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Clínica del infortunio común

 

En el servicio de psicopatología de un hospital suburbano, un chico triste le dice a su joven analista: “a mí nadie me tiene autoestima”. Se trata de una revelación extraordinaria, para el analista, claro. El chico le muestra la fragilidad del término “auto”. Que lo llamado “auto” proviene muchas veces desde afuera. El chico, que no leyó a George Berkeley, ya sabe que ser es ser percibido. Y que no ser percibido lastima al ser.

En el 2001 un paciente consulta por depresión. Ha quedado desocupado. Cuenta su malestar, su apatía, su doloroso desgano. El analista, conmovido le pregunta:

- Qué hace usted en su tiempo libre?
-Usted no entiende nada
-¿…?
-Usted no entiende que yo perdí el tiempo libre cuando perdí el trabajo. Tiempo libre es el que tiene el que trabaja, … en el rato en que no trabaja. Usted tiene prejuicios de laburante.

Y se despide y se va.

Otro despido, en este caso es el analista el despedido.

Nuevamente un consultante le enseña algo al analista; en este caso, que hay otros tipos de temporalidad que no coinciden con sus notas estudiadas de atemporalidad del inconsciente, tiempos del trauma, instante de ver, tiempo de comprender o momento de concluir. Deberá agregar el inmóvil tiempo del desocupado. Unos meses después revivirá ese tiempo en carne propia cuando quede fuera de la prepaga.

Dos situaciones clínicas donde la realidad exterior, la del paciente, pero también del analista, sacude el consultorio y los libros de su biblioteca. Dos desamparos… más allá de la neurosis.

La realidad exterior, la del paciente, pero también del analista, sacude el consultorio y los libros de su biblioteca.

Hace más de un siglo, Freud escribía que su método tenía como meta pasar de la miseria neurótica al infortunio común. La curación de la neurosis no alcanza la felicidad, sólo permite un acceso al malestar en la cultura, sin sufrir de más. No es poco, claro. Y es a lo que se dedicaron desde entonces, con suerte dispar, miles de analistas. Todos los debates clínicos giraron casi siempre sobre la distinta manera de entender la clínica de las estructuras psicopatológicas, tratando de acercarlas, con distintas teorías y fortunas, al infortunio común.

Ya Freud en El Malestar en la Cultura señalaba que las instituciones, herederas de la figura paterna, tenían una función de amparo. De las tres fuentes de sufrimiento que Freud indicaba: naturaleza, cuerpo y el lazo social; era esta última la que mostraba cómo la cultura y las instituciones generaban un malestar inevitable gracias a la administración de la represión pulsional. Era el costo de vivir en sociedad para sentirse de algún modo protegido por la cultura. A la renuncia pulsional se la compensa con lazos sociales y libidinales. Esa mezcla de malestar cultural con el relativo y compensatorio bienestar emanado del lazo social fue designado por Freud como infortunio común.

Habría que pensar el término común no sólo como un sentimiento corriente sino también como sentido por muchos. Infortunio de muchos sentidos por cada uno.

Pero el mundo se puso difícil después de Freud. El infortunio común adquirió dimensiones catastróficas. El neocapitalismo le agregó crueldad a la crueldad y ésta hoy se volvió explícita. Las guerras, el hambre, las migraciones forzosas y atacadas, las epidemias, la explotación y la exclusión; como círculos dantescos sufridos por millones de personas se ensañaron con nuestra especie, que cuesta seguir llamando humana. No es posible denominar este paisaje siniestro como infortunio común o malestar en la cultura. Yago Franco, muy buen lector de Castoriadis, habla del malestar agregado y del más allá del malestar en la cultura.

En ese más allá del malestar en la cultura, el infortunio común es muy superior al sufrimiento neurótico. Lo potencia, lo multiplica, lo desborda.

Silvia Bleichmar, que fue una gran clínica de situaciones catastróficas (el terremoto de Méjico o la bomba a la Amia) inventó el nombre de dolor país, y conceptualizó como malestar sobrante a este plus de sufrir. Podríamos agregar el dolor mundo.

Estos malestares, estos dolores, generan, producen, contagian una depresión común. Común a millones, pero singular para cada uno. Es entonces que se nos impone una pregunta: ¿Cómo pensar la clínica cuando el infortunio común genera más sufrimiento que la miseria neurótica? ¿Puede el psicoanálisis hacerse cargo de este penar con sus instrumentos clásicos?

Se trata de una pregunta retórica. El hecho mismo de preguntarla ya es una respuesta y una apuesta.

