Resulta difícil, incluso peligroso, extrapolar un análisis de psicopatología individual a toda una sociedad. Sin embargo, ayer como hoy, no cabe duda que surgen sociedades locas, y desencadenan el caos. En el mejor de los casos, desaparecen; otras veces sobreviven bajo una mutua complicidad, tácita o explícita, entre los pueblos y sus dirigentes.
Así, existen sociedades maníacas, como las hay depresivas. La Francia de la Revolución y del primer imperio napoleónico fue una sociedad maníaca expansionista, en virtud de un ideal triunfante. No fue una sociedad paranoica, en la medida en que no contaba con una ideología de la diferencia, de la inferioridad y la superioridad. La Alemania hitleriana fue una sociedad paranoica que postuló un enemigo, el judío que dominaba el mundo, de manera oculta y maligna. Ciertos aspectos del integrismo islámico están próximos al sistema perseguidor-perseguido en el que se inscribe el “sentimiento de humillación” de millones de personas, muy preocupadas por decir cómo, dónde y por qué.
¿Cuál puede ser la génesis de una sociedad loca? La respuesta no puede quedar reducida a la personalidad del líder
En toda sociedad se producen accesos delirantes colectivos o brotes agudos de paranoia, según las circunstancias, con una parte de verdad y una de locura (¿qué es lo justo y qué es fantasía en la negativa israelita al diálogo con los árabes?) (…)
¿Cuál puede ser la génesis de una sociedad loca? La respuesta no puede quedar reducida a la personalidad del líder (…) hay tantos que siembran desiertos, ruinas, lavados de cerebro, servilismo vergonzante o hasta liberación de impune de los más bajos impulsos sádicos. (…)
Tanto en la esfera de la identidad individual como en la de la colectiva, se crean procesos de fusión, a la no distinción identificativa que se crece a sí misma en impulsos pasionales.
Cuanto más difícil les resulte a los individuos diferenciarse los unos respecto de los otros, aunque conserven (esto es fundamental) un sentimiento de pertenencia, menos capaces serán de reaccionar ante la aparición de una locura colectiva, más aún si ésta se justifica en términos racionales, y sobre todo emocionales, un gran destino colectivo. Cuanto más insatisfecho quede el ideal del yo en el plano individual, más se delegará en un ideal del yo colectivo, magma estructurado sobre el modelo institucional para la satisfacción de pulsiones salvajes, soterradas y, al mismo tiempo, estrechamente controladas, ya que sólo son aceptables si están al servicio de la causa. (…) Como ocurre en la locura individual, el delirio colectivo requiere para desarrollarse, verse encauzado en un cierto orden. Sólo se le da rienda dentro de un exceso circunscripto.
Para sustituir el exquisito sufrimiento del delirio personal, la sociedad paranoica necesita imperiosamente construir mecanismos punitivos, parte del “genio” de los dictadores radica en haber comprendido este hecho y en haberlo utilizado con un cínico sadismo que rebasa los límites de lo inconcebible. Aquel que se excluye de las histerias de masas, uno de los elementos claves del sistema, termina entrando en el sistema de autocastigo que se le propone y para el que, inconscientemente, ya ha sido preparado. El terror difundido de las sociedades locas es el equivalente de los sueños terroríficos individuales: son pesadillas que desaparecen al despertar. Entre ficción y realidad, el sujeto miembro de una sociedad loca se siente a la vez magnificado y anulado. No hay sociedad paranoica sin un líder carismático: adoradlo, responded a sus mínimas exigencias, y es posible que hasta podáis, por delegación, poseer el derecho sobre la vida y la muerte, pero si algún siniestro individuo levanta la sospecha de una incertidumbre, entonces la máquina se pondrá en marcha para humillarlo, aislarlo y terminar con él.
¿Cree el personaje carismático en su papel o, por el contrario, lo explota con cinismo sin comprometerse personalmente? Ciertamente, atraviesa momentos de depresión (que aprovecha para transformar en culto a la personalidad), como si, de vez en cuando, tuviese atisbos de lucidez, unos instantes de sentido crítico. Pero tales momentos, que humanizan a un dictador, están rodeados de períodos de exaltación que podrían interpretarse como maníacos si los temas recurrentes no fuesen siempre los mismos al modo de los perseguidores-perseguidos.
