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Prólogo del Dr. Fernando Ulloa

Prólogo del Dr. Fernando Ulloa

No conozco tratado alguno, acerca de componer un prólogo. Pero es un lugar común que lo obvio, encamina a lo profundo, que a su vez “no es lo mismo que haberse venido abajo”, según proclama un sapo de otro pozo, en una popular canción. En todo caso lo obvio es no terminar componiendo un texto que en relación al libro, resulte de otro pozo, por más profundo que sea.

Entonces- en el inexistente arte de componer un prólogo, será necesario atenerme al recaudo de que el mismo aparezca razonablemente articulado al libro que se acaba de leer, siendo que el prologuista, es el primer lector oficial, aunque no lector primero.

Cumplido este requisito y acrecentando el mismo, será necesario dar cuenta de los efectos de lectura que el libro ha producido en uno. Esto resulta aun más importante cuando se trata de honrar – y vale el término – un hermoso y oportuno título como Las huellas de la memoria; tan propicio al eje central que preanuncia el subtítulo: Historia del psicoanálisis y la salud mental en la Argentina, 1957-1983. En este primer tomo, reducido a 1957-1969; un tramo de tiempo, básico en la experiencia que consolidó mi vocación psicoanalítica por lo social, escenario central de la historia que refieren Carpintero y Vainer y también de mi interés por la salud mental en el espacio “público/político”. Juicioso título éste, de un libro personal -en avanzada preparación- que sobre la cuestión estoy escribiendo. Ronda también algún otro título, menos juicioso, con chance de prevalecer.

En relación al título, ahora del libro que prologo, adelanto que habré de detenerme con algún detalle, en la cuestión de la memoria perelaborativa. Sede importante, no la única, donde registrar los efectos de lectura, también de escritura, al menos la de este prólogo ya escrito, y que estoy introduciendo. Los procesos perelaborativos son importantes, porque además de recuperar la memoria, en ocasiones tocan el ánimo, de entusiasmo o de fastidio. Esto resulta un fenómeno de observación frecuente a tomar en cuenta cuando se trabaja en el campo de la numerosidad social.

La numerosidad social es el nombre que con el tiempo terminé utilizando para designar, abarcativamente, lo que habitualmente se denomina campo institucional o comunitario.

En esta numerosidad social abordada desde el psicoanálisis con intención de operar ese campo, cuentan tantos sujetos como sujetos ahí están, o son evocados. La intención es disolver los fenómenos de masificación, que anulan la subjetividad individual, pero hacerlo sin inducir el aislamiento individualista. Se trata de que ese conjunto integrado por uno más uno más uno -hasta completar el número de sujetos

957 a 1969. no. acaba de leer como contextuados- apunte a configurar lo propio de lo que entiendo por malestar de la cultura. En la práctica esto suele ser un punto de llegada, porque el de partida, con frecuencia, es un malestar hecho cultura; una hechura con distintos grados de mortificación. Uno de esos grados de mortificación es el aislamiento, sea individualista o conformado por pequeñas parcelas con algunos copropietarios. También cuenta la costumbre del “donde fueras haz lo que vieras”, que genera una doméstica masificación. La idea de numerosidad social, a la que estoy dándole cierto espacio porque es central en mi práctica y en el intento de articular este prólogo con el texto de los autores, no alude a algún dispositivo, a la manera de un encuadre, desde el cual operar el psicoanálisis clínico en esa numerosidad, tampoco es una entidad virtual, más bien es una disposición autobiográfica hecha aptitud clínica, que se va perfeccionando con el correr de la praxis, laborando malestares; precio, estos malestares, de toda sublimación que intenta producir, desde el psicoanálisis una cultura acorde a la salud mental.

El concepto de salud mental básicamente por ser inherente al campo sociocultural, siendo valioso en sí mismo, suele arrastrar cierta mala prensa al menos en el campo teórico del psicoanálisis. Esto mismo parece sugerirlo Freud cuando a sus últimos trabajos culturales no les asignó ningún valor psicoanalítico, volveré sobre esto. No es esta mi opinión, tampoco la que se desprende del trabajo de los autores; ni de quienes intentamos sostenernos pertinentemente psicoanalistas en el campo social. Digo intentamos porque el psicoanálisis clínico siempre tiene algo de intención, no sólo en la numerosidad social, sino en todos los ámbitos, incluido el de las neurosis de transferencia. Importa esta intención sobre todo frente a lo que el vienés -medio en chanza medio en serio- sugirió como tres imposibilidades: gobernar, educar, psicoanalizar. Imposibles, pero la intención de hacerlo abre derroteros, tal vez a la manera de aquel acertado título del ajedrecista Bobbie Fisher cuando escribió su tratado, “Mis sesenta mejores partidas, incluyendo varias derrotas”. En el ajedrez cuentan mucho las jugadas de apertura, toda una ciencia.

Continuando con las articulaciones entre prólogo y obra, diré que ésta admite distintas lecturas que van desde el relato histórico, a la narración psicoanalítica. Diferencia que más adelante he de considerar porque componiendo este texto terminé por aclarar lo esencial de la misma.

También el libro admite una lectura holística que abarque, panorámicamente la diversidad minuciosa de los muchos hechos históricos, consignados en este tomo. Personalmente prefiero las aperturas atentas al fragmento, algo más propio del psicoanálisis cuando intenta acceder al más allá de los hechos y también a las memorias ocultas que la lectura va develando en el lector. El fragmento tiene su propia lógica, ya sea cuando se lo selecciona a partir de un texto, o a partir de lo que dice alguien, sea en función de paciente, de pariente –por conservar la rima- o desde otros lugares, por ejemplo, este mismo texto. En esta lógica, aún cuando recortamos lo más literalmente posible aquello que citamos, la causa de ese recorte, parece determinado, por lo que en nosotros conmueve lo escuchado, leído, y aún visto. En relación al ver cabe recordar que los griegos –en tiempo del nacimiento de la tragedia- ubicaban el origen del teorizar de la siguiente manera: decir de lo que se vio en la escena dramática.

Pero la más firme bisagra con los autores, está constituida por dos correos que, leído el libro y antes de comenzar a escribir este texto, intercambiamos. Tomaré algunos de esos fragmentos epistolares, entrecruzados. Mi correo decía: “Quiero agradecerles el regalo de este libro, regalo porque se trata de una obra en verdad importante.” “Es un placer avanzar en su lectura, y volver a revivir momentos de nuestros oficios transcurridos a lo largo de los años.” En lo que a mí respecta, el tramo de este primer tomo se corresponde con un período en que se consolidó mi práctica clínica psicoanalítica y mi vocación por el campo social, a partir de haber participado, por invitación de Pichon Rivière, en la experiencia Rosario, que Enrique dirigió. Algo que se hizo evidente cuando, por comienzos del ‘60, ingresé -para mí fue un verdadero segundo ingreso- en la UBA como docente de Clínica de Adultos, en la Carrera de Psicología -por entonces en los inicios. En los comienzos de mi docencia universitaria, -en realidad lo seguí haciendo posteriormente - solía comentar, no sin cierto excesivo énfasis, que venía del hospital a la Universidad, a preparar psicólogos clínicos con interés e idoneidad para la práctica asistencial hospitalaria. De hecho terminó resultando así, aun en un tiempo en que los psicólogos encontraban dificultades para el ejercicio pleno de su oficio. Resultó así sobre todo cuando fui ajustando, como eje básico de la docencia, las Asambleas Clínicas. Un eficaz banco de prueba, para mí y para muchos, de la praxis clínica dada en lo que terminé llamando recintos perelaborativos multiplicadores. Una idea esencial en mi experiencia, para abordar la numerosidad social atento a objetivos específicos de capacitación, para el caso, la lectura semiológica dada ahí mismo, como requisito en qué fundar el método clínico, incumbencia de la cátedra. También atentos a considerar la producción de salud mental, entrabada con una organización democrática,- no desmentida por los hechos -. Todo esto como esencial producción cultural. Para muchos, entre los que me cuento, fue un postgrado universitario, hecho paralelamente al grado…con agrado.

“Por todo esto les agradezco –continuando el correo-, no solamente el libro, tan memorioso para mí, sino que me hayan honrado con la invitación a prologar este primer tomo. No estoy seguro si incluiré en el texto, pero viene al caso en relación al título general del libro aludiendo a la memoria -una frase del mexicano Carlos Fuentes: ‘La memoria salva, escoge, filtra, pero no mata. No hay presente vivo con pasado muerto. Sólo el deseo y la memoria salvan el futuro’.”

Finalmente decidí incluir la cita, acorde a la afectuosa y oportuna respuesta de Carpintero y Vainer. Ellos decían así: “La excelente frase de Carlos Fuentes resuena a otra de Walter Benjamín que citamos en la introducción al libro”, -introducción que yo aun no conocía-: “La historia es objeto de construcción cuyo marco no es el tiempo homogéneo y vacío, sino un ámbito lleno de tiempo actual”.