Una de las formas más desamparantes de producción de soledad es hoy la crisis de la conversación. Desaparecen dispositivos que la favorecían como el teléfono de línea, la charla sin tiempo en un bar como El Cairo en Rosario donde Fontanarrosa conversaba en la mesa de los galanes, o la correspondencia por cartas manuscritas que generaban diálogos demorados, cuidados, serenamente esperados.

¿Cómo pensar la clínica cuando el infortunio común genera más sufrimiento que la miseria neurótica?

Las redes sociales no son redes conversacionales. Nadie conversa por WhatsApp, donde hasta hay aceleradores de los audios para no perder el tiempo escuchando. El celular dejó de ser un teléfono (lo estudia muy bien Martín Kohan), Facebook e Instagram son muchas veces lugares para espiar y exhibir, para dar y recibir likes. Las redes son frecuentemente parches adictivos usados para reparar inútilmente una autoestima cada vez más herida. El panelismo en televisión es un simulacro de diálogo donde sus integrantes se interrumpen y esperan ansiosos que el otro se calle para hablar y gritar lo que nadie escuchará. De allí surgió un presidente (escribo esto el 21 de junio de 2025) que, gritando, insultando, twitteando, muestra hasta donde se puede gozar de hacer sufrir cuando uno no ha sido dotado del arte de conversar con el prójimo. Ya no hay prójimo.

Propongo entonces para tratar esta depresión común que excede lo auto, donde el infortunio desborda a la neurosis, el uso instrumental de la conversación. Propiciar y facilitar en un tratamiento el tiempo de conversación. Un tiempo no apurado, un todo el tiempo del mundo para conversar con otro. Volverse prójimo de un prójimo. A esa proximidad se la llama transferencia.

No es un invento. Es una recuperación. El invento de Freud fue la asociación libre y la atención flotante. Son las dos condiciones de la conversación analítica. Asociar es también asociarse al que escucha. La asociación libre produce una sociedad. Un movimiento social. A condición de que haya un socio, un asociado que flota atendiendo para que la palabra no se pierda. Y es cada vez más frecuente que consulten sujetos que demandan un lugar para conversar. Que no tienen fuera del consultorio con quién hablar.

La transferencia se instala conversando, y la riqueza de este instrumento consiste en que el paciente hablándole al analista, también se escucha hablar. Ya el crítico Harold Bloom, la mayor autoridad en Shakespeare del siglo 20, decía que Don William había inventado algo nuevo en la historia de la literatura: que un personaje hable, se escuche hablar y como resultado de ese escucharse hablar, cambie. Bloom dijo que Freud inventó la asociación libre gracias a la influencia de Shakespeare. Pero el paciente, como un personaje de Rey Lear, sólo se escucha hablar si le habla al analista. O, mejor dicho, si habla con el analista. Es cierto que no es una conversación cualquiera, se trata de un diálogo asimétrico donde los dos hablan de uno y de a uno. Pero juntos. Asociados y atentos flotando libremente, donde la atención habla y la asociación también escucha. Donde nadie se sienta (ni se siente) solo en su soledad. Se produce una soledad acompañada. En transferencia sucede que se construye confianza, no sólo en el otro sino confianza en el hablar. En el hablar con.

En esta clínica del infortunio común excesivo, no se trata de que el analista sea el que ampare. Es la misma conversación, como lazo social y singular la que ampara. A los dos.

Por eso es necesario para el analista administrar bien el uso del silencio. Un silencio que acompañe, que sea como el silencio musical que transcurre entre las notas, que forme parte de la música. Un silencio que escucha. Pero hay silencios que se vuelven desamparantes, donde el paciente siente que “le clavaron el visto”. Silencios que interrumpen la conversación. Que la abandonan. Que abandonan.

Analizar en esta clínica del infortunio ya no es intervenir cada tanto en el monólogo del paciente. Se trata de asociarse a la asociación libre sin dejar de flotar en una atención que se responsabiliza de que está atendiendo a un prójimo.

Es importante entender que, en esta clínica del infortunio común excesivo, no se trata de que el analista sea el que ampare. Es la misma conversación, como lazo social y singular la que ampara. A los dos.

En el análisis clásico una interpretación es una irrupción y una interrupción. Irrumpe en la atención e interrumpe el asociar. El formato clásico supone a un interpretador externo que interviene sobre y no con. “Lo que usted me está diciendo es que …, en realidad lo que usted siente es que…” etc.  No son interpretaciones conversadas, sino intervenciones bruscas. No son producto de la conversación, son su límite. Por supuesto que no propongo no interpretar, sólo cuestiono el modo de decirlas. Menos Meltzer y más bar. Que el paciente no se sienta solo en su soledad. Soledad común (le tomo prestado el nombre a Jorge Alemán).

