Nuestra contemporaneidad nos demanda hablar de cuerpos híbridos o, en palabras de Donna Haraway (2020), cuerpos cyborgs, en los cuales lo natural y lo artificial conviven en una fusión irreductible. Somos seres dependientes de la tecnología ya sea en forma física o psíquica. Vivimos en la era en la cual lo humano parece ya un recuerdo. Existe una lucha entre lo natural y lo artificial. Esa dicotomía representa también una forma de producir sexualidad. Nuevas subjetividades que de a poco fueron llegando a la consulta. Una de las funciones del analista es no conformarse con respuestas. A su vez, el analista tampoco busca que el analizante se conforme con respuestas. Es justamente todo lo contrario: que surjan nuevos interrogantes o cambios de posición en el sujeto que emerge en cada enunciado. No porque una respuesta no pueda ser útil sino porque una respuesta corre el riesgo de detener el proceso de metonimia de la cadena significante.
La alienación es previa a la lógica de las redes y es estructural. El imperio de la imagen produce una falsa promesa de integridad
En la carrera contra las redes de la mercantilización del cuerpo queremos recuperar algo que nunca tuvimos: la unidad. Lo implícito en la lógica de las redes sociales es la ilusión de integridad que proporciona la imagen retocada. El usuario no llega a percibir la pérdida que se produce cada vez que postea una foto propia. Esto recuerda las primeras enseñanzas de Lacan sobre el estadio del espejo y la construcción imaginaria del yo. El niño se ve en el espejo y se ve completo, pero aún no domina su cuerpo. Con las redes sociales ocurre exactamente lo mismo: el usuario se toma una foto, la edita para ajustarla al modelo de su ideal, luego la sube. Desde el momento en que la foto se sube a las redes comienza una cuenta regresiva mientras el valor de la fotografía se vuelve efímero ya que rápidamente se pierde en la liquidez de la vorágine. Más tarde habrá que subir otra foto y así hasta transformar la práctica en algo muy similar a un consumo excesivo, un consumo de los que suelen llamarse “problemáticos”. Si no logra la cantidad de “me gusta” que esperaba, el usuario vive una suerte de pérdida cargada de frustración. Pero el sujeto, barrado, cree que encuentra algo de su identidad cada vez que alimenta el ciberespacio, ese mundo digital que opera como un imaginario infinito, un gran fantasma al servicio del consumo. Un imperativo de goce que somete al usuario a seguir subiendo imágenes sexualizadas de su cuerpo y de su vida privada. Es un proceso que podríamos pensar desde el efecto de consunción, por el desgaste progresivo del sujeto, o vaciamiento del sujeto. Lacan (1987) hablaba en términos de afánisis: el desvanecimiento del sujeto por el lenguaje. La alienación es previa a la lógica de las redes y es estructural. El imperio de la imagen produce una falsa promesa de integridad. Lo que termina ocurriendo es que el sujeto cada vez se pierde más en un goce Otro, inespecífico y no regulado. Es que no podemos problematizar un cuerpo sin pensarlo en los registros imaginario, simbólico y real. El significante amo ya no regula las gratificaciones que se obtienen del lazo social. Es una organización compulsiva del goce a través de la imagen: un goce imaginario. Es interesante la lectura que hacer Irene Greiser, como hoy estamos cada vez más inmersos en la búsqueda del objeto a sin ningún tipo de mediación simbólica porque estamos dispuestos a pagar cualquier precio para alcanzarlo, hasta modificar nuestro propio cuerpo. “La época actual, que es la del Otro que no existe, es subsidiaria del ascenso al cenit del objeto a. Es un período en el que no se prohíbe el goce, sino que se lo exige, hay un imperativo a gozar” (Greiser, 2017: 120). A partir de la problemática expuesta es que surgen malestares (mal llamadas disfunciones) asociados al cuerpo y la sexualidad que no logran escapar a la demanda del algoritmo. El algoritmo es lo que le dice al consumidor cómo gozar. Es una mediatización del goce. Se enfatiza el término “mediatización” por denominar una intervención, en el sujeto, que dificulta o bloquea su accionar.