Curiosos los matices de temporalidad que convergen en estas frases de distintas procedencias culturales, con valor de clave en relación a la escritura de este libro y a la del prólogo mismo. También clave de lectura en tanto activa nuestra sabida memoria, también la oculta. Fuentes alude a un pasado muerto, que Benjamín llamará tiempo homogéneo y vacío, impidiendo la instauración de un presente vivo. Necesario a la construcción de la historia -amplía Benjamín- que llama a ese presente tiempo actual.

Una y otra frase apuntan a construir el devenir, esa importante categoría temporal que resulta, cuando desde un presente vivo o de un tiempo actual, se historiza el pasado, ya sea desde el relato, o tal vez -además de historizarlo- se lo resignifique desde una narración. En el primer caso, la intención es de historizar los hechos con rigor. En el segundo, la narración resulta más afín al accionar psicoanalítico, siempre con mayor involucramiento del narrador. Cuando esto ocurre el pasado deja de ser un peso muerto, no sólo aquél que se examina, a la par que se lo acciona, otro tanto puede ocurrir en el propio narrador. Entonces ese pasado, desde el presente, permite apostar al futuro. Algo así escuché, en realidad leí, muy tempranamente en un texto de Thomas Mann, que decía: “…trazamos lo que nos sucede”.

Traje a colación esta escueta referencia al devenir como categoría temporal donde el tiempo fluye como fluye el pensamiento y si es pensamiento crítico mejor, porque tengo la impresión que a la atenta mirada del psicoanálisis, sobre la nitidez de las ideas de Fuentes y Benjamín, planea la sombra amenazante de las neurosis actuales, que Freud diferenció –tempranamente- de las neurosis transferenciales, porque estas tienen historia que permiten los procesos construyendo transferencia, en tanto las actuales son un pasado en constante actualización -de ahí su nombre-, refractarias a la transferencia, según pensaba Freud, que aun no había puesto a punto el psicoanálisis.

Un mérito importante de la escritura de Carpintero y Vainer, por momentos relato histórico y en otros más afín al involucramiento psicoanalítico, es que ellos se proponen, desde el hoy de la escritura, hundir la mirada en las raíces de un ayer, a la par próximo -ahí nomás- y lejano no bien cedemos a la tentación de olvidar, poniendo distancia con hechos dolorosos o tal vez sólo decepcionadas apuestas a un futuro. Ese que es nuestro presente, un presente desde donde bosquejar mañana.

Me interesa destacar que la práctica psicoanalítica, el acto clínico o el acto de la escritura, constituye un presente desde donde recuperar la memoria, abriendo futuro. En esto consiste el vaivén del devenir.

Pero más allá de estos juegos de la memoria, la salud mental y el psicoanálisis, en pasado próximo, del que se ocupan Carpintero y Vainer, es un tiempo necesario de historizar y si es posible resignificar, para quitarle su valor de peso muerto y poder afirmar la oportunidad de salvar el futuro.

Salvar el futuro, restableciendo devenir, apunta a disolver las neurosis actuales, figuras que importan, al menos en la conceptualización de mi práctica psicoanalítica en la numerosidad social. De hecho las neurosis actuales, guardan concordancia con la forma inicial, forma aforística, con que Freud presentó la idea de transferencia, “repetir para no recordar”, un repetir que cuando se rompe –por efectos de la tensión dinámica del malestar de la cultura, del que luego me ocuparé- abren la transferencia intertópica.

La idea de neurosis actuales es opuesta, es decir obstaculiza la producción de salud mental al menos en tres circunstancias en las cuales es esperable poner en juego recursos de esta naturaleza. Las tres circunstancias son las siguientes: el amplio abanico de los infortunios cotidianos; los múltiples rostros de la enfermedad y lo propio de la mediata o inmediata muerte humana. En las tres circunstancias que he nombrado, la salud mental resulta un valioso recurso de ayuda puesto en juego por el propio sujeto, y solidariamente por quienes lo entornan.

Imposible caracterizar lo propio de esos recursos, dadas la múltiples singularidades que a cada una de estas situaciones le puede corresponder. Pero el telón de fondo de la salud mental es el buen trato -trato según arte- uno de los nombres de la ternura en los adultos, ya que el término tierno se limita a designar a los recién nacidos niños y sólo por extensión no muy adecuada, es aplicable a los adultos.

No corresponde que me extienda acerca del escenario de la ternura, tema que comencé a explorar por comienzos de la década del ‘70, como telón de fondo de mi trabajo en derechos humanos y las atormentadas circunstancias que en el país, agobiado por la impunidad, soportaba por entonces. Fue bastante después que un día se me hizo claro, diré que con carácter sustantivo, la crueldad; también como la ternura, una producción socio cultural y antitética, ambas contemporáneas.

De todos modos diré que la salud mental, ajustada a algunas circunstancias, es una producción cultural fundamental en el sentido amplio que el término tiene. También resulta una variable fundamental en todo accionar político que pretenda construir una sociedad democrática. No cabe duda que la salud mental, es el fundamento de todo proceder antimanicomial, no sólo dentro de los manicomios, donde los esfuerzos por erradicarla, transformando las instituciones psiquiátricas en lo que deben ser, se ven permanentemente alterados por la facilidad por lo que lo manicomial se filtra. Convengamos que lo manicomial también hace estragos afuera, en todos los niveles orgánicos de la sociedad, empezando muchas veces por la familia. Cuando la salud mental, como actitud antimanicomial, se ocupa más que de establecer el porqué sintomático de la locura, se propone frente a la tenacidad de ésta, otra tenacidad, la de desentrañar el para qué de esos síntomas, es decir su sentido. No cabe que esta postura de la salud mental es empresa ardua, pero el sólo hecho de proponerse este desentrañamiento, dignifica la relación entre el paciente y quienes lo asisten.

También en relación a la salud mental, puede decirse que la misma se encima a una definición que Freud da de la cultura, cuando plantea lo siguiente: “la cultura es todo el saber y el hacer que el hombre pone en acción para extraer de la naturaleza los bienes necesarios a su existencia. La distribución justa o arbitraria de estos bienes, forma parte fundamental de la cultura. Y dado que el hombre puede ser objeto de sometimiento, tanto en su fuerza de trabajo, como en su condición sexual, esto constituye un aspecto importante de la cultura”. He citado en extenso esta frase, para señalar que el desdibujamiento con que suele presentarse la misma, no es un déficit, sino su estrecho entramado con la vida cotidiana del hombre desde que se puso de pie, comenzó a caminar, adquirió el lenguaje, la escritura, y todo el saber y el quehacer para vivir.

Todo esto es básico en relación al desdibujado, y aun desprestigiado, concepto de salud mental sobre todo en el campo teórico del psicoanálisis.

No es ésta mi opinión cuando trabajo en la numerosidad social. Respecto de la cual quiero aclarar que más que un dispositivo clínico concreto, es una disposición, como adquisición autobiográfica, que se va perfeccionando con la práctica a dirigirse a tantos sujetos como sujetos presentes, cuando pretendemos sostenernos pertinentemente psicoanalistas y estamos atentos a lo que acabo de decir acerca de la salud mental.

Será necesario también decir escuetamente como operar psicoanalíticamente esa numerosidad social. Esto supone enfrentar una verdadera paradoja, no sin cierto sufrimiento, y también con beneficio en cuanto a templarnos como psicoanalistas.

De todos modos, volviendo a la paradoja a la que aludí, la misma se refiere a que, como psicoanalistas, dispuestos a trabajar en el campo social, podemos ser convocados y no demandados, en nuestra capacidad interpretadora pues no sería pertinente hacerlo, aun existiendo esbozos o franca presencia de la neurosis de transferencia. Esto sólo es legítimo de operar en la dupla analizante/analista. Cuando a esa dupla se le ha sumado uno o muchos terceros, haciendo numerosidad, la transferencia que cuenta ahí, es aquella que Freud -de inicio- presentó, aforísticamente, ya lo dije, como “un repetir para no recordar”, aludiendo, desde el obstáculo resistencial -que ese es el sentido de repetir- a una transferencia intertópica en que si tenemos éxito en nuestra praxis, lo inconciente adviene conciencia.

Vale la pena detenernos con algún detalle en esta primera presentación de los procesos referidos a la transferencia intertópica; avanzando un poco más, no mucho, pero lo suficiente para honrar este buen título “Las Huellas de la Memoria”. Al respecto señalaré que ese pasaje intertópico corresponde a la memoria perelaborativa; un proceso importante, quizás no muy tenido en cuenta en nuestra práctica psicoanalítica, no sólo la práctica clínica sino también la de la escritura. De hecho también incluyo a la lectura; es obvio que como lector psicoanalítico, atento a las cuestiones de la perelaboración, inevitablemente he sido sujeto de la misma. Por lo que vengo diciendo, el devenir y la perelaboración son procesos estrechamente entramados en la resolución de las neurosis actuales, tanto en la antigua versión freudiana pre-psicoanalítica como en la recuperación que pretendo de las mismas en el campo social. Una forma gráfica de presentar a las neurosis actuales, es la siguiente: “aquí las cosas siempre fueron, son y serán así”. Algo válido para un sujeto individual y también para un ámbito colectivo atravesado por lo que llamaré el malestar hecho cultura.

