En la guardia de salud mental es habitual el ingreso de personas que son traídas por la policía contra su voluntad. A veces llegan con un familiar y otras veces en soledad. Vienen con un pedido de evaluación de “riesgo cierto e inminente para sí o para terceros”, en los términos de la Ley Nacional de Salud Mental. El hospital es el último recurso, el final del recorrido luego de un derrotero de fracasos e impotencia que ha dejado a su paso la ruptura de los lazos, la incredulidad de que algo pueda mejorar, el agotamiento del paciente y de su entorno. “Internado, preso o muerto”, repetía el familiar de un paciente, vislumbrando un futuro por demás desalentador. Las escenas de violencia, los gritos y movimientos descontrolados de la crisis de excitación psicomotriz, son el resultado de procesos que en ocasiones llevan mucho tiempo, incluso años.
¿Qué se esconde detrás de esos gritos y otras formas hostiles? ¿Cómo acceder a lo íntimo de una persona que se resiste al tratamiento? ¿Cómo localizar el punto de dolor que soporta un cuerpo tan desarmado que es difícil de apresar mediante la palabra?