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Xenofobia y psiquiatría

 

François Tosquelles, psiquiatra catalán (1912-1994), fue uno de los precursores de la psicoterapia institucional. Fue alumno del psiquiatra Mira y López. Luego ingresó como médico residente del Instituto Pedro Mata de Barcelona a sus 21 años. Trabajó desde su graduación en el hospital de Reus, en Tarragona, transformando completamente su estructura asilar. Debido a su compromiso político, participó de la creación del POUM (Partido obrero de unificación marxista). Educado en una cultura rebelde, se enroló en las milicias antifascistas en 1936. En 1939, tras la caída de la república, debió refugiarse en Francia. En 1940 se instaló en el hospital de Saint Alban, del que será director, transformándolo también según los principios de la psicoterapia institucional. Trabajó allí hasta su muerte. Fue un difusor de la Psicoterapia Institucional a lo largo de su vida.
Esta Conferencia –inédita en castellano y publicado por Topía revista gracias a nuestra corresponsal en París, Luciana Volco- fue pronunciada en el marco de Niza el 7 y 8 de mayo de 1992

Como hemos convenido, evocaré aquí la xenofobia. Para ello, intentaré articular reflexiones provenientes de mi propia experiencia de vida con la experiencia adquirida en el ejercicio de mi profesión de psiquiatra.
Como todo el mundo, he construido mi propia persona a lo largo de los aleas históricos y de las situaciones en las que me encontré comprometido con otras personas –a veces parecidas a mí, pero que afortunadamente evolucionaban también mas allá de mí, y representaban de ese modo aspectos extranjeros o desconocidos para mi vida.
Sin duda me ha sucedido entonces de poner en funcionamiento mecanismos fóbicos. No lo percibí ni lo sufrí demasiado. Fue mas bien après coup, con el ejercicio de mi profesión que lo recordé, evidentemente cuando era de las fobias de otros que se trataba. Creo que no se sorprenderán de mi sorpresa cuando constaté ser yo mismo objeto de una doble xenofobia: para muchos pacientes, y para mucha gente, yo era un “extranjero inquietante”1 en Francia. En general, la psiquiatría y los psiquiatras son percibidos como el “nec plus ultra” de todas las xenofobias. Y es bueno que así sea para la continuidad de los tratamientos. En efecto, muy a menudo los pacientes también han olvidado, por desuso, su propio mecanismo fóbico. Se quejan, por supuesto, de numerosos malestares, pero es realmente excepcional que se quejen de experimentar fobias. Cuando lo hacen, es porque están realmente obsesionados y esto los invade.
A menudo, sólo tras un largo recorrido terapéutico llegan a reconocer algunas fobias infantiles. En este caso, asimilándolas a otras vivencias de su infancia, ya han desestimado su importancia. No dudo que el hecho de experimentar ellos mismos la “fobia del psiquiatra”, siempre más o menos extranjero, surgía allí en transferencia; y esto permitía reactivar viejos recuerdos fóbicos infantiles.
Sólo gracias al dominio de la transferencia –como por otra parte gracias a los sueños que pueden reformularse verbalmente en tratamiento- se facilita este reconocimiento del pasado, que continúa actuando en nosotros.
Me siento entonces autorizado a afirmar que siempre, en algún momento de la evolución humana, los mecanismos fóbicos juegan un rol preponderante, siendo canales a través de los cuales el miedo, e incluso la angustia, pueden canalizarse positivamente. Quiero decir que con la fobia, uno se deshace de algo, que tira por la borda de nuestro “barco corporal”, con el cual emprendemos nuestra navegación en un océano móvil de incertidumbres. La xenofobia no es más que una muestra del extenso abanico de fobias. De hecho, los objetos fóbicos son en todos nosotros plurales y cambiantes. Una fobia puede esconder otra.
Los mecanismos fóbicos operan incluso antes de que accedamos a la palabra, y evidentemente, sin que tengamos de ellos ningún concepto explícito. Más aún que de mostrar sentimientos diferenciados y contradictorios, se trata de “presentimientos” que conciernen nuestro “ser corporal” y sus relaciones con el entorno en el que “el otro” aparece. A menudo el otro comparte, por así decir, nuestra inquietud, y nos tranquiliza. Pero también la des-multiplica, cuando desaparece de nuestra vista y nuestro contacto.
Si el miedo fóbico inmoviliza nuestro ser, también es cierto que puede transformarse en una señal que nos es útil: al menos nos sugiere y nos empuja a huir del peligro… De una manera mas operatoria y eficaz socialmente, constatamos la puesta en marcha de verdaderos mecanismos de defensa contrafóbicos. Me explicaré enseguida, pero por el momento me gustaría señalar simplemente la extraordinaria frecuencia de los mecanismos de “huida en el lugar”, que hacen del miedo fóbico la fuente de muchas producciones imaginarias. En efecto, es insostenible para cada uno experimentar pánico respecto de algo vinculado con los propios padres -ya sea la madre o el padre. La creación de una verdadera novela familiar nos permite huir en el lugar, y la creación artística puede constituir un campo de aventuras abierto a los lectores o espectadores – pero abierto también, y en primer lugar, a uno mismo.
