De cómo el padre (de la horda) se comió al grupo de hermanos1 | Topía

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De cómo el padre (de la horda) se comió al grupo de hermanos1

 

Érase una vez una horda -plantea el texto freudiano de Tótem y Tabú[1]- en la cual el macho jefe era dueño de las mujeres -en realidad del destino de cada uno de sus integrantes-. Segundo tiempo del Edipo, padre que es la ley. Padre amado -como modelo- y odiado a la vez.

Hubo ya en la historia de esa horda asesinatos anteriores. Cada tanto un macho joven, osado, desafiaba al Padre terrible con diverso resultado. Muerto a veces, otras herido huyendo de la manada. Otras derrotando al todopoderoso, ocupando su lugar. Idéntico lugar, igual estructura, sin movimiento subjetivo. Cronos destronando a su padre Urano, siendo a su vez despojado por su hijo Zeus.

Tiempos de reiteración, de repetición. Otra vez un Padre terrible. Otra. Otra igual. Otra vez sopa. Yo quiero, tú quieres, él quiere; todos queremos ocupar su lugar. Todos somos potenciales parricidas en hordálica convivencia. Todos tenemos ese deseo generado en y por el sistema en el que fuimos engendrados.

 

Hasta que -en algún amanecer diferente- descubro, descubres, descubre… todos nosotros descubrimos que, además de querer ocupar ese lugar, deseo profundamente que ningún otro -salvo yo- lo ocupe. Y que igual acontecer tienes tú, él, cada uno de nosotros. Ya la vivencia del recambio es conocida por cada uno. Y reiteradamente. Al descubrir mi deseo de que otro no lo ocupe, coincidente con tu deseo y con el de él, se funda otra lógica, fruto no sólo de la vivencia, sino de la experiencia[2].

Tal como la vivencia de satisfacción producía en el sujeto singular la posibilidad de generar la experiencia de satisfacción, instaurando recién entonces el orden humano, la vivencia de asesinato del padre no es suficiente para producir el pasaje a otra estructura que la horda. Sí lo será si deviene en experiencia, precipitando un cambio, una modificación como fruta madura de ésta. Asesinato. Sustitución. Vivencia de asesinato. Otra más. Nuevamente otro en igual lugar. ¿Cómo salir de este repetir?

 

Renuncia. Renuncia conjunta, acuerdo de hermanos que coinciden en dejar vacío el lugar, acuerdo previo a decapitar al Padre tonante.

Experiencia de pacto. No de asesinato. A partir de la reiteración de la vivencia compartida, los hermanos se unen y -tras renunciar a ocupar el lugar paterno- matan al jefe de la horda para siempre, dejando su lugar vacío.

Vacío que es sostenido no por la imposibilidad de reemplazarlo, sino por saber cada uno de ellos que es imposible que ese orden funcione satisfactoriamente a partir de un sinnúmero de vivencias. La formación misma de la alianza implica dicha imposibilidad. Vacío por lo tanto previsible, sin pánico. Disolución del lazo con el líder de la horda, instauración del lazo-pacto de hermanos que lo reemplaza. No hay pánico, sí puede haber culpa. Porque…

Porque el vacío es intolerable, angustiante… como el deseo. Angustia calmada si y sólo si es llenada con un objeto, o al menos con el nombre de un objeto… como el deseo. Vacío que precisa imagen que lo tapone, que transforme la angustia que el vacío mismo implica o al menos lo oculte… como el deseo.

Dice el saber popular que muerto el perro se acabó la rabia, y tras la muerte del padre declina el odio retornando el amor -siempre ambivalente- hacia él. Y este resurgir puede traer aparejada la culpa -que es compartida-. A partir de esta nueva vivencia -si se produce la culpa- continúa un movimiento iniciado con el pacto. Se erige al muerto en tótem, representado por un animal. Surge la ley. Por esto el asesinato conjunto no infringe la ley, pues es anterior a su sanción. No hay en ella trasgresión, sí culpa pues -ya instalada la ley- ésta se produce en cada uno de los complotados, aprés-coup.

Aprés-coup que dura, subvirtiendo la explicación psicoanalítica del pasaje de la naturaleza a la cultura. Erigiendo al padre en el instaurador de la ley, en lugar de comprender que se instaura la ley -llamada del padre en su memoria- por los hermanos legisladores. Ley del padre, tercer tiempo del Edipo; nuevo lugar y función paterna, originado en el clan de hermanos. Orden simbólico.

 

Inicio de lo social, instauración del orden social, mito de origen. Pasaje de la vivencia a la experiencia, con una nueva simbolización necesaria para ser posible su devenir.