Muchas de las demandas actuales de análisis no son solamente una demanda de saber, ni de otro que sepa. Demandan un otro con quien saber. ¿Cómo? Conversando.

El brillante intelectual italiano Bifo Berardi, vacilando entre proponer o describir, habla atrevidamente de la deserción. Se trata de una teoría depresiva de la depresión. Con una historia militante de la que se arrepiente, dice: “vivir bien se ha hecho imposible. La única manera es no aceptar el chantaje de la historia, salir de la historia … ha empezado la deserción de la historia humana, probablemente de la existencia misma del ser humano, de la procreación, de la reproducción del género humano” Y agrega ya de modo insoportable de escuchar “hay un agotamiento de todas las posibilidades de vida feliz en el futuro de la humanidad, esa es mi interpretación desesperada”.

Y suponiendo que el capitalismo tiene una puerta de salida por la que huir o renunciar Bifo llama a la fuga, al abandono, al alejamiento. Y pregunta de modo provocador y un poco maníaco: “¿pero si acaso la depresión que no deja de expandirse no fuera depresión?, ¿no será que le llamamos depresión a falta de una palabra más adecuada? ¿Y si no se trata de una enfermedad social sino de un síntoma de la cura?” Y apunta a transformar la resignación en pasividad activa.

La conversación clínica es una apuesta contra la resignación. Contra la pasiva pasividad. No se trata sólo de una apuesta por la palabra, sino por la palabra en acto.

Como parece desprenderse del diálogo con Jorge Alemán, de un buen diagnóstico se desprende una temible estrategia. Por momentos esta estrategia de Bifo suena a lujo europeo de alguien que puede elegir no trabajar de lo que no quiere y vivir con menos, sin hambre y sin hijos que alimentar. Pareciera proponer una anorexia voluntaria y liberadora. Como si se pudiera abandonar libremente el horror capitalista.

Es que no es lo mismo desertar del deseo que el deseo de deserción. No es lo mismo desertar que ser arrojado al desierto … del que ya no se puede desertar. El desierto no tiene puerta de salida. No es lo mismo salirse que darse por vencido. Bifo, creo, propone una romantización del acto de desertar. Cree en la utopía de no tener utopía. Y propone una posición depresiva, no en el sentido de Melanie Klein sino de Herman Melville. Siguiendo a Bartleby, Preferiría no hacerlo es su consigna política.

De todos modos, Bifo Berardi es un gran conversador. La conversación que tuvo con Jorge Alemán se puede (se debe) ver y oír en el podcast en video de Punto de Emancipación. Y se lo puede leer en el ineludible libro del mismo nombre.

Hay pacientes no gramscianos que sufren porque el pesimismo de la inteligencia pulverizó el optimismo de la voluntad. Es que no hay voluntad ni optimismo sin prójimo. Y entonces la inteligencia aislada se consume a sí misma.

La conversación clínica es una apuesta contra la resignación. Contra la pasiva pasividad. No se trata sólo de una apuesta por la palabra, sino por la palabra en acto. Por la palabra en común.

A contramano del sentido común psicoanalítico, no se trata sólo de levantar resistencias, sino de generar resistencia. Resistencia en el sentido político de la palabra. Conversar es resistir el silencio, el acallamiento; un no pasarán, aunque sigan pasando. Doler con no es condolerse. No se trata de una clínica de la condolencia. Se trata de tratar el dolor evitable y hacer lo que se puede con el dolor inevitable. Por lo menos socializarlo de a dos. Sin anestesia, sin cuidados paliativos, con un hombro en la oreja y otro en la lengua.

En la clínica del infortunio común grave, se trabaja más con la transferencia que con la interpretación. Con el acto de decir tanto como con lo dicho.

Psicoanalizar hoy en este mundo horrible, es en sí mismo un acto de resistencia, de no resignación, de no deserción. De otorgarle dignidad a la indignación, porque siempre, siempre, se puede hacer algo con ella.

Muchos sujetos que consultan vienen de cantar como solistas a capella, sin acompañamiento, el tango Naranjo en Flor. Sufren, aman, parten y al fin andan sin pensamiento. Levantan la voz para decir que no importa el después, que toda la vida es el ayer que se detiene en el pasado. Y que lo han dejado acobardado como pájaro sin luz.

Un analista sabe que un tango se baila de a dos. Y en ese baile agrega un bandoneón, una guitarra. Un acompañamiento. Una conversación. ◼

 

Eduardo Müller
Psicoanalista
eduardomanuelmuller [at] gmail.com

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Articulo publicado en
Agosto / 2025

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