El dirigente carismático es convincente porque está convencido. El camino a seguir es largo entre la persecución (…), el éxito y, más tarde, la convicción de tener una misión. A diferencia del delirio individual, contrarrestado por los otros, la originalidad de la “misión” consiste en que se ve reforzada por las actitudes de quienes componen el séquito, en la que se mezclan la adulación y el miedo. Esta adhesión protege al líder durante un tiempo de incurrir abiertamente en el delirio. Hay tendido un puente permanente entre su locura y la locura institucionalizada. En este episodio, podemos encontrar la experiencia y la historia de una auténtica drogadicción. Con el fin de no caer en el desequilibrio, en el error, el líder exige mayor sumisión, mayor adoración, ya debe colmar la angustia de la deuda primaria, el pánico a encontrarse de nuevo solo, pobre, feo, atemorizado. El culto a la personalidad ilustra esta escalada sin fin, cuyo objetivo vano es el deseo de inmortalidad.
La moneda tiene su otra cara. Si es poderoso se creará cada vez más enemigos reales o imaginarios. La imagen ideal del yo no puede adoptar permanentemente una postura positiva. Poco a poco, la creencia que existe una red de enemigos va tomando cuerpo; los que no están a su favor están contra él, desean su mal, intentan eliminarlo. Bien es cierto que hay un perverso cinismo en la ejecución de los allegados o de los íntimos amigos, figura bastante clásica en las locuras dictatoriales, pero es que, además, está el pánico constante, en frío como en caliente, de volver a convertirse en mortal a través del asesinato. El complot forma parte del universo del dictador, y lo impulsa a ir cada vez más lejos, a apuntar cada vez más cerca. El odio alimenta el miedo del que el odio se nutre, y no existe más posibilidad que la huida hacia adelante. (…)
Así como Cronos devora a sus hijos, el líder carismático engulle a su propio pueblo. Podríamos preguntarnos acerca del sentido del impulso mortífero que arrastra a tantos dictadores a verter la sangre de “sus” vástagos: Es la función antiguamente restituida a los sacrificios humanos, una construcción arquitectónica de la pulsión de muerte. Más aún, una tentativa perversa de obrar de manera que la muerte ajena sustituya a la propia. La única forma de equipararse a dios, si no a los ojos de uno mismo, y por lo menos a los de los demás, sigue siendo el disponer del derecho sobre la vida y la muerte. (…) El jefe se constituye en el dios sustitutivo para el conjunto de los vivos, desvelando la imprescindible dependencia de un hombre, una institución, una idea. Descubre el potencial perverso que evidencia toda relación de masas mediatizada por la intersubjetividad.
Estas sociedades se edifican sobre tres ilusiones: el dirigente carismático, la fascinación del pueblo a través del miedo y, por último, el sentimiento de hostilidad del entorno. El observador queda impresionado por la duración de tales sociedades y por el grado de adhesión de sus miembros. Y es que, si bien la realidad está pervertida, (…) la acción se organiza a partir de entonces. En este punto, todavía todo es posible, dado que quien es verdaderamente terrible e implacable es el enemigo. Hay que defenderse, y la gravedad de la amenaza justifica la trasgresión del código moral ordinario, al tiempo que la diabolización del enemigo, al sustraerse a éste de la especie humana justifica para con él un trato inhumano. Hay que organizar la delación, infiltrarla por todos los poros de la sociedad, actuar de forma que cada cual, en lo más profundo de su ser se sienta a la vez verdugo abyecto que denuncia y tortura, presunta víctima cuyo turno está próximo. La inminente amenaza lo invade todo, con el efluvio enrarecido de los deseos más innobles y canallas. (…) Individual o colectiva, la paranoia es reactiva, e incluso reaccionaria ya que, en nombre de un pasado doloroso o feliz, se construyen las instituciones, las sociedades, su ideología y, por último, su utopía. ◼
*Fragmento del capítulo 6 de El Yo Paranoico (De la sospecha al delirio) de Claude Olivenstein, Editorial Paidós, 1993.
Claude Olievenstein
Psiquiatra francés (1933-2008)