Se pierde un objeto, el padre, devenido en padre simbólico. Se produce un acto de ligadura: la ligazón entre los hermanos. Y esta función de ligadura es lo que posibilita el pasaje. Si esta función de ligadura tambalea o fracasa, el orden adquirido corre amenaza de disolución, regresión mediante.

Y decía que aprés-coup la letra freudiana se subvierte produciendo una nueva inversión, esta vez en el campo de la teoría. Pues ya vimos que es el pacto fraterno el que -matando al padre y devorándolo luego- instituye el orden simbólico. Pero… puede haber culpa.

Pese a que es el pacto fraterno el que instaura el nuevo orden, las teorías en boga jerarquizan al padre -a veces más que su función- desconociendo la ligazón fraterna. Por ello -y a manera de denuncia, como contra-movimiento- denominé este artículo De cómo el padre (de la horda) se comió al grupo de hermanos, que originaron el malestar (único posible) en la cultura.

 

Cabe preguntarnos: ¿Qué aconteció? ¿Qué ocurrió con esos hermanos conjurados, que luego del asesinato tan valientemente realizado, hecho con tanta decisión, abjuran del mismo? Dijimos que todo vínculo de amor es ambivalente; que al morir el Pater, al enterrar el odio, resurge el amor, y entonces…

Pero… ¿alcanza el resurgimiento amoroso para precipitar volver a instalar al padre -recién decapitado de su función- nuevamente en el centro de la escena, diluyéndose el acto heroico del pacto?

 

Dijimos que surgió la culpa, y entonces erigen al padre como tótem. También enunciamos que podía haber culpa ante el asesinato, que éste podía traerla, que se produjo en cada uno de los complotados. No enunciamos que no podría ser de otra manera, que la culpa era imprescindible; sólo que podía surgir. Condición de posibilidad, no obligatoriedad. ¿Y por qué surge la culpa?

 

Valga recurrir a otro mito, relatado desde la perspectiva de Percia[3]:

Y creó Dios a Adán y Eva a su imagen y semejanza. Les dio el Paraíso y les prohibió comer del árbol del conocimiento. Y fue Adán, que -siendo a imagen y semejanza del Creador- quiso ser como Dios, y comió del árbol. Y vino Dios a preguntarle por aquello que hizo, y éste le respondió: -Yo, nada.

-Vamos Adán -lo increpó Dios- ¿Qué hiciste?

Y respondió Adán: -Ella me dio la manzana de comer.

Y Dios lo expulsó del Paraíso.

¿Por qué lo expulsó? ¿Sólo por comer del árbol prohibido? ¿Para qué lo puso Dios allí, si no quería que comiera?

Lo expulsó por cobarde, por pusilánime; por no hacerse cargo de su ingesta. Como si dijera: -Si querés ser como yo, hacete cargo de tus actos. Hacete cargo de sentir culpa, y subsanala haciéndote responsable de tu acto, de tu elección.

 

O sea que la culpa es un sentimiento surgido de la irresponsabilidad. Coloco a alguien en el Ideal -con sus valores, ideas y prohibiciones- y si no lo acato, siento culpa. Si construyo o me apropio de ideales para mí, si actúo responsablemente acorde a ellos, si a medida que voy cambiando los modifico responsablemente, la culpa no existe. Por esto la culpa es inversamente proporcional a la responsabilidad.

Dios echa a Adán por irresponsable, no por pecador; o mejor dicho, por el pecado de no hacerse cargo de sus actos.

 

Años transcurridos luego de Adán, sus descendientes -hijos de igual escuela- matan al Padre de la Horda. Y luego del asesinato no se hacen responsables de su acción. No se atreven a responder por ella. Y emerge la culpa.

Presos de culpa lo erigen en totémico animal. Presos de culpa renuncian a la heroica gesta, y erigen en lugar del pacto fraternal al Padre.

 

Freud, en el apartado B de Psicología de las masas y análisis del Yo[4], dice textualmente: “Era el ideal de cada uno de ellos, venerado y temido a un tiempo; de ahí resultó, después, el concepto del tabú. Cierta vez esta mayoría se juntó, lo mató y lo despedazó. Ninguno de los miembros de esta masa triunfante pudo ocupar su lugar o, cuando alguno lo consiguió, se renovaron las luchas, hasta que advirtieron que todos ellos debían renunciar a la herencia del padre. Formaron entonces la hermandad totémica…” (pág. 128). Fruto del malestar en la cultura, persiste el descontento, por lo cual cada uno de los coaligados fue “reproduciendo el antiguo estado en un nuevo nivel; el varón se convirtió otra vez en jefe de una familia y quebrantó la ginecocracia que se había establecido en la época sin padre” (pág. 128)[5], pero “la nueva familia fue solo una sombra de la antigua: los padres eran muchos, y cada uno estaba limitado por los derechos de los demás.” (pág. 128).