Otra frase también imaginaria, resulta oportuna para presentar el surgimiento de la memoria perelaborativa: “me doy cuenta que siempre supe algo o mucho acerca de lo que acabo de saber.” Cuando lo transferido es oriundo de la represión secundaria, lo cual supone que en algún momento fue memoria, esa toma de conciencia se corresponde a la frase que he imaginado. Puede ocurrir, y ahora en forma nítida, que ante una frase leída o tal vez escuchada -quizás en el propio texto que estoy prologando- nos sintamos fuertemente tocados por ella, al grado de desear haber sido autores de la misma. Si resistimos las tentación plagiaria es posible que terminemos advirtiendo, que no la frase, pero si la “idea/recuerdo”, ya estaba inscripta en nosotros. Claro que si lo “transferido” proviene de la represión primaria, originada en las iniciales experiencias de la vida de un niño, nunca memoria, sólo huellas, resultará tocado nuestro ánimo, para bien si fue satisfactorio el origen, o penoso si la causa fue frustrante. Por esto, no debe extrañar que un lector se entusiasme o se fastidie con algún pasaje de la lectura de este o de cualquier libro e incluso de mi texto. El que prologo no me ha fastidiado, más bien todo lo contrario, tal vez por ser veterano -calificación que vale si uno no se la cree demasiado- en estas cosas de la salud mental. Pero sobre todo contemporáneo -ya adulto pleno- del tiempo que aquí se relata. Otra razón por lo cual el relato atrapa mi interés. Podría haber dicho entusiasma mi interés, pues algunos capítulos merecen ese sentimiento, pero también los años aproximan sobriedad, la necesaria para ser creíbles.

Volviendo a lo perelaborativo, sustentado en el repetir para no recordar, y cuando se trabaja en ámbitos colectivos, sobretodo si el psicoanálisis que ahí opera, se apoya en la producción de pensamiento crítico, porque ahí -sólo lo menciono- se dan los necesarios procesos críticos para tal producción, entonces vale aquel refrán que dice: “tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe”; se rompe ese repetir que no recuerda, abriendo algunas de las formas de la transferencia intertópica, entre las posibilidades ya nombradas. Pero quiero destacar que el inconciente hecho conciencia, tal vez meditada conciencia, a la par que es epígono del inconciente, resulta exploradora de su propio mandante, más aun cuando la escritura documenta los hallazgos -que produce- el pensamiento crítico. ¿Porqué agregar a la práctica del psicoanálisis el despliegue de un pensamiento crítico, si la crítica alude al intercambio y debate de ideas? Porque -y esto puede ser opinable, pero los que trabajamos en el campo social estamos propensos a pensarlo así- el objeto del psicoanálisis, laborando la numerosidad social, no es sólo el inconciente sino también la conciencia, esa que llamé tarea o meditada conciencia, como sustento del debate crítico, promoviendo acciones consensuadas sobretodo el accionar sobre las acciones en pos de objetivos a alcanzar. Una forma de este accionar sobre las acciones, de nombrar la política con mayúscula, si la dimensión del campo sobre el que opera así lo demanda, por ejemplo un programa nacional de salud mental, y con minúscula cuando eso es lo pertinente. Este libro historiza fracasos y logros de ambas situaciones.

A esta altura y antes de abandonar la cuestión, me interesa consignar que el prefijo “per” seguido o no de elaboración, en distintos idiomas alude a un efecto de subjetividad que sostenido en el tiempo hace estructura. Así lo atestiguan perpetuo, permanente, y también, y de manera destacada, perjudicial.

Mientras escribo lo anterior evoco a una frase que muchos años atrás, en los inicios de mis estudios universitarios de medicina, leí en Thomas Mann -y tuvo efecto- en su conferencia Freud y el porvenir, que había dictado unos pocos años antes, en homenaje a los 80 años de Freud. Decía Thomas Mann, sintetizando opiniones de distintos autores: “…trazamos lo que nos sucede.” Todo esto justifica plantearnos la pregunta acerca de ¿cuándo trazamos, colectivamente, un devenir propio de la salud mental y cuándo trazamos, a la manera de las neurosis actuales y su repetir que no reconoce la enfermedad, cualquiera sea el apellido de la misma?

Una pregunta psicoanalítica, acerca de la que no es mi intención aportar respuestas, que son muchas, pero sí dejarla establecida en el lector, orientando su respuesta en la lectura de Las huellas de la memoria, que desde la perspectiva de 2004, confirma el valor que la clínica psicoanalítica, en tanto praxis idónea para trazar el establecimiento de la salud mental, no sólo en los ámbitos asistenciales, sino en todo el entramado ciudadano. La alusión al entramado ciudadano no es ajena a la relación estrecha a establecer entre la producción cultural de salud mental y la producción, también cultural, de una sociedad democráticamente constituida.

En tanto lector, quisiera puntuar algunas circunstancias históricas, tal vez solamente cronológicas, que se pueden extraer de este libro, y que parecen indicar la convergencia de una salud mental, no solamente en el contexto social, en las internas, siempre operantes en el campo de la psiquiatría, y en el psicoanálisis, pero también cierta contemporaneidad internacional en el surgimiento y evolución de la salud mental. Me ayudará un eficaz título, de un subcapítulo: “La salud mental antes de la Salud Mental”. Los autores nos ubican en tiempos anteriores a los años ‘60, consignando que los argentinos tenían entonces una idea difusa acerca de la enfermedad mental y los tratamientos posibles. Es así que en una encuesta de mediados de los años ‘50, muestra como el 56% de la población opinaba que las enfermedades mentales no podían curarse; y el psicoanálisis sólo era mencionado por 8 de cada 100 personas. Claro que esto ocurría antes del año clave de 1957, en que se completó la creación del Instituto Nacional de Salud Mental (INSM). Pero mi intención es remontarnos al año 1899. Año importante para el psicoanálisis, ya lo veremos, pero que coincide con la creación, por Domingo Cabred, de la Colonia Nacional de Alienados Open Door. La intención de Cabred era llevar adelante una serie de reformas que estaban en la intención de los alienistas, promotores del aislamiento del paciente en los grandes asilos psiquiátricos. La idea de puertas “abiertas”, tal lo dice el nombre de este asilo, pretendía simbolizar la ruptura con el pasado del gran encarcelamiento, para destacar el papel del ambiente y de las organizaciones externas en el tratamiento. El trabajo era un instrumento terapéutico, un trabajo orientado a una retribución económica que funcionara como reconocimiento.

Fue también alrededor de 1899 que Freud habría otras puertas, por cierto sólo grietas pero de primera magnitud las del continente inconciente. Suelo denominar a este momento clave para el nacimiento del psicoanálisis, como el acontecer freudiano, donde el vienés comenzó su propio análisis, que habría de desembocar en el “Libro de los sueños”. Aquel acontecer transforma “lo” inconciente, estatuto milenario de este continente que tanto estimuló a dramaturgos, filósofos, poetas y pensadores en general, en la medida en que Freud, auxiliado por los restos diurnos que le donó Sófocles, empezó a construir los primeros ladrillos de su metapsicología. Éstos, aplicados al examen de “lo” inconciente, fue trocando el mismo en “el” inconciente, freudiano según la costumbre lo dicta, pero en realidad, lo que fue freudiano, por supuesto también con el apellido de todo psicoanalista que logra serlo, es el reflejo de este inconciente, en un campo metapsicológico. Las puertas abiertas del Open Door que fundo Cabred, como así también el acontecer freudiano, apuntaban a desencarcelar, por un lado la alienación manicomial, por otro la alienación cultural.

Contemporáneo a lo anterior, a comienzos del Siglo XX en Estados Unidos, surge el movimiento de higiene mental. Los autores consignan el nombre de Adolf Meyer, profesor de la Clark University, la que invitó a Sigmund Freud a su primer viaje a los Estados Unidos, como uno de los higienistas que luego resultó fundador de la Asociación Psicoanalítica Americana; también impulsor desde la psiquiatría, del trabajo en comunidad. En la Argentina, un poco después, los higienistas planteaban reformas sociales preventivas en el ámbito de salud pública. La higiene mental validará la psicoterapia como tratamiento efectivo para las enfermedades mentales.