En estos tiempos, intentar que surjan nuevos interrogantes para habilitar la vía del deseo del sujeto parece una pérdida de tiempo. Los consumidores quieren resultados y lo que producen los medios digitales son demandas de acción. El cuerpo se sexualiza a través de mediaciones pre-configuradas para construir un objeto apto para el consumo. Se trata de una sexuación digital. En esa lógica, el cuerpo queda atrapada en una mediación que no hace lazo con el Otro, sino que, por el contrario, lo aliena aún más en su condición subjetiva.
Pero, ¿qué es la sexualidad? Nos pueden venir a la mente un montón de conceptos. Pero las definiciones de manual inscriben la sexualidad como una dimensión que involucra comportamientos, ideologías, vestimentas; en fin, una mixtura de cosas tanto materiales como abstractas. En la clínica, nos interesa que la sexualidad pueda ser definida por el paciente en su propia singularidad. Si el analista parte de un concepto preestablecido de lo que es la sexualidad, no podrá hacer surgir la pregunta en el paciente. Sin embargo, para lograr ese acometido, tendremos que hacernos la pregunta ¿Qué es la sexualidad para nosotros? Para algunos, la sexualidad puede ser algo totalmente libre, pero para otros puede ser algo sucio, no pulcro; algo profundamente reprimido. Pero no podemos comprender la subjetividad del caso por caso sino conocemos cómo está atravesada por los discursos que hoy en día producen sexualidad. La sexualidad está en todas partes menos en el sexo, decía Barthes (2008). Frase muy oportuna y acertada para describir en forma muy sintética los códigos semióticos que empapan hoy lo que llamamos sexualidad. Sabemos de la vida sexual que, por supuesto no se puede reducir a lo anatómico, pero tampoco a lo biológico, al menos no para el Psicoanálisis. Entonces la sexualidad puede ser pensada no como algo estático, sino como algo que cambia constantemente. En la sociedad digitalizada, falsificada por el velo de la hiperrealidad, la sexualidad se está produciendo desde múltiples de aplicaciones que nos dicen cómo hay que vivirla. Aplicaciones, apps, que van protocolizando el erotismo. En su primera enseñanza, Lacan decía que el cuerpo está perdido por está mediado por la imagen. El sujeto se encuentra alienado por el significante. La realidad "biológica" del cuerpo es inaccesible para Lacan. El cuerpo está perdido porque se encuentra mediado por el lenguaje. Sólo podemos hablar del cuerpo e identificarnos con algo de su imagen. Aun así, la imagen siempre estará mediada por el Otro. La imagen pesa más que el cuerpo, si la foto no es de buena calidad, no se llega al consumidor. El consumidor puede ser cualquiera de nosotros. Consumimos productos que persiguen una estética estandarizada sin darnos cuenta que la sexualidad y los cuerpos, de a poco, también se van estandarizando.
Existen ciertas limitaciones de la terapia sexual. La sexología se dedica a estudiar las disfunciones sexuales y su tratamiento, Estudia la respuesta sexual humana y establece cuándo puede haber una disfunción sexual. Un poco más acá y un poco más allá de cierto límite establecido por un discurso hegemónico, se van inscribiendo en la sociedad cuáles son las disfunciones sexuales de turno, es decir, las que más aparecen en la clínica que ven un grupo de expertos. Esas disfunciones, dependiendo del manual por supuesto, son a saber: el deseo sexual hipoactivo, la anorgasmia, el vaginismo, la dispareunia o dolor genital, la disfunción eréctil y la eyaculación precoz. Pero parece que la sexología por sí sola no puede abarcar las singulares vicisitudes de los cuerpos mercantilizados; al contrario, parece alimentar el círculo vicioso del consumir y del ser consumido. En el DSM V figura, para ambos sexos, el Trastorno por excitación sexual y la aversión al sexo. Todas estas disfunciones se pueden abordar desde la sexología clásica, con diferentes técnicas, que buscan curar el síntoma. Cabe mencionar que son muy útiles y dan resultado aun sin interrogar las subjetividades sobre cuál es la “verdadera” causa del problema. La sexología se encuentra mediada por discursos biomédicos que terminan produciendo que lo sexual se reduzca a funciones corporales, lo que deja en un segundo plano la dimensión simbólica de la disfunción sexual.