A este nivel, podríamos hablar ya de mecanismos imaginarios contrafóbicos; sin embargo, la gran oportunidad de éstos nace a nivel de nuestras prácticas sociales concretas. Así, por ejemplo, nunca he visto a lo largo de un recorrido psicoanalítico, que un medico -después de algunos años de análisis “didáctico”- no termine por evocar sus fobias infantiles de la muerte y de la castración, fobias que pueden conducir a realizaciones sociales muy pertinentes como agente de curación. Del mismo modo, muchos psiquiatras han sido marcados en su propio recorrido por la fobia de la locura.
Asimismo, por un movimiento contrafóbico eficaz, el miedo a perder algo, o el deseo de robar, pueden dar lugar a la profesión del “policía perfecto”. Nos sorprende que el sufrimiento de haber experimentado injusticias irreparables sea el origen de la profesión de juez?… y así sucesivamente…
Toda vida es compleja y sufre “complejizaciones” progresivas. La uniformidad de la mono-representación de si mismo y del mundo es un engaño a través del cual lo percibido y lo representado se alejan de la complejidad en tensión, a partir del hecho de la coexistencia de varias fuentes y varias pendientes diferentes que se oponen. Esto aparece bajo un aspecto caótico, embrollado, opacando a la vez el pasado y el futuro.
El “tercero excluido” de la lógica aristotélica es, por supuesto, operatorio al nivel de la Noética, incluso de la Noemática. Sin embargo no llega a borrar el dominio Hylético develado por Heraclito. Las aventuras de la dialéctica no son tranquilizadoras para nadie, y sabemos del desuso en el que la dejamos a menudo caer…
Cada uno de nosotros tiene fantasías catastróficas del fin del mundo. Al menos tenemos la impresión de que el juego esta echado, antes de que nos toque a nosotros jugar y arriesgar la vida. Los mecanismos fóbicos simplifican la problemática abierta desde la vivencia dialéctica del mundo. Retenemos un aspecto cualquiera y negamos el resto, a menudo, con una gran carga pasional; sin reconocer sus restos. La higiene es la fobia a la suciedad de la vida. La exclusión de los desechos, el miedo a los contactos impuros y al contagio posible coexisten en cada uno de nosotros con la atracción que nos provoca el misterio del otro.
En este encuentro intentaremos construir, y sobre todo deconstruir, la vivencia y el concepto de la xenofobia.
No es un misterio el hecho de que en algunos momentos de la historia colectiva la xenofobia se aparece como invasiva y nos obsesiona en mayor o menor medida. Sin duda hay siempre ambigüedad en la naturaleza, los desarrollos y los recorridos de la xenofobia, tanto a nivel individual como colectivo. No obstante, cada uno de nosotros está obligado a tomar una posición lúcida frente a la invasión actual de las xenofobias en las actividades colectivas del hombre. Sin embargo, nuestro miedo al lobo no desaparece por gritarle.
No creo que podamos tratar la xenofobia colectiva de la misma manera que las individuales, y creo útil recordar aquí como funcionan los mecanismos fóbicos que operan en nosotros.
La xenofobia aparece en nuestra vida singular con frecuencia, a pesar de que el olvido –e incluso la renegación- vela habitualmente este fenómeno. Todos nos hemos empantanado, y continuamos haciéndolo, a menudo, en movimientos fóbicos y contrafóbicos más o menos disimulados. Se trata del Pathos, de la manifestación de un cierto sufrimiento, que se despierta en cada uno de nosotros frente a la problemática del encuentro con otro ser humano.
Cuando nos preguntamos qué nos despierta concretamente un miedo fóbico, nos decimos a menudo: “No se trata ni de esto ni de aquello”. De hecho, es siempre de otra cosa de lo que se trata, que nos inquieta y nos da miedo: ELLO, precisamente, ni más ni menos que el OTRO en nosotros mismos. El Otro sorprendente que resurge en cada encuentro, en cada separación de otros seres humanos.
La presencia de Jorge Semprun aquí me lleva a evocar a García Lorca, quien luego de haber escrito uno de sus poemas, abandonado a la paz del paisaje que lo rodeaba, dijo: “Es extraño llamarme Federico. Es sorprendente que yo sea yo, o más bien que en mí, exista el otro”2 –y yo agregaría: como un doble de si mismo del cual no es fácil deshacerse.
(Contrariamente a lo que suele pensarse, no se trata del “otro especular” –aquel que vemos en el espejo, aquel que sentimos que nos mira).
El pánico irreductible de cada uno de nosotros, ese “otro extranjero” que llevamos en nosotros, es el pánico de nuestro yo (moi) interior que sufre, desgarraduras en los encuentros con quienes, sin embargo, pueden ser de lo más bienintencionados con nosotros.
El hecho de proyectar en el otro nuestro perseguidor interior, nuestra propia inseguridad, nuestras ambivalencias, constituye nuestro pan de cada día.
Es cierto que existen en todas partes seres autoritarios e injustos, que se complacen en jugar un rol de perseguidor exterior. Esto es moneda corriente cuando en la dialéctica paranoica de la persona todas las relaciones humanas devienen ocasión de provocar agrupamientos colectivos más o menos integristas, más o menos masivos y persecutorios, en los que muchas víctimas cómplices obtienen un apaciguamiento momentáneo.

François Tosquelles
Psiquiatra catalán
(1912-1994)

Traducción: César Covacevich y Luciana Volco

 

Notas
1.  N. de T.: Nótese que en francés, « unheimliche » ha sido traducido como “inquietante étrangeté” que podría traducirse en español, literalmente del francés, como” extranjeridad inquietante”.
2.  N. de T. : En francés : "C'est bizarre que je m'appelle Federico. C'est étonnant que moi, je sois moi, ou plutôt qu'en moi, existe l'autre"

 

 
Articulo publicado en
Abril / 2003

Boletín Topía