Lo anterior apunta a destacar como en el pasaje del Siglo XIX al Siglo XX, la salud mental comenzó a encaminarse a una gravitación importante, aunque siempre sujeta, como ocurre en la actualidad, a los avatares manicomiales. Contemporáneamente, el psicoanálisis comenzaba a inaugurar su narrativa. Fue necesario casi un siglo para que el psicoanálisis empezara a tener una posibilidad decisiva, en la evolución y establecimiento de la salud mental, venciendo las resistencias del campo social, de algunos sectores psiquiátricos, sin que esto signifique condenar a la psiquiatría como disciplina, y también las resistencias del propio psicoanálisis. En esto andamos y por esto es tan oportuno éste libro que historiza ese tiempo inmediato aportando muchos más datos que los que selecciono aquí.

En la década del ‘50, ya médico, comencé a controlar mis pacientes psiquiátricos con Mauricio Goldenberg, discípulo de Gonzalo Bosch, de quien supe siendo estudiante. Con Goldenberg mantuve una estrecha relación, fue supervisor de mis primeros pasos en la capacitación psiquiátrica. Contemporáneamente a Goldemberg, comenzó mi relación con Enrique Pichon Rivière, de tanta memoria en este libro. De Pichon Rivière acerca de quien he escrito bastante, quiero destacar sólo una característica, la de su singularidad como maestro, que nunca gravitaba alterando la singularidad de ninguno de sus discípulos, una comunidad que por momentos parecía integrada por sujetos extranjeros entre sí, pero contextuados, como en la numerosidad social, haciendo un pichoneano malestar de la cultura. Pichon Rivière era un gran narrador. La narración en psicoanálisis es estilo que infiltra a quien, por involucrarse en el campo, no trata de explicarlo, sino de modificarlo.

¿Por qué en la dupla que escribe este libro se advierte ese vaivén entre el relato y la narración, si ellos aquí están escribiendo una historia? Obviamente porque ellos también tienen una extensa práctica en modificar el mundo, no porque lo pongan metafóricamente en un diván, sino porque meten el cuerpo trabajando como psicoanalistas en el campo social, y esto se les nota en la escritura, trasferido a la lectura que de la historia de la salud mental y el psicoanálisis nos presentan.

Vuelvo desde lo anterior a Goldenberg y a Pichon Rivière, de Goldenberg diré que también fue un gran narrador. Se diría un narrador político administrativo de la psiquiatría. No un narrador psicoanalítico, como era Pichon Rivière, pero desde su visión y de su lucidez, fue un factor de tanta gravitación en la evolución de la salud mental como lo fue Pichon Rivière, de quien se puede decir que no hay obras completas a publicar, pero sí es posible la publicación de múltiples fragmentos narrativos de sus intervenciones públicas y privadas. Es más, suelo decir que hay anecdotarios narrativos de primera generación genuinamente salidos de su propia mano, pero también episodios narrativos, que bajo la forma de anécdotas, componen una segunda, tercera y una cuarta tanda generacional, a la manera pichoniana. Esa si fue su escritura en vivo y animado estilo. Me llevaría todo el prólogo referirme a ellas, pero voy apla se advierte ese vaiv totalmente subordinada a los instintos tanscara los hechos tal como fueron. el estilo de su e contar una que, pese a haberla presentado en un texto, como hipócrita, para ilustrar esa trascendencia del humor de Pichon, luego de contada me fue referida por quien se proponía testigo de la misma. Es así: entra en el consultorio de Pichon un paciente de primera vez, casi en los límites del enanismo. Comienza diciendo: “yo nací en Palermo Chico”. En aquella supuesta anécdota Pichon contestaba: “Va a tener que cambiar de barrio.” El estilo narrativo de Pichon Rivière estaba soportado en una clínica que llamaré prepsicoanalítica, pues era profundamente personal, donde el humor, el retruécano, la ironía y fundamentalmente el respeto, pese a que alguna anécdota consignada aquí lo presenta en una posición distinta, era lo característico de este maestro, que tanto aportó a la articulación del psicoanálisis y la salud mental, al grado que él mismo solía decir, pese a su linaje psicoanalítico, que era un psicólogo social.

Mauricio Goldenberg también fue un gran narrador, pero su narración no provenía de una intervención psicoanalítica, aunque siempre vivió rodeado de psicoanalistas, sino de su talento visionario y de su empuje político para establecer cambios definitivos en el ámbito psiquiátrico, entre otras cosas el tan conocido e ilustrado servicio del Lanús, sacar la psiquiatría del hospicio, llevándola al Hospital Público. Por eso es un narrador administrativo político en el más cabal y valiosos sentido de esta definición. Vivía rodeado de psicoanalistas; existía entre nosotros una clásica chanza, cada tanto Mauricio me llamaba y me preguntaba: “¿Tenés hora?, y yo le decía: “si Mauricio, para vos siempre tengo hora, mi diván te está esperando”, y él respondía: “bueno, bueno, todavía no, pero quiero que…” y venía el pedido, con bajos honorarios, para algún colaborador médico o psicólogo, que él consideraba importante que se analizara o que supervisara. Fui supervisor desde los comienzos de su “grupo patrulla”, una verdadera innovación con la cual Goldenberg empezó a operar la salud mental dentro mismo del hospital, no solamente del Lanús. “Patrulla” operaba en este hospital, pero en otros se fue instaurando en los servicios de Psicopatología, la operación de interconsulta, una verdadera operación básica en cuanto la salud mental. Una sola anécdota para mostrar cómo lo que aquella encuesta de los años ‘50 que consignan los autores, mostrando el desconocimiento que la población tenía acerca de la enfermedad mental, como incurables, y en donde solamente 8 personas de cada 100 mentaban el psicoanálisis, fue modificándose también a partir del Lanús y sus efectos. En cierta oportunidad el poeta Leonidas Lamborghini, fue invitado a una mesa, integrada por psicoanalistas, para hablar de poesía y psicoanálisis. Cuando le llegó el turno de intervenir, Lamborghini fue muy escueto y elocuente, dijo en público lo cual me autoriza a repetirlo: “Mi padre era un depresivo y le quemaron el cerebro con electroshock, en mi temprana juventud la amenaza de la depresión parecía apoderarse de mí, temía un igual destino. Un amigo me habló del Lanús. Fui a una consulta, y comenzó a atenderme una joven psicóloga, tal vez sin mucha experiencia, pero hermosa y con talento para escucharme. Comencé mis primeros poemas, tal vez estimulado por esa relación. Hoy soy poeta y la depresión ha quedado atrás, eso es para mí el psicoanálisis” e interrumpió su intervención. Uno de los integrantes de la mesa, un analista de talento, le preguntó: “pero Lamborghini, es muy hermosa la historia que usted cuenta, pero… ¿podría explicarnos algo más?”, Lamborghini contestó: “no hay que espantar a las liebres que reposan en el prado de la poética, con los escopetazos de las explicaciones”, y dio por finalizada su intervención.

Dije que iba a contar una sola anécdota, pero va la segunda: en alguna intervención pública en relación al Lanús, yo había hablado de mi experiencia como supervisor del grupo “Patrulla”, la “patrulla de interconsulta”. Pocos días después, estando en mi “consultorio Patrulla” en una rueda de control, recibí un llamado de alguien que me decía con perentoria urgencia: “doctor, doctor, estoy frente al Trust Joyero, acá hay un muchacho en la cornisa que se quiere matar, lo escuché hablar el otro día de que usted supervisaba el grupo Patrulla, ¿nos podría mandar alguien de patrulla, para auxiliar a este muchacho?” Les dije a los integrantes: “¡bueno!, es la oportunidad”, y allí fueron. Las vicisitudes curiosas serían largas para contar, al muchacho lo rescató su madre, pero es uno de los tantos episodios donde las madres sacan a la salud mental de los riesgosos comienzos del equívoco.

Voy a cambiar, radicalmente, si no mi estilo, la índole de mi texto, para encaminarme a aportar a la articulación de la salud mental y el psicoanálisis, desde Freud. Esto fue importante no solamente por el lugar, inaugural y señero que ocupó en el psicoanálisis, sino también por sus trabajos culturales, pese a que los escritos en su última década de vida, fueron al parecer contradictorios e incluso como ya lo adelanté, posible causa de cierta difícil relación entre ambos capítulos. El hecho que incluya a Stefan Zweig, como iniciando este cambio de perspectiva, no debe extrañar, porque tanto él como el ya mencionado Thomas Mann, cumplieron un papel iniciático por tiempos de mi joven juventud, encaminando mi vocación, no solamente por el psicoanálisis, sino dentro del psicoanálisis por el campo social.

Stefan Zweig, escribió en su Autobiografía, luego de muerto Freud, en Londres, donde ambos compartían el exilio, tres austeras y a la vez emotivas páginas acerca de su amigo. En un pasaje de las mismas dice: “Por primera vez tuve la visión de un hombre cabalmente sabio; elevado por encima de sí mismo, ya no consideraba ni siquiera el dolor o la muerte como una experiencia personal sino como un objeto extrapersonal de la observación. Su muerte no fue menos hazaña moral que su vida.”