El vaginismo o la disfunción eréctil, en muchos casos se encuentran asociadas a causas de orden psicógeno. Generalmente ansiedad de ejecución por miedo al dolor o al rechazo
El Psicoanálisis no busca curar el malestar. Por el contrario, se trata de alojar el síntoma en la subjetividad de cada uno para habitarlo. Un síntoma no aparece de la nada y no se reduce a un cuerpo, no se trata de algo puramente orgánico. Lo orgánico es también atravesado por el significante. Incluso cuando hay certeza médica de que es el cuerpo lo que ha enfermado, es el lenguaje el que permite que el paciente ponga en palabra “lo que le pasa”. No obstante, algo quedará por fuera de la palabra, eso que “pasa por el cuerpo” que llamamos el goce.
Cabe mencionar que, en la mayoría de los casos, estas disfunciones no se presentan como puramente orgánicas. Por ejemplo, el vaginismo o la disfunción eréctil, en muchos casos se encuentran asociadas a causas de orden psicógeno. Generalmente ansiedad de ejecución por miedo al dolor o al rechazo. En esos casos, es el reconocimiento del Otro lo que parece tener peso para el sujeto del inconsciente. El sujeto llega a buscar satisfacer a toda costa al Otro con tal de obtener ese reconocimiento. Termina por ubicarse como objeto instrumento del goce del Otro.
Las fantasías y los deseos sexuales están formados por redes significantes y sus estructuras simbólicas. En este sentido, la sexualidad puede ser entendida como parte del funcionamiento inconsciente singular, donde los deseos reprimidos o no expresados se manifiestan a través de símbolos y significantes. Cuando algo de esto no puede expresarse, es que emerge el síntoma como sustituto, es decir, como metáfora de la lógica singular de cada sujeto. Un sustituto de algo que no se puede poner en palabras. Como eso que goza e insiste y retorna siempre desde lo real. Un criterio de alta podría ser lograr un cambio de posición. El cambio de posición solo lo puede hacer el paciente. No podemos decirles nosotros que cambie voluntariamente de posición. Esto va a llevar el tiempo que necesite el analizante. Y tiene que ver también con un darse cuenta, no en los términos de “ser consciente” sino con un tomar responsabilidad frente a la posición de objeto o sujeto que se está ocupando, es decir, lo que llamamos en Psicoanálisis posición subjetiva.
El goce no se puede frenar. Algo de esto va a aparecer. Una molestia sexual es cuando no se puede encontrar una forma de gozar más o menos placentera entre dos partes. Que sería, bueno, me encuentro con un otro y tenemos una relación y los dos disfrutamos. Más allá de lo tradicional. Nos encontramos y disfrutamos los dos. Pero eso no es tan sencillo, como dice Lacan (2022), no hay relación sexual. Es difícil lograr “el encuentro”. Existe una serie de permisos y contratos que uno tiene que atravesar para recién ahí encontrarse y disfrutar de una relación sexual con otro o partenaire. A veces hay que apagar la luz, a veces no.
La sexualidad no se puede reducir a un acto físico y sus prácticas siempre se encuentran atravesadas por el lenguaje. Cuando dos partenaires se encuentran y se dicen “vamos a ir hasta acá” están construyendo un encuadre que se encuentra a su vez mediado por la subjetividad de cada uno. Ahora, ¿cuál es la lógica de lo que queremos construir con nuestra pareja? Es la pregunta que permite un movimiento, una interrogación sobre lo que queremos nosotros o sobre lo que puede querer el otro. Entonces surgen interrogantes. Pero si no se interroga el encuentro sexual pasa a ser un acto mecanizado, automatizado y mediado por los discursos de turno.
No sólo por los discursos externos, sino por el discurso del Otro, que es lo que entendemos como inconsciente. El discurso binario con su imperativo “el varón con la nena, “pene con vagina, porque la biología así lo quiso”. El discurso de la imagen, hoy exaltado por aplicaciones como TikTok, Instagram, Tinder, Grinder, OnlyFans, etc. La imagen es todo. Pero es una imagen muy particular, hiperreal en palabras de Baudrillard (2025).