Y agrega el vienés, que por esa privación añorante uno de los individuos se separa de la masa y asume el lugar paterno. Es tarea del poeta épico, que consuma su fantasía inventando el mito heroico. En éste relata que fue él, y solo él, a la vez que él solo, el que había matado al padre. A veces en los mitos es ayudado por una “cuadrilla de animales pequeños” -que representan los hermanos de la horda primordial-. De esta manera, mediante el mito, “el individuo se sale de la psicología de masa”. Y agrega Freud, que “la mentira del mito heroico culmina en el endiosamiento del héroe. Quizá el héroe endiosado fue anterior al Dios Padre y el precursor del retorno del padre primordial como divinidad.” (pág. 129). 

 

Y llegando a los tiempos actuales erigimos una cultura que -en el nombre del padre- reproducimos la irresponsabilidad del pacto realizado; que en lugar de ensalzar la unidad fraterna como alternativa heroica al poder omnímodo del padre, conservamos de manera simbólica su lugar, constituyendo una sociedad basada en dicha legalidad y predicamento. Tras el simbólico nombre del padre subyace el Padre. Junto a los deseos parricidas se hallan los deseos filicidas[6]. Tras el Padre, su deseo hordálico, alimento de parricidas y filicidas irresponsables, por ende culpables.

 

Trabajo no concluido, Gestalt no cerrada, por lo cual la irresponsabilidad y su culpa concomitante sigue abierta. Los hermanos conjurados dejan su acto a medio hacer. Matan al padre -pacto mediante- y abjuran de él -del pacto- erigiendo nuevamente al Padre -por culpa, por responsabilidad no asumida- que se erige en padre simbólico. Dejan abierto -por no concluir la tarea de apropiación de lo realizado- el retorno paterno.

 

Y he aquí que cada tanto algunos de los hermanos creen poder ocupar ese lugar renunciado. En alianzas pequeñas -al margen del todo social- conspiran. Tratan de matar ya no a todos los hermanos -pues no tiene sentido ser rey de nadie- sino al pacto instaurado. Apelan para ello al amor tenido a ese padre todopoderoso, lo cual se ve favorecido cada vez que la alianza establecida no alcanza a brindar gratificación -parcial- a sus miembros. Búsqueda regresiva de la misma en el padre primordial, que nos va supuestamente a satisfacer. Caldo de cultivo de dictadores y tiranos, a la vez que de masas de oprimidos.

 

En Buenos Aires, un septenio después del artículo anterior, brindo con vino añejado por mis hermanos descendientes de aquellos Otros que protagonizaron el famoso asesinato. Vino salido de uvas cosechadas por hombres responsables, puesto por otros humanos en toneles de roble sin ninguna culpa, vino que es el fruto del trabajo de sus manos. Vino que no es ni la sangre del Padre, ni tampoco la de su hijo; sólo buen vino de excelentes uvas. Brindo entonces por el pacto de hermanos que instauró el orden simbólico, el orden social humano, la vigencia de la ley. ¡Salud, hermano!

 

Ricardo Klein

Lic. en Psicología

ricklein [at] uolsinectis.com.ar

 

 

 

[1] Freud, S. (1913) Tótem y tabú, Obras Completas, tomo XIII, Ed. Amorrortu.

[2] Para dar cuenta de la diferencia y la relación entre vivencia y experiencia, leer Notas de un libro de bitácora (de la vivencia a la experiencia) de Klein, R. (2011) En el camino de la Gestalt, Ed. Psicolibro.

[3] Marcelo Percia es Profesor Adjunto a cargo de la Cátedra de Teoría y Técnica de Grupos II de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires; en teóricos dictados en la cursada del 2010 presentó la versión citada del mito bíblico.

[4] Freud, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del Yo, Obras Completas, Tomo XVIII, Ed. Amorrortu.

[5] Una visión de dicha época sin padre -bajo gobierno de las mujeres- se halla en Topía Nº 61, año XXI, abril-julio 2011, escrita por César Hazaki: El Hain. Un mito que contradice el dogma paterno.

[6] Leer los mitos griegos en los cuales los oráculos advierten a los padres de hijos que los superarán, con la consiguiente acción filicida (no sólo con Edipo, y los mencionados Cronos y Urano, sino también con el padre de Perseo, y en la profecía hecha a la diosa Tetis, respecto a que su hijo superaría al padre, provoca el ser casada con un mortal -Peleo- engendrando a Aquiles).

 

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2011

Boletín Topía