He trascripto este pensamiento de Zweig porque me ayuda a entender un momento de la vida de Freud que se corresponde con su última década: momento en que dice haberse reencontrado con los antiguos amores juveniles por la cultura.

Sabido es que de aquel reencuentro resultarán tres trabajos: El porvenir de una ilusión, El malestar de la cultura y ¿Porqué de la guerra?. En ellos se niega a aceptar todo cuanto encubre lo real; a su entender, un real representado por el inexorable y pesimista destino, de la cultura humana, por entonces, una vez más agredida por la pulsión tanática, en su versión más mortífera, la del nazismo, sus horrores, y como consecuencia la segunda guerra mundial.

En relación con aquellos trabajos llamó mi atención un comentario que figura en la Addenda de 1935, en que amplía su Presentación Autobiográfica, escrita una década antes; en dicha adenda declara, en relación a aquellos trabajos culturales, que los mismos no aportan nada significativo al psicoanálisis. Reconoce que cualquiera los hubiera escrito -tiempo más tiempo menos- al parecer preanunciando ese aciago destino para la humanidad. Fundamenta ese diagnóstico pesimista en la inexorable supremacía de los instintos destructivos sobre la sublimación cultural, en tanto producción social.

Se podría conjeturar que una apocalíptica fantasía de fin de mundo, inherente a su próxima muerte, se habría enseñoreado sobre su ánimo. No lo pienso así. El mismo Zweig lo desmiente cuando en aquellas tres páginas comenta: “El hombre cuya fama se extendió por el mundo y el tiempo, era ya un anciano gravemente enfermo. Pero no era un hombre cansado ni agobiado. Si tuviera que buscar un símbolo para el concepto de coraje moral -el único heroísmo sobre la tierra que no reclama víctimas externas- sería Freud. Sólo cuando reconoció inequívocamente que no podía seguir escribiendo, permitió, al médico poner coto a su dolor. Fue una vida magnífica para una muerte memorable aun en media de las hecatombes de aquel tiempo asesino.”

Para nada este testigo del final de Freud insinúa la idea de un derrumbe de su ánimo. La escritura psicoanalítica lo acompañó hasta sus últimos días.

Remarco el valor de la escritura, porque Freud en aquella ampliación autobiográfica de 1935, había hecho una enigmática observación acerca de un cambio significativo en el estilo de su escritura teórica, en relación a aquellos trabajos culturales. Nada aclara al respecto. Intrigado por este comentario me dediqué a leer detenidamente aquellos trabajos, poniendo mi mayor atención en El malestar de la Cultura. Fue así que se me hizo evidente el sentido del cambio de estilo de su escritura en sus últimos trabajos culturales.

Efectivamente, Freud abordó la historia de lo que llamé el malestar hecho cultura, al parecer sin proponérselo de inicio, recurriendo a un distinto estilo que luego advirtió. Este cambio implicó apartarse del estilo narrativo, propio de la escritura comprometida con que compuso sus grandes Historiales Clínicos y también sus principales ensayos teóricos. Habrá de sustituirlo por el relato, estilo de escritura atento a referir con rigor los hechos -los más siniestros y pesimistas- ¿Tal vez no “como una experiencia personal sino como objeto extrapersonal de la observación”? -tal como propone Zweig-, en relación a su muerte, y es conjeturable que algo así haya ocurrido. Ambos sucesos parecen presididos en él, por una tenaz convicción acerca de lo sutil de la pulsión de muerte, alejada de la versión más mortífera de la misma, pero no alejada de aquellos hechos que para él confirman su diagnóstico pesimista acerca de la cultura de la humanidad.

El cambio de estilo que advierte el propio Freud en sus escritos culturales no resulta un cambio definitivo porque de hecho siguió narrando psicoanálisis hasta que se le hizo imposible producir obra.

Resultó así una modificación de su estilo que contribuyó a restar todo valor de aporte psicoanalítico a sus últimos trabajos culturales. Es claro, que Freud, en tanto psicoanalista, se integra activamente al campo de la transferencia. Campo del que no sólo forma parte, sino que en relación a la neurosis de transferencia, puede pensarse que tiene valor de una verdadera institución, suelo decir que la más antigua y genuina de las que nos legó Freud. No solamente una institución cuyos pilares teóricos fueron puestos a punto por él, sino que integrando ese campo, su actividad fue esencialmente modificarlo desde el principio ético y metodológico de la abstinencia.

En cambio cuando Freud se propone examinar lo más disciplinadamente la cultura humana, en los trabajos que he nombrado, donde además , e insisto en ello, se niega a aceptar toda ilusión que enmascare o niegue la realidad de los hechos, sobretodo cuando éstos sin expresión de lo real, no sólo parece protegido de toda ilusión ciñéndose a referirlos como un relator que los historiza, sino que vale pensar que aquello que Zweig señala en relación a su muerte considerada no “como una experiencia personal, sino como objeto extrapersonal de la observación”, lo debe haber apartado aún más de cualquier intento de indagar psicoanalíticamente esos hechos más allá de que este fuera un antiguo juvenil interés por los mismos. Por eso, estos últimos trabajos, parecen describir un mundo en el que desde la noche de los tiempos, más allá de todos los cambios atribuibles a la civilización y la barbarie, es el imperio de las Aktualneurose.

Creo oportuno hacer, luego de todas estas cavilaciones sobre estilos, algunas consideraciones acerca del vocablo narración. Se trata de una palabra extraña en su origen, incluso se le asigna un linaje pre romano, ¿tal vez etrusco? La escuché -muy ocasionalmente- de boca de mi padre español. Tiene un doble e interesante significado: trineo y trajín; el último significado impulsa al primero. Por vía del vasco parece haber pasado a algunas regiones de España. ¿La conocería Séneca, el filósofo romano de origen español? ¿Lo habrá supuesto Freud aprendiendo español para leer El Quijote? Admitamos que su obra fue verdaderamente una narración quijotesca. Pero, todo Quijote se encuentra con los invencibles molinos de viento, sobretodo cuando éstos parecieran tener astas como verdaderas Aktualneurose.

He traído a colación lo anterior, porque me ayudó en el transcurso de este texto, a aclararme la diferencia que el relato guarda con la narración, en el sentido que le asigno a ambos estilos en la escritura psicoanalítica. No se trata de un estilo elegido por el autor, sino que la escritura psicoanalítica adquiere calidad narrativa, cuando además de “explicar el mundo”, se intenta transformarlo -parafraseando la conocida sentencia de Marx-. La narración es una calidad que adquiere la escritura psicoanalítica cuando nace de un analista que desde la abstinencia, está involucrado en ese campo, intentando sostener con pertinencia una clínica en relación a los conflictos sobre los que opera. No era esta la posición de Freud que para nada había tenido oportunidad de operar clínicamente como psicoanalista, en ese campo cultural que se corresponde con juveniles amores por la cultura. Amores que habrían de producir un texto, por cierto nada amoroso, pero ajustado a lo que advertía, con válidas razones, como el “imposible gobernar”, que para nada le permitía vislumbrar una salida posible.

Sin chances -era casi la última década de su vida- de intentar operar, en recintos factibles de la cultura, no una técnica -que el psicoanálisis no lo es- sino un oficio básico de la cultura humana, que por el momento llamamos psicoanálisis, y que tal vez sea más propio la denominación de metapsicología, en tanto saber específico reflejo del inconciente, definitivamente integrado a la cultura humana como lo está el inconciente a todo sujeto.

Hay además otros pocos oficios básicos, constitutivos de la condición humana como efectos de la cultura: la mística, la poética, la filosofía. Esta fue primero, un quehacer de los “incrédulos”, frente a los excesos de la mitología y de sus cronistas épicos. Por el accionar contradictorio de los incrédulos y su firme “relato racional”, los mismos incrédulos advinieron narradores filósofos; a la vez que la mitología fue virando a mística, y la épica se abrió a la poética, madre de todas las artes. Antes que los incrédulos se convirtieran en filósofos, hubo una etapa en que fueron “sabios pre filosóficos”, cultores de técnicas que facilitaran los trabajos de la vida cotidiana, basta pensar que Thales de Mileto, -el del teorema- fue uno de ellos, para explicar como con el correr de los siglos, de esta etapa surgió primero la tecnología que derivó en la epistemología, que como saber científico, es otro de los oficios básicos. Entre la filosofía y la epistemología, cabe ubicar a la metapsicología, (el psicoanálisis), cuya existencia alcanza a la fecha poco más de un siglo a partir del acontecer freudiano. También poco más de un siglo tienen los otros dos oficios que completan la lista de los básicos: la política y la economía. Marx no es ajeno a ellos, pero no es el único. Me he detenido en estas consideraciones, al parecer excesivas en relación al tema de este prólogo: la salud mental y el psicoanálisis, en primer término porque estos oficios, que bien pueden ser llamados estilos que atraviesan cualquier actividad del hombre, incluso cualquiera de ellos puede calificar, en cuanto a estilo el quehacer de cualquier psicoanalista, pero la razón verdadera para detenerme en ellos, es no sólo porque el estilo hace al hombre, y no contrariarlo forma parte de la salud mental del mismo como producción cultural, sino porque uno de esos estilos es el interés, no solamente de los psicoanalistas, por el saber acerca del inconciente. Difícil entonces no relacionar psicoanálisis y salud mental en la cultura humana.