El cuerpo no es sexuado desde a priori porque nadie viene sexuado al mundo. Un cuerpo no está sexuado previamente a la significación que se le asocia. Se le designa una idea al sexo. Y esa idea forma parte de un discurso de poder que nos manipula o nos controla
Vivimos hipersexualidados casi sin darnos cuenta. No practicamos el sexo por placer sino para responder a una demanda de goce que proviene de la otredad digital: apps, algoritmos, códigos semióticos implícitos que nos dicen cómo hay que vivir la sexualidad. Hoy estamos más cerca hoy de ser esclavos automatizados trabajando al servicio de diferentes aplicaciones que de tomarnos la libertad de pensar cómo querríamos vivir nuestra sexualidad. Los seres humanos ya se han transformado en pantallas desde hace rato. En las cuales nos mostramos como objetos de consumo.
Son las nuevas etiquetas que producen estos discursos las que alienan a quien no se interrogue. Un ejemplo, bastante polémico, por cierto, de estas etiquetas modernas, es la “asexualidad”. El significante “asexual” tiene mucho peso como para no cuestionarlo, sobre todo para el Psicoanálisis. Esta aparente a-sexualidad sugiere la ausencia de sexualidad en el sujeto que se identifica con la etiqueta. Pero el sujeto no vive aislado del Otro. Más que autopercibirse es denominado por el discurso dominante pero también hegemónico de las diversidades. Autodenominarse como “autosexual” puede ser un intento de búsqueda de identidad, pero a su vez, es un bloqueo de la propia sexualidad. Lo que sucede es que el sujeto busca encajar en algún discurso, alguna etiqueta que lo afirme. ¿Será un intento por parte del sujeto de defenderse ante la falta? ¿Buscar la afirmación que no encuentra en otra parte? Como decíamos antes, no hay un significante amo que organice su sexualidad. No hay referencias o modelos más que los que brindan las nuevas culturas de masas. Se corre así el riesgo de petrificar la identidad sexual. Una hiposexualidad que se ha vuelto (a)sexualidad. De este modo, la sexualidad etiquetada se convierte en una forma de tratar de llenar o expresar la falta. O sea, no de buscar resto, sino de tapar el resto. De tapar velar la falta inherente al ser. Como nos enseñó Lacan, un significante solo no sirve de nada, no significa nada. Un significante toma valor cuando armamos una cadena significante.
La sexualidad es producto del discurso. De ninguna manera eso nos puede dar a ciencia cierta cómo vive cada uno en forma subjetiva su sexualidad. Lo que hay es una lucha entre lo que dice un discurso y lo que uno siente. Pero un discurso no es totalmente determinante. El Psicoanálisis se analiza la posición subjetiva y cómo el discurso impacta en lo singular de cada sujeto. El cuerpo no es sexuado desde a priori porque nadie viene sexuado al mundo. Un cuerpo no está sexuado previamente a la significación que se le asocia. Se le designa una idea al sexo. Y esa idea forma parte de un discurso de poder que nos manipula o nos controla. El cuerpo adquiere significado dentro del discurso. Y un discurso opera en un contexto de relaciones de poder. De nada sirve curar una molestia sexual si no se interroga la posición subjetiva del sujeto en su sexualidad. La no confrontación con el deseo propio lleva a que los sujetos se pierdan en la ilusión de capturar el resto al servicio de la mercantilización industrial del cuerpo. Ese debería ser para mí el objetivo de un enfoque analítico de la sexualidad. Se trata de interrogar el cómo pensamos hoy el amor, la otredad, la sexualidad atravesada por lo digital. ¿Serán nuevas formas de lazo o vínculos que parecen desvanecerse en lo efímero por su liquidez inmediata? ¿Pero aquello que desaparece inmediatamente acaso tuvo sentido alguna vez?
Barthes, R. (2008) El Placer del Texto y Lección Inaugural. Buenos Aires: Siglo XXI editores.
Baudrillard, J. (2024) De la seducción. Madrid: Cátedra.
Baudrillard, J. (2025) Cultura y simulacro. Buenos Aires: Kairós.
Bauman, Z. (2000) Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de cultura económica.
Greiser, I. (2017) Sexualidades y legalidades. Buenos Aires: Paidós.
Haraway, D. (2020) Manifiesto Cyborg. Buenos Airea: Cúspide.
Lacan, J. (2002) El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Buenos Aires: Siglo XXI editores.
Lacan, J. (1987) El sujeto y el otro (II): la afánisis. En El Seminario XI. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (2022) Una carta de almor. En El Seminario XX. Buenos Aires: Paidós.