condiciones laborales “reactivadas” en el período iniciado en el año 2003, independientemente de la singularidad del “caso por caso” lo cual para el presente análisis objetivamente nos excede.

Sigmund Freud con una envidiable agudeza supo describir el ensamblaje de los móviles pulsionales del individuo (o “malestar”) bajo las relaciones sociales de producción capitalista (o “la cultura”).

“Es imposible considerar adecuadamente en una exposición concisa la importancia del trabajo en una economía libidinal. Ninguna otra técnica de orientación vital liga al individuo tan fuertemente a la realidad como la acentuación del trabajo, que por lo menos incorpora sólidamente a una parte de la realidad, de la comunidad humana. La posibilidad de desplazar al trabajo y a las relaciones humanas con él vinculadas una parte muy considerable de los componentes narcisistas, agresivos y aún eróticos de la libido, confiere a aquellas actividades un valor que nada cede en importancia al que tienen como condiciones imprescindibles para mantener y justificar la existencia real”

El “padre del psicoanálisis” con una meridiana claridad nos muestra, al menos, dos propiedades del acto humano del trabajo: primero, como valor de subsistencia. Segundo, como investidura libidinal cuyo valor es dar sentido a la vida. 

En base a la casuística que pretendimos desarrollar, subrayamos como contingentemente ambos factores señalados por Freud pueden entrar en abierta contradicción:  la “subsistencia” de un porcentaje importantísimo de la clase obrera argentina, sostenida en los “beneficios” de la “reactivación”, se desenvolvió sobre condiciones patógenas que, contrariamente a motorizar los aspectos vitales del individuo, lo hunden en una penosa “existencia real”, con una arrolladora predominancia de los “componentes agresivos”. Pura pulsión de muerte. Puro síntoma, nada de sublimación.

Marx y Engels destacaron también con absoluta brillantez el punto fundacional en la especie que el trabajo como actividad consciente y transformadora estableció en el proceso de hominización, despegando la animalidad residual “heredada” en el hombre. En su libro “Las Formas del Trabajo y la Historia”, el economista y profesor investigador de la Universidad de Buenos Aires, Pablo Rieznik a través de un minucioso –y exquisito-  escrito donde desde una concepción marxista profundiza  el papel del trabajo en la conformación del género humano, y a su vez la contradicción planteada donde determinadas relaciones sociales e históricas provocan la “animalización” del hombre como fuerza productiva, plantea:

 “…con el capitalismo moderno, con la universalización de las relaciones mercantiles y con la conquista del mercado mundial, la división del trabajo –y con ella la productividad del trabajo humano- alcanza una dimensión irrestricta e ilimitada. En estas condiciones, la deshumanización del trabajo encuentra su expresión más clara en la conversión de la labor humana en el proceso productivo directo en una actividad descalificada, en la transformación del trabajador en una suerte de apéndice de la máquina conforme a una célebre definición que pasó a la historia con el Manifiesto Comunista. Pero al mismo tiempo, en las antípodas de este trabajo real, enajenado y por eso inhumano, el desarrollo material de las fuerzas productivas crea un universo real capaz de modificar de un modo revolucionario la actividad vital de la producción…”  

 No pretendemos lógicamente denunciar el carácter capitalista del Gobierno que vino a “reconstruir la burguesía nacional” en el 2003 como un objetivo estratégico porque sería una tautología casi estúpida.

 

Pero sí Intentamos conjugar algunas conclusiones de extrema vigencia tanto del campo del psicoanálisis (tomando las categorías de “pulsión de muerte” y “sublimación”), del marxismo (a partir de la “alienación” del trabajo bajo determinadas condiciones históricas como reverso al papel del trabajo en la realización del sujeto como integrante de la especie) y de la Psicodinámica del Trabajo (estrategias colectivas de defensa) con nuestra hipótesis desarrollada a lo largo del trabajo que pretende cuestionar la  llamada “Década Ganada” en la Argentina “reactivada” desde el año 2003, como “beneficio” en la subjetividad de la clase obrera argentina.

 

Como ya lo señaláramos, elegimos focalizar la “salubridad” mental y el campo deseante del sujeto trabajador como variables de análisis derivadas de indicadores estadísticos  cualitativos y cuantitativos (tomando como fuente de datos a  los mismos organismos oficiales): descenso de tasa de desempleo en el período 2003 - 2013, aumento de pedidos de licencias laborales, aumento exponencial del (auto)consumo de psicofármacos (ansiolíticos, inductores del sueño) –medicalización- en dicho período, sintomatología clínica, prevalencia de estrategias colectivas de defensa del trabajador argentino (propuestas por Christophe Dejours para reflexionar sobre la situación de la clase obrera francesa con la crisis que dio inicio al presente siglo).

 

Sin dudas, quedan pendientes clarificar muchos “agujeros negros” en la hipótesis desarrollada para seguir profundizando una investigación sobre el problema que ameritarán seguramente otros interrogantes. Pero independientemente de cualquier afirmación "optimista” sobre la “benevolencia” de las masas trabajadoras argentinas “beneficiadas” por las políticas de Estado desde el punto de vista socioeconómico, nos atrevemos a decir que la “Década Ganada”  ha resultado ser la “Década Insalubre” para la clase obrera argentina.

 

En el Prefacio a la Segunda Edición del libro de Dejours que hemos citado en reiteradas oportunidades durante el presente trabajo, su autor confiesa que su objetivo radica en el “examen de las vías específicas que toma prestadas la servidumbre voluntaria en el contexto del sistema neoliberal…”

 

Ya concluyendo, nos vamos a permitir ir “más allá” de Dejours, sentando posición sobre los complejos aspectos en los que se apoya la “servidumbre voluntaria” de la clase obrera, que hacen más a problemas ideológicos, políticos e históricos de la clase como clase “en sí” (y no “para sí”), para los cuales las disciplinas profesionales (como la “clínica del trabajo”) terminan siendo insuficientes para “solucionarlo”, y solo la lucha de clases se presenta como el único terreno fértil para doblegar tamaña “servidumbre”. En todo caso, las investigaciones como la que pretendemos desarrollar en este trabajo  resultan necesarias para clarificar algunos aspectos de la subjetividad de clase que desde luego no son menores.

 

Pretendimos tomar el análisis de Dejours para mostrar las “sorprendentes” similitudes en la banalización del padecimiento subjetivo  de la clase obrera (síntoma y “acto sintomático”) entre el período “neoliberal” de la era Chirac en Francia (los ajustes y la integración de Francia a la Unión Europea que la clase obrera francesa –y ahora europea- tuvo que pagar hasta en “síntoma”) y el período “nacional y popular” de la era Kirchner en Argentina, el cual  se vanaglorió en su Relato de prescindir de cualquier medida de ajuste “neoliberal” u “ortodoxo” y devolver el “bienestar” a los “excluidos” y “trabajadores”. Hacemos nuestra la célebre afirmación de Marx en “su” Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte… la historia se vuelve a repetir dos veces: pero la tragedia y la farsa por estos días, parecen marchar juntas y de la mano.

 

 

 

      

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Articulo publicado en
Julio / 2014

Boletín Topía