Más allá de estas consideraciones acerca del psicoanálisis como un oficio básico, obra de Freud, nos encontramos con cierta paradoja, porque éste, al final de su vida, enriquecido por todos los conocimientos y su experiencia clínica psicoanalítica, en el reencuentro con sus intereses juveniles -¿políticos?- por la cultura, accede a una producción que termina ubicando por fuera del psicoanálisis. Ahora, en su última década de vida, en que hacía años era psicoanalista por propios y merecidos méritos, diagnostica a la cultura humana -a la manera de las Aktualneuroses- por fuera de toda narrativa psicoanalítica.

Pues bien, Freud no contó con la experiencia de una praxis concreta en el campo social. Doy al término praxis todo el valor que un post freudiano -Lacan- le asignaba: trabajar lo real desde lo simbólico. Pienso que esta praxis permite operar sobre ese real, tan refractario a lo simbólico, para crear nuevas realidades culturales, que sin expulsarlo de la percepción, permita su engarce en esas nuevas realidades, es decir, en una nueva cultura y su corolario de subjetividad.

Claro que no se trata de poner al “mundo humano” en un diván. Se trata de reconocer, que como decía Ortega y Gasset: “No hay razón alguna para no emprender aquello que siendo necesario se presenta como imposible”. Idea que activa las necesidades de intentarlo. Uno de esos intentos es el psicoanálisis. Convengamos que no es el único, pues la política, en pos de una sociedad democrática en serio, tiene preeminencia.

Todo esto está muy referido a una reelaboración personal del clásico y valioso título freudiano El malestar de la cultura, posible de ser reinterpretado, para resolver lo que considero un equívoco, ya que en realidad Freud escribió, posiblemente a sabiendas, lo que podría retitularse como “malestar hecho cultura.”

Recuperar la dinámica del malestar de la cultura supone identificar la tensión, ocurrida en cada sujeto, al que le resulta posible sostener un compromiso de bien común con su entorno; posible si están dadas, en ese entorno, las condiciones para ello. De así ocurrir, este sujeto se constituye en una sofisticada hechura de su cultura, que no torpe hechura producto de la represión, ya que de la sublimación no resulta una pulsión desexualizada definitivamente, sino una estructura de demora, la postergación necesaria y pertinente del fin último haciendo estructura sublimada. La ternura es un ejemplo de esta estructura de demora, y también lo es la abstinencia psicoanalítica haciendo oficio. Claro que en torno a la pulsión en general las cosas son opinables, la única orientación válida es cuando la clínica aparece validando estas conjeturas. Hechura pues, sublimada al precio de demorar -que no suprimir- algo de su libertad personal que en esto consiste ese malestar. Una estructura de demora que legitima la libertad, alejando de que ésta se convierta en delirio ilimitado; pero si capaz de ser el valioso motor para impulsar, desde esa libertad, no sólo un sujeto, preciada hechura de la cultura, sino un sujeto protagónico, creador de la misma.

Esta idea de la tensión dinámica pone en claro el entramado inseparable de la salud mental, en el espacio público-político con la construcción, no efímera, de una sociedad democrática. Ambas producciones culturales, afines a la praxis clínica del psicoanálisis.

Todo lo contrario ocurre cuando por alguna razón represora -en general por leves y persistentes fallas en esa organización democrática- así suele ser la polución represiva y su lento deterioro, se terminan abriendo las puertas de una represión mayor. Entonces desaparece la condición de hacedor y se pierde la causa que valida la de hechura, dando paso, si no hay lucha que resista, al padecimiento de ese malestar hecho cultura, en que Freud fundamenta su diagnóstico pesimista acerca del destino humano, atravesado en su historia por una barbarie civilizadora.

Cuando la padecida mortificación se cronifica, se abre paso a lo que verdaderamente considero lo radicalmente contrario a la salud mental, que no es la enfermedad bajo cualquiera de sus formas, incluso las mentales, sino que es lo diametralmente opuesto a la salud mental, es esa cultura de la mortificación en que los seres humanos, que no resisten, se agobian en el síndrome de padecimiento y su tríptico sintomático: acobardamiento, pérdida de lucidez y desadueñamiento del cuerpo perdiendo el contentamiento, que la acción genera. El acobardamiento se percibe en una queja que nunca accede a la categoría de protesta; también en ventajeras infracciones que tampoco alcanza la categoría, siempre fundadora, de la trasgresión jugándose a cara o cruz. La pérdida de lucidez está contenida en la misma palabra mortificación que condensa no sólo el sufrimiento, sino también lo mortecino, en el sentido de luz que poco alumbra; en esa situación de penumbra es difícil saber a qué atenerse por lo cual el padeciente, termina ateniéndose a las consecuencias. Posición del idiota, pensaban los griegos, por tiempos de la tragedia, sin que esto implicara insulto ni locura, pero alejando la dignidad fundadora de la vera trasgresión, capaz de concebir una teoría revulsiva y aun revolucionaria desde una cabal toma de conciencia, que apunta a rupturas más que epistemológicas, que de hecho valen, a verdaderas rupturas; entre ellas la fiesta de la rebeldía. Finalmente a todo esto se suma un cuerpo desadueñado, y falto de contentamiento, aquel que nace de moverse al impulso de acciones elegidas. Me he detenido con algún detalle en presentar, escuetamente porque la cuestión es amplia, a la cultura de la mortificación, y su síndrome de padecimiento, lo vuelvo a decir, porque es lo diametralmente opuesto a una cultura de la salud mental. Además, aunque sea por lo contrario, esto contribuye a esclarecer una idea tantas veces desdibujada como es la salud mental, que además, desde lo que he descrito como los oficios o los estilos básicos de la cultura, entre los que cuenta la metapsicología psicoanalítica, como saber del inconciente, se reafirma la articulación de salud mental y psicoanálisis.

En estas condiciones, es oportuno pensar en la salud mental que emana de protestas sociales ejemplificadas -en estos tiempos- por los piqueteros y todo lo que ellas tienen de un legítimo accionar quijotesco. Harold Bloom presenta así lo quijotesco: “el caballero que lucha contra toda injusticia. La mayor de las injusticias es la propia muerte, esa última tortura”. Esta frase de Bloom, describiendo los esfuerzos del Quijote que a su vez representan las penurias de Cervantes, tal vez el escritor famoso más apaleado de la historia, la traigo a colación porque pintan con toda intensidad las condiciones a partir de las cuales los sujetos, o caen en el síndrome de padecimiento, ya descrito, o como sobrevivientes de la mayor de las miserias, van matando, camino hacia su propia muerte, en un accionar delictivo que para nada justifica criminalizar la pobreza. No olvidemos que en estas condiciones de sobrevida, donde la muerte es una injusticia que preanuncia lo real del propio cadáver, como muerte ya instalada y rodeado de la mortandad que no mortalidad, provocada por la catástrofe de la miseria, la ética, decía, de un sobreviviente, es la violencia. No se me escapa que articular ética y violencia, configura un verdadero oximorón, donde un término anula al otro. En realidad, ambas cosas anulan a la víctima de esas condiciones violentas en que nació, vivió y prematuramente murió, víctima de aquella sentencia de Bloom que certeramente describe las condiciones de la marginación y la miseria.

Contra todo esto arremete el accionar quijotesco representado por el utópico caballero, auxiliado por la sensatez de Sancho Pueblo -esto último es del poeta Blas de Otero- un Sancho más escudo que escudero.

Si en un ámbito colectivo, atravesado por lo que tan bien describe Bloom, donde la muerte pierde la condición de destino de toda vida para ser injusta y fatal tortura final, si en esas condiciones, un golpe de fortuna o un tenaz accionar político, e incluso un programa de salud mental con eficacia y consistencia democrática, preocupado por la justicia social, logra activar la conciencia colectiva, de ese saber irrenunciable acerca de lo real de su condición mortal, es posible que los sujetos así involucrados, puedan salir de la trampa de su padecimiento, y también de la trampa de un destino delictivo, pudiendo activar un poder, a la manera del que tan bien describe el joven Nietzsche, cuando decía “sólo tiene poder aquel que logra vencer los obstáculos que le impiden quererse a sí mismo”, pero sobre todo si esas circunstancias, cualquiera sea su origen, logra tocar el ánimo colectivo que esperanza la airada cólera, es posible que el padecimiento se troque en pasión por la vida, aproximando tal vez, aquellas palabras con que Cervantes -el apaleado- se despedía poco antes de morir, escribiendo: “el tiempo es breve, las ansiedades crecen, las esperanzas menguan, pero llevo la vida sobre las ganas que tengo de vivir”. Así nacen algunas célebres protestas sociales, que han hecho historia, desde el borde mismo de las mayores injusticias. Lo ilustran las Madres de la Plaza surgidas en medio del terror que no las acobardó, pese a la desaparición de sus hijos, o tal vez por esto mismo, y también nacieron en medio del terror, el que atravesó la Revolución Francesa, algunas consignas que han perdurado en el tiempo, definiendo las libertades sociales, también lo ejemplifican el tríptico, Libertad, Igualdad, Fraternidad. Convengamos que tríptico célebre tan apaleado en general como Cervantes.

No debe extrañar la postura pesimista de Freud, fundada en su tenaz oposición a negarse a aceptar todo lo que niega los hechos. Una doble negación con valor de afirmación. El contribuyó decididamente a cambiar el mundo, a pesar de que no tuvo chance, en lo que a la cultura de la numerosidad social se refiere, de involucrarse en su transformación. No obstante que sus trabajos, todos, inclusive los últimos que marginó del psicoanálisis, respaldan los esfuerzos de muchos psicoanalistas, y de quienes lo hacen desde otros oficios, en esa transformación.

Esta es la verdad que admiro en el relato de los psicoanalistas, se trate de Freud, Carpintero o Vainer, y siguen las firmas, cuando logran aportar noticias esenciales para recuperar el valor del psicoanálisis en sus aspectos teóricos y metodológicos, disolviendo mortificaciones y padecimientos, y produciendo salud mental.

A los argentinos nos puede resultar un elocuente diagnóstico, en relación a la salud mental pública, advertir con qué frecuencia cantamos nuestro Himno, con sentida emoción cuyas raíces se hunden en nuestra infancia escolar. Lo cantamos sordos a la letra y ciegos a las escenas que continuamente desmienten lo que decimos cantando. No se trata de cambiar esas letras, utópicamente épicas como correspondía a los tiempos en que fue sancionado, en la memorable Asamblea de 1813. Se trata de estar atentos a pasajes como el que afirma ¡Al gran pueblo argentino salud! Fragmento al que bien puede agregarse -ampliando el tono salutatorio- “salud ele-mental”. Es oportuno descomponer y recomponer esta añadidura, un poco incómoda por la generalizada ausencia de salud, tanto en el sentido elemental como en el de mental. Y ya que estamos hablando de la Asamblea del año ‘13, y yéndonos muy por fuera del tiempo que historiza Las huellas de la memoria, de este tomo primero, pero tiempo madre de ese que para la construcción de la historia Benjamin llama tiempo actual, digamos que fue en esa ocasión, la de la Asamblea, a tres años de inaugurada la Patria que “quería saber de lo que se trataba”. Otra de las leyendas históricas, pero un buen propósito por cierto, aunque quedamos sin saber si efectivamente Moreno fue o no envenenado, porque desapareció su cuerpo, y las posibles pruebas, en aquello de “era necesaria tanta agua para apagar tanto fuego” conque Saavedra terminó la cuestión y abrió además, desde muy temprano lo que muy pocos años antes, en la Revolución Francesa, se inauguraba como topología de izquierdas y derechas. Hoy también divide al país otra topología que nos parte literalmente por la mitad; me refiero al límite que conforma el eufemismo de “por debajo de la línea de pobreza”.

Volviendo a aquella Asamblea que ungió al Himno, también fue sancionada la libertad de vientres, que por entonces aludía a la abolición de la esclavitud. Hoy, en que la esclavitud cobra otras formas, no de obligado trabajo esclavo, sino de absoluta imposibilidad -también esclava- de tenerlo, la libertad de vientres podría ser una consigna con que las mujeres reclaman por su derecho a planificar su maternidad. Un derecho para todas las capas sociales, pero que tiene particular importancia en la pobreza, cuando respondiendo instintivamente a la muerte, genera una y otra, y otra vez, hijos, muchas veces con destino de próxima muerte o de gran desnutrición y sus consecuencias. Nadie pensará que todo esto es ajeno a la salud mental del gran pueblo partido por el eje. Finalmente aquella Asamblea también abolió, definitivamente, los tormentos en cualquier situación y para cualquiera persona. Sin desconocer las extendidas formas de tormentos, secuencias de la miseria, recordemos que una disposición del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires ordenó, hace poco, retirar las picanas de todas las comisarías.

De la Asamblea del año ‘13 data el nacimiento de algunas acciones consensuadas en aquella ocasión. De las acciones, en general, sólo se puede señalar la fecha en que fueron acordadas. Si no se acciona sobre las acciones en busca de objetivos propuestos, es decir si no hay una voluntad política que las guíe, estos objetivos serán reclamados por un pueblo, que vanamente quiere saber de qué se trata. Hoy una gran fracción de ese pueblo, la mitad, tal vez más, tal vez menos, que esto varía día a día, “Golpe a golpe, Verso a verso”, apelando a un subtítulo de este libro, no diré que representada por los piqueteros, pero que de ella son emergentes, intentan que el resto de la ciudadanía se entere, de qué se trata aquello de la miseria y sus aberraciones; pero los piqueteros son expresión de una masa mucho mayor que la que ellos conforman como movimiento.

Suelo hablar de la cólera piquetera como sustento (que no llame a engaño, que no estoy predicando el odio odioso), del odio ético en que se funda toda justa rebeldía. Si la relación odio-amor, en ese orden, porque así se estructura en todo sujeto desde su nacimiento, preside las relaciones entre los seres humanos, resulta necesario destacar, que frente a ese odio ético, existe el odio odioso que emanando de otra dialéctica, la que corresponde a la traición y la venganza. Odio odioso que termina por englobar ambos términos de esa dialéctica, para conformar el profundo malestar hecho cultura; sobretodo cuando la indiferencia constituye una verdadera traición, frente a las vecindades de medio país sumergido en la pobreza y falta de trabajo. En estas condiciones la indiferencia es una traición, que además cobra carácter de inicua venganza, más aun si la represión violenta de las protestas sociales prevalece. No sé si Freud habrá tomado en cuenta en su diagnóstico fatal esta última dialéctica, pero seguramente no la desmentiría, pensando en la traición vengativa para la humanidad que suele representar la guerra, aunque haya guerras que convocan a luchas necesarias.

He hablado de la cólera piquetera, pero si nos atenemos a su origen, la palabra que más se ajusta a la emergencia piquetero es ira, que con esta palabra se aludía, en la Edad Media, a la “gente airada”; gente despojada de “los derechos” de ser vasallo del señor feudal de la Comarca. Abandono que los impulsaba a transformar su situación, desprotegida, de hambrientos y a la intemperie, en astuta rebeldía. Gente airada -es decir con ira- era una calificación delictiva acuñada por el poder. Los airados, furtivos sobrevivientes de la miseria, aguzaban su ingenio combativo, dando origen a figuras legendarias que despertaban la simpatía popular; incluso muchas veces se los convertía en sujetos de culto, sobre todo después de muertos. Hoy día, el cancionero popular les reza sus canciones, y levanta altares a la vera de los caminos. Altares y ceremonias que no interrumpen el tránsito como lo hacen las “representaciones” -le doy todo el valor dramático a este término- a la mejor manera de la tragedia griega; los piquetes cortando el paso, dan el primer paso que comienza a ser efectivo para proclamar ese implícito “queremos que se enteren de que se trata nuestra cólera nacida de la miseria”. La palabra cólera es más adecuada que ira, porque condensa la transgresora protesta fundada en aquel odio ético, con la crónica epidemia del cólera, también una lacra que aflige a la pobreza, porque en grandes sectores de la población, la pobreza es en sí misma una epidemia.

Cuando el público cautivo que aprisiona esos piquetes, transforma su indiferencia en fastidio, no cabe duda que los piqueteros podrán perder popularidad, pero ese público sabe, en su episódico y breve encierro, que las infracciones episódicas de tránsito, son reflejo que dramatizan, a la manera teatral, las tragedias mayores de la miseria. El movimiento piquetero sabrá como conducir políticamente sus recursos expresivos para que los mismos no se deterioren; pero no hay duda que se han dado a conocer, incluso en la paradoja de poner en evidencia aquello que desmiente el fragmento del Himno diciendo: “Ved el trono a la noble igualdad”. El fastidio del público cautivo no podría emplear como salutación “¡A la gran mitad del pueblo argentino salud!” Más bien lo que se suele escuchar es: “¡Negro de mierda, morite, que me estas impidiendo ir a mi trabajo!” Casi un saludo agraviante para el que lo perdió o nunca lo tuvo, que lo de negro de mierda. Estás de más, lo proclama, con manifiesta crueldad, todos los días con la indiferencia.

Por todo lo anterior me atrevo a equiparar a un príncipe de las letras, que una y otra vez fracasó como dramaturgo, pero que triunfó cuando sus desdichas, que fueron muchas, las representó en las aventuras del Don Quijote. Equiparar decía, el saber de Cervantes con el irrecusable saber que la gente airada tiene de su trágica, por muerte ya instalada, situación.

El esfuerzo de Freud, a partir del reencuentro con sus amores juveniles por la cultura, por describir la realidad de la barbarie civilizadora, sumado al esfuerzo de su admirado Cervantes por describirla en la dupla del Quijote y Sancho Pueblo, es una verdadera empresa, modernamente utópica, digo modernamente porque es utopía con tópica. Válido intento del que no se apartan los autores de este libro, que por algo dirigen la revista Topía.

A esta altura, cabe una interesante pregunta, posible de formular desde nuestras prácticas sociales que compartimos muchos psicoanalistas: ¿Cuál sería la postura de Freud, si hubiera tenido oportunidad -no le alcanzó la vida para ello- de trabajar clínicamente con la numerosidad social?

Obviamente sólo juego con la pregunta sin pretender una respuesta demasiado directa. No obstante es atendible pensar que tal respuesta debería considerar algunas circunstancias dadas en la numerosidad social. Sólo aludiré a mi experiencia sin descartar la de otros, tal vez más fundadas.

En mi práctica con la numerosidad social, atento a ser convocado y no demandado, suelo ajustarme en mi cometido a tres formas interpretativas. La primera, de orden teatral, interpretando desde el no hacer algunas cosas, el rol de un psicoanalista. No hacer impertinentes silencios, válidos sólo en el ámbito de la neurosis de transferencia, ni tampoco predicar el psicoanálisis, ni asumir roles tal vez vacantes en el campo sobre el que se trabaja. Todo este no hacer es propio del rol teatral, donde también, en el escenario, al no hacer, se dibuja el semblante que sostiene el personaje a interpretar.

La segunda interpretación corresponde a la lectura de un texto, aquí representado por todo lo que el campo de esa numerosidad dice, contradice, no dice. Y en especial, la lectura, en silencio, de aquello que, como conjetura o con evidencias explícitas, advertimos como secreto. De eso no estamos autorizados a hablar, no sería pertinente, pero podemos esperar, sabiendo lo que buscamos, que alguien lo hará con derecho a hacerlo. Se trata de una lectura desde una semiótica clínica en que se asienta el psicoanálisis. Una clínica ya alejada de sus linajes médicos, y prudente, por aquello de no ser demandado en cuanto a su linaje psicoanalítico, prudente pero no ocioso.

Finalmente, acudirán a nosotros las palabras pertinentes para decir de lo que vemos en la escena, con ello estamos poniendo en palabras la estructura hablada de lo percibido. Poco que ver con una interpretación psicoanalítica, pero pertinentemente, se le aproxima bastante.

Si todo esto se afirma en la producción de un pensar crítico, los cántaros subjetivos del repetir para no recordar, derramarán su contenido en la fuente común. Dos cosas avanzarán en soluciones, nunca definitivas, pero con efectos suficientes. Primero un avance que tendiendo a disolver ese repetir que no recuerda, como una forma semejante, y esta es la segunda, disolviendo en lo posible también el “aquí las cosas siempre fueron, son y serán así” de la mortificada cultura.

Todo esto con intención de sugerir el arduo trabajo que transcurre en un dispositivo, este sí algo virtual, los recintos perelaborativos donde converge la numerosidad social. Recintos en cuanto las paredes no son paredes materiales, sino representadas por lo que no se dice adentro por decirse afuera. Será necesario crear condiciones que hagan convergir en el recinto, las palabras que han quedado en lo privado de cada sujeto. Y esto sin desconocer, que el silencio, además de una estrategia, es un derecho.

Pero las paredes existen y no sólo como pasillos por afuera, pues no se trata de la intemperie abierta de la sociedad, sino de ámbitos delimitados principalmente por dos cosas: esta delimitación creo que es condición facilitadota, si no indispensable, para que esos recintos sean ámbitos capacitadotes de los oficios que ahí converjan, y también de la construcción de sujetos afines a la democracia y a la salud mental. La primera de las limitaciones está dada por el cara a cara que hace de todo sujeto, a la vez, sujeto perceptor y percibido. La segunda, que estos recintos deben ser de existencia predecible, para que circule en ellos la palabra hablada y escuchada, una y otra vez haciendo posible la construcción de un pensamiento crítico afirmado en necesarios procederes de igual naturaleza. No me extenderé acerca de estos recintos multiplicadores, porque lo que adentro acontece, está destinado a replicarse afuera. Es que esas paredes virtuales de lo que no se dice, son permeables en ambos sentidos. Tampoco diré mucho acerca de los procederes críticos que aquí sólo sugiero; en todo caso cabe recordar que la clínica, en particular la psicoanalítica, es uno de esos procederes. También lo es la escritura, por eso no dudo en incluir a Las Huellas de la Memoria, en la categoría de un recinto perelaborativo, capaz de albergar la numerosidad social de sus lectores y promover, a posterior, efectos propicios al debate. Pero sobre todo impulsar la praxis psicoanalítica, afín a la salud mental.

No quisiera dejar sin señalar que todo lo anterior para nada resulta un fácil cometido. El psicoanálisis en el campo público, por fuera de los dispositivos, que a lo largo de un siglo se han puesto a punto, con el propósito de capturar la neurosis de transferencia, atento a las producciones de su objeto específico, el inconciente, suele encontrar resistencias en estos escenarios nuevos, y también en sí mismo. Es posible que Derrida esté acertado cuando advierte una resistencia, que él llama auto inmune, en el psicoanálisis. El filósofo se refiere, especialmente, al abordaje psicoanalítico de la crueldad, siendo que el psicoanálisis es particularmente idóneo para hacerlo. Por mi parte extendería esta resistencia a la praxis social del psicoanálisis, enfrentando lo real de las encerronas trágicas, de hecho crueles. Personalmente pienso que esa resistencia auto inmune de la que Derrida habla, no es ajena a lo que describo, solo lo mencionaré, como la disposición universal, es decir presente en todo sujeto, hacia la propia crueldad. Una propia crueldad que se expresa, ya sea como ojos que no ven y matan con la indiferencia, o con un guiño cómplice que denota algún grado de actividad cruel. A lo anterior agregaré que la idea de una resistencia auto inmune en el psicoanálisis frente al campo social, debe estar abonada por ese diagnóstico pesimista, de un Freud que no era precisamente una persona pesimista.

Todo lo que describo, no es ajeno a la historia que por momentos relatan y por momentos narran Carpintero y Vainer, lo llamen o no así ellos, que de hecho no lo hacen en estos términos, pero sí con propias palabras que permiten resignificar no sólo las huellas de la memoria, sino trazar las del futuro. Nuevamente evoco la frase de Thomas Mann, “trazamos lo que nos sucede”.

Para cerrar un último comentario. En mis intervenciones psicoanalíticas en público, siempre dirigidas, como disposición clínica, a sujetos contextuados en numerosidad, yo mismo uno más de ese malestar dinámico de la cultura, el estilo que ‘me recurre’, más que al que recurro, es hablar al azar de la memoria y sus vicisitudes. En esta modalidad son posibles evidenciar las fragmentarias producciones del inconsciente, arborizaciones que procuran hacer árboles enraizados, con ramas y pájaros de palabras, con fallidos, olvidos, retorno de lo reprimido. Producciones todas atravesadas por la temporalidad del inconsciente, que cabalgan el fluir del tiempo de la conciencia, representado por el fluir del pensamiento. Dos temporalidades que se entrecruzan. Este hablar al azar de la memoria y sus vicisitudes, sabiendo previamente qué es lo que quiero llegar a decir a la par que atento a lo que me acontece, puesto o no en palabras según la pertinencia, resulta eficaz. Lo pienso y además algunos me lo comentan. Eficaz a los procesos perelaborativos por ruptura de los cántaros del famoso repetir sin recordar, yendo a la fuente.

Pues bien en este prólogo algo de esto, como desprolija escritura, debe haberse filtrado. Cuando uno habla al azar de los recuerdos de la memoria, incluso cuando escribe próximo a esa manera, la interpretación esta corrida hacia el que escucha o el que lee. Son reglas aceptables en una comunidad afín al buen trato propio de la ternura en su eterno combate con la crueldad, como entramada base de la salud, ahora dicho en forma abarcativa.

Finalmente, quiero decir que algunos pasajes de Las huellas de la memoria, tocaron por momentos, los más escondidos senderos de la mía. Signo todo esto de una eficaz escritura.

Fernando Ulloa- Agosto 2004